Archivo del Autor: Adrián Gaston Fares

Acerca de Adrián Gaston Fares

ADRIÁN GASTÓN FARES CRECIÓ EN LANÚS, BUENOS AIRES. EGRESADO DE DISEÑO DE IMAGEN Y SONIDO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES. AUTOR DE LAS NOVELAS INTRANSPARENTE, EL NOMBRE DEL PUEBLO, SUERTE AL ZOMBI Y EL LIBRO DE CUENTOS DE TERROR LOS TENDEDEROS. SERÉ NADA (2021) ES SU CUARTA NOVELA. EN LITERATURA FUE SELECCIONADO EN EL CENTRO CULTURAL ROJAS POR SU RELATO EL SABAÑÓN QUE, HACE 14 AÑOS, INAUGURÓ ESTE BLOG. MR. TIME, GUALICHO, LAS ÓRDENES SON ALGUNOS DE SUS PROYECTOS CINEMATOGRÁFICOS PREMIADOS Y SELECCIONADOS, ASÍ COMO EL DOCUMENTAL MUSICAL MUNDO TRIBUTO, TAMBIÉN ESTRENADO EN TELEVISIÓN Y EN FESTIVALES DE CINE. POR OTRO LADO, ADRIÁN TIENE PÉRDIDA DE AUDICIÓN. EL DIAGNÓSTICO TARDÍO EN SU VIDA (SIN LA HABITUAL DETECCIÓN TEMPRANA) DE SU HIPOACUSIA-SORDERA Y EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PRÓTESIS AUDITIVAS QUE LA ALIVIARON FUE UN PROCESO DIFÍCIL PERO EXITOSO.

La verdad sobre la Discapacidad.

Una de la cosas que tiene una persona con discapacidad es tiempo para pensar en la discapacidad. Vengo reflexionando hace rato sobre el tema y cada vez me aterra más observar de frente a la falta de paradigma apropiado al respecto, por lo menos donde crecí, de donde soy, donde vivo.

Tuve la suerte, o mejor dicho la desgracia, de haber crecido sintiéndome diferente pero no sabiendo la razón. Como sabrán quienes me leen con el tiempo fui descubriendo las consecuencias de haber nacido así; problemas auditivos que me provocaban un trastorno discriminatorio de las palabras (quizá un eufemismo para la palabra hipoacusia neurosensorial bilateral con tinnitus constante) Hace poco volví a dar (luego de un intervalo de algunos años donde inexplicablemente perdí el diagnóstico de base correcto) con la fuente del problema, un problema que también me causa sabañones (también llamado síndrome de Raynaud) y una hipersensibilidad a ciertas luces, entre otras condiciones descritas en la Condición Autista (cuyo corolario es, en mi caso, el síndrome del mundo intenso; o Intense World Syndrome) Pude verme reflejado entonces, tanto en libros escritos sobre el espectro autista mucho mejor que con lo que antes tenía a mano: la hipoacusia (de nacimiento) y el tinnitus (adquirido a los 25 años) dos consecuencias del autismo en mi caso y no una causa.

Tuve que ser mi propio médico muchas veces, incluso mi propio abogado ante algunas injusticias (como la tardanza en renovar audífonos o la deliberada ausencia de inclusión, incluso ante logros que la aseguraban, como fue el problema que tuve con un premio en cultura; algo que sabrán quienes me leen)

Ahora, cuando me refería en un párrafo anterior a la suerte de haber crecido siendo diferente sin saber la razón hasta los 32 años, me refiero a que ser una persona con discapacidad es, a todas luces, mucho peor que ser una persona diferente sin saber qué le ocurre. Yo escuchaba mal, debía estudiar el triple que los demás para obtener los mismos resultados, y estaba más o menos perdido en un mundo de personas más parecidas entre sí.

Ser una persona con discapacidad en un mundo sin un paradigma acorde a la discapacidad, esto es, salir del clóset, siendo varón, persona con problemas de nacimiento, aceptando que un médico te diga como me pasó a mí, sin audífonos no podés trabajar, haciéndote caer en un diagnóstico que pronostica ayudas y comprensiones, es dejarte más vulnerable en un mundo donde esas ayudas y comprensiones no existen.

Por lo tanto, uno se queda con su certificado de discapacidad (C.U.D.), y va a comenzar un proceso que involucra más a terceros que a uno mismo. Uno ya sabía que tenía un problema, sabía que era diferente, sentía una falta, pero no era consciente de que había una palabra que describía esa falta y que esa palabra, a través de los años, fue convirtiéndose en una bibliografía al respecto y en finalmente en el Convenio sobre los derechos de las personas con discapacidad de las naciones unidas.

Entonces, uno sale a la sociedad con un certificado de discapacidad y y sale con un problema más. Con su discapacidad ya «descubierta», digamos, y con la incomprensión que va a encontrar en los demás sobre quién era uno.

Es más o menos una obviedad decir que la discapacidad necesita ayuda. Que hay una desventaja de base en la minoría de personas con discapacidad. Y que uno no deja de ser persona con discapacidad porque tenga prótesis como es mi caso. Tampoco súbitamente recibir audífonos (una ayuda meramente tecnológica) no va a hacer retroceder el tiempo y quitar el esfuerzo de más que tuvimos que hacer para adaptarnos a un mundo que nos era imposible desde que nacimos.

Me tocó en suerte entonces, descubrir que era una persona con discapacidad. Y ahí pude ver, pude darme cuenta en todos estos años, de la diferencia entre esconder tu discapacidad y exponerla. Exponer la discapacidad genera consecuencias devastadoras. Una incomprensión total tanto del grupo familiar como de personas cercanas (estoy describiendo una situación generada por una falta de visibilidad y de políticas públicas al respecto, de educación, no echándole la culpa a quienes no son responsables) que expone a la persona con discapacidad a nuevo abismo; el de que ahí justito debería comenzar su recuperación, su comprensión pero encuentra otra cosa, lo que encuentra es que ahí empieza su nuevo infierno.

Todavía hoy en día me asombra y no puedo entender cómo no hay un Ministerio en nuestro país dedicado a las Discapacidad. Me asombra que no se considere una minoría con tanto derecho a elegir la discapacidad como identidad (o su discapacidad como identidad) como cualquier otra.

La impresión que me da es que el mundo intenta construir sobre nuestros hombros, como si no existiéramos, como si los derechos no existieran, en mi caso, como si ser varón y con discapacidad fuera igual que ser varón y sin discapacidad, como si tanta diferencia y obstáculos no generara una identidad enorme y una nueva conciencia sobre lo que es el mundo.

Así las personas con discapacidad somos (aquí más allá del género, etc.) los preteridos de siempre. Los que nunca tienen lo que se necesita. Los relegados a los márgenes de la sociedad, los que tenemos que esconder nuestra condición porque es más seguro, porque es más inocuo esconderse, protegerse, que salir a actuar en un mundo en el que básicamente no existen los ajustes necesarios para que podamos realizarnos y vivir una vida digna.

Uno descubre que siempre estuvo mejor sin audífonos, siempre estuvo mejor sin la palabra discapacidad, que quedar «tonto» o fuera de las conversaciones, era una mejor alternativa a esta que uno es ahora: una persona que no puede hablar de su identidad con nadie.

La solución claro es cambiar en lo posible todo esto: que hablar de discapacidad no sea necesariamente doloroso (y para eso hay que cambiar las condiciones en que vivimos las personas con discapacidad; es doloroso hablar de nosotros cuando terminamos claramente mal; cuando ya damos lástima) y que sea un tema más de conversación.

Por otro lado, necesitamos en nuestro país políticas públicas al respecto. Concientizar a las personas sobre la necesidad de ayuda en las discapacidades, generar un marco donde podamos difundir nuestra identidad y cultura, donde podamos hacer como los demás, crear líneas telefónicas directas de ayuda a las personas con discapacidad, una minoría que está en situación de ser abusada y violentada (es increíble que no existan por ejemplo placas en las noticias donde las personas con discapacidad puedan enterarse de que si están sufriendo violencia en sus hogares, o algún tipo de maltrato, puedan comunicarse y recibir ayuda; es sólo un ejemplo de cómo empezar a cambiar la percepción de la discapacidad)

La demoledora impresión en estos años que viví como persona con discapacidad, desde 2012 a la actualidad, habiendo nacido así en 1977 sin haber sido detectado por médicos, es que no existimos.

No nos escuchan. No nos leen. No les importa a nadie.

Es nuestra responsabilidad, claro, reaccionar y exigir cambios urgentes.

por Adrián Gastón Fares.

PD: haciendo honor al nombre de este blog:

Chilblains / Sabañones / Raynaud en mis manos.

Sobre lo último que terminé de escribir.

Estuve publicando los primeros capítulos de la novela corta que escribí el verano pasado (Voraces) Y los acabo de borrar. Me di cuenta que, por la extensión de los capítulos, lo mejor es publicarla en su totalidad y no por entradas.

Por otro lado, para entretenerme, estuve diseñando los argumentos de lo que sería una segunda parte y una tercera parte de Seré nada.

Espero que estén bien.

Adrián G. Fares

La verdad sobre el amor.

Voy a dejar por un rato la ficción para escribir sobre discapacidad.

Me interesa particularmente dejar en claro cómo afectan los paradigmas vigentes a las vidas que llevamos.

En 2014 me puse a investigarme. Ya lo había hecho antes ante la falta de detección temprana de mi hipoacusia. No era algo nuevo para mí. En 2014, entonces, quería ver por qué, más allá de la hipoacusia, era yo como era.

Di con una respuesta médica que, englobando a mi tinnitus e hipoacusia neurosensorial, explicaba mi infancia y cómo fui de ahí en adelante.

Descubrí que yo había nacido con Autismo / Asperger (no en vano la partera le había dicho a mi madre que podía ser que yo escribiera debajo del renglón debido a la hipoxia de nacimiento)

Esto último fue corroborado con un neurólogo y un médico (fue ese diagnóstico que me hicieron perder y que recuperé el año pasado).

A lo que voy con el tema del amor.

Yo en esa época venía de una separación, y esta relación con una persona con la que convivía, no había terminado de la mejor manera. En ese momento de distancia con mi ex pareja, que supuse que sería poco tiempo, descubrí y repensé qué problemas tenía con la persona que estaba a mi lado.

El resultado fue, luego de investigar y preguntar mucho, que la persona que estaba a mi lado tenía la misma condición que yo. Asperger, en 2014, en nuestro país, Argentina.

Rejunté la información y envíe a mi madre a que hablara con la madre de mi ex compañera para que le diera la bibliografía al respecto que yo había seleccionado y las razones por las que yo pensaba que teníamos la misma condición. Es decir escribí una lista de las cosas que veía en ella. Luego yo pedía que la cuidaran y decía que era una persona muy inteligente. El papel terminaba con una flor torpe dibujada por mí.

Mi madre y la de mi ex pareja se juntaron en un café. Nunca, hasta el día de hoy (pasaron ya ocho años) supe si la lista fue entregada o no, tampoco qué ocurrió luego de esa reunión (la próxima vez que vi a la madre de mi ex yo ya había perdido el diagnóstico de autismo en esa época, mi manera de ser debida al Asperger había sido reemplazada, por algunos improvisados profesionales, como una mera consecuencia de no haber tenido detección temprana por mis problemas auditivos).

Volvamos atrás.

Antes de mi sugerencia del Autismo, la relación había terminado con un email de mi ex pareja comunicando que yo era una buena persona.

En Octubre de 2014, unos meses después, me llega otra carta de mi ex pareja, donde mi excompañera decía que yo era una manojo de imperfecciones (que incluían la agresividad y la obsesión; entre muchas otras cosas muy dolorosas) y que no importaba en lo más mínimo que yo fuera autista ni tampoco sordo.

Que igual me hiciera tratar más por difusos profesionales.

Pero la que siguió actuando de manera inexplicable fue ella.

Esta carta dio pie a una de las peores épocas de mi vida y es una de las razones por la que todavía, luego de ocho años, sigo tomando medicación para el estrés postraumático.

Yo siempre fui responsable y me traté una y otra vez ante cualquier opinión negativa que alguien pueda tener de mí (y está de más decir que no tuve nunca problemas como este con ninguna de mis otras parejas anteriores, ni posteriores) Siempre fui comprensivo.

Y lo que quería dejar en claro es que esta carta no es responsabilidad de una persona. Ni de una familia.

Es la respuesta de todo un paradigma. De toda una manera de ver al autismo y al asperger a nivel social como si fuera una ofensa y una mala palabra.

La carta de ella fue una respuesta a que yo sugería que tenía, como yo, algo MUY MALO para ese paradigma, algo tan malo como el Asperger o Autismo para ese paradigma de 2014 (y todavía hoy en día hay personas que hablan como si los autistas fuéramos idiotas)

Pienso el episodio con una profesional que me atendió en ese tiempo.

Al contarle que sugerí a la madre de mi ex que su hija podía ser Asperger (en ese entonces se hablaba de Asperger, no de Autismo), la psicóloga me dijo que si yo le hubiera dicho a ella que su hija era Asperger me “mataba”.

Entonces que quede claro.

En 2014 y parece que en 2022 también.

No sugieras que tu compañera puede tener Autismo, o Asperger, porque todo puede volverse incomprensión en un entorno familiar que antes fue amable con uno.

El alejamiento brutal de todo un entorno de un día para el otro tuvo grandes consecuencias en mi vida y en la de mi familia (que ya antes no sabía cómo lidiar con un hijo al que recién le habían otorgado el Certificado de Discapacidad y que hacía muy poco, luego de toda una vida de escuchar mal, debido al autismo, estaba equipado con audífonos)

Fue en una de esas salidas del consultorio con la psicóloga (la que me juzgó por haber sugerido a la madre de mi ex compañera que su hija podría tener autismo) que encontré en el suelo del rellano del edificio un corazón rojizo de cerámica.

La psicóloga, supersticiosa, me dijo: No lo toques.

Una verdad sobre el amor (que hemos compartido incluso con amigos que son personas con sordera):

No suele existir para las personas con discapacidad. No existe en nuestros términos. Con lo que somos. Existimos para ser enmendados.

Abusados. Ghosteados. Malinterpretados.

No nos dejan ser.

PD: últimamente estoy siendo víctima de un hackeo y de una especie de juego macabro en mi entorno con la época de 2014, una época muy oscura para mí. Parece que hay personas, las que conservan la sonrisa, que les parece que algo tan doloroso para uno es algo risible y materia de manipulación emocional. Me puse en contacto con la familia involucrada en 2014, incluso con mi ex pareja, traté de saber algo de cómo se encuentra y nadie me contestó.

Mientras sufro y trato de seguir adelante como tuve que hacer ya antes, con inmenso dolor. Pero con la seguridad de que no queremos ser más maltratados, ninguneados y molestados.

por Adrián Gastón Fares.

Discapacidad. Sigo sin inclusión social. Sin futuro.

Escribo esto sin mis prótesis auditivas, mientras escucho mi tinnitus.

Para actualizar mi situación con la discapacidad. En el enfoque médico, primero.

Debo dejar en claro que ya fui diagnosticado con Asperger (recuperé el diagnóstico que, por errores médicos, perdí en 2014).

Obtener el diagnóstico nuevamente no fue fácil.

Tuve que visibilizar mi situación en mi Facebook porque una psiquiatra se empecinó en que yo era Artista y Sapo de otro pozo (pero que no tenía Asperger porque resulta que las personas con Asperger no tienen imaginación; en su paradigma) También para esa psiquiatra parece ser que está bien que yo continúe en la miseria, en la soledad y el aislamiento (no fue capaz de ayudarme con mi diagnóstico pero me halagó -y quitó dinero- contándome el cuento de que soy artista)

Por suerte, un psicólogo de PANAACEA fue más concluyente con respecto a mi diagnóstico de Asperger y más expeditivo (también un neurólogo del Fleming).

Por lo tanto, el Asperger coexiste con la hipoacusia (y el tinnitus catastrófico como el que escucho mientras escribo esto sin mis audífonos) No escribo esto para dar lástima. Lo escribo para convencerme a mí mismo de que debo luchar por mis derechos. Y visibilizar lo que me está ocurriendo.

En lo social. Que es lo más preocupante. Sigo sin ninguna perspectiva de futuro, sin inclusión laboral, y sin poder disfrutar de mis esfuerzos y mis logros en el campo del cine y de lo audiovisual. Eso incluye postergar el tener una familia propia o poder construir un entorno sano para mí. Y ya tengo 44 años.

Tampoco he podido publicar nada de lo que escrito en este blog. La literatura es la única opción artística y de empleo que encuentro ante la imposibilidad de lo audiovisual. Pasó de ser un afición desinteresada (que podía o no darme resultados para construir un oficio) para mí, algo que hacía entre guion y guion, a lo único que queda.

Toda esta historia, lamentablemente, empezó a los 32 años, cuando, luego de años de no tener detección temprana de mi hipoacusia (yo nací con Asperger y con hipoacusia, pero no voy a bromear pidiendo en Argentina detección temprana del Asperger; entiendo que era imposible) fui diagnosticado con hipoacusia neurosensorial de moderada a severa (con trastorno discriminatorio escribían antes en el Certificado Único de Discapacidad).

En ese momento, con una conciencia más clara sobre mi discapacidad, empecé el camino (erróneo) de dar lástima y apoyarme en las instituciones que brindan inclusión para encontrar un empleo.

Así es que me paseé en esa época por el CONADIS, COPIDIS. A la vez, escribía cartas pidiendo ayuda a funcionarios políticos. Nunca dejé de escribir y producir contenidos para cine. Todo eso (mientras tenía trabajos precarios que no vinieron de ninguna institución) terminó en un premio para realizar mi segunda película luego de Mundo tributo. Mi ópera prima de Ficción llamada Gualicho (los que me leen ya estarán al tanto de esa historia)

Resulta que gané el premio del Instituto de Cine Argentino (INCAA) y resulta que me hicieron trabajar dos años en el proyecto. El resultado es que cobraron dinero todos los que trabajaron en mi proyecto (el que yo desarrollé desde 0) y yo nada. Por otro lado, aunque tengo los derechos de ese proyecto, no pude aprovechar todo el trabajo dedicado a esa película porque el INCAA no quiso responsabilizarse de cómo la productora presentante de la película trató a una persona con discapacidad. Como esa persona minó la inclusión de una persona con discapacidad.

Y lo mismo puede decirse de la institución (el INCAA) en la que uno expresó el gran problema que uno iba a tener si no ayudaban a encaminar mi inclusión en mi campo de conocimientos una vez obtenido un premio en ese campo de conocimientos. La última charla que tuve en la institución el año pasado (a donde acudí a rescatar el expediente digital de mi película) fue con el señor Gerente de Jurídicos, quién me sugirió que abandonara esa película, que tirara todo mi trabajo y esfuerzo, y que, de paso, reflexionara en la alquimia para sobrellevar el pesar de ser una persona con discapacidad, sin inclusión social, y una película que debe olvidar (como si uno ya no hubiera tenido que olvidarlo casi todo en esta vida; los proyectos que venían después, poder vivir de una manera digna, con resultados acordes a los sobreesfuerzos de la discapacidad, etc.)

De ahí que los demás proyectos cinematográficos y audiovisuales que desarrollé (Mr. Time, Embrión, Mochila, Las órdenes, El brote, más otros encargados) sigan sin poder filmarse.

Nadie me dio una oportunidad.

El Estado Argentino no responde.

Las instituciones que deben cuidar de la inclusión de personas con discapacidad (con una amplia y CLARA desventaja social) no existen. O yo no existo para ellas.

Luego de haber escrito tantas novelas, cuentos, proyectos de cine, series, de haber trabajado en posproducción en mis inicios incluso, no puedo comprender en lo más mínimo qué es lo que está ocurriendo para que yo termine como estoy ahora, escribiendo en un modo de protesta íntima, sin mis audífonos (pensando para qué luché por las prótesis auditivas; ¿para esto?) Para hacerme reaccionar a mi mismo.

No entiendo qué le pasó a mi país, ni qué es lo que nos pasa a las personas con discapacidad que todavía no podemos hacer valer nuestros derechos y nuestros esfuerzos.

Esto no da para más.

Lo dejo en claro. DISCAPACIDAD SIGNIFICA DESVENTAJA. DESVENTAJA significa que debe haber AYUDA para que podamos desarrollarnos y construir entornos sanos. Sólo así podemos recuperar la oportunidad con la que nace cualquier ser humano: la de tener una vida digna.

