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La verdad sobre la Discapacidad.

Una de la cosas que tiene una persona con discapacidad es tiempo para pensar en la discapacidad. Vengo reflexionando hace rato sobre el tema y cada vez me aterra más observar de frente a la falta de paradigma apropiado al respecto, por lo menos donde crecí, de donde soy, donde vivo.

Tuve la suerte, o mejor dicho la desgracia, de haber crecido sintiéndome diferente pero no sabiendo la razón. Como sabrán quienes me leen con el tiempo fui descubriendo las consecuencias de haber nacido así; problemas auditivos que me provocaban un trastorno discriminatorio de las palabras (quizá un eufemismo para la palabra hipoacusia neurosensorial bilateral con tinnitus constante) Hace poco volví a dar (luego de un intervalo de algunos años donde inexplicablemente perdí el diagnóstico de base correcto) con la fuente del problema, un problema que también me causa sabañones (también llamado síndrome de Raynaud) y una hipersensibilidad a ciertas luces, entre otras condiciones descritas en la Condición Autista (cuyo corolario es, en mi caso, el síndrome del mundo intenso; o Intense World Syndrome) Pude verme reflejado entonces, tanto en libros escritos sobre el espectro autista mucho mejor que con lo que antes tenía a mano: la hipoacusia (de nacimiento) y el tinnitus (adquirido a los 25 años) dos consecuencias del autismo en mi caso y no una causa.

Tuve que ser mi propio médico muchas veces, incluso mi propio abogado ante algunas injusticias (como la tardanza en renovar audífonos o la deliberada ausencia de inclusión, incluso ante logros que la aseguraban, como fue el problema que tuve con un premio en cultura; algo que sabrán quienes me leen)

Ahora, cuando me refería en un párrafo anterior a la suerte de haber crecido siendo diferente sin saber la razón hasta los 32 años, me refiero a que ser una persona con discapacidad es, a todas luces, mucho peor que ser una persona diferente sin saber qué le ocurre. Yo escuchaba mal, debía estudiar el triple que los demás para obtener los mismos resultados, y estaba más o menos perdido en un mundo de personas más parecidas entre sí.

Ser una persona con discapacidad en un mundo sin un paradigma acorde a la discapacidad, esto es, salir del clóset, siendo varón, persona con problemas de nacimiento, aceptando que un médico te diga como me pasó a mí, sin audífonos no podés trabajar, haciéndote caer en un diagnóstico que pronostica ayudas y comprensiones, es dejarte más vulnerable en un mundo donde esas ayudas y comprensiones no existen.

Por lo tanto, uno se queda con su certificado de discapacidad (C.U.D.), y va a comenzar un proceso que involucra más a terceros que a uno mismo. Uno ya sabía que tenía un problema, sabía que era diferente, sentía una falta, pero no era consciente de que había una palabra que describía esa falta y que esa palabra, a través de los años, fue convirtiéndose en una bibliografía al respecto y en finalmente en el Convenio sobre los derechos de las personas con discapacidad de las naciones unidas.

Entonces, uno sale a la sociedad con un certificado de discapacidad y y sale con un problema más. Con su discapacidad ya «descubierta», digamos, y con la incomprensión que va a encontrar en los demás sobre quién era uno.

Es más o menos una obviedad decir que la discapacidad necesita ayuda. Que hay una desventaja de base en la minoría de personas con discapacidad. Y que uno no deja de ser persona con discapacidad porque tenga prótesis como es mi caso. Tampoco súbitamente recibir audífonos (una ayuda meramente tecnológica) no va a hacer retroceder el tiempo y quitar el esfuerzo de más que tuvimos que hacer para adaptarnos a un mundo que nos era imposible desde que nacimos.

Me tocó en suerte entonces, descubrir que era una persona con discapacidad. Y ahí pude ver, pude darme cuenta en todos estos años, de la diferencia entre esconder tu discapacidad y exponerla. Exponer la discapacidad genera consecuencias devastadoras. Una incomprensión total tanto del grupo familiar como de personas cercanas (estoy describiendo una situación generada por una falta de visibilidad y de políticas públicas al respecto, de educación, no echándole la culpa a quienes no son responsables) que expone a la persona con discapacidad a nuevo abismo; el de que ahí justito debería comenzar su recuperación, su comprensión pero encuentra otra cosa, lo que encuentra es que ahí empieza su nuevo infierno.

Todavía hoy en día me asombra y no puedo entender cómo no hay un Ministerio en nuestro país dedicado a las Discapacidad. Me asombra que no se considere una minoría con tanto derecho a elegir la discapacidad como identidad (o su discapacidad como identidad) como cualquier otra.

La impresión que me da es que el mundo intenta construir sobre nuestros hombros, como si no existiéramos, como si los derechos no existieran, en mi caso, como si ser varón y con discapacidad fuera igual que ser varón y sin discapacidad, como si tanta diferencia y obstáculos no generara una identidad enorme y una nueva conciencia sobre lo que es el mundo.

Así las personas con discapacidad somos (aquí más allá del género, etc.) los preteridos de siempre. Los que nunca tienen lo que se necesita. Los relegados a los márgenes de la sociedad, los que tenemos que esconder nuestra condición porque es más seguro, porque es más inocuo esconderse, protegerse, que salir a actuar en un mundo en el que básicamente no existen los ajustes necesarios para que podamos realizarnos y vivir una vida digna.

Uno descubre que siempre estuvo mejor sin audífonos, siempre estuvo mejor sin la palabra discapacidad, que quedar «tonto» o fuera de las conversaciones, era una mejor alternativa a esta que uno es ahora: una persona que no puede hablar de su identidad con nadie.

La solución claro es cambiar en lo posible todo esto: que hablar de discapacidad no sea necesariamente doloroso (y para eso hay que cambiar las condiciones en que vivimos las personas con discapacidad; es doloroso hablar de nosotros cuando terminamos claramente mal; cuando ya damos lástima) y que sea un tema más de conversación.

Por otro lado, necesitamos en nuestro país políticas públicas al respecto. Concientizar a las personas sobre la necesidad de ayuda en las discapacidades, generar un marco donde podamos difundir nuestra identidad y cultura, donde podamos hacer como los demás, crear líneas telefónicas directas de ayuda a las personas con discapacidad, una minoría que está en situación de ser abusada y violentada (es increíble que no existan por ejemplo placas en las noticias donde las personas con discapacidad puedan enterarse de que si están sufriendo violencia en sus hogares, o algún tipo de maltrato, puedan comunicarse y recibir ayuda; es sólo un ejemplo de cómo empezar a cambiar la percepción de la discapacidad)

La demoledora impresión en estos años que viví como persona con discapacidad, desde 2012 a la actualidad, habiendo nacido así en 1977 sin haber sido detectado por médicos, es que no existimos.

No nos escuchan. No nos leen. No les importa a nadie.

Es nuestra responsabilidad, claro, reaccionar y exigir cambios urgentes.

por Adrián Gastón Fares.

PD: haciendo honor al nombre de este blog:

Chilblains / Sabañones / Raynaud en mis manos.

Yo que nunca fui, soy. Décima parte, final.

Y entonces en la oscuridad los maniquíes se arrojaban sobre nosotros en los sueños que ya no soñábamos. Caminábamos de un lado hacia el otro en pasillos largos, rebotando como si estuviéramos en un pinball de esos con motivos de películas de terror. La falta de luz nos hacía mal. La soledad nos hacía mal. Corrimos hacia una punta del pasillo, abrimos una puerta y nos dijeron: Lleva mucho tiempo recuperar lo perdido. A nosotros que no teníamos nada.

Corrimos hacia otra punta, volteamos otra puerta y nos encontramos acompañados por personas que reían sin saber por qué. Alguno que no hablaba. Otras que estaban tristes sin saber la razón. Pero nosotros sabíamos por qué estábamos tristes. Nos dijeron que teníamos bronca, que teníamos toda la razón del mundo en tener bronca. Y ahí escribimos sobre el futuro mientras otros escribían sobre nosotros. Armaban una historia que sólo ellos leían (hasta que la pedimos para corroborar qué decía) que está llena de palabras como culpa, no presenta mejoría, interactúa bien con sus compañeros, de repente mejorábamos, otras veces lo escrito es como una canción indistinta. Lo sabían se ve. A veces nos mecían con palabras de aliento, para que sobreviviéramos porque valíamos más vivos que muertos.

En las eras del encierro, a veces traían a una persona que se quedaba mirando el vacío. No duraba mucho porque nadie sabía qué hacer con él. Así como llegaban se iban. Y nosotros también nos fuimos porque no sabían qué hacer con nosotros.

Corrimos otra vez, esta vez por otro pasillo, abrimos la puerta que daba al rellano de la escalera, abrimos la puerta del ascensor. Bajamos. Salimos a la calle. Dimos vuelta todo el cuerpo para ver lo que se decía en la pared de ese edificio y alguien había garabateado Hay curas que matan.

Nosotros contábamos con vos. Contábamos con ustedes. Contábamos con nosotros.

¿Cuánto te pagaron? ¿Qué te compraste?

Creíamos en sus palabras. Creíamos en sus solfeos. En su hablada y anaquelada ciencia. Creíamos en sus miradas, en sus risitas benévolas. Y cometieron tantos pero tantos errores que la verdad, como un globo que el viento se lleva de casa en casa, fue recorriendo todos los rincones, rozando a uno y a otra, volando de lugar en lugar como si las casualidades no existieran.

