VORACES. Novela. 17.

Estaban un poco excitados y sudados de tanto romper computadoras. Hacerlo les daba un placer particular, como si se estuvieran desquitando de haber escuchado la misma historia, o como si fueran chicos que revolean un libro aburrido porque no lo quieren leer más. Pronto, todos los caminantes estaban con los ojos clavados en el suelo y detenidos. La única que seguía yendo y viniendo era la chica de pelo largo lacio negro.

—¿Y ahora qué hacemos?— preguntó Gastón.

—¿Sacarla de acá?

Vanina caminó hasta la chica mientras Gastón se quedaba con una mano apoyada en el escritorio observando la pantalla de la computadora. Vanina estiró la mano y tomó la de la chica y en ese momento Gastón vio cómo las letras del texto que estaban en la pantalla giraban. Iban escribiendo Resulta que en una noche lluviosa.

Vanina ya venía trayendo a la chica de pelo lacio de la mano cuando escuchó que la voz en vez de repetir la historia de los leñadores contó desde el principio la del pintor y la chica de vestido blanco. Se dio vuelta, miró mal a la chica, y la empujó. La chica cayó al piso y se quedó ahí contando la historia ovillada con la mejilla pegada al suelo.

—Bueno —dijo Gastón—, ahora no podemos hacer nada más. Ni sabemos qué estamos haciendo. ¿Vos creías que esto iba a hacer que el vagabundo deje de escribir siempre lo mismo?

—Y lógica tiene— dijo Vanina.

—Hace rato que no veo ninguna lógica en las cosas que pasan —dijo Gastón.

—Es según como uno lo mire— le contestó Vanina y agregó: —pero, sí, no podemos hacer nada. No la podemos tocar a esta.

Miró hacia el suelo.

—Parece una programadora —dijo Gastón.

—Pobre gente.

—Pobre nosotros que tuvimos que hacer ese trabajo ingrato.

—Sí, pero estos zombis…

—Sí, parecen zombis.

Los dos se rieron. En ese momento las luces de todos los edificios de la zona se encendieron a la vez. De repente, el cielo más allá del gran ventanal parecía una mancha amarilla.

Cuando bajaron por la escalera y esperaban que se abriera el ascensor, Gastón recordó al robot de Maradona. No lo había visto al descender por las escaleras. Se dio vuelta y la pelota terminó de rodar hacia él y se quedó quieta en su pie. Gastón buscó al androide con la vista pero no estaba por ningún lado. Pensó en si lo habrían afectado al tocar las computadoras y en si ahora andaría por otras plantas de ese edificio.

En la calle no había un alma y las luces de los edificios se habían vuelto a apagar.

—Volvamos a mi casa— dijo y lo besó.

Gastón la abrazó. Vanina lo tomó de la mano y Gastón la siguió. Volvieron a la casa y fueron directo al dormitorio bajo la mirada desatenta de la Y-700b. En un momento mientras estaban desnudos Gastón miró a la Y-700b y le dijo a Vanina que le molestaba que estuviera mirando. Vanina apretó la boca, se incorporó y le tiró una sábana en la cabeza a la Y. Amaneció. Vanina dijo que iba a preparar un café con leche.

—No se puede vivir a café con leche —dijo Gastón.

—Demasiado que te alimento —contestó Vanina con una sonrisa.

Gastón estaba tomando el café y recordó a su perra y que su casa había quedado sola.

—Tengo que volver. No puedo dejar la casa sola.

—¿No suena peligroso?

—Y sí.

—Yo te acompaño.

—¿Te parece?

—Sí, solo no vas a ir ahí.

Gastón asintió lentamente con la cabeza y sonrió.

Esperaron al colectivo, los dos tenían los ojos enrojecidos por la noche anterior, tanto romper computadoras. El colectivo apareció, lo detuvieron y subieron. Había bastante gente, como el día anterior, pero esta vez parecían todos dormidos y cansados. Nadie miraba a nadie. Se agarraron de la arandela y el colectivo tomó 25 de Mayo. Ellos también se adormecieron mientras eran mecidos por el andar lento del vehículo. Vanina abrió un ojo y miró por las ventanas del colectivo. Había pasado ya por la cuadra en que tenía que doblar para llegar al garaje, o lo que quedaba pensó Vanina, de Riviera. Le dio un codazo a Gastón. Que abrió los ojos de golpe. Antes ya había escuchado ese rumor de motores a lo lejos. Pero esta vez no tan lejos. Vanina se acercó al colectivero y le preguntó adónde se dirigía. El hombre farfulló sin abrir la boca del todo.

—Hoy es el día de la Gran Carrera.

por Adrián Gastón Fares.

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