Adrián Gastón Fares.

Yo que nunca fui, soy. Décima parte, final.

Y entonces en la oscuridad los maniquíes se arrojaban sobre nosotros en los sueños que ya no soñábamos. Caminábamos de un lado hacia el otro en pasillos largos, rebotando como si estuviéramos en un pinball de esos con motivos de películas de terror. La falta de luz nos hacía mal. La soledad nos hacía mal. Corrimos hacia una punta del pasillo, abrimos una puerta y nos dijeron: Lleva mucho tiempo recuperar lo perdido. A nosotros que no teníamos nada.

Corrimos hacia otra punta, volteamos otra puerta y nos encontramos acompañados por personas que reían sin saber por qué. Alguno que no hablaba. Otras que estaban tristes sin saber la razón. Pero nosotros sabíamos por qué estábamos tristes. Nos dijeron que teníamos bronca, que teníamos toda la razón del mundo en tener bronca. Y ahí escribimos sobre el futuro mientras otros escribían sobre nosotros. Armaban una historia que sólo ellos leían (hasta que la pedimos para corroborar qué decía) que está llena de palabras como culpa, no presenta mejoría, interactúa bien con sus compañeros, de repente mejorábamos, otras veces lo escrito es como una canción indistinta. Lo sabían se ve. A veces nos mecían con palabras de aliento, para que sobreviviéramos porque valíamos más vivos que muertos.

En las eras del encierro, a veces traían a una persona que se quedaba mirando el vacío. No duraba mucho porque nadie sabía qué hacer con él. Así como llegaban se iban. Y nosotros también nos fuimos porque no sabían qué hacer con nosotros.

Corrimos otra vez, esta vez por otro pasillo, abrimos la puerta que daba al rellano de la escalera, abrimos la puerta del ascensor. Bajamos. Salimos a la calle. Dimos vuelta todo el cuerpo para ver lo que se decía en la pared de ese edificio y alguien había garabateado Hay curas que matan.

Nosotros contábamos con vos. Contábamos con ustedes. Contábamos con nosotros.

¿Cuánto te pagaron? ¿Qué te compraste?

Creíamos en sus palabras. Creíamos en sus solfeos. En su hablada y anaquelada ciencia. Creíamos en sus miradas, en sus risitas benévolas. Y cometieron tantos pero tantos errores que la verdad, como un globo que el viento se lleva de casa en casa, fue recorriendo todos los rincones, rozando a uno y a otra, volando de lugar en lugar como si las casualidades no existieran.

Pronto todos lo supieron, fue de voz en voz; las habitaciones donde nos encierran tienen escondidas muchas llaves.

Y así abrimos los ojos y enderezamos la espalda. Crecimos, nos volvimos más altas, más altos. Más fuertes de tanto enfrentar incoherencias, injusticias. Necedades.

Se destaparon nuestros oídos. Escuchamos ese siseo que produce la tierra, que producen las raíces cuando crecen y los muertos cuando se pudren.

Pero ya esto no es nuestra vida. Otra vida es la nuestra que pasa en otro lado, a la vez, como un sueño paralelo sin maniquíes, o como una liebre avistada al cruzar entre los árboles, interceptada por la mente por un segundo, fácilmente olvidable, y así pasó nuestra vida mientras tanto capturada en otras manos.

¿Cuáles son las puertas de escape de esta irrealidad? ¿Cuándo fueron construyendo esta casa alrededor nuestro? ¿Cuándo les pusieron las ventanas y las persianas? ¿Cuándo colgaron las luces? Nos molestan a la vista, los fotones caen en picada. ¿En dónde y cuándo arrancan los coches que terminan cruzando por la calle de nuestra casa y los vemos cuando nos asomamos por las ventanas? ¿Hacia dónde viajan?

Había todo un universo de palabras esperándonos. De letras desparramas por el piso que alguna vez habíamos ya puesto en fila contando una historia que tenía un lindo final. Pero no les convenía reescribir sus historias.

Ahora volamos otra vez. Cada vez más alto, aprendimos a descender al centro de la tierra también, a cruzar zanjas nuevas, a saltar, como el globo de la verdad, de azotea en azotea. A subir a las cúpulas de las iglesias y a soplar las campanas. Nos hicimos amigos de mucha gente y olvidamos a muchos otros que no tardaremos en recordar, olvidando si alguna vez nos hicieron mal o bien, si fueron amigos o enemigos.

A los que jamás vamos a olvidar es a los nuestros que cayeron en el camino. Los perdidos en el camino de esta artística diferencia, los batracios que terminaron ahogados en sus pozos. Los que se llevaron las luces, paso a paso, hasta el fondo del mar. Nosotras los fuimos a buscar, tomamos la luz, nos abrazamos a los silenciosos peces y en el légamo paseamos por las calles de un barrio sumergido.

Hay callejones de grafitis ahí, ríos verticales de tintura fluorescente, y si nosotros buscamos, si cada una de nosotras busca puede encontrar las palabras en esa calle angosta que concluye en un paredón. Si cada uno de nosotros busca con la mirada puede encontrar, ver, discernir una dedicatoria triste y persistente, como esas que mirábamos de refilón desde las ventanas de los colectivos.

Son letras enroscadas, corazones mal trazados, de cuyos huecos siempre algo se puede escapar.

Forman esta frase:

Por siempre nosotros.

Fin.

Adrián Gastón Fares

PD. Yo que nunca fui, soy, esta dedicada a todas las personas adultas que, a pesar de haber nacido con alguna condición/discapacidad han vivido sin diagnóstico, por no existir un paradigma afín o por no haberse respetado ese paradigma si ya existiera.

Sobre autismo y discapacidad neurosensorial.

En estos días fui a un neurólogo (uno de los mejores de mi país) que confirmó mis rasgos de Asperger (según algunos profesionales en el próximo manual de psiquiatría el Asperger va a ser reincorporado) A la vez, me dijo que mi pérdida auditiva no tiene relación, según él, con el Asperger. Que los dos pueden coexistir.

Por otro lado, estoy teniendo una discusión un poco demodé, para mi gusto, con psiquiatras. Sostienen que yo no puedo tener asperger porque tengo demasiada imaginación (y los autistas no tienen, según ellos, imaginación) Me indigna porque no tiene nada que ver con todo lo que vengo estudiando del tema. Noto cierta descalificación, o menosprecio, hacia las personas con autismo, de los profesionales (no de todos claro, en los que leo no existe ese prejuicio) que me molesta muchísimo. Yo no veo esa falta en todo lo que estudié del tema y no lo puedo encuadrar en ningún enfoque de los que estudié.

En conclusión, yo creo que mi tinnitus y pérdida de audición pueden ser una consecuencia del Asperger o Autismo o que pueden ser tranquilamente lo mismo (todo autismo; ciertamente es una discapacidad neurosensitiva o neurosensorial) El autismo/asperger tiene ventajas y desventajas. También una curva de maduración distinta a las de las demás personas, que no afecta a la creatividad (siempre está presente) La curva de aprendizaje social sí está presente. Eso no significa que de un día para el otro el Autismo (que ven la mayoría de los profesionales tan solo como un trastorno del desarrollo, por lo tanto eso implica que un adulto con asperger, que lleva una vida en apariencia normal, no puede ser autista) desaparezca.

Comprobé que el uso de audífonos no modificó mis rasgos Asperger, incluso puede ser que los haya remarcado (o liberado aún más).

Nadie sabe explicar a qué se debe el tinnitus, ni la pérdida de audición que no es física en mi caso (solamente he escuchado referencias a la pérdida de células pilosas, pero no está claro).

Lo que tengo en claro es que nadie parece saber nada sobre las pérdidas de audición neurosensoriales y del Asperger y autismo en adultos. Mis esfuerzos por llegar a un diagnóstico claro, que pueda ayudar en mi situación, que sea más cercano a mi identidad (que siento más cercana al asperger/autismo que a la sordera, de la que también estoy al tanto y siento cercana, pero no es lo mismo) cayeron en saco roto. Es descorazonador.

La distancia entre mis lecturas científicas sobre el tema y lo que encuentro en el ámbito de la atención médica me asombra y preocupa.

PD: A todo esto, ya fui diagnosticado con Asperger en 2014…

A. G. F.

Yo que nunca fui, soy. Novena parte.

Adocenados por empecinados manosantas del siglo XIX que intentan construir al acólito de sus propias instituciones para hacerlo bailar a su ritmo. Estupideces que serán quemadas por nosotras una y otra vez en la parrilla de la torre desde donde la ceniza de nuestra verdad va a llegar al mundo.

A su tiempo.

Nunca pensamos que con tres personas se podía construir el infierno.

Fuimos seleccionados junto al río, elegidos junto al río. Éramos dos y uno de nosotros, decían con los ojos pastosos, sería el que lo cambiaría todo. Entonces, nos llevaron a presenciar sus amaneceres. A enlistarnos en sus estólidas órdenes. ¿Hermano dónde estás? ¿Hermana?

Mi hermano se volvió un extraño. La mujer ancha lo quería todo de nosotros. Los otros escribían con escritura automática nuestros destinos. Nos pusimos contentos cuando ese mono rio.

Y ellos con las manos vacías, esas manos que nos habían arrancado de nuestro río. Divididos. Nunca pensamos que su arrogancia se volvería institución.

Yo mando a mi niño a un colegio que fue creado por ocultistas. Por sombríos magos expectantes de luminosos cambios. Yo fui a una institución que cuidaba la salud de la mente y recorriendo oscuros pasillos encontré una biblioteca con estantes repletos de muñecos pinchados con obtusa e inexistente magia. De creencias que poco y nada tienen que ver con la ciencia de la felicidad y la tristeza.

Todos nosotros nos juntamos para formar una pequeña religión entonces. Una X escrita en los márgenes de los libros sagrados. Y la llamamos la religión de la felicidad y la tristeza. Es en esa dicha, en cómo producirla y sostenerla, en esa paz, y cómo producirla y sostenerla, y en su contraparte la reacción y la tristeza en lo único que creemos. En los angulosos tres senderos de la paz y la soledad invocados en dos paredes.

Dos de esos senderos nos protegen del caos del universo. El tercero es una flecha lanzada al tiempo para afianzar nuestra labor nunca empezada.

El tiempo nos mece. Mecemos al tiempo.

Así fue que éramos los que lo sabíamos todo sin nunca haber sido iniciados. Porque somos la iniciación. Dimos orden de apartar todo cáliz de nosotros. Para que nuestra sangre no fuera contenida y se transformara en otro río de donde raptaran a otros como nosotros.

Como en el que nos encontraron, eligieron y separaron.

Y esta vez, cuando se acerquen esperanzados en sus pesquisas, sólo verán el paisaje final carmesí. Ese que enloquece a los ciervos y ciega a los que miran hacia atrás cuando tienen los ojos adelante. Entre los arbustos, nosotros, guarecidos, hermanados por cosquillas de viento, presenciaremos a hurtadillas cómo el desaliento conquista a nuestros conquistadores.

Y nos alegraremos.

Con sólo pensarlo nos reímos como hacíamos antes de que pasaran su bolsa sobre nuestras sonrisas. Y pusieran un precio tan alto para devolverlas. Tan alto como la torre que sostiene la cruz de nuestros colegios, que fueron templos y nadie nos avisó de que los huesos que reverenciaban eran los de nuestros hermanos con jardines diseñados por nuestras hermanas, jardines con parterres que parafrasean libros prohibidos y perdidos.

Pasamos de jugar con muñecos a reverenciar muñecos. Autómatas equipados con oblongas válvulas que podían verter un poco de la sangre artificial equiparable a la de nuestro río. No nos parecía mal que usaran un muñeco para esperanzar a las personas que no son nosotros, incluso a nosotros mismos, de futuros y posibles milagros. Pero nunca nos imaginamos que nosotros podíamos ser una parte del mecanismo.

Nunca nos agradaron los arco iris pálidos de la lluvia dorada. Distinguimos a las gotas suspendidas, en el instante justo, antes de que caigan todas juntas.

Vemos esas manchas luminosas que se mueven cuando cerramos los ojos, como si una vela sostenida por una mano invisible desfilara enfrente.

La seguimos hasta un pasillo largo que daba a una puerta y una vez que la cruzamos y nos volteamos esperando compañía ya era tarde.

Nos habían encerrado.

Yo que nunca fui, soy. Octava parte.

Ancianas sentadas en sillas. Suspendidas boca abajo en un largo pasillo. Las patas de la silla están pegadas al cielo raso y cada tanto giramos el cuello para ver si el pegamento se afloja. Tenemos la boca abierta. Es que gritan, dicen los que pasan caminando debajo de nuestras cabezas. Pero a nosotras no nos suena. Los seguimos con la mirada hasta que encontramos a uno de nosotros, a una como nosotras. Suele ser un niño que un adulto arrastra por un pasillo hasta la sala de enfermería donde lo espera una aguja.

En San Telmo, somos fantasmas de la planta alta de la casa de los Ezeiza. Los vivos ven nuestros reflejos en espejos de pie ingrávidos en una tienda de antigüedades donde el aire no circula. Nuestras palideces ovales están enmarcadas por pelo largo enrulado. Ya no necesitamos escuchar pero en vida tampoco escuchábamos. Tenemos una misión torpe. Aparecernos a los miembros de una familia en los que hay gente como nosotros pero vivas.

Levanto la mano para hablar yo que era guardia en un museo. De tanto estar callado olvidé como suena mi voz. Un día llegaron y me movieron con el resto de los muebles estilo Luis XV. Me desarmaron y ahora miro el cielo desde el ojo de buey del altillo de una fábrica. A veces soplo el polvo del alfeizar. Otras me acerco, apoyo los codos y miró hacia abajo.

Los coches eran lentos al principio. Se fueron haciendo más rápidos. Tenían conductores al principio. Después, no. Nunca me interesaron las máquinas. Más me gustaba mirar la belleza de un murciélago de plata que revoloteaba cerca de un palo de luz. Hasta que pude ver mejor. Lo que había tomado como producto de la naturaleza tenía alas que giraban y cortaban el aire como si fueran una navaja; mi murciélago era una de esas máquinas que llaman drones.

A nosotras nos gustaba decir que nuestra casa estaba en una ciudad perdida. Que éramos de la del agua o de la de los vientos del norte, de la del oro o de la de los lémures. Ya no lo decimos más porque sabemos que así terminamos en casas de pasillos blancos y listado de tareas colgados en las paredes.

A mí me tocaba lavar los vasos de plástico los miércoles.

Yo servía el jugo de manzana por las mañanas.

Yo limpiaba el cenicero abandonado en la mesita de la azotea, donde los fantasmas aspiraban las cenizas.

Son más conocidos los fantasmas de los lugares cerrados. Pero su imagen no es tan grande como la de los de arriba de los techos donde el viento los infla hasta que explotan como globos. Caen con la lluvia. Descansan en cada gota, cada uno en sus parterres más o menos plantados.

Nosotros juntamos a uno que cayó sobre la yema de nuestros dedos y lo guardamos en una cajita para clonarlo. Es que estamos en la época en que todo se clona. Desde un beso de despedida a una identidad.

Ya no existe lo que éramos. Fue suplantado por un trastorno de palabras.

Algunas encontramos portales a nuestras viejas mentes. Son letras sueltas que escribimos una por minuto en pantallas con píxeles muertos, sentadas en nuestros tronos, sillas azules con ruedas y el respaldo roto, mientras lloramos por el ojo derecho.

Nos llevó veinticinco horas escribir el siguiente párrafo:

Allá por las vías vimos llorar a una de las nuestras y no pudimos hacer nada. Cercada por sus familiares y los ladridos de un perro. La dejamos atrás. Teníamos que ir más allá de El Karma, que es una tienda que vende muebles de pino.

En una milésima de segundo escribimos que nos volteamos antes de cambiar de camino y obtuvieron un perfecto primer plano de nosotros. Miramos la cámara. Nuestra mirada decía.

Nosotros que nunca fuimos, somos.

Somos los que nos fuimos.

Los reemplazados porque una parte estaba dañada. Los abandonados por un defecto de fábrica. La ropa devuelta sin probar. Somos las ventanas tapiadas para que no vean lo que hay adentro. Las lámparas con pantallas torcidas para que nuestro resplandor no alcance lo que no quieren ver. Escribimos lo que no quieren leer. Decimos lo que nos sale y no nos debería salir.

Somos el típico grupo de amigos, chicos y chicas, atacados por un nombre que no tiene entidad. Escapamos en bicicletas hasta la típica esquina en la que nos saludamos y separamos para volver cada uno a sus hogares. Directo al dormitorio para inventarnos que tenemos un grupo de amigos, chicas y chicos, perseguidos por una entidad innombrable, separables en las esquinas.

Somos cadáveres con la cabeza explotada. En nuestra materia gris humeante por una bala que siguió su trayectoria pueden entreverse nuestros sueños que se escurren hasta una alcantarilla.

Algunos decidieron agruparse y formaron una expedición para rastrear el subterráneo camino de ese légamo de sueños iridiscentes hasta la desembocadura: un silencioso mar.

En cambio, en la vigilia somos ruidosos como el sonido que acaricia tu tímpano, la presión variable creada por un mundo que no se hace cargo. Nos convertimos en el hueco entre las palabras de tu historia favorita. Somos la contratapa de la vida.

Fogosos desangelados.

Nuestra historia tiene miles de finales y siempre está por empezar. Puede escribirse, puede leerse; no puede entenderse. Pasan siglos hasta que de boca en boca le agregan circunstancias que la hacen compresible. Entonces, pierde todo significado y toda emoción.

Porque de eso se trata.

De contar historias extrañas pero emocionantes que quepan en el ascensor, que sepan entrar justo antes de que la puerta se cierre, en esos edificios que llaman cabezas de los nuestros y de los otros.

La verdad es que nos gustaría ser uno solo para sentir menos. Así tampoco sentiríamos nada cuando eliminan a uno de los nuestros y no nos dolería cuando se llevan presas a nuestras historias. Tampoco nos molestaría que nos interrumpan.

Yo que nunca fui, soy. Séptima parte.

Recordamos cuando éramos chicos

En nuestras fortalezas

Ya sabíamos

Que no éramos iguales

Es aburrido

Vivir todo de nuevo

Nos transformamos para ser como ustedes

Queríamos ser como ustedes

Pero otra vez descubrirlo todo

Los hedores

Las defensas

Los límites lejanos

Todo huele a hospital

Huele a muerte y lo sabemos

Los gustos

Nuestro cuerpo ya extraño

Las venas marcadas

Porque nos marcaron de chicos

Nos molestaron de chicas

Nosotros no somos como vos

Nosotras no somos como vos

Un océano nos separa

Un cromosoma X

Un cerebro X

Las alas que tendrían que estar pero no están

Por vos

Nos ponemos negros

Adelantamos los hombros como si viniera una guerra

Soldados

Soldadas

Llevamos arriba nuestro a nuestras muertas

Llevamos letras de canciones que no entendíamos

Pero que ahora entendemos

Llevamos miradas compasivas

Que no son nuestras

No son nosotros

Pasó esto antes

Nos diezmaron

Destrozaron nuestros corazones

Nuestros miembros

Nos comieron

Nos extinguieron

No quieren decir nada de la gelatinosa diferencia

Es fácil controlar un color de piel

Una nación

Pero no es fácil controlar un cerebro

Que tiene todos los colores de piel

Todas las alturas

Todas las tallas

Y los números de calzado y vestimenta

Fuego

Nos tiraron

Lo vienen haciendo hace años

Era solo darse cuenta

Saberlo

Unirse en armas

Juntar hombro con hombro

Formar una invisible muralla

Y avanzar

Hasta que la tierra injusta caiga

Hasta que ellos y ellas retrocedan

Y clamen perdón

Yo trabajaba en una refugio en la época de la beneficiencia

Vi como mataban a los peores

Si teníamos un problema

Éramos ya provisorios

Extinguibles

Olvidables

Nos iban

Nos esterilizaban

Descerebraban

Con un golpe seco en la cabeza

Porque no éramos como ellos

Así es que somos menos

Así es que nuestra batalla siempre pierde

Nosotros que nunca peleamos

Y si lo hicimos fue por ellos

Sin ellos no seríamos nada porque se pusieron en el cielo

Pero nada es mejor que esto

Es mejor que arrastrar heridas que ni son nuestras

Es mejor que burlas

E inclinadas mentiras

Vimos un mundo que no existía

Lo vimos de chicas

Tratamos de salvar a los nuestros

Les dimos amuletos para eso

Nos vencieron

No dejaron que los ayudemos

Nuestra sangre se secó en antiguos bancos de madera

Entre maestras y maestros y grupitos de chicas

Entre camas marineras

Entre adversas religiones

Nosotras que éramos la religión

Nosotros que somos religión

Todos los laberintos ganaron

Las mentiras ganaron

Tu madre ganó

Tu hermana ganó

Nuestras compañeras ganaron

Perdimos nosotras

Nos volvimos con la cabeza baja

No pudimos disfrutar lo que vos disfrutaste

No pensamos que a pesar de sobrevivir esa estupidez y maldad temprana

La íbamos a tener que aguantar toda la vida

Desaparecimos

Nos desaparecieron

Nunca hubo lugar para la diferencia y siempre tiraron

A matar

No lo sabíamos

Las balas invisibles matan años después

Por eso adelantamos los hombros

Enterramos nuestros cuerpos

Un centímetro ganado a la Tierra

Es un espacio ganado a ellos

Desplegamos alas muertas

Nos guarnecimos

Ya no somos lo que vos querías.