Pronto todos lo supieron, fue de voz en voz; las habitaciones donde nos encierran tienen escondidas muchas llaves.

Y así abrimos los ojos y enderezamos la espalda. Crecimos, nos volvimos más altas, más altos. Más fuertes de tanto enfrentar incoherencias, injusticias. Necedades.

Se destaparon nuestros oídos. Escuchamos ese siseo que produce la tierra, que producen las raíces cuando crecen y los muertos cuando se pudren.

Pero ya esto no es nuestra vida. Otra vida es la nuestra que pasa en otro lado, a la vez, como un sueño paralelo sin maniquíes, o como una liebre avistada al cruzar entre los árboles, interceptada por la mente por un segundo, fácilmente olvidable, y así pasó nuestra vida mientras tanto capturada en otras manos.

¿Cuáles son las puertas de escape de esta irrealidad? ¿Cuándo fueron construyendo esta casa alrededor nuestro? ¿Cuándo les pusieron las ventanas y las persianas? ¿Cuándo colgaron las luces? Nos molestan a la vista, los fotones caen en picada. ¿En dónde y cuándo arrancan los coches que terminan cruzando por la calle de nuestra casa y los vemos cuando nos asomamos por las ventanas? ¿Hacia dónde viajan?

Había todo un universo de palabras esperándonos. De letras desparramas por el piso que alguna vez habíamos ya puesto en fila contando una historia que tenía un lindo final. Pero no les convenía reescribir sus historias.

Ahora volamos otra vez. Cada vez más alto, aprendimos a descender al centro de la tierra también, a cruzar zanjas nuevas, a saltar, como el globo de la verdad, de azotea en azotea. A subir a las cúpulas de las iglesias y a soplar las campanas. Nos hicimos amigos de mucha gente y olvidamos a muchos otros que no tardaremos en recordar, olvidando si alguna vez nos hicieron mal o bien, si fueron amigos o enemigos.

A los que jamás vamos a olvidar es a los nuestros que cayeron en el camino. Los perdidos en el camino de esta artística diferencia, los batracios que terminaron ahogados en sus pozos. Los que se llevaron las luces, paso a paso, hasta el fondo del mar. Nosotras los fuimos a buscar, tomamos la luz, nos abrazamos a los silenciosos peces y en el légamo paseamos por las calles de un barrio sumergido.

Hay callejones de grafitis ahí, ríos verticales de tintura fluorescente, y si nosotros buscamos, si cada una de nosotras busca puede encontrar las palabras en esa calle angosta que concluye en un paredón. Si cada uno de nosotros busca con la mirada puede encontrar, ver, discernir una dedicatoria triste y persistente, como esas que mirábamos de refilón desde las ventanas de los colectivos.

Son letras enroscadas, corazones mal trazados, de cuyos huecos siempre algo se puede escapar.

Forman esta frase:

Por siempre nosotros.

Fin.

Adrián Gastón Fares

PD. Yo que nunca fui, soy, esta dedicada a todas las personas adultas que, a pesar de haber nacido con alguna condición/discapacidad han vivido sin diagnóstico, por no existir un paradigma afín o por no haberse respetado ese paradigma si ya existiera.

Sobre autismo y discapacidad neurosensorial.

En estos días fui a un neurólogo (uno de los mejores de mi país) que confirmó mis rasgos de Asperger (según algunos profesionales en el próximo manual de psiquiatría el Asperger va a ser reincorporado) A la vez, me dijo que mi pérdida auditiva no tiene relación, según él, con el Asperger. Que los dos pueden coexistir.

Por otro lado, estoy teniendo una discusión un poco demodé, para mi gusto, con psiquiatras. Sostienen que yo no puedo tener asperger porque tengo demasiada imaginación (y los autistas no tienen, según ellos, imaginación) Me indigna porque no tiene nada que ver con todo lo que vengo estudiando del tema. Noto cierta descalificación, o menosprecio, hacia las personas con autismo, de los profesionales (no de todos claro, en los que leo no existe ese prejuicio) que me molesta muchísimo. Yo no veo esa falta en todo lo que estudié del tema y no lo puedo encuadrar en ningún enfoque de los que estudié.

En conclusión, yo creo que mi tinnitus y pérdida de audición pueden ser una consecuencia del Asperger o Autismo o que pueden ser tranquilamente lo mismo (todo autismo; ciertamente es una discapacidad neurosensitiva o neurosensorial) El autismo/asperger tiene ventajas y desventajas. También una curva de maduración distinta a las de las demás personas, que no afecta a la creatividad (siempre está presente) La curva de aprendizaje social sí está presente. Eso no significa que de un día para el otro el Autismo (que ven la mayoría de los profesionales tan solo como un trastorno del desarrollo, por lo tanto eso implica que un adulto con asperger, que lleva una vida en apariencia normal, no puede ser autista) desaparezca.

Comprobé que el uso de audífonos no modificó mis rasgos Asperger, incluso puede ser que los haya remarcado (o liberado aún más).

Nadie sabe explicar a qué se debe el tinnitus, ni la pérdida de audición que no es física en mi caso (solamente he escuchado referencias a la pérdida de células pilosas, pero no está claro).

Lo que tengo en claro es que nadie parece saber nada sobre las pérdidas de audición neurosensoriales y del Asperger y autismo en adultos. Mis esfuerzos por llegar a un diagnóstico claro, que pueda ayudar en mi situación, que sea más cercano a mi identidad (que siento más cercana al asperger/autismo que a la sordera, de la que también estoy al tanto y siento cercana, pero no es lo mismo) cayeron en saco roto. Es descorazonador.

La distancia entre mis lecturas científicas sobre el tema y lo que encuentro en el ámbito de la atención médica me asombra y preocupa.

PD: A todo esto, ya fui diagnosticado con Asperger en 2014…

A. G. F.

Yo que nunca fui, soy. Novena parte.

Adocenados por empecinados manosantas del siglo XIX que intentan construir al acólito de sus propias instituciones para hacerlo bailar a su ritmo. Estupideces que serán quemadas por nosotras una y otra vez en la parrilla de la torre desde donde la ceniza de nuestra verdad va a llegar al mundo.

A su tiempo.

Nunca pensamos que con tres personas se podía construir el infierno.

Fuimos seleccionados junto al río, elegidos junto al río. Éramos dos y uno de nosotros, decían con los ojos pastosos, sería el que lo cambiaría todo. Entonces, nos llevaron a presenciar sus amaneceres. A enlistarnos en sus estólidas órdenes. ¿Hermano dónde estás? ¿Hermana?

Mi hermano se volvió un extraño. La mujer ancha lo quería todo de nosotros. Los otros escribían con escritura automática nuestros destinos. Nos pusimos contentos cuando ese mono rio.

Y ellos con las manos vacías, esas manos que nos habían arrancado de nuestro río. Divididos. Nunca pensamos que su arrogancia se volvería institución.

Yo mando a mi niño a un colegio que fue creado por ocultistas. Por sombríos magos expectantes de luminosos cambios. Yo fui a una institución que cuidaba la salud de la mente y recorriendo oscuros pasillos encontré una biblioteca con estantes repletos de muñecos pinchados con obtusa e inexistente magia. De creencias que poco y nada tienen que ver con la ciencia de la felicidad y la tristeza.

Todos nosotros nos juntamos para formar una pequeña religión entonces. Una X escrita en los márgenes de los libros sagrados. Y la llamamos la religión de la felicidad y la tristeza. Es en esa dicha, en cómo producirla y sostenerla, en esa paz, y cómo producirla y sostenerla, y en su contraparte la reacción y la tristeza en lo único que creemos. En los angulosos tres senderos de la paz y la soledad invocados en dos paredes.

Dos de esos senderos nos protegen del caos del universo. El tercero es una flecha lanzada al tiempo para afianzar nuestra labor nunca empezada.

El tiempo nos mece. Mecemos al tiempo.

Así fue que éramos los que lo sabíamos todo sin nunca haber sido iniciados. Porque somos la iniciación. Dimos orden de apartar todo cáliz de nosotros. Para que nuestra sangre no fuera contenida y se transformara en otro río de donde raptaran a otros como nosotros.

Como en el que nos encontraron, eligieron y separaron.

Y esta vez, cuando se acerquen esperanzados en sus pesquisas, sólo verán el paisaje final carmesí. Ese que enloquece a los ciervos y ciega a los que miran hacia atrás cuando tienen los ojos adelante. Entre los arbustos, nosotros, guarecidos, hermanados por cosquillas de viento, presenciaremos a hurtadillas cómo el desaliento conquista a nuestros conquistadores.

Y nos alegraremos.

Con sólo pensarlo nos reímos como hacíamos antes de que pasaran su bolsa sobre nuestras sonrisas. Y pusieran un precio tan alto para devolverlas. Tan alto como la torre que sostiene la cruz de nuestros colegios, que fueron templos y nadie nos avisó de que los huesos que reverenciaban eran los de nuestros hermanos con jardines diseñados por nuestras hermanas, jardines con parterres que parafrasean libros prohibidos y perdidos.

Pasamos de jugar con muñecos a reverenciar muñecos. Autómatas equipados con oblongas válvulas que podían verter un poco de la sangre artificial equiparable a la de nuestro río. No nos parecía mal que usaran un muñeco para esperanzar a las personas que no son nosotros, incluso a nosotros mismos, de futuros y posibles milagros. Pero nunca nos imaginamos que nosotros podíamos ser una parte del mecanismo.

