VORACES. Novela. 16.

Los teclados de algunas notebooks eran rojos. De otras azules y esas luces eran las que, en conjunto, iluminaban la planta. No se veía a ninguna persona. Todos los asientos estaban vacíos. Las pantallas de las notebook tenían inscripciones en verde con un fondo negro. Debía haber unas treinta y cinco. Se acercaron a la del medio de la primera fila y leyeron lo que decía. Resulta que… Era la historia que repetían los X y la Y.

—¿Todas dirán lo mismo?— preguntó Gastón.

—Y, no sería raro… — dijo Vanina.

Empezaron a revisar una por una. Escucharon una especie de murmullo, como si alguien estuviera hablando en otra habitación. Salieron de una de las filas y se detuvieron, apoyándose en la pared y mirando hacia donde parecía crecer el murmullo. Era hacia los ventanales. La planta parecía formar una T que se ampliaba en dos pasillos cerca de los ventanales. 

Del pasillo izquierdo apareció una figura que caminaba con pasos destartalados en línea recta. Del pasillo derecho apareció otra que caminaba igual. Escucharon lo que decían. Repetían la historia de los androides. La pregunta que los asaltó era, ¿eran androides o programadores? Los androides no caminaban y si lo hicieran su anatomía no predecía tanta torpeza.

—Deben ser los programadores— dijo Gastón.

En ese momento apareció otra figura, una chica esta vez, caminando más rápido en línea recta desde la derecha. De la izquierda apareció otro varón caminando en línea recta a la misma velocidad que la chica. Como parecían inofensivos se acercaron con cuidado. Los caminantes tenían la vista clavada a lo lejos y repetían esa historia como si fuera un salmo. Cuando llegaron al final de la pared miraron hacia el fondo del pasillo de la derecha. Había como diez que caminaban en línea recta y luego volvían, sin llegar a cruzar el pasillo hacia donde habían arrancado. Giraban en redondo y, repitiendo la narración de Juan y Sara, iban y venían. Entre todos creaban una especie de murmullo sincronizado. Se pusieron en la fila, sin que pareciera notarlo ninguno de los caminantes, y fueron siguiéndolos al mismo paso hacia el pasillo izquierdo. Estaban por entrar a ese pasillo cuando se cruzó por el medio de ellos una mujer alta y de pelo lacio negro. El murmullo desentonaba con los otros. La siguieron para tratar de escuchar lo que decía.

Resulta que en un bosque vivía una pareja de leñadores. Eran ancianos que apenas ya tenían fuerza para hacer su trabajo. Y estaban solos y se lamentaban el no haber podido tener una hija. Un día la mujer le dijo al hombre que juntos talarían el último árbol. Así que fueron con sendas hachas y cada uno dio un golpe a una encina vieja hasta que el árbol se vino abajo. En el hueco del árbol encontraron una caja y adentro de la caja un tocadiscos con un elepé girando. El leñador anciano empujó la aguja y escucharon enseguida el murmullo que las hojas hacían cuando el viento pasaba por ese árbol. Ellos podían distinguir el sonido de cada árbol. Se les cayó a cada uno una lágrima y mientras miraban como giraba el elepé negro, vieron que empezaba a girar todo a su alrededor. De repente, de entre una mata de arbustos salió una niña. Vestía muy distinto a los leñadores, con ropas ajustadas y que brillaban y que ellos no sabían describir. Pero estaba perdida. Y lo leñadores la llevaron a su casa y la hicieron su hija. Así Juan y Sara fueron felices.

Cuando terminó de contar el cuento la chica que iba caminando, ya la habían seguido durante dos vueltas por el pasillo. Mientras no dejaban de seguirla, uno a cada lado, Vanina dijo:

—Esta historia termina mucho mejor que la otra.

—Sí, es más alegre— contestó Gastón.

—Y más original…

—Algo así…

Los demás seguían contando la historia de los androides. Como eran más, había que aguzar mucho el oído, o ponerse a la par, para escuchar la historia que contaba la chica de pelo largo lacio.

Vanina señaló hacia las notebooks anticuadas.

—Parece como que son transmisores las compus esas y estos… la reciben. Son receptores. Alguna debe estar transmitiendo la historia de los leñadores.

Gastón se la quedó mirando.

—¿Y?

—No sería bueno hacer algo para que no repitan más esa historia los demás. Digo la historia de la que estamos hartos.

—Pero no sabemos si son androides. Es más, están como en un trance.

Gastón se ubicó delante de uno que se detuvo, dio dos pasos hacia un costado, reanudó la historia y siguió caminando en línea recta.

—No los podemos tocar. No sabemos qué son.

—Pero sí podemos tocar las computadoras.

Los dos asintieron con la cabeza. Caminaron hasta la primera notebook de la fila que estaba detrás de ellos y se volvieron a mirar. Gastón repasó las manos por el teclado mientras Vanina hacía lo mismo con la siguiente. El texto, que en esas dos era el de la mayoría de las notebook, la consabida historia del cementerio, no cambiaba.

—¿No será mejor que encontremos la que tiene el texto de los leñadores?

—Es más rápido ir desechando las que no son. Ya lo vamos a encontrar— dijo Vanina mientras arrojaba la notebook contra la pared.

Al hacerlo uno de los caminantes se detuvo. Gastón tomó otra y la arrojó. Una caminante giró en redondo y se detuvo, mirando hacia ellos, bajó los hombros y se quedó mirando el suelo. Siguieron así, iban chequeando el texto y arrojaban las notebooks para un lado y el otro, estrellándolas contra las paredes y el piso del lugar. Más o menos en la fila cinco, encontraron en la mitad la computadora que tenía el texto de los leñadores. La saltearon y siguieron destruyendo todas las demás. 

por Adrián Gastón Fares.

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