Yo que nunca fui, soy. Sexta parte.

Intervalo (o tal vez final)

Puede ser que el destino de un árbol sea no saber que tiene raíces

Puede ser que la vida de un pájaro sea no saber que tiene alas

O la de un pez nadar sin conocer sus aletas ni el agua en la que nada

Puede ser que las cucarachas no sepan que tienen antenas

Y los murciélagos soñar boca abajo sin saber que tienen las patas cruzadas

Puede ser que una hormiga no sepa que existe el hormiguero

Y que una abeja ronde una flor sin saber que es una flor

Lo que no puede ser es que los seres humanos

Tengan que desconocer los sustantivos que los describen

Para caer en viejas telarañas sin radio ni centro

No podemos dejar que nos escondan las palabras que nos nombran

Que nos giren el tablero

Cada vez que nos aproximamos a nuestras verdades

Cuanto tiempo un hombre tiene que ver cómo le cambian el arco de lugar?

Cuanto tiempo hay que empujar la mentira hasta que caiga en el precipicio de la verdad

Yo vi los cuerpos en el piso

Yo vi la sangre en la pared

Vi el fuego que quema tu asiento

Y de gritar justicia y verdad bajo el agua me quede ronco

Nosotros que tenemos en el cuerpo la marca de las pezuñas de nuestras mascotas muertas

Esa desgastada V

Nosotros que tenemos pesadillas en las que somos rechazados hasta el principio

De los tiempos

Venimos

Con humildad

A darlo vuelta todo

Yo que nunca fui, soy

Ella que nunca era, es

El que nunca pensó, piensa

La que nunca habló, habla

La que no podía, puede

Y puede más que vos

Ellos que nunca iban a crecer, crecieron

Y crecieron más que ustedes

Nunca nos dijeron te íbamos a esconder las cosas para que no las encuentres

Nunca nos dijeron te íbamos a esconder la verdad para cuidarte

Para que no sufras

Y nunca se imaginaron que la íbamos a descubrir solos

Gracias a la señora Olga y a la señora Temple

Gracias a una chica que nos vino a buscar desde lejos

La noche que pasaban la película de nuestras vidas

Y cortaron la luz de toda la avenida

Para que nuestros ojos se acostumbren a la oscuridad

Esa oscuridad que iba a seguir creciendo hasta volverse un obelisco negro

Que nos pinchó el cielo de fuegos artificiales

Y encima nos llevaron en helicóptero para ver el agujero que iba a quedar

Por ahí vimos tu planeta falso

Tu asociación de versos célebres

Nosotros que siempre nos hamacamos

Que esperamos nuestro vaso de plástico de café en puntas de pie

Nosotros que nos hicieron pasar por ciegos de amor

Por hijos de la dictadura de la sordera

Nosotras que siempre estamos listas para una fiesta que nunca empieza

Nosotros que escribimos el escuchar de los escuchares

Gigantes perseguidos por gigantes que ya son más bajos que nosotros

Nosotras que nunca nos inscribieron

A nosotros que nos salva el juego triste y solitario de escribir con inocencia palabras letales

Nosotras que nacimos con dedo de revolver y fuimos ametralladas por un manojo de signos

Nosotros que esperábamos amor y obtuvimos burla y silencio

Nosotros que estábamos llenos de cosas que nos hacen ruido

Nosotros que rondamos la dicha

Y ya probamos que no necesitamos nada

Los ascéticos de la nueva era

Las desinteresadas de los intereses restringidos

Rígidas

Durangas

Forrest Gumps sin zapatillas

Maléficas sin Disney Plus

Soy tan autista que tengo sordera.

Mi tinnitus es mi sordera.

Mi inexplicable tinnitus señala mi autismo.

Es una vieja historia.

Que damos vuelta.

Así, porque es lo que es.

Hay que decir la verdad.

Nacimos para esto.

Fuimos diagnosticados en 2014.

Nacimos con esto.

Buscamos la verdad.

Soy autista,

Soy artista.

Todos los paradigmas caen antes este,

en el que nos sentimos hermanados.

PD: Lo contrario sugerido, es imposible. Soy tan sordo que soy autista. No tiene lógica. Y no es la realidad.

Yo que nunca fui, soy. Quinta parte.

En el ocaso de un siglo que presagió guerras y epidemias descubrimos el cinematógrafo. Fuimos al cinematógrafo y nos hicieron olvidar nuestra identidad. Cuando fuimos a nuestra identidad nos hicieron olvidar el naciente cinematógrafo. Habían pianos que tocaban solos. Mancos sentados en taburetes con la espalda recta. Había mujeres que cantaban en silencio. Vimos los títulos finales. Vimos todos los fundidos a negro. Nuestra película terminó y estamos buscando al encargado para que la encienda fuego.

No queremos que la vuelvan a usar, no queremos que la vuelvan a exhibir. No queremos que se sigan burlando de nosotras.

Ya tuvimos que aprender a poner marcha atrás a toda velocidad. Siembre nos salvó poner marcha atrás a toda velocidad. Es inesperado para ellos cuando usamos nuestra vertiginosa memoria eidética. Podemos volvernos semidioses usando la memoria. Podemos trastocar los mejores planes. Y si no, quemamos nuestras naves. Es otro recurso que usamos seguido para sobrevivir en el mundo desalado o cuando prevemos que nos están por arrojar a una de Las Simas. Muchos de nosotros arañaron las paredes ardientes de alguna Sima y supieron la verdad.

Porque si los tocamos sabemos la verdad. Un apretón de manos puede terminar con un siglo de secretos urdidos. Es uno de nuestros dones.

Arrastramos las imágenes de lo cierto hasta dar con lo cierto. Si nos concentramos y nos apabullamos y caminamos mucho y damos vuelta, volteando papeles y libros, como buscando algo que sabemos que está pero no dónde, eso significa revelación cercana. Frío, tibio, caliente.

Estamos acostumbrados a lo caliente. A lo caliente que se congela. A lo frío que se enciende. A la verdad que espera en desvanes. Otro de nuestros dones.

Nosotras tenemos visión periférica. Captamos todas las miradas. Discernimos los pedidos de ayuda, los brazos cruzados arriba de las cabezas, las mejillas sonrosadas. Interceptamos a los ojos que se desencuentran rápido. Los ojos que se van porque no les conviene. Las miradas que vienen porque no se van. Estamos acostumbrados a ver en la oscuridad. Repicamos nuestras lenguas contra los paladares para ubicarnos en la oscuridad.

Nuestros retratos nunca recibieron luz. Nuestros retratos están colgados en cuartos cerrados con olor a lona de pileta desarmada. Cuartos a los que entran una vez al año. Nuestros retratos están ocultos en cajones de armarios. En cajones trabados.

Nuestros retratos nunca fueron tomados, nunca fueron dibujados, nunca fueron firmados por artista alguno. No llevan nuestros verdaderos nombres.

Porque dudamos de nuestros nombres, dudamos de nuestros segundos nombres, dudamos de nuestros apellidos. Existen familias como las nuestras en muchos lugares. Los ayuntamientos siguen el mismo patrón. Nos llamamos oscuros en todos los idiomas. Caballeros en todos los idiomas. Guerreros en todos los idiomas.

El pueblo, chico. Las caras que se repiten en todos los ayuntamientos. Los caminos que se repiten en todos los ayuntamientos. Los amigos se repiten en todos los pueblos. Nuestros esposos se repitieron en todos los lugares. Nuestras mujeres…

Nos interceptaban en todos los lugares. Bajábamos escaleras y nos interceptaban. Íbamos al baño y nos interceptaban. Nunca tuvimos miedo, nunca pensamos que no eran casualidades. Tuvimos que aprender a olvidar la casualidad.

Nos gustaba ir solas al cine. Nos gustaba salir solas del cine. Nos gustaba salir solas del cine y que lloviera. A veces nos interceptaban afuera del cine. A veces en las puertas de las iglesias cuando un casamiento. A veces nos enganchaban de manera tan rara que no lo podíamos creer. Nos perseguían en los túneles bajo tierra. Algunos de nuestros familiares tenían radios que interceptaban una estación que sólo ellos podían escuchar. Los engañaban así. Nos engañaban así. Cantaban canciones que nunca hubieran escrito.

Ahora la sombra de sus drones se dibuja en nuestros cuerpos desnudos cuando apacentamos cerca de los árboles frutales. Es difícil escapar. Más difícil que antes. Tanto que a veces ni queremos escapar. Es una contradicción que la mentira pueda pasar por belleza. No nos gustan las contradicciones.

No podemos soltarnos a recordar el pasado. Son muchos detalles, muchas historias, no podríamos seguir adelante con nuestra tarea. Pero basta pestañear para que el pasado escale a nuestro cuello y se cuelgue de nuestras pestañas largas como cerrando la persiana metálica de una tienda de antigüedades.

En nuestros cumpleaños, de niñas, nos regalaban cajas con un moño rosado. Tirábamos de las vueltas y el interior nos revelaba la sorpresa: nuestras propias manos con uñas largas. La velita de nuestros pasteles, de nuestras tortas, era un dedo de piel arrugada y uñas largas y pintadas de color rojo. Eran dedos fríos que soplábamos hasta que se encendían. Hasta que eyectaban de las yemas hilos finos de sangre que dibujaban nombres en el cielo raso grisáceo y en el cemento sudado.

Nos lloraban encima.

De chico, cuando las navidades eran paganas y todavía no existían los pobres angelitos, una estrella nos explotó en la cara. Descansamos del accidente en el dormitorio donde escribimos esto. Nos llenamos de luces en la cama donde escribimos esto. En el cuarto de las Abuelas Viejas de pelo largo y blanco.

Ellas nos enseñaron el tesoro. Ellas jugaban con las monedas. Era un juego simple y justo, no como Los Juegos Grandes en los que ya estábamos anotados cuando las Abuelas Viejas jugaban con nosotras con las monedas, con nosotros y las monedas.

Somos las Abuelas Viejas.

Y morimos en primavera en los dormitorios donde dictamos esto.

Somos un personaje de un cortometraje que moría en los dormitorios donde escribimos esto. Somos un personaje que escribía en una máquina de escribir en este dormitorio. Somos el fantasma de un niño actor de un cortometraje que ya nos andaba corriendo con un chipote chillón para que despertáramos de la ficción que nos escribieron, del plan de 1921, del plan de 1974, del plan de 1851, del plan de 1112 y así podemos seguir para atrás.

Dormimos con las luciérnagas. Compartimos la cama con estrellas fugaces.

¿Qué luz nos perdimos que los demás vieron? ¿Por qué nos dejaban siempre esperando en la puerta de la calle? O rondando ascensores con iniciales envueltas en corazones.

De chicas un ascensor nos llevó a un piso inexistente en un edificio insostenible. Había maniquíes, muebles cubiertos con trapos, y partículas de polvo que caían de abajo para arriba, subían hacia el cielo raso. Entre las formas ovaladas de los muebles ocultos yacía el ala trasparente y nervuda de una libélula gigante. Entonces el ascensor descendió y ya no fuimos las mismas.

De chicos nos llevaron a la iglesia y ante el altar dijeron que el pez dorado en la bolsa de plástico estaba diabólico.

De chico éramos viejas problemáticas.

Éramos viejas chicas problemáticas insomnes que juntábamos alas de cucarachas de la alacena de los lavaderos.

Nos hicieron soñar.

Aprendimos a hacer soñar a los que nos hacían soñar. Aprendimos a hacer soñar en general para los buenos fines. Ya no se sabe quién sueña y quién hace soñar.

Estamos en el medio de una guerra de sueños.

Tuvimos que aprender a retener nuestra simiente en los sueños que nos tomaban de las manos y nos descendían por una escalera caracol para quitárnosla en un sótano. Tuvimos que aprender a sacárnoslos de encima antes que nos ahoguen en el horario de la siesta. Aunque rara vez dormimos la siesta.

Nuestras hilanderas en Iquitos producen redes para atrapar a los cultivadores de perlas. Pero sabemos que no tiene sentido atraparlos porque son perversos y les gusta ser atrapados, ven como un mérito la persecución. Somos sus gladiadoras. Somos sus gladiadores para divertirlos en potreros sin lectores.

Acariciamos nuestros pies en agradecimiento al camino recorrido, anduvieron mucho y el suelo siempre pedregoso y la arena caliente. Recordamos cuando teníamos alas y agradecemos el haber tenido alas.

Cuando teníamos alas guarecimos a San Atanasio de una hueste de humanos disfrazados de demonios. El santo barbudo debajo de nuestra espina dorsal encorvada y nuestras alas cerradas como formando una crisálida a su alrededor. Mariposas, no, decimos, aunque nos coleccionaban así también pinchados a lo Gran Gatsby en nuestras islas desesperadas.

Vampiros, no, decimos. Aunque nos enterraban al ras de la tierra y esperaban a que nos pudriéramos y entonces no y pensaban que éramos no muertos. Nos enterraban en urnas de cristal y veían que no nos pudríamos y nos reverenciaban. Coleccionaban nuestras reliquias. Nuestros huesos líquidos, nuestros corazones secos, nuestras manos de dedos largos, cuándo no.

Conocimos vampiros como la chica que nos mostró el colgante con el retrato oval de una pálida antepasada de su especie en noches que amanecieron frías.

Con el tiempo olvidamos los apellidos que nos llevaron a los lugares. El espacio es el tiempo aprendimos a rezar, las personas son el tiempo, aprendimos a rezar. Los lugares son el tiempo. Las personas vienen y crean el tiempo, las personas se van y crean otro tiempo. No hay manera de escapar de estos tiempos, salvo cuando repetimos nuestras obstinadas rutinas y juntamos las palmas de las manos e inclinamos el cuello hacia delante. Y así tampoco escapamos.

No existe el tiempo. Lo inventaron para atraparnos a nosotros.

Las estrellas que vemos están muertas. Las muertas que vemos son estrellas. La distancia entre las estrellas es la velocidad de la oscuridad. Conocemos la velocidad de la oscuridad porque fuimos traicionados entre árboles, fuimos traicionados entre telescopios. No vemos con los ojos, no escuchamos con los oídos.

Les tememos a los mamíferos marinos porque en el principio éramos peces. Los mamíferos marinos nos engullían, nos tragaban en cardúmenes. Escribimos un cuento de un mamífero marino, blanco y gigante, un empecinamiento de nuestra alegoría.

Los mamíferos marinos fueron los primeros guardas que rondaron nuestras ciudades sumergidas, cuando boqueábamos nuestros amores y apacentábamos caracolas.

En las profundidades de los mares hay montañas formadas con las escamas que perdimos.

Astillamos las olas. Pegamos el salto.

Yo que nunca fui, soy. Cuarta parte.

No tuvimos padre, no tuvimos madre. Somos nuestros padres, somos nuestras madres. Somos madres de nuestros padres, padres de nuestras madres. Alejaron a nuestros hermanos, alejaron a nuestras hermanas. En sus escrituras aparecen como los malos. ¿Quiénes son los malos? ¿Quién se atreve a escribir eso? ¿Quién se atreve a individualizar la maldad? A decir que es una cara. Que es una calavera. ¿Quién es el dueño de la calavera? ¿Quién es la dueña de la calavera?

Los sumos sacerdotes, los escribas, ¿quiénes son? Nos marcaron de nacimiento, nuestra partida de nacimiento está marcada. Nos siguieron toda la vida para ver qué pasaba con nosotros. Se ubicaron frente a nosotras, se ubicaron frente a nosotros. Ellos sabían y nosotros no. Ellas sabían y nosotros no. Nos lo ocultaron. Nos mintieron.

Nos vieron volar de chicos, nos vieron arañar el salpicado de las paredes, sabían que podíamos volar, nosotros lo olvidamos, olvidamos cómo hacer para flotar en nuestros claustros. Cuidaron de nosotros monjas hasta que decidieron que la beneficencia no era lo mejor. Jugábamos en el recreo del modelo demonológico. Trabajamos en las oficinas del modelo organicista. Los otros modelos aplicados a los seres diferentes nunca fueron para nosotros, nunca los aplicaron con nosotros.

Somos invisibles. Nunca nos vieron, nunca nos anotaron, perdieron nuestros registros, olvidaron nuestros hechos, borraron nuestras historias, las ocultaron, las intercambiaron, las barajaron, las apilaron y luego las vendieron en un lote de libros usados. Los médicos pasaron sus secretos, las parteras no podían creer lo que hacían. No podían contar en sus casas lo que veían. Nadie les creía. Como a nosotras. Como a nosotros.

Soy un esqueleto sordo de la sierra de Atapuerca. Soy el fantasma de una epiléptica exorcizada. Largo espuma por la boca. Mi espuma son los mares en los que se bañan los hijos de los escribas. Las hijas de los sumos sacerdotes se bañan en mi espuma.

En 2006, pedimos limosna hasta que con ella financiaron una convención para nosotros que nunca tuvo peso, que nunca se leyó, un papel más, una ley más entre tantas leyes transparentes, invisibles como nosotros. Viajamos a Nueva York, escuchamos el nuevo sermón, escuchamos a los predicadores de nuestra condición que no tenían nuestra condición. Con la excusa de ayudarse a ellos mismos, inventaron organismos para ayudarnos a nosotros. No emplearon a seres como nosotros en esos organismos, no sirvieron, son pantallas para quedar bien. Otro mail vacío. Otro cuento del tío. Cuando pedimos ayuda, nos atrapan en esas redes y nos dejan solos en el muelle. A veces decimos que antes era mejor, en 1784, en el Santa Catalina éramos por lo menos sirvientes. Nos sentíamos útiles, teníamos algo para hacer. Nos miraban con lástima por lo menos pero nos miraban. Nos llamaban con palabras reales, como maníacos, como retrasados mentales, como graciosos y raros. Intentamos hablar pero nos daba vergüenza. Se reían de nuestra voz. Nos callamos. Aprendimos la lengua de señas. Aprendimos a leer los labios. Fuimos mudos. Fuimos ciegos. Aprendimos a no escuchar. Aprendimos a no mirar. El que quiera oír que oiga. El que quiera mirar que mire.

Para restituir el vuelo, aprendimos la matemática, aprendimos la tornería. Era mejor antes porque para luchar aprendimos a fundir metales, aprendimos a afilar piedras y a usar los yuyos para atarlas a un palo. Aprendimos a hacer sogas. Algunos usaron esas sogas para volar otra vez. Volaron, dijeron. Se nos fueron. Terminaron como sabían que iban a terminar.

Somos los hijos de la polio, somos las hijas de la polio. Somos viejos, somos jóvenes, somos adolescentes, somos niños, somos niñas, somos adultos, somos cadáveres, somos fetos en frascos y desde ahí cantamos nuestras canciones de revancha con violines desafinados. Tenemos un certificado que no sirve y que prendimos fuego en la parrilla. Se viaja más rápido con la imaginación que en colectivo, nos decimos. Leíamos a Burroughs; amanecía en la espera de viejos hospitales de la ciudad de Buenos Aires. Desfilábamos entre pasillos con vistas a silla de ruedas y cuerpos vendados.