Nunca nos agradaron los arco iris pálidos de la lluvia dorada. Distinguimos a las gotas suspendidas, en el instante justo, antes de que caigan todas juntas.

Vemos esas manchas luminosas que se mueven cuando cerramos los ojos, como si una vela sostenida por una mano invisible desfilara enfrente.

La seguimos hasta un pasillo largo que daba a una puerta y una vez que la cruzamos y nos volteamos esperando compañía ya era tarde.

Nos habían encerrado.

Yo que nunca fui, soy. Octava parte.

Ancianas sentadas en sillas. Suspendidas boca abajo en un largo pasillo. Las patas de la silla están pegadas al cielo raso y cada tanto giramos el cuello para ver si el pegamento se afloja. Tenemos la boca abierta. Es que gritan, dicen los que pasan caminando debajo de nuestras cabezas. Pero a nosotras no nos suena. Los seguimos con la mirada hasta que encontramos a uno de nosotros, a una como nosotras. Suele ser un niño que un adulto arrastra por un pasillo hasta la sala de enfermería donde lo espera una aguja.

En San Telmo, somos fantasmas de la planta alta de la casa de los Ezeiza. Los vivos ven nuestros reflejos en espejos de pie ingrávidos en una tienda de antigüedades donde el aire no circula. Nuestras palideces ovales están enmarcadas por pelo largo enrulado. Ya no necesitamos escuchar pero en vida tampoco escuchábamos. Tenemos una misión torpe. Aparecernos a los miembros de una familia en los que hay gente como nosotros pero vivas.

Levanto la mano para hablar yo que era guardia en un museo. De tanto estar callado olvidé como suena mi voz. Un día llegaron y me movieron con el resto de los muebles estilo Luis XV. Me desarmaron y ahora miro el cielo desde el ojo de buey del altillo de una fábrica. A veces soplo el polvo del alfeizar. Otras me acerco, apoyo los codos y miró hacia abajo.

Los coches eran lentos al principio. Se fueron haciendo más rápidos. Tenían conductores al principio. Después, no. Nunca me interesaron las máquinas. Más me gustaba mirar la belleza de un murciélago de plata que revoloteaba cerca de un palo de luz. Hasta que pude ver mejor. Lo que había tomado como producto de la naturaleza tenía alas que giraban y cortaban el aire como si fueran una navaja; mi murciélago era una de esas máquinas que llaman drones.

A nosotras nos gustaba decir que nuestra casa estaba en una ciudad perdida. Que éramos de la del agua o de la de los vientos del norte, de la del oro o de la de los lémures. Ya no lo decimos más porque sabemos que así terminamos en casas de pasillos blancos y listado de tareas colgados en las paredes.

A mí me tocaba lavar los vasos de plástico los miércoles.

Yo servía el jugo de manzana por las mañanas.

Yo limpiaba el cenicero abandonado en la mesita de la azotea, donde los fantasmas aspiraban las cenizas.

Son más conocidos los fantasmas de los lugares cerrados. Pero su imagen no es tan grande como la de los de arriba de los techos donde el viento los infla hasta que explotan como globos. Caen con la lluvia. Descansan en cada gota, cada uno en sus parterres más o menos plantados.

Nosotros juntamos a uno que cayó sobre la yema de nuestros dedos y lo guardamos en una cajita para clonarlo. Es que estamos en la época en que todo se clona. Desde un beso de despedida a una identidad.

Ya no existe lo que éramos. Fue suplantado por un trastorno de palabras.

Algunas encontramos portales a nuestras viejas mentes. Son letras sueltas que escribimos una por minuto en pantallas con píxeles muertos, sentadas en nuestros tronos, sillas azules con ruedas y el respaldo roto, mientras lloramos por el ojo derecho.

Nos llevó veinticinco horas escribir el siguiente párrafo:

Allá por las vías vimos llorar a una de las nuestras y no pudimos hacer nada. Cercada por sus familiares y los ladridos de un perro. La dejamos atrás. Teníamos que ir más allá de El Karma, que es una tienda que vende muebles de pino.

En una milésima de segundo escribimos que nos volteamos antes de cambiar de camino y obtuvieron un perfecto primer plano de nosotros. Miramos la cámara. Nuestra mirada decía.

Nosotros que nunca fuimos, somos.

Somos los que nos fuimos.

Los reemplazados porque una parte estaba dañada. Los abandonados por un defecto de fábrica. La ropa devuelta sin probar. Somos las ventanas tapiadas para que no vean lo que hay adentro. Las lámparas con pantallas torcidas para que nuestro resplandor no alcance lo que no quieren ver. Escribimos lo que no quieren leer. Decimos lo que nos sale y no nos debería salir.

Somos el típico grupo de amigos, chicos y chicas, atacados por un nombre que no tiene entidad. Escapamos en bicicletas hasta la típica esquina en la que nos saludamos y separamos para volver cada uno a sus hogares. Directo al dormitorio para inventarnos que tenemos un grupo de amigos, chicas y chicos, perseguidos por una entidad innombrable, separables en las esquinas.

Somos cadáveres con la cabeza explotada. En nuestra materia gris humeante por una bala que siguió su trayectoria pueden entreverse nuestros sueños que se escurren hasta una alcantarilla.

Algunos decidieron agruparse y formaron una expedición para rastrear el subterráneo camino de ese légamo de sueños iridiscentes hasta la desembocadura: un silencioso mar.

En cambio, en la vigilia somos ruidosos como el sonido que acaricia tu tímpano, la presión variable creada por un mundo que no se hace cargo. Nos convertimos en el hueco entre las palabras de tu historia favorita. Somos la contratapa de la vida.

Fogosos desangelados.

Nuestra historia tiene miles de finales y siempre está por empezar. Puede escribirse, puede leerse; no puede entenderse. Pasan siglos hasta que de boca en boca le agregan circunstancias que la hacen compresible. Entonces, pierde todo significado y toda emoción.

Porque de eso se trata.

De contar historias extrañas pero emocionantes que quepan en el ascensor, que sepan entrar justo antes de que la puerta se cierre, en esos edificios que llaman cabezas de los nuestros y de los otros.

La verdad es que nos gustaría ser uno solo para sentir menos. Así tampoco sentiríamos nada cuando eliminan a uno de los nuestros y no nos dolería cuando se llevan presas a nuestras historias. Tampoco nos molestaría que nos interrumpan.

Yo que nunca fui, soy. Séptima parte.

Recordamos cuando éramos chicos

En nuestras fortalezas

Ya sabíamos

Que no éramos iguales

Es aburrido

Vivir todo de nuevo

Nos transformamos para ser como ustedes

Queríamos ser como ustedes

Pero otra vez descubrirlo todo

Los hedores

Las defensas

Los límites lejanos

Todo huele a hospital

Huele a muerte y lo sabemos

Los gustos

Nuestro cuerpo ya extraño

Las venas marcadas

Porque nos marcaron de chicos

Nos molestaron de chicas

Nosotros no somos como vos

Nosotras no somos como vos

Un océano nos separa

Un cromosoma X

Un cerebro X

Las alas que tendrían que estar pero no están

Por vos

Nos ponemos negros

Adelantamos los hombros como si viniera una guerra

Soldados

Soldadas

Llevamos arriba nuestro a nuestras muertas

Llevamos letras de canciones que no entendíamos

Pero que ahora entendemos

Llevamos miradas compasivas

Que no son nuestras

No son nosotros

Pasó esto antes

Nos diezmaron

Destrozaron nuestros corazones

Nuestros miembros

Nos comieron

Nos extinguieron

No quieren decir nada de la gelatinosa diferencia

Es fácil controlar un color de piel

Una nación

Pero no es fácil controlar un cerebro

Que tiene todos los colores de piel

Todas las alturas

Todas las tallas

Y los números de calzado y vestimenta

Fuego

Nos tiraron

Lo vienen haciendo hace años

Era solo darse cuenta

Saberlo

Unirse en armas

Juntar hombro con hombro

Formar una invisible muralla

Y avanzar

Hasta que la tierra injusta caiga

Hasta que ellos y ellas retrocedan

Y clamen perdón

Yo trabajaba en una refugio en la época de la beneficiencia

Vi como mataban a los peores

Si teníamos un problema

Éramos ya provisorios

Extinguibles

Olvidables

Nos iban

Nos esterilizaban

Descerebraban

Con un golpe seco en la cabeza

Porque no éramos como ellos

Así es que somos menos

Así es que nuestra batalla siempre pierde

Nosotros que nunca peleamos

Y si lo hicimos fue por ellos

Sin ellos no seríamos nada porque se pusieron en el cielo

Pero nada es mejor que esto

Es mejor que arrastrar heridas que ni son nuestras

Es mejor que burlas

E inclinadas mentiras

Vimos un mundo que no existía

Lo vimos de chicas

Tratamos de salvar a los nuestros

Les dimos amuletos para eso

Nos vencieron

No dejaron que los ayudemos

Nuestra sangre se secó en antiguos bancos de madera

Entre maestras y maestros y grupitos de chicas

Entre camas marineras

Entre adversas religiones

Nosotras que éramos la religión

Nosotros que somos religión

Todos los laberintos ganaron

Las mentiras ganaron

Tu madre ganó

Tu hermana ganó

Nuestras compañeras ganaron

Perdimos nosotras

Nos volvimos con la cabeza baja

No pudimos disfrutar lo que vos disfrutaste

No pensamos que a pesar de sobrevivir esa estupidez y maldad temprana

La íbamos a tener que aguantar toda la vida

Desaparecimos

Nos desaparecieron

Nunca hubo lugar para la diferencia y siempre tiraron

A matar

No lo sabíamos

Las balas invisibles matan años después

Por eso adelantamos los hombros

Enterramos nuestros cuerpos

Un centímetro ganado a la Tierra

Es un espacio ganado a ellos

Desplegamos alas muertas

Nos guarnecimos

Ya no somos lo que vos querías.