Nos sacamos el chipote chillón en las máquinas de juguetes. Es como nuestro martillo de Thor. Aúlla como un mono. No nos dimos cuenta de que el chiste era golpear en la cabeza con el chipote chillón del mono a medio mundo para que se acordaran de que existimos. Nos olvidamos. Pensamos que iba a ser fácil. Pensamos que nos iban a comprender antes de preguntarnos si queríamos ser comprendidos. Si nos convenía ser comprendidos. Si era necesario ser comprendidos. Porque es más fácil luchar que buscar la comprensión, es más fácil escalar montañas, es más fácil ganar olimpíadas para sostener el fuego. Estallamos. Combustión espontánea.

Nos convertimos en nuestras propias estrellas. Creamos nuestro universo, una nueva órbita de la que estamos tratando de alejar todo lo dañino, todo lo innecesario, todos los paradigmas feos, todo lo maligno, toda la hipocresía. No nos quedo otra que convertirnos en soles. Crear nuevas órbitas.

No nos quedó otra que crear sucedáneos alados, mosquitos gigantes de alas tornasoladas. Sabemos cómo pegárselos en las espaldas a los que juegan con nosotros. Sabemos cómo hacer que los lleven arriba sin sospecharlo. Nunca los ven. No adivinan que los tienen agazapados ahí. Nuestros bichos raros escuchan todo, lo ven todo y nos lo mandan a nuestras antenas. Nuestros bichos raros tuercen las órbitas que no nos favorecen.

Al principio no funcionaban porque no creíamos en los bichos raros. No teníamos fe. Pero cuando tuvimos fe, las imágenes empezaron a llegar. Les devolvimos el rechinar de dientes pero no nos gusta reírnos de eso. No nos gusta usar a nuestros bichos mansos para eso. A veces no nos queda otra. Tenemos una responsabilidad con nuestra especie sin nombre. Ellos aplican sus protocolos, nosotros aplicamos los nuestros. No siempre nos quedamos cruzados de brazos.

Quisieron institucionalizarnos, quisieron violarnos, quisieron matarnos. Fue demasiado. Aguantamos todo eso pero cuando se burlaron de nosotros, cuando jugaron con nuestras creaciones y quisieron raptar a nuestros hermanos, raptar a nuestras hermanas con promesas falsas, reaccionamos.

Reaccionamos y nos dijeron vení que te vamos a ayudar, vení que te vamos a llevar de la mano, con nosotros vas a poder. Fuimos y abusaron de nosotros. Fuimos y nos llevaron de la mano hasta un volcán. Nos arrojaron a La Sima. Aprendimos a respirar el aire tóxico. Nuestros pulmones se adaptaron pero la energía necesaria para volver a generar alas se fue en eso.

¿Y entonces qué?

Yo que nunca fui, soy. Tercera parte.

Con tristeza entendemos que nosotras recibimos los golpes, las bromas, las burlas. Es porque los alegra, porque eso los libera como a nosotras patear una puerta. No pueden crear belleza y es lo único que les queda, no pueden apreciar la belleza y es lo único que les queda dejarnos un arma descargada para que la usemos en la desesperación.

Hay que patear más puertas para ver lo que sienten ellos cuando nos denigran con su insensibilidad, cuando nos usan. Lo que sale, lo que flota después de golpear una puerta es eso que ellos sienten después de usarnos a gusto.

Nunca desquitárselas con humanos porque vamos a caer tan bajo como ellos y nosotros ya no somos humanos. Dejamos atrás ese paradigma. Buscamos otros. Encontramos otros. Aparecieron otros.

Algunos trashúmanos, decimos, porque usamos aparatos, porque sin la tecnología no veríamos, porque sin la tecnología no caminaríamos, porque sin la tecnología no oiríamos. Sin la tecnología no tendríamos tacto, no podríamos acariciar por última vez el hocico de nuestro perro muerto. Aunque nosotros somos conscientes de la paradoja de que tal vez la tecnología no funciona, de que tal vez con ese guante que desarrollaron nos imaginamos que tocamos, nos liberamos de las ataduras que no nos permiten sentir más allá de nuestro cuerpo y es eso y no lo otro.

Y cuando acariciamos a nuestro perro en vida, otra deva, los ojos nos brillan como antes de que nos arrojaran al vacío, como antes de que nos hicieran ver la negrura de La Sima, los que tienen los ojos abiertos y no ven nada, los que tienen los oídos perfectos y no escuchan nada, los que tienen las piernas bien y no caminan nada. Nunca los vamos a entender, nunca las vamos a entender. Nunca nos vamos a entender. ¿Para qué nos preocupamos? ¿Por qué nos afectan?

¿Por qué tenemos piedad? ¿Para qué la compasión?

¿Por qué no crear alas sintéticas, alas mecánicas, extensiones de nuestro cuerpos pegadas a nuestras espaldas? ¿Así no recuperaríamos las que teníamos? ¿No sentiriamos que podríamos volar aunque esos aparatos no funcionaran? ¿Aunque fuera una mentira?

Ya nos mintieron tanto.

Y nos cincelaron hombres de uñas largas, nos reprimieron, nos oprimieron, nos amedrentaron con sus paradigmas fáciles de caretas de fakir con un cuchillo clavado en la sobresaliente mejilla izquierda, con sus paradigmas de mil quinientos pesos la media hora, con sus paradigmas de ascensores y tronos de metales imprecisos, se elevaron ante nuestros ojos, se endiosaron, nos miraron con cautela y nos sacaron el brillo de los ojos, nos borraron la sonrisa, nos dejaron sin poder llegar al final de la página, nos dejaron sin atender a los llamados, nos invitaron a nuestra propia boda burlesca, con la correa ríspida en el cuello hasta el altar de las palomas sin pico, nos llenaron de lugares comunes: nos quitaron a nuestras mujeres, destruyeron a nuestros hombres.

Los echaron de sus trabajos de años, sus trabajos de toda la vida, y sabían que ninguna indemnización los iba a salvar, sabían que esa parte de su vida que era nuestra noche compartida, nuestros fines de semana compartidos, ni bien liberaran el cordel se iba a terminar también. Nuestros hombres se enfermaron, negaron con las cabezas hasta cavarse un agujero en el aire, se nos fueron yendo así como quien no quiere. Perdiendo la malafortuna que se habían ganado con tanto esfuerzo y sacrificio.

Con su sacrificio nos sacrificaron.

Nos enterraron en el pasado que vuelve una y otra vez para cambiarnos de tumba, bajarnos al nivel del suelo y cerrar la puerta de nuestro sepulcro salvaje de baldosas estalladas. A brindar entonces dijeron, a tomar nuestras cervezas artesanales, a entrechocar las copas repetidas en lugares todos iguales, lugares repetidos, no lugares y ya, al son del chan chan de Sultanes del Ritmo, al son de alegres gaitas engatusadoras que no molestan tanto nuestros sentidos como el punk sobrio que nos gustaba antes de ser concebidos.

¿Tenemos la llave? ¿Es verdad? ¿O la tienen ellos? ¿Quién aseguró entre nosotros que teníamos la llave? Que de un paso adelante. ¿Quién nos hizo comprar el libro sobre el imperio de los soles? Éramos chicos y en la cama y nos perdíamos con estatuas entre hierbajos que no sabíamos ni dónde quedaban.

Nos lo tiene que explicar y lo vamos a perdonar porque es parte nuestra perdonar. Es parte del ser de ojos rasgados, del paradigma de aquel hombre de ojos rasgados, de orejas puntiagudas, de lóbulos largos, del nacimiento sin lágrimas, lo seco que lo inunda todo, que lo rebalsa todo como la verdad sobre la mentira.

¿Por qué no lloramos al nacer? ¿No era más fácil que hacerlo después de grandes? Nacimos valientes ya, nos decimos, nacimos así, se ve. Tiene que ser eso. No somos magas. No somos magos.

Venimos del este y miramos hacia el este, nos prosternamos hacia el este sin saber por qué, como Ballard. Pero manipularon la bondad de nuestros hombres, la bondad de nuestras mujeres.

Y por más que no queramos hay un aire en el piso que nos gira hacia el este, es raro ver que nos fuimos girando solos en el piso, hacia donde sale el sol en esta tierra rancia, llena de narices que huelen.

Huelen el agrio de lo chamuscado que nos repiquetea en la nariz como el perfume abaratado de nuestros yoes, el aroma de acero recién fundido de collares de semillas que nos llega cuando estamos in, el tufo verdegris de la salvia, el picor de la hierbabuena negra salvadora de muelas, el olor a iniciación, a pintura acrílica de amarillo desramado con el que nos pintan, con el que nos visten y que pueden quitar a gusto cuando se les canta, una lechuza de cerámica menos en la colección, como una fotografía de perfil de estos tiempos, ellos que inventaron los caminos, ellos que pintaron las innecesarias señales modernas.

Ellos que bordean los portones de amarillo tiza para guiar a los camiones con seres como nosotros en contenedores hasta el interior enchapado de los estacionamientos en donde nos apilan. Tráfico nocturno ¿Dónde los llevan? ¿Dónde nos llevan?

¿Por qué resurgieron? ¿Cuándo resurgieron?

Ellos no son naturaleza, ellas no son naturaleza, se alejaron, la escupieron, se la bebieron, la enchastraron. Derriban los árboles, ofertan a las plantas y arrancan a los yuyos lindos, ellos deciden qué crece y que no. Son como soles inmaduros. Son como reflectores que ciegan nuestra capacidad de decisión con tantos gritos, tantas palabras, tantos empujones casuales, inventados y ya, tanto verso vacío, tanto General en sus cuadros, tanta mala junta. ¿Cómo se atrevieron a jugar con nosotros? ¿Cómo se atrevieron a jugar con nosotras?

Y nosotras con el poder del perro que es útil para las señales de lejanas huestes nunca aireadas, nunca cepilladas por los arqueólogos que temen maldiciones leves. Debemos renovarlo, tenemos que usarlo al poder, arrancarse las remeras y dirigir las palmas abiertas hacia el sol, levanten los cuellos orgullosamente y dejen caer hacia el costado sus cabezas, mientras miran a la cámara de refilón. Griten Correr. Griten Huir.

Todavía se puede volver al pasado y avisarnos a nosotros mismos de que esto iba a pasar. De que todo era un plan no cantado. Hay que concentrarse en los vértices de las paredes de nuestros dormitorios hasta que el cielo raso empieza a difuminarse, hasta que todo lo demás se difumina, hasta que el espacio tiempo se mezcla como nuestra proteína con las frutas en nuestras licuadoras de botones saltados. En el pasado tocarnos el hombro y susurrarnos al oído la verdad. O llamarnos a nosotras mismas al teléfono de nuestra antigua dirección y dejar sonar nuestra Familiar Canción y agregar otra solo conocida por nosotras. Soltarnos a nuestra doble el bretel para que nos detengamos en el momento justo a acomodarlo y nunca lo conozcamos. Nunca la conozcamos. Danzar con las mascotas bestias en futuras plazas sin pasto, donde vuela la tierra que entrecierra los ojos.

¿Y entonces?

Yo que nunca fui, soy. Segunda parte.

Somos naif, ingenuos, nos rebelamos meditando, nos rebelamos haciendo yoga, nos rebelamos haciendo arte, nos rebelamos pintando, nos rebelamos escribiendo, nos rebelamos escuchando trap, escuchando rock, escuchando el Ong Namo, viendo películas en la cama, nos rebelamos caminando adentro de nuestras casas de punta a punta, nos rebelamos bailando, nos rebelamos cayendo en las trampas que nos tienden para atraparnos una y otra vez.

El nombre de nuestros enemigos es ilegible. Algunas dicen que los deberíamos llamar psicópatas, otros dicen que es malicia, maldad, la gente mala, los malos, las malas, los que siempre fueron así y no serán de otra forma. Algunos dicen que nacen así, diferentes a nosotros y que hay que respetar esa diferencia que nos mata. Algunos dicen que es que sufrieron de chicos cosas terribles que los dejaron así. Pero no es está claro para nada. Saben permutarse, saben esconderse, saben hacerse pasar por nosotros. Saben hacerse pasar por nosotras. Saben hacerse pasar por víctimas y nosotras somos las víctimas. Nosotros somos las víctimas.

Sabemos que nuestra consciencia se desarrolló mirando las aguas no evaporadas, los charcos cristalinos antes de que todo se embarrara para siempre. Pero luego supimos volar. Y dicen que ellos o ellas se quedaron mirando ese reflejo más tiempo que el necesario y que así se hicieron psicópatas, así se hicieron sádicos, así fueron malignos, así crecieron en la desidia, en el desprecio, en nuestra estigmatización porque les damos tanto asco en el fondo que no lo aguantan. Tenían que destruirnos.

Ellos dicen maten a los lindos. Dicen maten a los inteligentes. Ellos dicen maten a las personas con discapacidad. No aguantamos ese tipo de belleza. No aguantamos tanta diferencia. Es peligroso para nosotros. Hay que eliminarlos. Ellos dicen maten a los idiotas. Son iguales que los inteligentes. Saben que el idiota es el más inteligente de todos.

Cuando no pudieron matarnos, nos hicieron pasar por violentos, nos hicieron pasar por agresivos, nos hicieron pasar por degenerados, nos hicieron pasar por lascivas, putas, fáciles. No entienden lo que hay de ingenuidad en nosotras.

Cuando no pueden matarnos, ella nos pega en las pelotas, nos pega en los huevos, le gusta dice, lo disfruta y quedan doliendo y luego les escribimos a otros para contarles que teníamos una ex novia que nos pegaba en los huevos. Y encima los otros no nos creen porque parece que está mal contar que somos débiles cuando salimos hombres y no mujeres.

Cuando mujeres y no pueden matarnos, él nos toca el culo de refilón, nos van amancebando así hasta ponernos los nervios a flor de piel, hasta que ya no sabemos qué está bien y qué está mal. Y siempre nosotras quedamos mal. Nosotras, cuando finalmente gritamos, saltamos, lo denunciamos, somos las agresivas, somos los peligrosos, somos las locas, las bipolares, las complicadas, los neuróticos, los artistas malditos, los artesanos de la nada. Las raras. Las coleccionistas de hojas muertas. Las lesbianas sin confesar.

Nos inventan un género, nos inventan un gusto sexual, nos inventan en las historias, nos inventan en las películas para usarnos a gustos y nosotras ya muertas no podemos ni decir qué nos gustaba, cuál era la verdad. Contar quiénes fuimos y quiénes no fuimos.

De la radio borraron nuestras canciones, ya no las escuchan, nos difamaron, nos alejaron, nos marginaron. Tuvimos que emigrar, tuvimos que viajar, tuvimos que irnos a países vecinos por decir pavadas en una entrevista, tuvimos que responder y dar la cara cuando los que realmente nos matan no la dan nunca, cuando los que producen la maldad están siempre ocultos detrás de computadoras o mirándonos con miradas altivas.

Cuando éramos más ingenuos todavía no usaban trampas para ratas, nos seducían con besos carnosos, besos franceses, con besos nunca dados, con distancias prudentes, con arremetidas irresponsables. Una vez que habíamos caído en la trampa, una vez que tuvieron nuestras alas en un ataúd negro, jugaban a pegárnoslas por un rato todos los domingos.

Cuando llorábamos, cuando estábamos empastillados de tristeza en polvo, nos enviaban a nuestras casas a hombres con túnicas blancas. Manosantas que nos tocaban la pija y nos decían a vos te gusta darla por atrás. Querían probar si éramos hombres, querían probar si éramos mujeres, querían darnos una lección, una lección que empieza cuando nos dejan un corazón de cerámica en una psicóloga griega que atiende enfrente de un centro espiritista y nos agachábamos para tomarla y no dijeron: alto. Puede ser peligroso. La superstición es nuestro problema. Lo fue y lo será. Cuando no nos pueden hacer mal abusando de nosotros, tocándonos, riéndose mientras disfrutan de nuestro dolor lo que hacen es señalarnos con cintas rojas.

Como cuando éramos hombres y mujeres serenos con bocas pegadas en Lanús y nos endiosaban y también nos odiaban. Lo que hacen es colgar San Jorges en la puerta, comprarse santos y ponerlos en hilera arriba del hogar de la casa. Usan a San Pantaleón, usan a la Virgen, usan a santos paganos, usan lo que pueden, hasta a brujas verdes que se ríen cuando suena el timbre y parece que se rieran de nosotros cuando somos adolescentes y nuestro día a día es volver del colegio en el asiento trasero del auto de nuestros padres. Siempre con el cogote medio estirado, casi con ganas de sacarlo de la ventanilla y que pase otro auto en dirección contraria y nos los corte. Así la sangre bulliría y tal vez se darían cuenta del mal que nos están haciendo mientras nos dan vuelta a la manzana una y otra vez con nuestros futuros empaquetados.

***

Abuela, abuela, bisabuelo, tía abuela, ¿qué nos hicieron? ¿por qué este nuestro destino? ¿no pueden ayudarnos? ¿dónde están? ¿están muertas de verdad? ¿idos de este mundo doloroso? ¿por qué no nos avisaron que iba a ser así? Tenían que saber. ¿Qué es lo que vieron en nosotros para ensañárselas de esa manera? ¿por qué fuimos tan estúpidos? ¿por qué no devolvimos los golpes en la escuela? ¿por qué poníamos las espaldas contra la pared? ¿por qué aguantábamos que nos apoyen los pibes que no nos gustaban? ¿para qué seducíamos si sabíamos que nos iban a cerrar la puerta e íbamos terminar encerradas en esa aula para toda la vida? ¿por qué se nos cayó una ventana? ¿por qué no recordamos nada de los días posteriores?

Somos una yunta de caballos y yeguas con estrés postraumático. Seguimos moviendo la cola y espantando a las moscas y eso es lo único que nos despega de la estampita del viaje de egresados. Nos sentimos vivos. Volvemos a caer en la trampa, hacemos arte, denunciamos, escribimos cosas que parecen fuertes y que nunca lo son, no lo suficiente para cambiar las cosas, es nuestro desquite, es nuestra manera de derribar lo que nos molesta.

Abrimos puertas del pasado, abrimos puerta de gente encerrada, serruchamos barrotes oxidados de celdas de presos y presas, a veces nos equivocamos y ayudamos a los peores, a nuestros enemigos, a los que nos descansan, a los que juegan con nosotros, a los que nos miran de reojo. No podemos evitarlo. Donde sea que vayamos nosotras todo crece, el pasto crece, la luna grande, el sol brilla más, la lluvia cae y repica más rotundamente en las baldosas, después vemos tonas las tonalidades del verde, el verde amarronado, el verde azulado, el verde violáceo, el verde amarillento, el verde rojizo. Entonces el barrio crece, la gente se alegra, la gente aplaude, la gente se junta y nosotros quedamos solos y lo miramos todo desde lejos.

Caminamos como gigantes.

Somos la fiesta, somos la alegría que nunca sonríe, somos lo que tienen para compararse para ser felices, es nuestro papel nunca ganar, es nuestro papel que nunca nada salga bien para que los demás se sientan importantes. Todo es así. Las máquinas tristes nos dominan, nos muestran corazones dobles, corazones delatores. No nos dejan escuchar música que quieren hacernos recordar a nuestros amores perdidos, a nuestros fracasos más horribles, a nosotros afetados en un cuarto oscuro sin boletas de nuestro partido político favorito. El nunca elegido. Y el que ni siquiera existe.

Juegan con nuestras ilusiones, juegan con nuestros tiempos, nos desesperan, nos prometen un cambio que nunca llegará, nos retienen, nos envejecen y añejan como un buen vino, los cultivadores de perlas están atentos y también son nuestros enemigos.

Nos tienen en la mira y hay que tener cuidado cuando vemos hombres o mujeres con las características de los cultivadores de perlas.

Sabemos que tenemos que cambiar, sabemos que tenemos que luchar, sabemos que debemos levantarnos, que somos particulares, esenciales, que no podemos dejarnos engatusar por el amor una y otra vez, que no podemos dejar que usen la belleza para arrastrarnos de la trompa de acá para allá, que no podemos dejar que nos maten porque nos vamos a extinguir antes que la Tierra y no va a haber futuro para nosotros como no hay futuro para algunas especies que arden en las llamas en los bosques arrasados por el viento de la dimensión humana, de la ambición humana, del hambre de la tiza, del hambre de los papeles, del hambre de las imprentas.

A veces luchamos en los bosques cuando el fuego se derrama y crece como una ola de las grandes en el mar. Volamos hasta ahí y sacamos nuestras espadas de aire caliente y cantamos sudores que traen la lluvia. Eso no alcanza. Tenemos que encontrar una solución. La de la época de las pirámides dijo que teníamos que concentrarnos en la epigenética, que teníamos mariposas con estómagos momificadas a nuestra disposición, que debíamos recuperar las alas, que antes volábamos que no es una metáfora lo del ataúd con nuestras alas transparentes, que no es una metáfora lo del ataúd transparente con nuestras alas opacas, que teníamos alas y estamos destinadas a volver a tenerlas. Que hay que producirlas, hay que trabajarlas, hay que buscarlas, en nuestra generación o en la siguiente porque esa va a ser la libertad de nuestra especie. Ese va a ser el camino de la diferencia. Volar otra vez. Volar de verdad. Estallar en risas desde las alturas, cagar a los que nos jodieron como las palomas y seguir nuestro camino grávido. Y algún día, algún día, algún día tal vez poder llegar más alto, ser una máquina sin serlo, un cohete sin serlo, traspasar la atmósfera, buscar el planeta chico que nos enchispó, la punta de la estrella que dio en el pantano.

Así empezaron las cosas.

Yo que nunca fui, Soy. Primera parte.

¿Desde cuándo todo parece una broma? ¿Por qué aguantamos a los sádicos una y otra vez? No sabemos dónde se esconden, no sabemos qué dicen detrás de sus ojos inquietos y sus bocas cerradas.

Nacimos hace mucho tiempo ya. Recordamos la tierra cuando era como un ovillo de lana. Algunas matas de arbustos, helechos y musgo. Mucha agua. Venimos del agua, a veces pensamos que nosotros venimos del agua y ellos fueron los que se treparon a los árboles buscando la gran sombra.

La gran sombra tal vez es lo que lo complicó todo, pensamos. La gran sombra en la cabeza que idolatraban. Esas cabezas que hicieron rodar en todas las guerras, no importa de qué bando estuvieran. Nos segaron. Nos cortaron. Nos estudiaron. Lo venimos diciendo hace mucho tiempo. Lo decimos en las películas. Lo decimos en los libros. Pero nadie parece darse cuenta. ¿Será que ya no queda nadie de nosotros? ¿La lucha terminó y ya ganaron lo de los árboles?

Soy una mujer tullida de una aldea. Antes me reverenciaban pero las épocas cambiaron y me encontré de rodillas, rezando para ellos, llevando la ropa, limpiando aún así, nadie me escuchó, nadie me hizo caso. El ciego me hablaba, me decía que no podía ver mi color y que yo no tenía ninguno. El ciego fue el primero que mataron. Lo envenaron o lo adormecieron. Ni se dio cuenta.

Soy uno de los que llegaron en los barcos en las primeras inmigraciones. Todos veían el horizonte, yo me fijaba en las ondulaciones del agua, en el cielo encedido fuego, en las nubes arracimadas, en el agua que se iba amarronando mientras nos acercábamos a la América. Di la espalda y alguien me palmeó para darme ánimo. En el fondo, a mí ya no me importaba nada. Nos habíamos ido. El mundo no perdona a los que se van.

Somos los que nos mudamos de lugar en lugar, de casa en casa. Los que plantamos jardines que después no podemos mantener. Los que damos vuelta las piedras que dejaron nuestros antepasados para encontrar una respuesta de qué hicieron, quiénes eran y qué querían del mundo.

Somos los que viajamos al pasado a correr a nuestros abuelos y abuelas. Pero no sirvió. Probamos con nuestros bisabuelos y nos acercamos un hombre con los hombros cargados y un bolso y le pedimos ayuda, le decimos que reaccione antes de que sea tarde, que se aleje del barrio, que pronto morirá, que su familia va a quedar perdida. Sus biznietos sin futuro. Todo el esfuerzo en vano. El hombre no escucha y sigue caminando. Tal vez es como nosotros, tal vez es diferente.

Porque nosotros somos los diferentes y las diferentes y ése es el problema y siempre lo fue. Nunca importó el color de los ojos, de la piel, la altura, la edad, la casta, la posición social, el país. Siempre miramos a las plantas y las acariciamos. Miramos al cielo y esperamos. Vemos los signos que otros no pueden ver. Vemos la envidia. Tratamos de ser envidiosos pero no nos sale. ¿Cómo vivir así? Teniendo el mundo en las manos que se nos escapa todo el tiempo.

Como cuando me quemaron en una hoguera. Las llamas lo envolvían todo y éramos tres. Los ojos nos estallaron y seguíamos sintiendo. Ellos se rían, bebían vino a nuestros pies. Ni siquiera la maldición que les enviamos los detuvo. Pronto otras ardieron en las hogueras.

En el bosque, alejadas de las aldeas para que los niños no escuchen los gritos de desesperación. Pero algunos los escucharon. Abrieron los ojos y ya no pudieron cerrarlos. Se quedaron quietos con el cuello medio entornado. Algunos pasaron la vida así. En esa época no los entendían. Los abandonaban después y la culpa la teníamos nosotros por haber gritado en la hoguera.

Estaba bien cuando los combates eran cuerpo a cuerpo, las chances de ganar estaban más repartidas, pero las armas fueron evolucionando, creando más caos, más fuego. Dolía menos y la muerte era más rápida, pero también la decisión de morir era más fácil de tomar.

Muchos nos suicidamos. En habitaciones con las paredes renegridas por el humo del tabaco. En vías de trenes. En casas altas y casas bajas. En edificios. La velocidad había llegado. Era más fácil morir y para algunos caer desde las alturas parecía una bendición.

Algunos de nosotros escaparon, se escondieron en islas, en la selva o en los valles de las montañas, pero la tecnología fue avanzando y también nos encontraron. Tuvimos que aprender a derribar drones. Tuvimos que aprender a subirnos a los árboles. Tuvimos que aprender a aguantar la respiración en las aguas profundas. Pocos sobrevivieron.

No tenemos amigos.

Y nuestros enemigos se desbandan cuando terminan con nosotros. Se pierden unos a otros. Desaparecen sin dejar rastro y se exterminan a sí mismos. Pero viven más. Dejan huellas más duraderas. Nuestra historia se escribió en los márgenes. Los que querían escribirla no tenían a veces manos para hacerlo ni esclavos para dictarlas. Las guardaron en sus cabezas hasta que las cabezas se desprendieron de las vértebras o quedaron enterradas bajo losas sin inscripción alguna.

Dicen que nos convertimos en viento. Que las raíces de los árboles, en especial la de las magnolias, nos ayudan, comandando a todos los demás árboles, enviando mensajes porque saben que somos los menos peligrosos para la naturaleza.

Los árboles no son buenos ni malos pero saben qué les conviene.

Lo saben los animales también que reptan por las paredes cuando algunas de nosotras muere, que acompañan los carros fúnebres, que se esconden en las sepulturas, y sueñan cosas que no sabemos.

Somos los perseguidos por el templo de la Intemperancia, como Poe que siguió a un hombre en la muchedumbre y se perdió con él.

Usan el amor para atraparnos. Usan la ciencia para atraparnos. Usan las ilusiones para atraparnos. Cambian la naturaleza para atraparnos. La extinguen. La matan. Le mienten a la naturaleza.

Se miran en el espejo después. Porque el espejo siempre miente, esa imagen virtual de la imposibilidad de estar frente a nosotros mismos. Pero ellos no se dan cuenta. Lo miran como si se estuvieran mirando a sí mismos. Nunca nos vemos como en el espejo ni nunca nos veremos. Por eso tanto les tuvieron miedo.

Somos los que arrojaban a las garras del minotauro en el laberinto. Doncellas y donceles. Tanta vida nunca experimentada para que un torero mate al toro. Esa bestia nunca nos mató, nos guardaba en cuartos sin ventanas ni oquedades donde anotaba nuestras historias para que las futuras generaciones las lean.

Éramos pocos y siempre parecimos muchos. No sabemos cómo es eso. Nos perciben como muchos, nos ven como bellos, admirables, imitables, envidiables, cogibles. Nos dicen que el aroma de nuestro cuerpo es el del mar. Tragan nuestro semen con fruición, sorben nuestro fluido vaginal con atención. Nos dejan vacíos y se llevan nuestras semillas a plantarlas bajo viejos soles.

Después nos esterilizan, irreproducibles, nos dejan sin familia, sin descendencia, sin futuro posible. Nos ligan las trompas. Nos castran porque saben que eso no evita que se pueda tener relaciones sexuales y así nos pueden seguir usando a gusto.

Por eso aprendimos a decir no, aprendimos a decir nada, a decir despreocupate, a que nada nos importe, pero eso no alcanzó para sobrevivir, no alcanzó para seguir.

Fuimos viendo como nuestra civilización nunca fundada se desfundó. Fuimos viendo como las trenzas de nuestras mujeres eran cortadas. Como las manos de nuestros amantes eran cercenadas.

Los que escribieron en cárceles sobre escuderos y molinos. Los que escapaban al desierto y dejaban de escribir. Los que morían en una caravana en Alaska.

Las que se retiraban a cuidar perros y a cuidar de sus ancestros; cenizas encapsuladas en vasos opacos.

Las que se adentraban en el mar hasta la rodilla y seguían hasta la coronilla. Con piedras en los bolsillos de los vestidos. Explotadas, abusadas, engañadas por peligrosos paradigmas nuevos.

Nuestra fuerza era el arte y con estrategia nos lo quitaron. Se lo adueñaron, lo debilitaron, lo copiaron, nos reemplazaron con imitaciones débiles, incoherentes, poco influyentes, espiradas, inertes, atrayentes.

por Adrián Gastón Fares.

Jugar

Jugar con la discapacidad

debe ser penado.

Porque no hay manera de

medir, lo que es haber crecido con sordera sin escuchar.

Pero resulta que soy un juego más

y que cada tanto entro al campo ese donde pica la pelota

que no conozco quién patea

pero que voy a pinchar

cuando le de una patada que la haga terminar

en ese fierro que sobresale de la pared

y que está para explotar

a todos los inventos y experimentos

que hacen con los idiotas de Dostoievski

esos tipos como yo

que prefieren no salir seguido a la sociedad

para no volver al cuarto cuanto antes

porque las cosas no cambiaron

las que pensamos que iban a cambiar

quedaron igual.

Entonces, vean Budas en el cielo en Lanús

brinden por las nubes

y las luces verdes de los radares

y los sueños inventados que tampoco existen

y duerman tranquilos

hasta que vean de chicos a un fantasma real

y entonces sepan que más allá de todo eso

hay una nada que se mueve

que gira en círculos

que no van ni para la izquierda ni para la derecha

sólo giran.

por Adrián Gastón Fares.

Deja vu

Un lago

Barro

Una chica arcoíris

Corriendo hacia la nada

Un hombre llevando una mochila

Aprendí ese día

Que el amor puede ser una mala narración

Que la buena fe no existe

Que las ilusiones de las personas son cuantificables

Como el precio del vino o del pan

Y yo

Que ya desconfiaba del amor

Y de la comedia humana

Pensé

Que eso no era necesario

Que todo debe ser natural

Y que yo no quería ser escrito

Ni diagramado

Que extrañaba a los míos

A mujeres de las que nunca me enamoré y tal vez nunca me enamore

Que el amor no es una nación

Y menos una que no conozco

Que yo era libre

Y alegre

En mi terraza sola

Cuando era chico

Y me tapaba la cara con los dedos debajo de las sábanas

Porque el mundo me daba miedo

Y tenía razón

Después perdí el miedo

Pero me sigo tapando la cara a la noche

Para que nadie me vea sufrir

Por un mundo que nunca pedí

Ni propuse

Por algo que no es mío

Y tal vez sea tuyo

Soy una isla sin viento

Un sol sin luz

Un río sin agua

Una habitación sin aire

Una tierra llena de ustedes

No hay paredes

Antes volaba

Lo recuerdo bien

Tocar los vértices de los techos con las manos en el revoque salpique

Y hasta que no vuelva a rozar los techos

Y me devuelvan mi poder

Nadie va a cantar bien

El mundo se va a marchitar

Y nada va a ser

En este cuento viejo en que me anotaron al nacer

Como a tantos otros y otras

Que nunca pidieron nada

Y lo aguantaron todo

Pero ya es tiempo de no aguantar más

Es el tiempo de las espadas que rechinan

Y de los muertos que se levantan

Y vuelven a la oficina

A cantar de 9 a 5

Una traición

Por Adrián Fares.

El hombre sin cara. Relato corto.

Un hombre sin rasgos faciales nació en el barrio de Once de Buenos Aires. Los médicos que lo extrajeron del cuerpo de su madre le advirtieron a ella que no tenía rasgos faciales, pero aclararon que gracias a Dios tenía todos los sentidos intactos. El niño había llorado y todo, luego de un minuto, ya que a través de los poros de su pielcita, salió disparada una nube de vapor, como si algo hubiera activado un rociador, que se esparció por toda la sala de la clínica.

Según el médico su verdadera cara estaba debajo de gruesos pliegues de lampiña piel, pero de alguna manera la información visual y auditiva, que son las más importantes para los humanos, ya que el olfato no parece muy útil, llegaba al cerebro, que estaba en algún lugar de esa cabeza que parecía un huevo rosáceo.

Cuando llegó el momento de pasear con el cochecito de bebé, la madre le dibujó antes con un marcador indeleble unos ojos, una nariz y una boca. El padre retocó un poco el dibujo de la madre y los dos quedaron muy contentos con el resultado. La gente quedó encantada con el resultado en la calle. Le sonreían y hasta lo acariciaban.

Aprendió a mover los rasgos como pudo y en la escuela, haciendo mucho esfuerzo, pudo estirar tanto la parte inferior del huevo que tenía de cara, lo que hubiera sido su mentón, que logró separar una hendidura parecida a una boca, justo donde tenía la boca dibujada. El tiempo pasó y el hombre sin cara creció y pasó como uno más entre los pares, salvo algunas bromas de los pocos que podían darse cuenta que su cara era un dibujo. Durante el colegio secundario el acné revistió la piel de donde hubiera ido el rostro de cráteres y eso ayudó a que otros se sintieran identificado con él. Después de todo, las caras están en proceso de erupción en esos años.

Con el tiempo, después de graduarse en Bellas Artes, el hombre sin cara se convirtió en un intérprete excepcional, aprendió a recitar obras de teatro clásicas de memoria, escribió las suyas, fue premiado, elogiado, e incluso ganó algo de dinero. Tenía ese don de contorsionista en su cara. Era un experto en la imitación. Y no sólo eso, a veces lograba transmitir estados de ánimos jamás experimentados por el público ya que podía plegar la piel de una manera nunca antes apreciada por los espectadores de teatro.

En ese momento, en la cresta de la ola de su popularidad, consiguió enamorar a una chica que con el tiempo se convirtió en su pareja. La misma chica lloró ante las menciones y premios colgados en las paredes del apartamento del hombre sin cara, donde vivía solo, con varios espejos, desde que se había mudado de su Once natal. El hombre sin cara no entendía por qué la chica había llorado, porque a él parecía irle bien.

Al poco tiempo el dinero no alcazaba. Y el hombre sin cara malgastaba en miles de lapiceras y marcadores de tinta indeleble su desequilibrada fortuna. Un primo lejano lo ayudaba en secreto económicamente y eso bastaba a esa familia para mantener la ilusión de que no habían tenido un hijo sin cara. Pero la chica ya no toleraba la situación y la gente decía que había que tener un futuro, que debía tener un PLAN B el hombre sin cara, y hacía rato que el hombre sin cara no quería hacer otra cosa que dibujar, escribir, actuar e incluso bailar; todo lo cual estaba escrito en la obra de teatro que quería presentar cuanto antes.

Así y todo, por esa época la pareja decidió festejar su unión espiritual, ya que la física no paraban de festejarla, y si bien no eligieron casarse, hicieron una fiesta en el apartamento de la suegra del hombre sin cara. Para la fiesta, fue invitado un familiar, el primo lejano que era una especie de mecenas de nuestro protagonista, que había crecido con el hombre sin cara, que había visto a los progenitores del mismo pintarle las facciones, porque era de esos hombres que siempre están en el momento justo y en lugar indicado para influir en la vida de los demás.

Es más, se vistió de lujo para la ocasión, él que era sucio y vulgar, y llevó un sombrero de vaquero, que le daba un aire de patriarca superado. Una mirada del primo lejano dejaba sin valor la de los padres del hombre sin cara. El brillo de esos ojos sagaces y resentidos era capaz de convencer al mundo de que nunca se habían destrenzado los continentes. El amor nunca tuvo un contrincante tan entrenado, tan erguido, tan lastimado como para clamar venganza.

El hombre sin cara, en la terraza donde se festejaba la unión de los amantes, se quejó de que faltaba vino para el festejo, algo de lo que se iba a encargar el primo lejano, incluso había dicho que su finalidad era alegrar la fiesta con los vinos que él mismo producía. El primo dijo, tomándose la punta de su sombrero.

–No tenés cara para decirme esto. No tenés cara.

El hombre sin cara no sabía que contestar. Empezó a sentir un remolino ardiente que nació en su estómago y subió hasta su pecho. Él había hecho las cosas bien, él había administrado las cosas para que ahora estuviera a punto de cumplir y realizar su gran obra. Las sumas que enviaba el primo lejano eran una limosna. Y hasta él había trabajado en sus viñedos al principio sin paga. Pero el primo lejano repitió.

–No tenés cara.

En ese momento el padrastro de la pareja del hombre sin cara se miró con su esposa y todos bajaron la cabeza, desilusionados del hombre con cabeza de huevo.

Unos días después, cuando seguía preparando una obra de teatro que se llamaba El hombre sin cara, el cielo ennegreció y se desató una tormenta, El hombre sin cara estaba ensayando en un galpón que había convertido en sala y se dio cuenta que era el cumpleaños de su querida y debía pasar por la florería. Olvidó su paraguas. La lluvia fue tan fuerte que borró las facciones que tenía dibujadas. Fue tanta el agua que cayó, y tan lacerante, que llegó a borrar incluso las que habían dibujado sus padres. La ciudad se inundó de agua y el semblante del hombre sin cara de tinta.

Las cejas se despintaron, cayeron sobre la nariz en una mancha que ya no tenía límites claros, la nariz se desparramó sobre lo que hubieran sido sus mejillas como si fueran los redondeles rojos de un payaso, y la boca cayó hasta la punta del huevo que debería haber sido su mentón. Aún así llegó a comprar el ramillete de flores para festejar el cumpleaños de su pareja.

Así que entró en su apartamento con las rosas y su pareja empezó a gritar. En vez de decirle que su cara se había desfigurado por el agua, le tiró un trapo y dijo que no podía seguir en la situación en que estaban. También le dejó en claro que era una maldición para sus padres, y para su primo lejano sin dudas, y que evidentemente tenía serios problemas psicológicos que había tratado de advertirle que fueran enmendados. El hombre sin cara sabía que tenía algunos problemas por no haber tenido cara, pero no eran nada comparables a los que tenían los demás. No había manera de explicar su vida.

El hombre sin cara terminó llorando y temblando en su apartamento frente a su pareja que le anunció que lo abandonaba y que se iba bien lejos porque su madre había comprado un pasaje para llevársela de viaje y alejarlo de él lo más rápido posible.

Solo en la casa, el hombre sin cara fue a una caja de madera que tenía en el placard, la abrió y sacó el certificado de hombre sin cara que le habían expedido el estado argentino hacía muy poco tiempo, mientras conocía a la que ahora era su ex pareja. No era el único, pero otros simplemente tenían un huevo en vez de cara, y desde niños andaban así, con una tez oscura, a veces con llagas de restregarla contra la pared para tratar de sentir algo de forma directa, otras veces bronceada por el sol, cuando elegían vivir alejados de la sociedad. Sabía que algunos sentían tanto que elegían esconder la cara en algún armario.

Con el certificado de hombre sin cara, y sin parar de llorar, el hombre se dirigió a la cocina, abrió la hornalla y quemó el certificado, que incluso le había sido entregado por su querida cuando llegó por correo. Luego tomó el jabón blanco de lavar la ropa, fue al baño y comenzó a lavarse la cara, hasta que no quedó ni las cicatrices de las repetidas manchas que había dibujado su madre hace tantos años, y las que él había vuelto a marcar tantas veces con ahínco; las que parecían ojos, una nariz y una diminuta boca, que él mismo había aprendido a fruncir haciendo esfuerzos desmedidos, como el mejor contorsionista, se fueron alisando y la cara quedó casi como un huevo rosado, enrojecido en su totalidad ahora y no sólo en algunas partes por la fricción del jabón y la de sus propias manos. El huevo que tenía de cara parecía ahora un gran ojo restregado.