Yo que nunca fui, soy. Quinta parte.

En el ocaso de un siglo que presagió guerras y epidemias descubrimos el cinematógrafo. Fuimos al cinematógrafo y nos hicieron olvidar nuestra identidad. Cuando fuimos a nuestra identidad nos hicieron olvidar el naciente cinematógrafo. Habían pianos que tocaban solos. Mancos sentados en taburetes con la espalda recta. Había mujeres que cantaban en silencio. Vimos los títulos finales. Vimos todos los fundidos a negro. Nuestra película terminó y estamos buscando al encargado para que la encienda fuego.

No queremos que la vuelvan a usar, no queremos que la vuelvan a exhibir. No queremos que se sigan burlando de nosotras.

Ya tuvimos que aprender a poner marcha atrás a toda velocidad. Siembre nos salvó poner marcha atrás a toda velocidad. Es inesperado para ellos cuando usamos nuestra vertiginosa memoria eidética. Podemos volvernos semidioses usando la memoria. Podemos trastocar los mejores planes. Y si no, quemamos nuestras naves. Es otro recurso que usamos seguido para sobrevivir en el mundo desalado o cuando prevemos que nos están por arrojar a una de Las Simas. Muchos de nosotros arañaron las paredes ardientes de alguna Sima y supieron la verdad.

Porque si los tocamos sabemos la verdad. Un apretón de manos puede terminar con un siglo de secretos urdidos. Es uno de nuestros dones.

Arrastramos las imágenes de lo cierto hasta dar con lo cierto. Si nos concentramos y nos apabullamos y caminamos mucho y damos vuelta, volteando papeles y libros, como buscando algo que sabemos que está pero no dónde, eso significa revelación cercana. Frío, tibio, caliente.

Estamos acostumbrados a lo caliente. A lo caliente que se congela. A lo frío que se enciende. A la verdad que espera en desvanes. Otro de nuestros dones.

Nosotras tenemos visión periférica. Captamos todas las miradas. Discernimos los pedidos de ayuda, los brazos cruzados arriba de las cabezas, las mejillas sonrosadas. Interceptamos a los ojos que se desencuentran rápido. Los ojos que se van porque no les conviene. Las miradas que vienen porque no se van. Estamos acostumbrados a ver en la oscuridad. Repicamos nuestras lenguas contra los paladares para ubicarnos en la oscuridad.

Nuestros retratos nunca recibieron luz. Nuestros retratos están colgados en cuartos cerrados con olor a lona de pileta desarmada. Cuartos a los que entran una vez al año. Nuestros retratos están ocultos en cajones de armarios. En cajones trabados.

Nuestros retratos nunca fueron tomados, nunca fueron dibujados, nunca fueron firmados por artista alguno. No llevan nuestros verdaderos nombres.

Porque dudamos de nuestros nombres, dudamos de nuestros segundos nombres, dudamos de nuestros apellidos. Existen familias como las nuestras en muchos lugares. Los ayuntamientos siguen el mismo patrón. Nos llamamos oscuros en todos los idiomas. Caballeros en todos los idiomas. Guerreros en todos los idiomas.

El pueblo, chico. Las caras que se repiten en todos los ayuntamientos. Los caminos que se repiten en todos los ayuntamientos. Los amigos se repiten en todos los pueblos. Nuestros esposos se repitieron en todos los lugares. Nuestras mujeres…

Nos interceptaban en todos los lugares. Bajábamos escaleras y nos interceptaban. Íbamos al baño y nos interceptaban. Nunca tuvimos miedo, nunca pensamos que no eran casualidades. Tuvimos que aprender a olvidar la casualidad.

Nos gustaba ir solas al cine. Nos gustaba salir solas del cine. Nos gustaba salir solas del cine y que lloviera. A veces nos interceptaban afuera del cine. A veces en las puertas de las iglesias cuando un casamiento. A veces nos enganchaban de manera tan rara que no lo podíamos creer. Nos perseguían en los túneles bajo tierra. Algunos de nuestros familiares tenían radios que interceptaban una estación que sólo ellos podían escuchar. Los engañaban así. Nos engañaban así. Cantaban canciones que nunca hubieran escrito.

Ahora la sombra de sus drones se dibuja en nuestros cuerpos desnudos cuando apacentamos cerca de los árboles frutales. Es difícil escapar. Más difícil que antes. Tanto que a veces ni queremos escapar. Es una contradicción que la mentira pueda pasar por belleza. No nos gustan las contradicciones.

No podemos soltarnos a recordar el pasado. Son muchos detalles, muchas historias, no podríamos seguir adelante con nuestra tarea. Pero basta pestañear para que el pasado escale a nuestro cuello y se cuelgue de nuestras pestañas largas como cerrando la persiana metálica de una tienda de antigüedades.

En nuestros cumpleaños, de niñas, nos regalaban cajas con un moño rosado. Tirábamos de las vueltas y el interior nos revelaba la sorpresa: nuestras propias manos con uñas largas. La velita de nuestros pasteles, de nuestras tortas, era un dedo de piel arrugada y uñas largas y pintadas de color rojo. Eran dedos fríos que soplábamos hasta que se encendían. Hasta que eyectaban de las yemas hilos finos de sangre que dibujaban nombres en el cielo raso grisáceo y en el cemento sudado.

Nos lloraban encima.

De chico, cuando las navidades eran paganas y todavía no existían los pobres angelitos, una estrella nos explotó en la cara. Descansamos del accidente en el dormitorio donde escribimos esto. Nos llenamos de luces en la cama donde escribimos esto. En el cuarto de las Abuelas Viejas de pelo largo y blanco.

Ellas nos enseñaron el tesoro. Ellas jugaban con las monedas. Era un juego simple y justo, no como Los Juegos Grandes en los que ya estábamos anotados cuando las Abuelas Viejas jugaban con nosotras con las monedas, con nosotros y las monedas.

Somos las Abuelas Viejas.

Y morimos en primavera en los dormitorios donde dictamos esto.

Somos un personaje de un cortometraje que moría en los dormitorios donde escribimos esto. Somos un personaje que escribía en una máquina de escribir en este dormitorio. Somos el fantasma de un niño actor de un cortometraje que ya nos andaba corriendo con un chipote chillón para que despertáramos de la ficción que nos escribieron, del plan de 1921, del plan de 1974, del plan de 1851, del plan de 1112 y así podemos seguir para atrás.

Dormimos con las luciérnagas. Compartimos la cama con estrellas fugaces.

¿Qué luz nos perdimos que los demás vieron? ¿Por qué nos dejaban siempre esperando en la puerta de la calle? O rondando ascensores con iniciales envueltas en corazones.

De chicas un ascensor nos llevó a un piso inexistente en un edificio insostenible. Había maniquíes, muebles cubiertos con trapos, y partículas de polvo que caían de abajo para arriba, subían hacia el cielo raso. Entre las formas ovaladas de los muebles ocultos yacía el ala trasparente y nervuda de una libélula gigante. Entonces el ascensor descendió y ya no fuimos las mismas.

De chicos nos llevaron a la iglesia y ante el altar dijeron que el pez dorado en la bolsa de plástico estaba diabólico.

De chico éramos viejas problemáticas.

Éramos viejas chicas problemáticas insomnes que juntábamos alas de cucarachas de la alacena de los lavaderos.

Nos hicieron soñar.

Aprendimos a hacer soñar a los que nos hacían soñar. Aprendimos a hacer soñar en general para los buenos fines. Ya no se sabe quién sueña y quién hace soñar.

Estamos en el medio de una guerra de sueños.

Tuvimos que aprender a retener nuestra simiente en los sueños que nos tomaban de las manos y nos descendían por una escalera caracol para quitárnosla en un sótano. Tuvimos que aprender a sacárnoslos de encima antes que nos ahoguen en el horario de la siesta. Aunque rara vez dormimos la siesta.

Nuestras hilanderas en Iquitos producen redes para atrapar a los cultivadores de perlas. Pero sabemos que no tiene sentido atraparlos porque son perversos y les gusta ser atrapados, ven como un mérito la persecución. Somos sus gladiadoras. Somos sus gladiadores para divertirlos en potreros sin lectores.

Acariciamos nuestros pies en agradecimiento al camino recorrido, anduvieron mucho y el suelo siempre pedregoso y la arena caliente. Recordamos cuando teníamos alas y agradecemos el haber tenido alas.

Cuando teníamos alas guarecimos a San Atanasio de una hueste de humanos disfrazados de demonios. El santo barbudo debajo de nuestra espina dorsal encorvada y nuestras alas cerradas como formando una crisálida a su alrededor. Mariposas, no, decimos, aunque nos coleccionaban así también pinchados a lo Gran Gatsby en nuestras islas desesperadas.