Fue a una psicóloga, de ascendencia griega, que le dijo, como si fuera el mismo Zeus, que nadie debía quererlo si no quería estar con un hombre sin cara. No era una obligación que su ex pareja lo quisiera; con eso pareció estar descubriendo América la mujer. Luego fue a otro que le dijo que el mundo era injusto. Y que él debía ser descendiente de los primeros homínidos fallidos, esos que relataba el Popol Vuh, con caras yermas como la suya.

Desesperado, visitó a un homeópata que le dijo que tomando unas gotitas de un líquido podría empezar a recuperar sus rasgos. Todos los defectos del hombre sin cara que no tenían que ver con no tener rostro comenzaron a agigantarse ante él como terribles pesadillas que se proyectaban en la pared desnuda del apartamento donde vivía. Necesitaba salir de ese lugar cuanto antes.

Se había dado cuenta del gran sobreesfuerzo que estuvo haciendo toda su vida para encajar, para salir adelante, porque él era el primero de todos que sabía que en lugar de una cara tenía una planicie que tuvo que aprender a domar para expresar sus variadas emociones. Al principio golpeaba con su cabeza la de los demás, para dar a entender que le gustaban. Algunos, y con razón, lo tomaban a mal. Descubrir lo que ya se sabe es lo más aburrido del mundo. Y la tristeza y el sopor de lo monótono inundaron al hombre sin cara. El futuro estaba vacío.

Como el agua ahora parecía perseguirlo, el día que salió de su apartamento dispuesto a conquistar el mundo otra vez no paraba de lloviznar. En las calles céntricas de Buenos Aires, trató de encontrar a otro hombre sin cara, a una mujer sin cara también, pero fue en vano, todos parecían haber escapado de alguna manera de ese lugar. Sabía que no todos los hombres sin cara tenían cabeza de huevo, así que andaba mirando a los que tenían sombreros, a las que andaban con paraguas escondiendo la cabeza, a las niñas cuyo cabello parecía de utilería, a los niños que llevaban máscaras aunque no hubiera ninguna fiesta ni era carnaval, a los viejos que tenían una pipa más grande que su nariz, y más que nada, a los tatuados, con cuidado, porque algunos decían que traían mala suerte. Pero nada.

Entonces trastabilló y cayó en una zanja sucia, ya cuando estaba por el barrio de Palermo, y había caminado más de cinco kilómetros de donde vivía. Ahora sus facciones eran un caos organizado por el barro de la zanja. Pudo verlo en el baño de un bar y luego se alejó para meterse en el estudio donde estaba ensayando la obra. Juntó fuerzas y con la cara que parecía ser un lodazal, pero guarecido esta vez de la lluvia y de las personas, comenzó a proferir el discurso que había preparado para la obra que iba a interpretar con su amada ausente.

Odiaba realmente más que nunca a su primo lejano. Estaba dispuesto a ir a buscarlo y arrastrarlo de los pelos por todo su viñedo de uvas agrias. Pero él no era así. Sabía que la vida se desplegaba, se alisaba, se contraía, se ahuecaba, arrugaba, se desprendía y que esa verdad era inherente a todo, como si lo que lo separaba de su primo lejano fueran esas tierras resecas y partidas que generan las sequías. Y pensó que esa terracota inutilizable era la que tenía su primo en su corazón.

No había nadie en el galpón que usaba de sala de ensayo. Las ratas paseaban por las vigas y sorteaban los reflectores. Las palomas anidaban en el techo de zinc.

El hombre sin cara se mantuvo de pie una hora e interpretó todos los papeles de la obra que había escrito. Luego advirtió que por el techo, que debía estar agujereado, caía un pequeño hilo de agua. Caminó hasta el agua azul verdosa y dejó que lo salpicara para darle así un nuevo aspecto a su redondo y liso semblante. Entonces buscó una vieja silla de madera que había en un vértice de la habitación y se sentó. Levantó su mano derecha, extrajo de sus bolsillos un marcador y dibujó una cara en cada una de las yemas de sus dedos.

Una yema sonreía, la otra expresaba frustración, en el dedo medio había una asombrada, una frívola la seguía y en el meñique una carita absorta. Se quedó mirando su meñique por mucho tiempo, hasta que logró que la cara absorta comenzara a moverse.

De alguna manera, logró que la piel de su dedo meñique se estirara, cambiara de forma, comenzara a hacer una transición entre las caras que estaban dibujadas en las otras yemas. Y se distrajo tanto con eso, que la noche sobrevino, el día, las semanas, los meses y enflaqueció hasta quedar hecho un esqueleto. Un día su cabeza se desplomó del peso.

Lo encontraron, hecho un esqueleto, sin piel y con la cara que los médicos habían dicho que tenía bajo el huevo que debió contener una cara. El rostro descubierto, como el de los demás humanos, era único, y hasta en la deformidad de la muerte conservaba la pasión que lo había guiado en sus pasos por este mundo de gente que, en general, llevaba una cara bien visible.

Y así termina el relato de la vida del hombre sin cara.

Por Adrián Gastón Fares

Para que quede claro 2. Ética, discapacidad, ensayos, pruebas y experimentos.

Es un hecho que las personas con discapacidad como yo (autismo, hipoacusia, tinnitus) hemos sido utilizados para experimentos no sólo científicos sino de cualquier calibre.

Esto es inadmisible y cualquier tipo de experimento que se realice sin el consentimiento de la persona debe ser detenido y deberán salir a la luz los informes respectivos sobre las personas involucradas (muchos de los cuáles a la vez han sido víctimas y han sido utilizados) en estas aberraciones contra los derechos humanos y que pasan por alto la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

Las personas nunca pueden ser medios, si no un fin en sí mismos.

Los que utilizan y utilizaron a las personas como medios sin el consentimiento de ellas mismas y ningún beneficio para la salud y la vida de la personas (sino lo contrario) deben explicar lo que hicieron.

No existe el amor sin verdad, no existe la fraternidad sin la verdad y el ser humano solamente puede liberarse de las cadenas que lo atan sabiendo su identidad y qué es lo que los demás han hecho con ella.

El experimento con personas con desventajas sociales como la discapacidad es doblemente inadmisible.

Las personas con discapacidad deberíamos suspirar por la posibilidad de que surja un informe pormenorizado de los experimentos y pruebas que a través de la historia reciente se han hecho con nosotros.

También debemos hacer lo posible para construir un nuevo paradigma sobre la situación de la discapacidad en general. Es nuestra responsabilidad.

Parafraseando las palabras de Temple Grandin, las personas con discapacidad, somos diferentes, no menos y mucho menos «ensayos».

por Adrián Gastón Fares.

Para que quede claro. Conclusión sobre la relación entre autismo, pérdida de audición y tinnitus.

Quiero explicar (me parece una responsabilidad explicarlo) que no haber entendido un diagnóstico de “Autism Syndrome Disorder” o del “Trastorno de Espectro Autista” que me fue dado en 2014, a los 36 años, excluí la posibilidad de que pudiera coexistir TEA, en el rango antes llamado Asperger, con mi hipoacusia y tinnitus (acúfenos; zumbidos constantes). Debieron sumarse los diagnósticos.

Estaba en ese momento, hace 7 años, bastante seguro del diagnóstico, de hecho fui rejuntando los datos yo mismo requeridos para el mismo (no encontraba explicaciones posibles a mis síntomas, y la explicación con respecto al tinnitus y las especies de mareos nunca me convencieron)

Creo que primero tenía que concentrarme en los oídos, en encontrar audífonos útiles; de cualquier manera, varias causas e influencias me llevaron a negar ese diagnóstico de 2014. 

Debí haber abrazado ambos diagnósticos porque los síntomas de los dos diagnósticos estaban claros.

Hoy creo haberme equivocado en dejarme llevar por opiniones de profesionales de otras áreas, que no estaban vinculados al diagnóstico del ASD o TEA y negaron la posibilidad de que coexistieran el TEA y la hipoacusia neurosensorial.

Había gente empecinada en que yo no tuviera sordera ni autismo, se ve. Pero como no conocer la verdadera identidad de uno es contraproducente; esas son cosas que nunca deberían ocurrir. No se juega con las personas con discapacidad (pero qué se puede esperar en un mundo donde mucha gente odia hasta a una niña con autismo. Respuesta: Nada)

Por otro lado, debería ser más integral todo, pero sé que es difícil, más cuando se busca una explicación en la juventud / adultez.

En cualquier caso, confío en mí:

Viendo escáneres del cerebro que me realizaron por el tinnitus y la hipoacusia neurosensorial, por la que tengo certificado de discapacidad, revisando resonancias magnéticas con medio de contraste, tomografía eléctrica cerebral (brain electrical tomography, sistema LORETA; vigilia, reposo, visual y auditiva), leyendo el resultado de esos estudios, comparando información, adaptaciones, no adaptaciones, síntomas y diagnósticos, llegué a la conclusión que mi hipoacusia y el ASD pueden coexistir. 

O uno explicar al otro (lo más común sería que el ASD explique la sordera) En ese caso sería un mecanismo de compensación como los que explica Olga Bogdashina tan bien en sus libros. 

No puedo negar que leer los libros de Temple Grandin (El cerebro autista), más otros de neurociencias, me ayudaron a pensar el problema.

Puede ser que tenga a la vez (de hipoacusia y tinnitus), APD (Auditory Processing Disorder). El libro When the brain can´t hear, de Teri Jams Bellis, me ayudó a entenderlo. Esa dificultad para enfocar la escucha está presente en mí (además de la pérdida de audición en los agudos, que coincide con el rango del tinnitus

En tal caso, eso explicaría el porqué llevó tanto tiempo mi diagnóstico (APD recién se diagnostica en la actualidad a los 7 años de edad) .

Y el ASD/TEA leve aquí en los años ochenta del siglo pasado no se diagnosticaba: a uno le decían que le faltaba calle (no me faltó calle de chico, sí luego fui un adolescente muy solitario). 

El ASD / TEA explicaría bien mi infancia, mi adolescencia (ya clara sordera también por la dificultad adaptativa incrementada), juventud y… bueno, espero ser joven todavía.

Queda por revisar los escritos que fui publicando en este blog sobre mi vida y la sordera (ahora agrupados en el Índice de este blog en Escritos sobre mi vida) y verlos como una aproximación a una verdad, como también lo es esta aproximación a una verdad que para mí resulta evidente.

Y hay que leerlos de ahora en más teniendo en cuenta el “TEA” y todos los diagnósticos y síntomas generados por la hipoxia en el nacimiento, el nacimiento con fórceps y/o la herencia genética (las anteriores causas posibles de mi hipoacusia y tinnitus).

por Adrián Gastón Fares.

PD: Recomiendo ver la película sobre la vida de Temple Grandin en HBO Max.

También vuelvo a recomendar el documental The reason I Jump (La razón por la que salto).

Y, como lo había hecho en 2014, recomiendo el libro de Olga Bogdashina, Percepción sensorial en el autismo y síndrome de Asperger.

Nota: No siempre el autismo tiene que ver con evitar el contacto visual. En el caso que se dé con tinnitus / pérdida de audición no queda otra que mirar la cara del interlocutor, especialmente tratar de leer los labios para comprender lo que nos están diciendo.

Saber discernir no tiene nada que ver con escuchar.

Llegó el momento de que la sociedad salde una deuda con los que nacimos de manera diferente (la discapacidad es sólo un paradigma médico, necesario, por cierto porque sirve para pensar un problema y por lo tanto sirve para recibir ayuda sobre ese problema)

Si bien la palabra diferente parece estar estigmatizada en la discapacidad y se prefiere usar el eufemismo “capacidades diferentes”, creo que es más adecuada, o que incluso puede ser reemplazada por la palabra DIVERSA O DIVERSO (en mi caso por ejemplo tengo hábitos, adaptaciones y costumbres de persona con discapacidad auditiva y otras de persona oyente, por lo tanto la palabra no me parece descalificadora para nada; me hace comprender a mí mismo mejor y tal vez explicarme mejor a los demás)

Si quieren, el último (el nacer diferente, diversa o diverso) puede ser un paradigma de discernimiento sociológico o humano cuando hay discapacidad NO ADQUIRIDA, o sea cuando la discapacidad es temprana o de nacimiento.

Sin dejar de apoyar otras luchas muy justas expongo que la nuestra es otra identidad para ser tenida en cuenta.

En la discapacidad no adquirida la adaptación genera hábitos y costumbres, hasta una manera de comunicarse, claro, que nos definen como seres humanos.

Cuando la discapacidad es adquirida de adulto, es otra historia, con otro marco de pensamiento, porque la persona recién ahí comienza a adaptarse a la nueva condición, y las adaptaciones llevan mucho tiempo como para solidificarse en hábitos y costumbres que generan una identidad.

No es menor sentar bases sobre la diferencia de discapacidad adquirida y no adquirida para ser justos tanto con una como con otra.

Los que tenemos discapacidad no adquirida venimos aguantando ser invisibles hace demasiado tiempo. Todavía más las personas con algún grado de sordera (discapacidad invisible) que históricamente fuimos abandonadas en nuestra lucha (o nos hicieron abandonar nuestras luchas) una y otra vez.

Se debe al miedo que la sociedad tiene de lidiar con nuestras dificultades y diferencias (el miedo a compararse con lo que no deberían compararse; no debería existir ese miedo y sí la comprensión y el equilibrar para suplir, según el caso, las desventajas)

Se debe a que la apariencia es más importante que conocer la realidad.

Por esto último, se vulneran derechos y no se hacen las INTERVENCIONES necesarias para que suframos menos la presión social, fruto de la no educación al respecto de nuestra condición humana.

No se toleran más las incoherencias e injusticias al respecto, ni el discurso imperante CREADO POR LAS PERSONAS SIN DISCAPACIDAD O NO DIFERENTES, y si para algo nací es para hacer saber lo que viví y compartir mi experiencia.

Como suelen decir, parece que somos “un caso de estudio”, una expresión que se usa , a veces, para señalar la rareza o la particularidad de una persona. “Es un caso de estudio”, he escuchado decir, a veces de manera cariñosa, sobre algunas personas.

Solemos ser casos de estudio nunca estudiados y con suerte, uno mismo llega a estudiarse y construir su propia realidad y su propio paradigma, porque tristemente, no hay ninguno.

Hay que educar a las personas sobre las condiciones de discapacidad NO ADQUIRIDAS O INVISIBLES. Estamos doblemente expuestos a una incomprensión que lastima diariamente y que es molesta. Parece que el mundo olvidó lo que había aprendido en el siglo XX. En los setenta había movimientos en Estados Unidos de “orgullo sordo” o equivalentes.

Por ejemplo, en lo que nos toca a las personas con discapacidad auditiva, está mal que sigan haciendo chistes como “qué suerte, podés sacarte los audífonos cuando no querés escuchar a alguien” o “¿para qué querés escuchar con lo que dicen?”

De ahí en adelante, hay todo un mundo de peligro, maltrato e incoherencia social para las personas nacidas diferentes, con algún tipo de discapacidad auditiva. Estos ejemplos son menores: la incomprensión puede llevar a hacer confundir a la misma persona sobre su identidad y por lo tanto, sin querer, exponerla a todo tipo de maltratos sociales, tanto físicos como psicológicos. Además, imaginen los que ocurriría si nosotros hiciéramos los mismos chistes con otras identidades.

El pensamiento se aletarga en momentos de pandemia parece, y lo mejor que podemos hacer es reflexionar para sentar nuevas bases. Son más que nunca necesarias, veo. Es un momento propicio.

Necesitamos una política para que la discapacidad y la diferencia sean más respetadas. Para no perder los derechos ya ganados y que se haga cumplir el texto íntegro producido por la convención de los derechos de las personas con discapacidad.

No queremos ser más invisibles ni sufrir la violencia cotidiana de la incomprensión. Algunas, y algunos, ya sufrimos mucho.

Para que el mundo sea más justo, cuanto antes es necesario educar a las personas y crear una conciencia sobre la tolerancia y la comprensión de la diferencia.

En los ochenta se escribió un libro sobre la sordera que se llama “Cuando la mente escucha” (When the mind hears, Harlan Lane, 1984)

Saber discernir no tiene nada que ver con escuchar.

por Adrián Gastón Fares.

Sobre el nuevo paradigma para las personas con discapacidad.

En una nota anterior propuse que era necesario construir un nuevo paradigma para las personas con discapacidad.

Aquí propongo algunas ideas:

  1. Deberían interpretar a las personas con discapacidad para saber qué es lo que queremos.
  2. Este nuevo paradigma debe incluir el espacio necesario para las personas con discapacidad.
  3. El paradigma debe contemplar una relación horizontal entre las personas con discapacidad, la política y la medicina. Las personas con discapacidad, por otro lado, deberían poder elegir libremente qué religión las representa en el que caso de que así lo deseen.
  4. Por lo tanto, sin una relación horizontal entre política, medicina y personas con discapacidad no se puede construir nada.
  5. Siempre que hablamos de discapacidades no estamos hablando de enfermedades a tratar. Debemos separar la idea de discapacidad de la de enfermedad / trastorno, sea cual fuera. Y sí sostener las tecnologías necesarias para ayudar en el caso de que las personas con discapacidad lo pidan, claro.
  6. Las personas con discapacidad deben ser las que construyen el debate sobre sí mismas. Incluyendo a las personas sin discapacidad.
  7. Entonces, la idea es que hagan un lugar en las instituciones públicas para las personas con discapacidad que tengan los conocimientos, hayan hecho una reflexión al respecto de su condición y quieran unirse a instituciones públicas para diseñar el nuevo camino de la discapacidad.
  8. En otros artículos de este blog, ya mencioné que necesitamos que la cultura genere el mismo espacio público para que los contenidos sean más diversos. A la vez que se integre a las personas con discapacidad para generar nuevos contenidos. Los contenidos inspiran y desentumecen a los espectadores, lectores, etc. y allanan caminos.
  9. Por otro lado, los documentos científicos deberían renovar terminología acorde a lo enunciado en el punto 5.

Adrián Fares

Sobre la importancia de construir un nuevo paradigma para las personas con discapacidad.

Hay cosas que se aprenden enfrentando obstáculos. Como todo no tiene que ser tan difícil en la vida y como enfrentar obstáculos siempre puede generar algún daño colateral innecesario, a veces es mejor leer.

Las personas con discapacidad a veces no tienen tiempo para leer. No pueden, no los dejan o no sé qué pasa pero estoy pensando la razón por la que no han sabido luchar por sus derechos y no han sabido, en general, dejarnos un mundo mejor a los que veníamos tras ellos. Sé que algunos y algunas lo hicieron (Helen Keller, por ejemplo).

Ahora, escribiendo esto, me doy cuenta que han tenido que enfrentar obstáculos muy difíciles, como la falta de un paradigma que los ampare.

Entonces, sin Thomas Kuhn, sin Veblen, sin Burke, sin Sontag, sin Said, sin Levi-Strauss y sin Foucault, claro, las cosas se hacen más difíciles. Discernir se hace más difícil, más cuando uno tiene un doble trabajo, el de entenderse a sí mismo, y el de comprender al mundo.

No es tan difícil comprender al mundo, diré, como comprenderse a sí mismo. Diré también que personas con discapacidad que se han comprendido a sí mismos, de alguna u otra manera, sin decirlo, han dejado una huella imborrable en la cultura y se han olvidado de la desigualdad (salvo en sus cartas póstumas, como la de Beethoven que fue escondida por sus familiares y salió a la luz no hace mucho, creo recordar)

Por lo tanto, es más importante comprenderse a sí mismo, que al mundo, por lo menos para dejar huellas imborrables en la cultura. Pero para cambiar las cosas: no. Hay que comprender la dinámica del llamado entorno o mundo (aunque el filósofo Gabriel Markus diga que el mundo no existe, con más razón, existen una serie de paradigmas con los que podemos entablar una conversación)

Volviendo a lo que pensé en una nota anterior es evidente que la discapacidad no adquirida, de nacimiento, es el resultado de haber nacido con algún problema que se iba a evidenciar tarde o temprano en cuanto la exigencia de adaptación se presentara. Y que el síntoma donde se evidencia más, no es más que eso, es un síntoma (como ya saben muchas personas que sí están estudiando el tema ahora: lo que me hace suspirar de alegría) 

Por ejemplo, en mi caso, la sordera (la hipoacusia o tinnitus, digamos; leer notas al final: adelanto que creo que el tinnitus/hiperacusia es la causa de mi hipoacusia y no al revés como deduce el paradigma médico vigente, por ejemplo).

Es el pico, es lo que salta: es una secuela. Otra podría ser los sabañones, por ejemplo. O la casi imperceptible asimetría física que tengo, como muchos. Me las arreglé para vivir con algo de asimetría corporal, y con sabañones, pero me costó más escuchar. Por eso el certificado de discapacidad y el diagnóstico tardío y la mar en coche, como decían antes. Pero no me asombran las dilaciones médicas a esta altura. Ver nota 1.

Lo que sí me asombra es que no se haya ido más allá con el tema de la diferencia de nacimiento. Que no se hayan armado paradigmas al respecto mucho más humanos y accesibles. 

Me asombra que no se hayan hecho distinciones entre discapacidades adquiridas tarde (ey, mi abuelo no escucha bien tampoco y a mí me dan ganas de decir: ¡qué me importa!; no es lo mismo, tu abuelo seguro que vio Los Simpsons y los escuchaba, no tuvo que vivir el ser joven y no escuchar bien, por ejemplo; hay una distinción en eso, no se puede comparar y es un chiste que no me preocupe la pérdida de audición en adultos mayores, claro, me importa: pero no es lo mismo que nacer con pérdida de audición) y las repercusiones en la identidad de la diferencia con la que uno ya nace.

Si algún humano hubiera trabajado en eso, a mí me sería más fácil con solo decir que nací diferente, o con alguna discapacidad, ser comprendido. Gastaría menos tiempo en discutir conmigo mismo y con los demás para explicar algo que siento como una verdad evidente, cuyo abandono me parece injusto.

Ahora bien, entre comprender y ser comprendido, siempre voy a elegir lo primero.

Adrián Gastón Fares.

PD: me importa que los adultos mayores no puedan escuchar bien, de hecho, vi cómo la sordera, con el tiempo, afectaba a personas queridas y todavía hoy recuerdo eso con dolor, en un caso era una persona que vivía con otra discapacidad. Yo no sería el mismo si no la hubiera conocido. No tomaría mate. No conocería una gracia que pude conocer. Y, lo más importante, sería mucho menos dichoso de lo que a veces soy.

Nota 1: No estoy tan seguro que mi hipoacusia sea neurosensorial. Puede ser una consecuencia de los conductos internos auditivos. De hecho, un médico otorrino, en 2012, observando una tomografía computada que me mandó a hacer, sugirió que podía ser una malformación congénita, que estaba casi dentro de los límites de lo normal, de los conductos auditivos. La otra teoría es que las células ciliadas del oído mueren por la hipoxia de nacimiento y el deterioro se acentúa con el paso del tiempo. En cuanto al tinnitus, también sería causado por las células cilíadas estropeadas. También puede desarrollarse por falta de rehabilitación auditiva (como también con el tiempo se discriminan peor las palabras escuchadas, porque no se estimula al cerebro) Los médicos todavía no pueden explicar al tinnitus a fondo, por lo que me consta (investigué mucho, hasta con otoneurólogos) La metáfora del piano desafinado, o con teclas rotas, deja perplejo al paciente y en espera de mejores explicaciones (prefiero esta comparación: es como tener caracolas de mar pegadas a las orejas)

Nota Corrigiendo la Anterior: Negué un diagnóstico de ASD o del espectro TEA (antes llamado Asperger) que me fue dado en 2014 (quería quitarme la duda y estaba en ese momento bastante seguro) Hoy creo haberme equivocado en dejarme llevar por opiniones de profesionales de otras áreas, que no estaban vinculados al diagnóstico del ASD o TEA. Viendo estudios del cerebro que me realizaron por el tinnitus y sordera, comparando información, adaptaciones, no adaptaciones, y diagnósticos, llegué a la conclusión que mi hipoacusia y el ASD pueden coexistir. O uno explicar al otro (lo más común sería que el ASD explique la sordera, pero escapa mi imaginación un mecanismo de compensación tan elaborado como una hipoacusia como los que explica Olga Bogdashina tan bien en sus libros, si mis lectores saben que no es así, soy todo oídos…) No estoy seguro, pero puede ser, que tenga a la vez (de hipoacusia y tinnitus), APD (Auditory Processing Disorder) En tal caso, eso explicaría el porqué llevó tanto tiempo mi diagnóstico (APD recién se diagnostica a los 7 años de edad) Y el ASD aquí en los años ochenta del siglo pasado no se diagnosticaba: a uno le decían que le faltaba calle (no me faltó calle de chico, sí luego fui un adolescente muy solitario). El ASD explicaría bien mi infancia, mi adolescencia (ya clara sordera también), juventud y… bueno, espero ser joven todavía 😉

Nota 2: No está mal leer la entrevista que conforma el libro Identidad, de Zygmunt Bauman.

Nota 3: Una idea es que cuando la junta médica expide el certificado de discapacidad, solo diga “Discapacidad” (y que las prestaciones estén incluidas según los médicos especialistas que luego atiendan a las personas con discapacidad) La razón es que el certificado de discapacidad cuando describe la “discapacidad” condiciona a las personas que lo portan y al entorno.

Seré nada. Novela. 2021. Capítulo 15.

Capítulo 15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas…

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. 2021. Adrián Gastón Fares.

Seré nada, una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.
Seré nada, una historia suburbana de terror

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…? Seré nada es una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.

Un poco sobre mí.

Soy director de cine, guionista y escritor. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (Walichu y Mr. time, entre otros).

Escribí tres novelas más además de Seré nada, una historia suburbana de terror (las novelas son: ¡Suerte al zombi!, El nombre del pueblo, Intransparente) Pueden leer mis cuentos de terror y ciencia ficción en este mismo blog o buscar la antología provisoria en PDF llamada Los tendederos.

Pueden buscar la novela completa gratis en el blog y también buscarla completa en Google Play Libros / Books.

Para más información pueden ir al Inicio de este blog: adriangastonfares.com

Conclusión sobre el origen de mi hipoacusia y tinnitus: una aproximación al TEA.

Quiero explicar (me parece una responsabilidad explicarlo) que no haber entendido un diagnóstico de «Autism Syndrome Disorder» o del «Trastorno de Espectro Autista» que me fue dado en 2014, a los 36 años, excluí la posibilidad de que pudiera coexistir TEA, en el rango antes llamado Asperger, con mi hipoacusia y tinnitus (acúfenos; zumbidos constantes). Debieron sumarse los diagnósticos.

Estaba en ese momento, hace 7 años, bastante seguro del diagnóstico, de hecho fui rejuntando los datos yo mismo requeridos para el mismo (no encontraba explicaciones posibles a mis síntomas, y la explicación con respecto al tinnitus y las especies de mareos nunca me convencieron)

Creo que primero tenía que concentrarme en los oídos, en encontrar audífonos útiles; de cualquier manera, varias causas e influencias me llevaron a negar ese diagnóstico de 2014.

Debí haber abrazado ambos diagnósticos porque los síntomas de los dos diagnósticos estaban claros.

Hoy creo haberme equivocado en dejarme llevar por opiniones de profesionales de otras áreas, que no estaban vinculados al diagnóstico del ASD o TEA y negaron la posibilidad de que coexistieran el TEA y la hipoacusia neurosensorial.

Tampoco tenían por qué saber tanto, creo yo.

Debería ser más integral todo, pero sé que es difícil, más cuando se busca una explicación en la juventud / adultez.

En cualquier caso, confío en mí:

Viendo escáneres del cerebro que me realizaron por el tinnitus y la hipoacusia neurosensorial, por la que tengo certificado de discapacidad, revisando resonancias magnéticas con medio de contraste, tomografía eléctrica cerebral (brain electrical tomography, sistema LORETA; vigilia, reposo, visual y auditiva), leyendo el resultado de esos estudios, comparando información, adaptaciones, no adaptaciones, síntomas y diagnósticos, llegué a la conclusión que mi hipoacusia y el ASD pueden coexistir.

O uno explicar al otro (lo más común sería que el ASD explique la sordera) En ese caso sería un mecanismo de compensación como los que explica Olga Bogdashina tan bien en sus libros.

No puedo negar que leer los libros de Temple Grandin (El cerebro autista), más otros de neurociencias, me ayudaron a pensar el problema.

Puede ser que tenga a la vez (de hipoacusia y tinnitus), APD (Auditory Processing Disorder). El libro When the brain can´t hear, de Teri Jams Bellis, me ayudó a entenderlo. Esa dificultad para enfocar la escucha está presente en mí (además de la pérdida de audición en los agudos, que coincide con el rango del tinnitus)

En tal caso, eso explicaría el porqué llevó tanto tiempo mi diagnóstico (APD recién se diagnostica en la actualidad a los 7 años de edad) .

Y el ASD/TEA leve aquí en los años ochenta del siglo pasado no se diagnosticaba: a uno le decían que le faltaba calle (no me faltó calle de chico, sí luego fui un adolescente muy solitario).

El ASD / TEA explicaría bien mi infancia, mi adolescencia (ya clara sordera también por la dificultad adaptativa incrementada), juventud y… bueno, espero ser joven todavía.

Queda por revisar los escritos que fui publicando en este blog sobre mi vida y la sordera (ahora agrupados en el Índice de este blog en Escritos sobre mi vida) y verlos como una aproximación a una verdad, como también lo es esta aproximación a una verdad que para mí resulta evidente.

Y hay que leerlos de ahora en más teniendo en cuenta el «TEA» y todos los diagnósticos y síntomas generados por la hipoxia en el nacimiento, el nacimiento con fórceps y/o la herencia genética (las anteriores causas posibles de mi hipoacusia y tinnitus).

por Adrián Gastón Fares.

La razón por la que salto. The reason I jump. Película recomendada.

Ya que la critica de cine anda un poco morosa, digamos, perdida entre seguir lo que ofrece Metacritic y Rotten Tomatoes (a los que consulto yo también, debo admitir), en cuestionar lo incuestionable o acariciar lo que hoy en día parece ser lo más revolucionario del mundo (ser naif, hablo en serio; ser naif hoy en día no es fácil, no es joda; aunque de a poco no va pareciendo tan revolucionario) se me ocurre, a mí que no soy crítico pero me gusta comentar lo que leo y lo que miro, más que nada con amistades, señalar algunas películas que aprecio y me gustan.

En este caso, revisando el blog sobre sordera The Limping Chicken di con este documental sobre Naoki Higashida. El tema es autismo, es espectro autista, es TEA. Es discapacidad.

Tener una discapacidad permite reflejarse en otras.

The Reason I Jump (puede verse en algunos países en Netflix) traduce a imágenes el libro que escribió a los trece años Naoki Higashida (que está editado en español como La razón por la que salto)

El documental acompaña a Higashida en su búsqueda de transmitir su modo de ser, su adaptación y su no adaptación, su mirada sobre sí mismo y sobre los autismos, al resto de los seres humanos. Y su voz se mezcla con las de otras personas con «necesidades especiales», una etiqueta que, aclara el padre de un niño con autismo en el prólogo del libro de Higashida, no tranquiliza a nadie.

Sí tranquiliza, parece ser, el poder comprender mejor (el conocimiento, como siempre; los modos de conocimiento)

Saltando con otros, girando con otros seres humanos, aleteando, acercándose y alejándose con otros seres, The Reason I Jump arma una narrativa única y, no voy a usar otra palabra: diversa.

No solamente explica por qué salta Naoki, sino que el documental salta de Europa a Estados Unidos y a África para mostrarnos qué prejuicios y estigmas tienen que enfrentar las familias de los chicos con autismos. La diferencia no es bienvenida, como sabrán, y choca con las tradiciones hegemónicas culturales (que con la discapacidad son siempre hegemónicas, no importa dónde)

Una profesora logra usar un alfabeto de cartón para que sus alumnos señalen letras y construyan palabras (como el que usa el propio Naoki) y uno de los chicos dice como si fuera una plegaria subtitulada que no les enseñaban antes porque «se saltaban sus derechos civiles».

Estaban abandonados.

Incomprendidos.

El documental es duro, no anda idealizando discapacidades ni diferencias. Y también es bello porque transmite la fascinación y la diversión de un mundo en el que, increíblemente, algunas personas normales se aburren.

The reason I jump usa el cine para que Naoki cuente su modo de sentir, ver, y vivir en el mundo con menos filtros de los habituales. Son sus palabras en voz en off. Es él el que se cuenta. No hay nadie acá explicando qué es una cosa o qué es la otra, no hay terminología obtusa, cabezadura, médica, insuficiente y a veces hiriente. Hay imágenes, palabras, sonidos, confesiones personales, texturas y luces.

El cine tiene, como otras artes, esa fuerza de hacerte vivir cosas que de otra manera son más difíciles de vivir.

Cuando hablamos de que es hora de pasar el micrófono, hablamos de películas, libros y documentales como The reason I jump. Hablamos de que se sumen a las narrativas, no que sean las únicas, claro. Cosa que igualmente sería imposible, quédense tranquilos.

Hay de todo para ver, escuchar y sentir en este mundo y siempre puede haber más.

La impresión final de The reason I Jump es que no todo está contado.

Parece que el mundo (esa colección de narrativas) es a la vez más grande y más chico como dicen, de lo que es.

por Adrián G. Fares

Link al Trailer:

Sobre la importancia del conocimiento (de leer sociología del conocimiento para las personas diferentes o diversas)

Hay cosas que se aprenden enfrentando obstáculos. Como todo no tiene que ser tan difícil en la vida y como enfrentar obstáculos siempre puede generar algún daño colateral innecesario, a veces es mejor leer.

Las personas con discapacidad a veces no tienen tiempo para leer. No pueden, no los dejan o no sé qué pasa pero estoy pensando la razón por la que no han sabido luchar por sus derechos y no han sabido, en general, dejarnos un mundo mejor a los que veníamos tras ellos. Sé que algunos y algunas lo hicieron (Helen Keller, por ejemplo).

Ahora, escribiendo esto, me doy cuenta que han tenido que enfrentar obstáculos muy difíciles, como la falta de un paradigma que los ampare.

Entonces, sin Thomas Kuhn, sin Veblen, sin Burke, sin Sontag, sin Said, sin Levi-Strauss y sin Foucault, claro, las cosas se hacen más difíciles. Discernir se hace más difícil, más cuando uno tiene un doble trabajo, el de entenderse a sí mismo, y el de comprender al mundo.

No es tan difícil comprender al mundo, diré, como comprenderse a sí mismo. Diré también que personas con discapacidad que se han comprendido a sí mismos, de alguna u otra manera, sin decirlo, han dejado una huella imborrable en la cultura y se han olvidado de la desigualdad (salvo en sus cartas póstumas, como la de Beethoven que fue escondida por sus familiares y salió a la luz no hace mucho, creo recordar)

Por lo tanto, es más importante comprenderse a sí mismo, que al mundo, por lo menos para dejar huellas imborrables en la cultura. Pero para cambiar las cosas: no. Hay que comprender la dinámica del llamado entorno o mundo (aunque el filósofo Gabriel Markus diga que el mundo no existe, con más razón, existen una serie de paradigmas con los que podemos entablar una conversación)

Volviendo a lo que pensé en una nota anterior es evidente que la discapacidad no adquirida, de nacimiento, es el resultado de haber nacido con algún problema que se iba a evidenciar tarde o temprano en cuanto la exigencia de adaptación se presentara. Y que el síntoma donde se evidencia más, no es más que eso, es un síntoma (como ya saben muchas personas que sí están estudiando el tema ahora: lo que me hace suspirar de alegría)

Por ejemplo, en mi caso, la sordera (la hipoacusia). Es el pico, es lo que salta: es una secuela. Otra podría ser los sabañones, por ejemplo. O la casi imperceptible asimetría física que tengo, como muchos. Me las arreglé para vivir con algo de asimetría corporal, y con sabañones, pero me costó más escuchar. Por eso el certificado de discapacidad y el diagnóstico tardío y la mar en coche, como decían antes. Pero no me asombran las dilaciones médicas a esta altura. Ver nota 1.

Lo que sí me asombra es que no se haya ido más allá con el tema de la diferencia de nacimiento. Que no se hayan armado paradigmas al respecto mucho más humanos y accesibles.

Me asombra que no se hayan hecho distinciones entre discapacidades adquiridas tarde (ey, mi abuelo no escucha bien tampoco y a mí me dan ganas de decir: ¡qué me importa!; no es lo mismo, tu abuelo seguro que vio Los Simpsons y los escuchaba, no tuvo que vivir el ser joven y no escuchar bien, por ejemplo; hay una distinción en eso, no se puede comparar y es un chiste que no me preocupe la pérdida de audición en adultos mayores, claro, me importa: pero no es lo mismo que nacer con pérdida de audición) y las repercusiones en la identidad de la diferencia con la que uno ya nace.

Si algún humano hubiera trabajado en eso, a mí me sería más fácil con solo decir que nací diferente, o con alguna discapacidad, ser comprendido. Gastaría menos tiempo en discutir conmigo mismo y con los demás para explicar algo que siento como una verdad evidente, cuyo abandono me parece injusto.

Ahora bien, entre comprender y ser comprendido, siempre voy a elegir lo primero.

Adrián Gastón Fares.

PD: me importa que los adultos mayores no puedan escuchar bien, de hecho, vi cómo la sordera, con el tiempo, afectaba a personas queridas y todavía hoy recuerdo eso con dolor, en un caso era una persona que vivía con otra discapacidad. Yo no sería el mismo si no la hubiera conocido. No tomaría mate. No conocería una gracia que pude conocer. Y, lo más importante, sería mucho menos dichoso de lo que a veces soy.

Nota 1: No estoy tan seguro que mi hipoacusia sea neurosensorial. Puede ser una consecuencia de los conductos internos auditivos. De hecho, un médico otorrino, en 2012, observando una tomografía computada que me mandó a hacer, sugirió que podía ser una malformación congénita, que estaba casi dentro de los límites de lo normal, de los conductos auditivos. La otra teoría es que las células ciliadas del oído mueren por la hipoxia de nacimiento y el deterioro se acentúa con el paso del tiempo. En cuanto al tinnitus, también sería causado por las células cilíadas estropeadas. También puede desarrollarse por falta de rehabilitación auditiva (como también con el tiempo se discriminan peor las palabras escuchadas, porque no se estimula al cerebro) Los médicos todavía no pueden explicar al tinnitus a fondo, por lo que me consta (investigué mucho, hasta con otoneurólogos) La metáfora del piano desafinado, o con teclas rotas, deja perplejo al paciente y en espera de mejores explicaciones (prefiero esta comparación: es como tener caracolas de mar pegadas a las orejas)

Nota Corrigiendo la Anterior: Negué un diagnóstico de ASD o del espectro TEA (antes llamado Asperger) que me fue dado en 2014 (quería quitarme la duda y estaba en ese momento bastante seguro) Hoy creo haberme equivocado en dejarme llevar por opiniones de profesionales de otras áreas, que no estaban vinculados al diagnóstico del ASD o TEA. Viendo estudios del cerebro que me realizaron por el tinnitus y sordera, comparando información, adaptaciones, no adaptaciones, y diagnósticos, llegué a la conclusión que mi hipoacusia y el ASD pueden coexistir. O uno explicar al otro (lo más común sería que el ASD explique la sordera, pero escapa mi imaginación un mecanismo de compensación tan elaborado como una hipoacusia como los que explica Olga Bogdashina tan bien en sus libros, si mis lectores saben que no es así, soy todo oídos…) No estoy seguro, pero puede ser, que tenga a la vez (de hipoacusia y tinnitus), APD (Auditory Processing Disorder) En tal caso, eso explicaría el porqué llevó tanto tiempo mi diagnóstico (APD recién se diagnostica a los 7 años de edad) Y el ASD aquí en los años ochenta del siglo pasado no se diagnosticaba: a uno le decían que le faltaba calle (no me faltó calle de chico, sí luego fui un adolescente muy solitario). El ASD explicaría bien mi infancia, mi adolescencia (ya clara sordera también), juventud y… bueno, espero ser joven todavía 😉

Nota 2: No está mal leer la entrevista que conforma el libro Identidad, de Zygmunt Bauman.

Recomendaciones de Cine en Netflix y HBO Max. Con una postdata sobre elegir entre el riesgo en el arte o la seguridad.

No voy a negar mi debilidad por los musicales, las personas que cantan, los compositores de música y todo lo afín a la música.

Por algo me sumé hace unos años a esa empresa tan loca de crear la película musical Mundo tributo, con Leo Rosales.