Vampiros, no, decimos. Aunque nos enterraban al ras de la tierra y esperaban a que nos pudriéramos y entonces no y pensaban que éramos no muertos. Nos enterraban en urnas de cristal y veían que no nos pudríamos y nos reverenciaban. Coleccionaban nuestras reliquias. Nuestros huesos líquidos, nuestros corazones secos, nuestras manos de dedos largos, cuándo no.

Conocimos vampiros como la chica que nos mostró el colgante con el retrato oval de una pálida antepasada de su especie en noches que amanecieron frías.

Con el tiempo olvidamos los apellidos que nos llevaron a los lugares. El espacio es el tiempo aprendimos a rezar, las personas son el tiempo, aprendimos a rezar. Los lugares son el tiempo. Las personas vienen y crean el tiempo, las personas se van y crean otro tiempo. No hay manera de escapar de estos tiempos, salvo cuando repetimos nuestras obstinadas rutinas y juntamos las palmas de las manos e inclinamos el cuello hacia delante. Y así tampoco escapamos.

No existe el tiempo. Lo inventaron para atraparnos a nosotros.

Las estrellas que vemos están muertas. Las muertas que vemos son estrellas. La distancia entre las estrellas es la velocidad de la oscuridad. Conocemos la velocidad de la oscuridad porque fuimos traicionados entre árboles, fuimos traicionados entre telescopios. No vemos con los ojos, no escuchamos con los oídos.

Les tememos a los mamíferos marinos porque en el principio éramos peces. Los mamíferos marinos nos engullían, nos tragaban en cardúmenes. Escribimos un cuento de un mamífero marino, blanco y gigante, un empecinamiento de nuestra alegoría.

Los mamíferos marinos fueron los primeros guardas que rondaron nuestras ciudades sumergidas, cuando boqueábamos nuestros amores y apacentábamos caracolas.

En las profundidades de los mares hay montañas formadas con las escamas que perdimos.

Astillamos las olas. Pegamos el salto.

Yo que nunca fui, Soy. Primera parte.

¿Desde cuándo todo parece una broma? ¿Por qué aguantamos a los sádicos una y otra vez? No sabemos dónde se esconden, no sabemos qué dicen detrás de sus ojos inquietos y sus bocas cerradas.

Nacimos hace mucho tiempo ya. Recordamos la tierra cuando era como un ovillo de lana. Algunas matas de arbustos, helechos y musgo. Mucha agua. Venimos del agua, a veces pensamos que nosotros venimos del agua y ellos fueron los que se treparon a los árboles buscando la gran sombra.

La gran sombra tal vez es lo que lo complicó todo, pensamos. La gran sombra en la cabeza que idolatraban. Esas cabezas que hicieron rodar en todas las guerras, no importa de qué bando estuvieran. Nos segaron. Nos cortaron. Nos estudiaron. Lo venimos diciendo hace mucho tiempo. Lo decimos en las películas. Lo decimos en los libros. Pero nadie parece darse cuenta. ¿Será que ya no queda nadie de nosotros? ¿La lucha terminó y ya ganaron lo de los árboles?

Soy una mujer tullida de una aldea. Antes me reverenciaban pero las épocas cambiaron y me encontré de rodillas, rezando para ellos, llevando la ropa, limpiando aún así, nadie me escuchó, nadie me hizo caso. El ciego me hablaba, me decía que no podía ver mi color y que yo no tenía ninguno. El ciego fue el primero que mataron. Lo envenaron o lo adormecieron. Ni se dio cuenta.

Soy uno de los que llegaron en los barcos en las primeras inmigraciones. Todos veían el horizonte, yo me fijaba en las ondulaciones del agua, en el cielo encedido fuego, en las nubes arracimadas, en el agua que se iba amarronando mientras nos acercábamos a la América. Di la espalda y alguien me palmeó para darme ánimo. En el fondo, a mí ya no me importaba nada. Nos habíamos ido. El mundo no perdona a los que se van.

Somos los que nos mudamos de lugar en lugar, de casa en casa. Los que plantamos jardines que después no podemos mantener. Los que damos vuelta las piedras que dejaron nuestros antepasados para encontrar una respuesta de qué hicieron, quiénes eran y qué querían del mundo.

Somos los que viajamos al pasado a correr a nuestros abuelos y abuelas. Pero no sirvió. Probamos con nuestros bisabuelos y nos acercamos un hombre con los hombros cargados y un bolso y le pedimos ayuda, le decimos que reaccione antes de que sea tarde, que se aleje del barrio, que pronto morirá, que su familia va a quedar perdida. Sus biznietos sin futuro. Todo el esfuerzo en vano. El hombre no escucha y sigue caminando. Tal vez es como nosotros, tal vez es diferente.

Porque nosotros somos los diferentes y las diferentes y ése es el problema y siempre lo fue. Nunca importó el color de los ojos, de la piel, la altura, la edad, la casta, la posición social, el país. Siempre miramos a las plantas y las acariciamos. Miramos al cielo y esperamos. Vemos los signos que otros no pueden ver. Vemos la envidia. Tratamos de ser envidiosos pero no nos sale. ¿Cómo vivir así? Teniendo el mundo en las manos que se nos escapa todo el tiempo.

Como cuando me quemaron en una hoguera. Las llamas lo envolvían todo y éramos tres. Los ojos nos estallaron y seguíamos sintiendo. Ellos se rían, bebían vino a nuestros pies. Ni siquiera la maldición que les enviamos los detuvo. Pronto otras ardieron en las hogueras.

En el bosque, alejadas de las aldeas para que los niños no escuchen los gritos de desesperación. Pero algunos los escucharon. Abrieron los ojos y ya no pudieron cerrarlos. Se quedaron quietos con el cuello medio entornado. Algunos pasaron la vida así. En esa época no los entendían. Los abandonaban después y la culpa la teníamos nosotros por haber gritado en la hoguera.

Estaba bien cuando los combates eran cuerpo a cuerpo, las chances de ganar estaban más repartidas, pero las armas fueron evolucionando, creando más caos, más fuego. Dolía menos y la muerte era más rápida, pero también la decisión de morir era más fácil de tomar.

Muchos nos suicidamos. En habitaciones con las paredes renegridas por el humo del tabaco. En vías de trenes. En casas altas y casas bajas. En edificios. La velocidad había llegado. Era más fácil morir y para algunos caer desde las alturas parecía una bendición.

Algunos de nosotros escaparon, se escondieron en islas, en la selva o en los valles de las montañas, pero la tecnología fue avanzando y también nos encontraron. Tuvimos que aprender a derribar drones. Tuvimos que aprender a subirnos a los árboles. Tuvimos que aprender a aguantar la respiración en las aguas profundas. Pocos sobrevivieron.

No tenemos amigos.

Y nuestros enemigos se desbandan cuando terminan con nosotros. Se pierden unos a otros. Desaparecen sin dejar rastro y se exterminan a sí mismos. Pero viven más. Dejan huellas más duraderas. Nuestra historia se escribió en los márgenes. Los que querían escribirla no tenían a veces manos para hacerlo ni esclavos para dictarlas. Las guardaron en sus cabezas hasta que las cabezas se desprendieron de las vértebras o quedaron enterradas bajo losas sin inscripción alguna.

Dicen que nos convertimos en viento. Que las raíces de los árboles, en especial la de las magnolias, nos ayudan, comandando a todos los demás árboles, enviando mensajes porque saben que somos los menos peligrosos para la naturaleza.

Los árboles no son buenos ni malos pero saben qué les conviene.

Lo saben los animales también que reptan por las paredes cuando algunas de nosotras muere, que acompañan los carros fúnebres, que se esconden en las sepulturas, y sueñan cosas que no sabemos.

Somos los perseguidos por el templo de la Intemperancia, como Poe que siguió a un hombre en la muchedumbre y se perdió con él.

Usan el amor para atraparnos. Usan la ciencia para atraparnos. Usan las ilusiones para atraparnos. Cambian la naturaleza para atraparnos. La extinguen. La matan. Le mienten a la naturaleza.

Se miran en el espejo después. Porque el espejo siempre miente, esa imagen virtual de la imposibilidad de estar frente a nosotros mismos. Pero ellos no se dan cuenta. Lo miran como si se estuvieran mirando a sí mismos. Nunca nos vemos como en el espejo ni nunca nos veremos. Por eso tanto les tuvieron miedo.

Somos los que arrojaban a las garras del minotauro en el laberinto. Doncellas y donceles. Tanta vida nunca experimentada para que un torero mate al toro. Esa bestia nunca nos mató, nos guardaba en cuartos sin ventanas ni oquedades donde anotaba nuestras historias para que las futuras generaciones las lean.

Éramos pocos y siempre parecimos muchos. No sabemos cómo es eso. Nos perciben como muchos, nos ven como bellos, admirables, imitables, envidiables, cogibles. Nos dicen que el aroma de nuestro cuerpo es el del mar. Tragan nuestro semen con fruición, sorben nuestro fluido vaginal con atención. Nos dejan vacíos y se llevan nuestras semillas a plantarlas bajo viejos soles.

Después nos esterilizan, irreproducibles, nos dejan sin familia, sin descendencia, sin futuro posible. Nos ligan las trompas. Nos castran porque saben que eso no evita que se pueda tener relaciones sexuales y así nos pueden seguir usando a gusto.

Por eso aprendimos a decir no, aprendimos a decir nada, a decir despreocupate, a que nada nos importe, pero eso no alcanzó para sobrevivir, no alcanzó para seguir.

Fuimos viendo como nuestra civilización nunca fundada se desfundó. Fuimos viendo como las trenzas de nuestras mujeres eran cortadas. Como las manos de nuestros amantes eran cercenadas.

Los que escribieron en cárceles sobre escuderos y molinos. Los que escapaban al desierto y dejaban de escribir. Los que morían en una caravana en Alaska.

Las que se retiraban a cuidar perros y a cuidar de sus ancestros; cenizas encapsuladas en vasos opacos.

Las que se adentraban en el mar hasta la rodilla y seguían hasta la coronilla. Con piedras en los bolsillos de los vestidos. Explotadas, abusadas, engañadas por peligrosos paradigmas nuevos.

Nuestra fuerza era el arte y con estrategia nos lo quitaron. Se lo adueñaron, lo debilitaron, lo copiaron, nos reemplazaron con imitaciones débiles, incoherentes, poco influyentes, espiradas, inertes, atrayentes.

por Adrián Gastón Fares.

Jugar

Jugar con la discapacidad

debe ser penado.

Porque no hay manera de

medir, lo que es haber crecido con sordera sin escuchar.

Pero resulta que soy un juego más

y que cada tanto entro al campo ese donde pica la pelota

que no conozco quién patea

pero que voy a pinchar

cuando le de una patada que la haga terminar

en ese fierro que sobresale de la pared

y que está para explotar

a todos los inventos y experimentos

que hacen con los idiotas de Dostoievski

esos tipos como yo

que prefieren no salir seguido a la sociedad

para no volver al cuarto cuanto antes

porque las cosas no cambiaron

las que pensamos que iban a cambiar

quedaron igual.

Entonces, vean Budas en el cielo en Lanús

brinden por las nubes

y las luces verdes de los radares

y los sueños inventados que tampoco existen

y duerman tranquilos

hasta que vean de chicos a un fantasma real

y entonces sepan que más allá de todo eso

hay una nada que se mueve

que gira en círculos

que no van ni para la izquierda ni para la derecha

sólo giran.

por Adrián Gastón Fares.

Para que quede claro. Conclusión sobre la relación entre autismo, pérdida de audición y tinnitus.

Quiero explicar (me parece una responsabilidad explicarlo) que no haber entendido un diagnóstico de “Autism Syndrome Disorder” o del “Trastorno de Espectro Autista” que me fue dado en 2014, a los 36 años, excluí la posibilidad de que pudiera coexistir TEA, en el rango antes llamado Asperger, con mi hipoacusia y tinnitus (acúfenos; zumbidos constantes). Debieron sumarse los diagnósticos.

Estaba en ese momento, hace 7 años, bastante seguro del diagnóstico, de hecho fui rejuntando los datos yo mismo requeridos para el mismo (no encontraba explicaciones posibles a mis síntomas, y la explicación con respecto al tinnitus y las especies de mareos nunca me convencieron)

Creo que primero tenía que concentrarme en los oídos, en encontrar audífonos útiles; de cualquier manera, varias causas e influencias me llevaron a negar ese diagnóstico de 2014. 

Debí haber abrazado ambos diagnósticos porque los síntomas de los dos diagnósticos estaban claros.

Hoy creo haberme equivocado en dejarme llevar por opiniones de profesionales de otras áreas, que no estaban vinculados al diagnóstico del ASD o TEA y negaron la posibilidad de que coexistieran el TEA y la hipoacusia neurosensorial.

Había gente empecinada en que yo no tuviera sordera ni autismo, se ve. Pero como no conocer la verdadera identidad de uno es contraproducente; esas son cosas que nunca deberían ocurrir. No se juega con las personas con discapacidad (pero qué se puede esperar en un mundo donde mucha gente odia hasta a una niña con autismo. Respuesta: Nada)

Por otro lado, debería ser más integral todo, pero sé que es difícil, más cuando se busca una explicación en la juventud / adultez.

En cualquier caso, confío en mí:

Viendo escáneres del cerebro que me realizaron por el tinnitus y la hipoacusia neurosensorial, por la que tengo certificado de discapacidad, revisando resonancias magnéticas con medio de contraste, tomografía eléctrica cerebral (brain electrical tomography, sistema LORETA; vigilia, reposo, visual y auditiva), leyendo el resultado de esos estudios, comparando información, adaptaciones, no adaptaciones, síntomas y diagnósticos, llegué a la conclusión que mi hipoacusia y el ASD pueden coexistir. 

O uno explicar al otro (lo más común sería que el ASD explique la sordera) En ese caso sería un mecanismo de compensación como los que explica Olga Bogdashina tan bien en sus libros. 

No puedo negar que leer los libros de Temple Grandin (El cerebro autista), más otros de neurociencias, me ayudaron a pensar el problema.

Puede ser que tenga a la vez (de hipoacusia y tinnitus), APD (Auditory Processing Disorder). El libro When the brain can´t hear, de Teri Jams Bellis, me ayudó a entenderlo. Esa dificultad para enfocar la escucha está presente en mí (además de la pérdida de audición en los agudos, que coincide con el rango del tinnitus

En tal caso, eso explicaría el porqué llevó tanto tiempo mi diagnóstico (APD recién se diagnostica en la actualidad a los 7 años de edad) .

Y el ASD/TEA leve aquí en los años ochenta del siglo pasado no se diagnosticaba: a uno le decían que le faltaba calle (no me faltó calle de chico, sí luego fui un adolescente muy solitario). 

El ASD / TEA explicaría bien mi infancia, mi adolescencia (ya clara sordera también por la dificultad adaptativa incrementada), juventud y… bueno, espero ser joven todavía.

Queda por revisar los escritos que fui publicando en este blog sobre mi vida y la sordera (ahora agrupados en el Índice de este blog en Escritos sobre mi vida) y verlos como una aproximación a una verdad, como también lo es esta aproximación a una verdad que para mí resulta evidente.

Y hay que leerlos de ahora en más teniendo en cuenta el “TEA” y todos los diagnósticos y síntomas generados por la hipoxia en el nacimiento, el nacimiento con fórceps y/o la herencia genética (las anteriores causas posibles de mi hipoacusia y tinnitus).

por Adrián Gastón Fares.

PD: Recomiendo ver la película sobre la vida de Temple Grandin en HBO Max.

También vuelvo a recomendar el documental The reason I Jump (La razón por la que salto).

Y, como lo había hecho en 2014, recomiendo el libro de Olga Bogdashina, Percepción sensorial en el autismo y síndrome de Asperger.

Nota: No siempre el autismo tiene que ver con evitar el contacto visual. En el caso que se dé con tinnitus / pérdida de audición no queda otra que mirar la cara del interlocutor, especialmente tratar de leer los labios para comprender lo que nos están diciendo.

Ciencia ficción y terror en Argentina. Una introducción a Seré nada.

Ebook cover Seré nada, una historia suburbana de terror. Y ciencia ficción, deberíamos agregar.

Seré nada, una historia suburbana de terror ( y ciencia ficción ) es una novela cuya acción transcurre en Lanús, en el conurbano bonaerense. Es una distopia. Luego de dos epidemias, el sur del Gran Buenos Aires queda casi abandonado. Y gracias a una concentración política en el norte de Argentina hasta en la ciudad de Buenos Aires no hay mucho para hacer. Así que tres amigos con sordera o hipoacusia, usuarios de audífonos como el que escribe, o sea yo, deciden partir en busca de una supuesta comunidad de personas sordas de la que habla un difuso blog (como este).

Parten a pie y caminan hacia el sur. Tras cruzar el puente, un vagabundo les grita «la piedra rechazada será la piedra angular», parafraseando a un pasaje de los evangelios… Y como todos los que buscan encuentran, Ersatz, Silvina y Manuel dan con un mundo suburbano dónde hay seres a los que no les quedó otra que adaptarse.

Es una novela sobre la adaptación y hay personajes, como en la realidad, que les encanta hacer sufrir a las personas diferentes y, como en la realidad, tal vez tengan que aprender por las malas.

Me gusta pensar que Seré nada, una historia suburbana de terror, no es una novela fantástica. La veo más como una mezcla de ciencia ficción, aventuras, comedia social y terror con personajes que podrían existir.

Busquen un poco de sol para estar a tono con el culto a Helios y aspiren hondo por la nariz como Gema. Ojalá encuentren su propia novela en las páginas de Seré nada.

Para eso, espero que antes hallen el susodicho libro en el laberinto que es este blog, a esta altura, donde hace varios años un escritor llamado Adrián Fares escondió muchos monstruos para regocijarse (y asustarse también) al encontrarlos.

Adrián Gastón Fares

Capítulo de El nombre del pueblo. Un misterio o intriga que pueden encontrar en el blog o en el buscador preferido.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo, novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

La zombiada. Relato que forma parte de Los tendederos. Y recomendación de una serie.