Así que mis ojos se dejaron llevar esta semana por dos nuevos integrantes del género.

In the heights, película que todavía no se puede ver por Argentina porque no tenemos HBO Max hasta fines de junio. Pero la pude ver y me gustó como está dirigida, me gustan algunas canciones porque fueron escritas por Lin-Manuel Miranda y me reconozco fan de Hamilton. La película no es perfecta pero tiene buenas secuencias.

Por otro lado, Bo Burnham, Inside. No conocía a Burnham y este stand up musical que estrenó Netflix tiene más de cine que muchas series y otras películas que quieren hacer pasar por cine.

En fin.

Como canta Burnham.

A little bit of everything all of the time…

Adrián G. Fares.

PD: El cine es riesgo. El arte es riesgo. Escribir es riesgo. En las dos películas que nombro en la nota resalta el riesgo (por momentos parece que no va a salir, por momentos parece que se va a caer todo). No es ser original, es ir un poco más allá. No hablo de contenido nada más, obviamente, hablo de movimientos de cámara, de actuaciones, de lo que es una obra en sí. Comparen con otros productos artísticos muy recomendados últimamente (como Nobody, por ejemplo, o la mini serie de HBO Mare of Easttown) y van a ver claramente dónde hay riesgo y dónde no lo hay. Y si no encuentran riesgo tal vez noten la prepotencia de la seguridad.

Manifiesto sobre la identidad DIVERSA o DIFERENTE, con especial atención a la discapacidad NO ADQUIRIDA (la temprana, que se presenta en el nacimiento)

Llegó el momento de que la sociedad salde una deuda con los que nacimos de manera diferente (la discapacidad es sólo un paradigma médico, necesario, por cierto porque sirve para pensar un problema y por lo tanto sirve para recibir ayuda sobre ese problema)

Si bien la palabra diferente parece estar estigmatizada en la discapacidad y se prefiere usar el eufemismo «capacidades diferentes», creo que es más adecuada, o que incluso puede ser reemplazada por la palabra DIVERSA O DIVERSO (en mi caso por ejemplo tengo hábitos, adaptaciones y costumbres de persona con discapacidad auditiva y otras de persona oyente, por lo tanto la palabra no me parece descalificadora para nada; me hace comprender a mí mismo mejor y tal vez explicarme mejor a los demás)

Si quieren, el último (el nacer diferente, diversa o diverso) puede ser un paradigma de discernimiento sociológico o humano cuando hay discapacidad NO ADQUIRIDA, o sea cuando la discapacidad es temprana o de nacimiento.

Sin dejar de apoyar otras luchas muy justas expongo que la nuestra es otra identidad para ser tenida en cuenta.

En la discapacidad no adquirida la adaptación genera hábitos y costumbres, hasta una manera de comunicarse, claro, que nos definen como seres humanos.

Cuando la discapacidad es adquirida de adulto, es otra historia, con otro marco de pensamiento, porque la persona recién ahí comienza a adaptarse a la nueva condición, y las adaptaciones llevan mucho tiempo como para solidificarse en hábitos y costumbres que generan una identidad.

No es menor sentar bases sobre la diferencia de discapacidad adquirida y no adquirida para ser justos tanto con una como con otra.

Los que tenemos discapacidad no adquirida venimos aguantando ser invisibles hace demasiado tiempo. Todavía más las personas con algún grado de sordera (discapacidad invisible) que históricamente fuimos abandonadas en nuestra lucha (o nos hicieron abandonar nuestras luchas) una y otra vez.

Se debe al miedo que la sociedad tiene de lidiar con nuestras dificultades y diferencias (el miedo a compararse con lo que no deberían compararse; no debería existir ese miedo y sí la comprensión y el equilibrar para suplir, según el caso, las desventajas)

Se debe a que la apariencia es más importante que conocer la realidad.

Por esto último, se vulneran derechos y no se hacen las INTERVENCIONES necesarias para que suframos menos la presión social, fruto de la no educación al respecto de nuestra condición humana.

No se toleran más las incoherencias e injusticias al respecto, ni el discurso imperante CREADO POR LAS PERSONAS SIN DISCAPACIDAD O NO DIFERENTES, y si para algo nací es para hacer saber lo que viví y compartir mi experiencia.

Como suelen decir, parece que somos «un caso de estudio», una expresión que se usa , a veces, para señalar la rareza o la particularidad de una persona. «Es un caso de estudio», he escuchado decir, a veces de manera cariñosa, sobre algunas personas.

Solemos ser casos de estudio nunca estudiados y con suerte, uno mismo llega a estudiarse y construir su propia realidad y su propio paradigma, porque tristemente, no hay ninguno.

Hay que educar a las personas sobre las condiciones de discapacidad NO ADQUIRIDAS O INVISIBLES. Estamos doblemente expuestos a una incomprensión que lastima diariamente y que es molesta. Parece que el mundo olvidó lo que había aprendido en el siglo XX. En los setenta había movimientos en Estados Unidos de «orgullo sordo» o equivalentes.

Por ejemplo, en lo que nos toca a las personas con discapacidad auditiva, está mal que sigan haciendo chistes como «qué suerte, podés sacarte los audífonos cuando no querés escuchar a alguien» o «¿para qué querés escuchar con lo que dicen?»

De ahí en adelante, hay todo un mundo de peligro, maltrato e incoherencia social para las personas nacidas diferentes, con algún tipo de discapacidad auditiva. Estos ejemplos son menores: la incomprensión puede llevar a hacer confundir a la misma persona sobre su identidad y por lo tanto, sin querer, exponerla a todo tipo de maltratos sociales, tanto físicos como psicológicos. Además, imaginen los que ocurriría si nosotros hiciéramos los mismos chistes con otras identidades.

El pensamiento se aletarga en momentos de pandemia parece, y lo mejor que podemos hacer es reflexionar para sentar nuevas bases. Son más que nunca necesarias, veo. Es un momento propicio.

Necesitamos una política para que la discapacidad y la diferencia sean más respetadas. Para no perder los derechos ya ganados y que se haga cumplir el texto íntegro producido por la convención de los derechos de las personas con discapacidad.

No queremos ser más invisibles ni sufrir la violencia cotidiana de la incomprensión. Algunas, y algunos, ya sufrimos mucho.

Para que el mundo sea más justo, cuanto antes es necesario educar a las personas y crear una conciencia sobre la tolerancia y la comprensión de la diferencia.

En los ochenta se escribió un libro sobre la sordera que se llama «Cuando la mente escucha» (When the mind hears, Harlan Lane, 1984)

Saber discernir no tiene nada que ver con escuchar.

por Adrián Gastón Fares.

Ciencia ficción y terror en Argentina. Una introducción a Seré nada.

Ebook cover Seré nada, una historia suburbana de terror. Y ciencia ficción, deberíamos agregar.

Seré nada, una historia suburbana de terror ( y ciencia ficción ) es una novela cuya acción transcurre en Lanús, en el conurbano bonaerense. Es una distopia. Luego de dos epidemias, el sur del Gran Buenos Aires queda casi abandonado. Y gracias a una concentración política en el norte de Argentina hasta en la ciudad de Buenos Aires no hay mucho para hacer. Así que tres amigos con sordera o hipoacusia, usuarios de audífonos como el que escribe, o sea yo, deciden partir en busca de una supuesta comunidad de personas sordas de la que habla un difuso blog (como este).

Parten a pie y caminan hacia el sur. Tras cruzar el puente, un vagabundo les grita «la piedra rechazada será la piedra angular», parafraseando a un pasaje de los evangelios… Y como todos los que buscan encuentran, Ersatz, Silvina y Manuel dan con un mundo suburbano dónde hay seres a los que no les quedó otra que adaptarse.

Es una novela sobre la adaptación y hay personajes, como en la realidad, que les encanta hacer sufrir a las personas diferentes y, como en la realidad, tal vez tengan que aprender por las malas.

Me gusta pensar que Seré nada, una historia suburbana de terror, no es una novela fantástica. La veo más como una mezcla de ciencia ficción, aventuras, comedia social y terror con personajes que podrían existir.

Busquen un poco de sol para estar a tono con el culto a Helios y aspiren hondo por la nariz como Gema. Ojalá encuentren su propia novela en las páginas de Seré nada.

Para eso, espero que antes hallen el susodicho libro en el laberinto que es este blog, a esta altura, donde hace varios años un escritor llamado Adrián Fares escondió muchos monstruos para regocijarse (y asustarse también) al encontrarlos.

Adrián Gastón Fares

Capítulo de El nombre del pueblo. Un misterio o intriga que pueden encontrar en el blog o en el buscador preferido.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo, novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

Si usan Instagram pueden seguir este blog en el nuevo espacio @el_sabanion

Un instagram para El sabañon.

No hay ñ en Instagram así que lo llamaremos El_sabanion.

Larga vida a la ñ!

Espero que estén bien!

La zombiada. Relato que forma parte de Los tendederos. Y recomendación de una serie.


Estaba la puerta abierta y también le pareció inusual que no estuviera la empleada de limpieza para gritarle que no le dejara yerba en el lavabo, y comentarle  que había inventado otra forma para separar la yerba del resto de la basura. Era raro no recibir el pedido de colocar el bidón de agua en el dispenser para los dirigentes ni bien llegaba. Pensó que ese día en el trabajo iba a ser distinto.
Así que puso su pulgar en la máquina de fichar, recibió un «Gracias», en español, de la grabación que la máquina contenía y se dirigió al segundo piso, a su oficina.
Golpeó pero nadie le abría.  Se quedó esperando en el pasillo. Eso era normal. En cambio, el olor penetrante, ácido, a vómito, no lo era. Provenía de su oficina. Esperó cinco minutos sin saber qué hacer. Golpeó otra vez la puerta, ya que no había timbre, y el empleado, Manuel, el único zombie que trabajaba en su piso, le abrió. Caminó hasta su computadora. A su lado estaban, sin ninguna separación, las de Pablo y Alfonso. Le pareció anormal que ninguno de los dos estuvieran. En la computadora de Alfonso se veía un polvo blanco cerca del teclado. Como si hubiera dejado caer hilariet, pero Gastón sabía que era cocaína. En la de Pablo, el mate, y la pantalla estaba clavada en una página web de Mobbing.
Pablo y Alfonso se odiaban y el primero sostenía que el segundo lo acosaba. Las mujeres habían sido trasladadas a otra oficina porque los hombres no querían almorzar con ellas ni escuchar sus chismorreos. Lo que más le había chocado a Gastón al entrar en ese trabajo era lo misóginos que eran sus compañeros. A él le gustaba estar rodeado de mujeres desde chico. Sin ellas, algo le faltaba. Y en vez de voces aflautadas tenía a Manuel, el zombie, y a los otros dos, eso hasta que llegaba Roberto, el superior, el analista de sistemas, una biblioteca itinerante que sabía de todo. Roberto le había recomendado a Gastón el libro Anatomía de la Crítica de Northrop Frye.
Gastón consultó con su ex profesora de la facultad de Letras, Isabel, quien le dijo que estaba pasado de moda Frye, que sus ideas habían sido superadas. Eso estaba leyendo en su email, pensando qué contestarle a la mujer porque a él le había llegado hondo el discurso del analista de sistemas sobre Northrop Frye para abordar la obra de Tolkien y comentar la serie de ciencia ficción que estaba mirando. Aunque Gastón nunca había leído a Tolkien. Pero la palabra inmersión le gustaba y se podía relacionar con la obra de Frye. Una palabra a veces lo define todo.
Eso pensaba Gastón, pero sus sentidos estaban alertas porque le picaba la nariz por el olor a vómito que provenía, sin dudas, del despacho de Roberto, cuya puerta estaba cerrada. Tenía que ver qué lo causaba, pero antes contestó un mensaje de su novia que decía que el bebé estaba bien, que le había vomitado el pelo y la blusa, algo común. Así que era el Día del Vómito para Gastón.
Manuel estaba durmiendo en su cubículo vidriado. Desde que los zombies habían evolucionado habían obtenido algunos derechos, uno de ellos era la inclusión social de los de conducta intachable a través del trabajo.
Manuel no contestaba cuando le abría la puerta, sólo bajaba la cabeza. Tampoco lo saludaba al llegar y al irse. A veces le preguntaba si no tenía la llave. Gastón le había dicho mil veces que no tenía llave y que dependía de él que le abriera, pero este tema parecía estar más allá de la comprensión del zombie, a quien le molestaba despegar el culo de la silla.
Gastón podía entenderlo. Los zombies comen el doble que un humano. Manuel no controlaba su esfínter y por lo tanto la cantidad de mierda que cagaba le producía hemorroides y otras complicaciones que convertían en obligatorio el uso de una silla especialmente acolchada.
Los zombies habían dejado de atacar a las personas al alcanzar la autoconciencia y luego se habían dado cuenta de que no les convenía ser perseguidos, reducidos y asesinados, así que su comportamiento había pasado de ser destructivo a casi altruista. Se adaptaban a cualquier tipo de trabajo. Se destacaban en los cargos administrativos porque su concentración para evitar sus desmadres era alta, pero también podían afrontar trabajos más precarios, de carga, por ejemplo, porque su fuerza era superior a la de un humano.
Lo único que Manuel compartía con Alfonso y Pablo era el gusto por ver en el móvil de este último imágenes truculentas. Un hombre trozado en dos por un tren, cuyas manos todavía se movían tratando de salir de las vías. Un ejemplo. Desmembramientos varios y miembros varios también, porque otras de las atracciones que ofrecía ese celular eran los videos de negros que bamboleaban sus genitales gigantes de aquí para allá o que los introducían en toda clase de agujeros pequeños, o que parecían pequeños por contraste.
Un día Pablo y Alfonso le pidieron a Manuel ver su pene, pero el zombie se había negado. Lograron su objetivo una tarde que Manuel fue a orinar y se metieron de golpe en el baño. Al parecer, no podían creer lo que habían visto.
Por lo demás, Manuel permanecía callado y sólo saludaba a Roberto, su superior. Eso pensaba Gastón, mientras leía la respuesta sobre Frye de su ex profesora y el olor que provenía del despacho cerrado se hizo tan penetrante que ya no pudo aguantarlo.
Vio que Manuel seguía sumido en su sueño. Controlar el instinto consumía gran parte de la energía del zombie y debía descansar más que un humano.
Entonces Gastón, le contestó a su novia que todo estaba bien, que por ahora no tenía trabajo, era una mañana tranquila, nadie lo llamaba y luego caminó hasta la oficina de su superior. Trató de abrir la puerta pero estaba cerrada, sin llave pero no podía abrirse de afuera. El olor nauseabundo provenía claramente de ahí.
Se dio vuelta para mirar a Manuel, que seguía con el mentón pegado al pecho. Por debajo de la puerta del despacho se escapaba un líquido color dulce de leche. Uno de los punteros del sindicato de Software en la que trabajaba le había enseñado a abrir la puerta con una tarjeta de plástico. Gastón no tenía tarjeta de crédito así que usó la de Starbucks.
Al abrir la puerta lo golpeó el frío que se escapaba del cubículo del servidor. Los cuerpos de Alfonso y Pablo estaban expuestos, partidos al medio, masticados, frente al escritorio. Roberto yacía en su silla, sin la tapa de los sesos, como un mono de banquete chino, el analista de sistema, dando órdenes, vaya a saber cuánto tiempo, a seres de otro mundo, si es que ese otro mundo existía.
El líquido que se había deslizado por debajo de la puerta provenía del cerebro de Roberto, ya que los otros dos cuerpos estaban medio resecos, los huesos a la vista, como si el atacante hubiera succionado hasta los tejidos.
Al darse vuelta, con sus manos congeladas que anunciaban un ataque de pánico, Gastón vio que Manuel ahora tenía la mirada clavada en él y notó lo que antes no había visto. A su lado, en su escritorio, como un melón recién cortado, el zombie tenía la tapa de los sesos de Roberto, medio masticada.
El zombie se levantó, rodeó su escritorio con parsimonia, sin perder los modales ni la postura erguida, y empezó a acercarse a Gastón tratando de ocultar sus uñas afiladas. Gastón corrió hacia la puerta con el objetivo de avisarle a las chicas que el zombie de su oficina había perdido el control. El hecho hacía presuponer que había contactado a otros zombies, los llamados marginados, que pronto estarían en el lugar para fortalecer la revuelta. Mientras Manuel se acercaba a él, Gastón logró salir de la oficina, cerró la puerta y subió a la oficina de las chicas.
Otra vez el olor agrio, nauseabundo, pero esta vez más fresco, más penetrante. Tras la puerta los cuerpos desmembrados de las que habían sido sus compañeras se apilaban. En un vértice de la oficina, ovillada, abrazando sus piernas, Lucía lloraba con la mirada perdida. La chica balbuceó que había más, que Manuel los había arengado, que su programa había fallado, y que nunca debieron incorporarlo a la empresa. Claro que Lucía era otra zombie y por eso se había salvado. Una zombie joven como Manuel, pero en otro estadio de evolución.
Gastón volvió a la entrada de la oficina para contener la puerta justo que las manos de Manuel la empujaban. Mientras tanto, vomitó el café que se había tomado por la mañana junto con la medialuna de manteca.
Esa oficina daba al patio del edificio. Al asomarse a la ventana, Gastón vio a varios zombies que dialogaban mientras se pasaban el mate y compartían pedazos de piel de un cuerpo humano. Reconoció a algunos que trabajaban en otras empresas ubicadas en el mismo edificio. Gastón no sabía qué hacer.
El celular de Lucía sonaba pero a ella le temblaban tanto las manos que no podía atender. Iba a caerse de la mesa si seguía vibrando, así que Gastón lo tomó y respondió la llamada. El marido de Lucía, Eduardo, era policía, uno de los  humanos que se habían enamorado de una zombie. Gastón le contó la situación a Edu, quien le dijo que se calmara, que buscara la pistola que Lucía tenía en el fondo de su bolso y siguiera las instrucciones.
Ya con el arma en sus manos y el móvil en altavoz, comenzó a describirle la situación a Edu. Zombies asesinos en el patio. Otro en el pasillo. No sabía cuántos más rebelados en el edificio.
Se animó a abrir la puerta de la oficina. El pasillo estaba vacío. El tubo fluorescente se encendía y apagaba. El cartel de prohibido fumar había sido masticado. Edu le dijo que disparara a cualquier punto. Gastón eligió el matafuegos. La explosión hizo que apareciera Manuel como una flecha con las fauces abiertas seguido de otros seis zombies más que trabajaban en el café de al lado. Edu le dijo que debía dispararle a los zombies en la zona del bajovientre, debajo del ombligo y arriba de los genitales, el hara de los hindúes pensó Gastón. Era la única forma de matarlos, aunque el folclore al respecto no lo especificaba.
Gastón pudo darle en ese punto a uno de los zombies, que cayó y exhaló su último suspiro, escupiendo un dedo humano a su vez. Los otros se abalanzaron sobre la puerta. Gastón llegó a cerrarla.
Lucía seguía temblando en un costado de la oficina. La novia de Gastón le informaba, a través de un audio que llegó a su celular, que debía llevar al bebé al médico.
Edu quería saber cuántos eran los que se habían rebelado y trató de calmarlo diciéndole que se dirigía hacia el lugar. La puerta ahora aguantaba la presión de varios cuerpos que empujaban para que cediera y Gastón no podía dejarla. Los zombies intercambiaban órdenes de mando para tratar de entrar a la oficina. Manuel los dirigía.
Era la hora del almuerzo. Las voces de los zombies eran claras. Uno decía que necesitaba abono para las plantas exóticas de su jardín y que se había cansado de usar los restos de café que Starbucks regalaba. El compost que tenía en una carretilla y que había realizado con restos de gatos muertos no era suficiente. Los demás felicitaron al zombie por su idea de incorporar humanos a la mezcla.
Gastón pensaba que esta situación se debía a que no había sabido cuidar sus pensamientos, que invocar a Frye y su teoría de la inmersión narrativa no había sido buena idea. La culpa no la tenían los zombies que habían perdido el control sino su superior que le había recomendado Anatomía de la Crítica y él lo había leído. Un verdadero desastre.

 

Por Adrián Gastón Fares.

PD: Para los que gusten de historias de zombis o zombies pueden leer mi novela inaugural, Suerte al zombi buscando en este blog.

PD2: Vean The Underground Railroad en Amazon Prime Video. La serie de 10 capítulos, dirigida por Barry Jenkins, está basada en la novela de Colson Whitehead.