Estaba la puerta abierta y también le pareció inusual que no estuviera la empleada de limpieza para gritarle que no le dejara yerba en el lavabo, y comentarle  que había inventado otra forma para separar la yerba del resto de la basura. Era raro no recibir el pedido de colocar el bidón de agua en el dispenser para los dirigentes ni bien llegaba. Pensó que ese día en el trabajo iba a ser distinto.
Así que puso su pulgar en la máquina de fichar, recibió un «Gracias», en español, de la grabación que la máquina contenía y se dirigió al segundo piso, a su oficina.
Golpeó pero nadie le abría.  Se quedó esperando en el pasillo. Eso era normal. En cambio, el olor penetrante, ácido, a vómito, no lo era. Provenía de su oficina. Esperó cinco minutos sin saber qué hacer. Golpeó otra vez la puerta, ya que no había timbre, y el empleado, Manuel, el único zombie que trabajaba en su piso, le abrió. Caminó hasta su computadora. A su lado estaban, sin ninguna separación, las de Pablo y Alfonso. Le pareció anormal que ninguno de los dos estuvieran. En la computadora de Alfonso se veía un polvo blanco cerca del teclado. Como si hubiera dejado caer hilariet, pero Gastón sabía que era cocaína. En la de Pablo, el mate, y la pantalla estaba clavada en una página web de Mobbing.
Pablo y Alfonso se odiaban y el primero sostenía que el segundo lo acosaba. Las mujeres habían sido trasladadas a otra oficina porque los hombres no querían almorzar con ellas ni escuchar sus chismorreos. Lo que más le había chocado a Gastón al entrar en ese trabajo era lo misóginos que eran sus compañeros. A él le gustaba estar rodeado de mujeres desde chico. Sin ellas, algo le faltaba. Y en vez de voces aflautadas tenía a Manuel, el zombie, y a los otros dos, eso hasta que llegaba Roberto, el superior, el analista de sistemas, una biblioteca itinerante que sabía de todo. Roberto le había recomendado a Gastón el libro Anatomía de la Crítica de Northrop Frye.
Gastón consultó con su ex profesora de la facultad de Letras, Isabel, quien le dijo que estaba pasado de moda Frye, que sus ideas habían sido superadas. Eso estaba leyendo en su email, pensando qué contestarle a la mujer porque a él le había llegado hondo el discurso del analista de sistemas sobre Northrop Frye para abordar la obra de Tolkien y comentar la serie de ciencia ficción que estaba mirando. Aunque Gastón nunca había leído a Tolkien. Pero la palabra inmersión le gustaba y se podía relacionar con la obra de Frye. Una palabra a veces lo define todo.
Eso pensaba Gastón, pero sus sentidos estaban alertas porque le picaba la nariz por el olor a vómito que provenía, sin dudas, del despacho de Roberto, cuya puerta estaba cerrada. Tenía que ver qué lo causaba, pero antes contestó un mensaje de su novia que decía que el bebé estaba bien, que le había vomitado el pelo y la blusa, algo común. Así que era el Día del Vómito para Gastón.
Manuel estaba durmiendo en su cubículo vidriado. Desde que los zombies habían evolucionado habían obtenido algunos derechos, uno de ellos era la inclusión social de los de conducta intachable a través del trabajo.
Manuel no contestaba cuando le abría la puerta, sólo bajaba la cabeza. Tampoco lo saludaba al llegar y al irse. A veces le preguntaba si no tenía la llave. Gastón le había dicho mil veces que no tenía llave y que dependía de él que le abriera, pero este tema parecía estar más allá de la comprensión del zombie, a quien le molestaba despegar el culo de la silla.
Gastón podía entenderlo. Los zombies comen el doble que un humano. Manuel no controlaba su esfínter y por lo tanto la cantidad de mierda que cagaba le producía hemorroides y otras complicaciones que convertían en obligatorio el uso de una silla especialmente acolchada.
Los zombies habían dejado de atacar a las personas al alcanzar la autoconciencia y luego se habían dado cuenta de que no les convenía ser perseguidos, reducidos y asesinados, así que su comportamiento había pasado de ser destructivo a casi altruista. Se adaptaban a cualquier tipo de trabajo. Se destacaban en los cargos administrativos porque su concentración para evitar sus desmadres era alta, pero también podían afrontar trabajos más precarios, de carga, por ejemplo, porque su fuerza era superior a la de un humano.
Lo único que Manuel compartía con Alfonso y Pablo era el gusto por ver en el móvil de este último imágenes truculentas. Un hombre trozado en dos por un tren, cuyas manos todavía se movían tratando de salir de las vías. Un ejemplo. Desmembramientos varios y miembros varios también, porque otras de las atracciones que ofrecía ese celular eran los videos de negros que bamboleaban sus genitales gigantes de aquí para allá o que los introducían en toda clase de agujeros pequeños, o que parecían pequeños por contraste.
Un día Pablo y Alfonso le pidieron a Manuel ver su pene, pero el zombie se había negado. Lograron su objetivo una tarde que Manuel fue a orinar y se metieron de golpe en el baño. Al parecer, no podían creer lo que habían visto.
Por lo demás, Manuel permanecía callado y sólo saludaba a Roberto, su superior. Eso pensaba Gastón, mientras leía la respuesta sobre Frye de su ex profesora y el olor que provenía del despacho cerrado se hizo tan penetrante que ya no pudo aguantarlo.
Vio que Manuel seguía sumido en su sueño. Controlar el instinto consumía gran parte de la energía del zombie y debía descansar más que un humano.
Entonces Gastón, le contestó a su novia que todo estaba bien, que por ahora no tenía trabajo, era una mañana tranquila, nadie lo llamaba y luego caminó hasta la oficina de su superior. Trató de abrir la puerta pero estaba cerrada, sin llave pero no podía abrirse de afuera. El olor nauseabundo provenía claramente de ahí.
Se dio vuelta para mirar a Manuel, que seguía con el mentón pegado al pecho. Por debajo de la puerta del despacho se escapaba un líquido color dulce de leche. Uno de los punteros del sindicato de Software en la que trabajaba le había enseñado a abrir la puerta con una tarjeta de plástico. Gastón no tenía tarjeta de crédito así que usó la de Starbucks.
Al abrir la puerta lo golpeó el frío que se escapaba del cubículo del servidor. Los cuerpos de Alfonso y Pablo estaban expuestos, partidos al medio, masticados, frente al escritorio. Roberto yacía en su silla, sin la tapa de los sesos, como un mono de banquete chino, el analista de sistema, dando órdenes, vaya a saber cuánto tiempo, a seres de otro mundo, si es que ese otro mundo existía.
El líquido que se había deslizado por debajo de la puerta provenía del cerebro de Roberto, ya que los otros dos cuerpos estaban medio resecos, los huesos a la vista, como si el atacante hubiera succionado hasta los tejidos.
Al darse vuelta, con sus manos congeladas que anunciaban un ataque de pánico, Gastón vio que Manuel ahora tenía la mirada clavada en él y notó lo que antes no había visto. A su lado, en su escritorio, como un melón recién cortado, el zombie tenía la tapa de los sesos de Roberto, medio masticada.
El zombie se levantó, rodeó su escritorio con parsimonia, sin perder los modales ni la postura erguida, y empezó a acercarse a Gastón tratando de ocultar sus uñas afiladas. Gastón corrió hacia la puerta con el objetivo de avisarle a las chicas que el zombie de su oficina había perdido el control. El hecho hacía presuponer que había contactado a otros zombies, los llamados marginados, que pronto estarían en el lugar para fortalecer la revuelta. Mientras Manuel se acercaba a él, Gastón logró salir de la oficina, cerró la puerta y subió a la oficina de las chicas.
Otra vez el olor agrio, nauseabundo, pero esta vez más fresco, más penetrante. Tras la puerta los cuerpos desmembrados de las que habían sido sus compañeras se apilaban. En un vértice de la oficina, ovillada, abrazando sus piernas, Lucía lloraba con la mirada perdida. La chica balbuceó que había más, que Manuel los había arengado, que su programa había fallado, y que nunca debieron incorporarlo a la empresa. Claro que Lucía era otra zombie y por eso se había salvado. Una zombie joven como Manuel, pero en otro estadio de evolución.
Gastón volvió a la entrada de la oficina para contener la puerta justo que las manos de Manuel la empujaban. Mientras tanto, vomitó el café que se había tomado por la mañana junto con la medialuna de manteca.
Esa oficina daba al patio del edificio. Al asomarse a la ventana, Gastón vio a varios zombies que dialogaban mientras se pasaban el mate y compartían pedazos de piel de un cuerpo humano. Reconoció a algunos que trabajaban en otras empresas ubicadas en el mismo edificio. Gastón no sabía qué hacer.
El celular de Lucía sonaba pero a ella le temblaban tanto las manos que no podía atender. Iba a caerse de la mesa si seguía vibrando, así que Gastón lo tomó y respondió la llamada. El marido de Lucía, Eduardo, era policía, uno de los  humanos que se habían enamorado de una zombie. Gastón le contó la situación a Edu, quien le dijo que se calmara, que buscara la pistola que Lucía tenía en el fondo de su bolso y siguiera las instrucciones.
Ya con el arma en sus manos y el móvil en altavoz, comenzó a describirle la situación a Edu. Zombies asesinos en el patio. Otro en el pasillo. No sabía cuántos más rebelados en el edificio.
Se animó a abrir la puerta de la oficina. El pasillo estaba vacío. El tubo fluorescente se encendía y apagaba. El cartel de prohibido fumar había sido masticado. Edu le dijo que disparara a cualquier punto. Gastón eligió el matafuegos. La explosión hizo que apareciera Manuel como una flecha con las fauces abiertas seguido de otros seis zombies más que trabajaban en el café de al lado. Edu le dijo que debía dispararle a los zombies en la zona del bajovientre, debajo del ombligo y arriba de los genitales, el hara de los hindúes pensó Gastón. Era la única forma de matarlos, aunque el folclore al respecto no lo especificaba.
Gastón pudo darle en ese punto a uno de los zombies, que cayó y exhaló su último suspiro, escupiendo un dedo humano a su vez. Los otros se abalanzaron sobre la puerta. Gastón llegó a cerrarla.
Lucía seguía temblando en un costado de la oficina. La novia de Gastón le informaba, a través de un audio que llegó a su celular, que debía llevar al bebé al médico.
Edu quería saber cuántos eran los que se habían rebelado y trató de calmarlo diciéndole que se dirigía hacia el lugar. La puerta ahora aguantaba la presión de varios cuerpos que empujaban para que cediera y Gastón no podía dejarla. Los zombies intercambiaban órdenes de mando para tratar de entrar a la oficina. Manuel los dirigía.
Era la hora del almuerzo. Las voces de los zombies eran claras. Uno decía que necesitaba abono para las plantas exóticas de su jardín y que se había cansado de usar los restos de café que Starbucks regalaba. El compost que tenía en una carretilla y que había realizado con restos de gatos muertos no era suficiente. Los demás felicitaron al zombie por su idea de incorporar humanos a la mezcla.
Gastón pensaba que esta situación se debía a que no había sabido cuidar sus pensamientos, que invocar a Frye y su teoría de la inmersión narrativa no había sido buena idea. La culpa no la tenían los zombies que habían perdido el control sino su superior que le había recomendado Anatomía de la Crítica y él lo había leído. Un verdadero desastre.

 

Por Adrián Gastón Fares.

PD: Para los que gusten de historias de zombis o zombies pueden leer mi novela inaugural, Suerte al zombi buscando en este blog.

PD2: Vean The Underground Railroad en Amazon Prime Video. La serie de 10 capítulos, dirigida por Barry Jenkins, está basada en la novela de Colson Whitehead.

PDF de Seré nada, una historia suburbana de terror. Ciencia ficción, misterio y terror en la zona sur de Buenos Aires.

Seré nada, una historia suburbana de terror. 200 páginas. 2021.

Seré nada trata de un grupo de amigos, Silvina, Manuel y Ersatz, que emprenden un viaje en busca de una leyenda urbana; una colonia de personas con sordera profunda, fundada por la controversial maestra Riannon Coveland en el sur del conurbano bonaerense.

Libro en PDF:

Adrián Gastón Fares

Les recuerdo que grabé con mi propia voz la lectura de la novela y que si buscan en el menú de este blog, novelas, índice pueden descargar o escuchar los audios.

PD: en Google Play Books pueden descargar la versión ePub de mí última novela también.

Nadie te quiere y eres un monstruo. Sobre Más que humano, de Theodore Sturgeon. Y enlace a una más que reseña de Pablo Cappana en El Diletante.

http://eldiletante.net/trabajos/mas-que-humano

Más que humano es esa novela de ciencia ficción de Theodore Sturgeon que es más que tres cuentos largos que una novela. Y Cappana reseña lo irreseñable en esta reseña publicada en El Diletante. (Revisar el link anterior)

La novela de Sturgeon es menos que una novela. Y los signos de los tiempos la marcan demasiado (Gestalt?) Pero lo mismo podríamos decir de ese cuento de Bolaño dónde rememora a un tal Gui Rosey, un poeta surrealista que tal vez nunca existió, y ese cuento de Putas asesinas, llamado, Últimos atardeceres en la tierra, no por esa repetición absurda y adolescente, se abstiene de ser leído y querido.

Recomiendo más el comienzo de Más que humano (el capítulo llamado El idiota fabuloso) y este especie de poema / monólogo / transferencia mental de su desenlace, que aquí transcribo:

Más que humano, de Theodore Sturgeon (traducción al español de José Valdivieso)

Escúchame, pequeño huérfano. También a mí me odiaron. Te persiguieron. También a mí. Escúchame, niño de la cueva. Encontraste un lugar donde vivir, aprendiste a ser feliz en él. Yo también. Escúchame, niño de Alicia. Te extraviaste durante años. Y luego regresaste y aprendiste de nuevo. Yo también.

Escúchame, muchacho Gestalt. Descubriste en ti un poder que no habías soñado, lo utilizaste y te gustó. Yo también. Escúchame, Gerry. Descubriste que aunque tu poder era inmenso, nadie lo quería. Yo también. Quieres que te quieran. Quieres que te necesiten. Yo también. Janie dice que necesitas una moral. ¿Sabes qué es una moral? Obedecer las reglas establecidas por ciertos hombres para ayudarte a vivir entre ellos. No necesitas una moral. No puedes seguir una moral. No puedes obedecer las leyes de tu especie, pues no hay otros de tu especie. Y no eres un hombre común, y la moral de los hombres comunes te serviría de tan poco como a mí la moral de las hormigas. Nadie te quiere y eres un monstruo. Nadie me quería cuando yo era un monstruo.

Sin embargo, Gerry, existe para ti otro tipo de código. Un código basado en la sabiduría antes que en la obediencia. Se llama etos.

Con el etos podrás también sobrevivir. Pero será una supervivencia superior a cualquier supervivencia individual, o a la de cualquier especie: la tuya o la mía. Será como reconocer tu origen y tu posteridad. Será como remontar esa corriente madre en la que fuiste creado y en la que crearás algo todavía mejor cuando llegue el momento. Ayuda a la humanidad, Gerry. La humanidad es ahora, y a la vez, tu padre y tu madre. Y la humanidad te ayudará produciendo más seres como tú. Y ya nunca estarás solo. Ayuda a esos seres mientras crecen; ayúdalos a ayudar a la humanidad y a unirte a otros seres como tú. Pues eres inmortal, Gerry. Eres inmortal ahora. Y cuando haya muchos seres como tú, tu ética será una moral. Y cuando esa moral no convenga a la especie, tú, u otro ser ético crearéis una nueva moral que ascendiendo todavía más, por esa antigua corriente, honrará a tus padres, y a quienes engendraron a tus padres, y así hasta llegar a aquella criatura que se distinguió de sus antecesores porque una vez lo emocionó la luz de una estrella.

Yo fui un monstruo y encontré esta ética. Tú eres un monstruo. Decide.

Chusmeen, como decimos, a Más que humano, de Sturgeon, que bien se lo merece.

Adrián G. Fares.

Una historia suburbana de terror. Seré nada. Capítulo 21. Pueden leerla completa en Google Play Libros o en el menú de este blog.

Volvieron, Silvina con los hombros bajos, Ersatz apurando el paso por si cruzaban alguno de los nuevos vecinos.

Por suerte, el aroma que había en la casa les despertó el apetito.

Manuel había terminado de hacer la pizza en la parrilla, el horno no servía, se apagaba, y como había mucha humedad y hacía calor, comieron en silencio debajo del olivo.

Al terminar la cena le contaron lo que habían averiguado a Manuel que hasta ese momento pensaba que no habían encontrado a Roger.

—Lo que habrá hecho ese Roger para que lo echaran de un colegio… —comentó Manuel—. ¡¿Problemas con autoridades escolares…?! Fue un sueño la colonia de sordos. Esto es un asentamiento de delincuentes —aseguró.

Ersatz asintió y dijo:

—Silvina es capaz de llevarle un pedazo de pizza al rayado ese antes de aceptarlo.

Silvina rompió a llorar y subió corriendo a su dormitorio, donde empezó a armarse la mochila casi mecánicamente para no pensar.

Manuel miró a Ersatz con recelo por intensificar el dolor que podía haberle causado a Silvina con su comentario tajante. Le dio la espalda y terminó de apagar el fuego.

Pusieron más muebles delante de las entradas y se aseguraron de que fuera difícil entrar a la casa. Mucho más no podían hacer.

Manuel y Ersatz también hicieron sus mochilas y dejaron todo preparado para partir otra vez hacia sus departamentos en la ciudad al día siguiente.

Cada uno se encerró en su dormitorio.

Ersatz apagó la luz y se quedó mirando la galaxia de las estrellas en el techo. ¿Qué era? ¿Un mapa? Le pareció una espiral como la de los caracoles.

Mientras miraba resonó el primer trueno.

Imposible, hacía meses que no llovía, pensó. Luego del segundo trueno la lluvia empezó a caer a raudales. La puerta se abrió. Silvina, asustada, se acostó a su lado.

Miraban el cielo raso cuando resonó el tercer trueno.

Silvina se pegó más a Ersatz.

—Hay una cara en el techo —dijo Silvina.

Entonces Ersatz también la vio.

Desde que habían llegado, había estado todo el tiempo arriba suyo, gritándole con el silencio de las formas que la casa había sido intervenida como el resto del barrio. Nada era igual a lo conocido.

En el techo había un rostro, brillante, verdoso, de bordes indefinidos, formado con algunas estrellas menores, y con las mayores remarcando una boca abierta. La falsa luna era la nariz de la que parecían salir unos dientes de conejo formados por más pegatinas luminosas. Las espirales formadas por estrellas eran los ojos dementes de esa cara.

Llamaron a Manuel, que se quedó mirando el techo cruzado de brazos sin abrir la boca para no molestar más a Silvina.

Durmieron los tres juntos, sin quitarse los audífonos, escuchando la lluvia que no paraba de caer.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre el autor.

Adrián Gastón Fares es escritor, guionista y director de cine. Estrenó la película documental Mundo tributo como guionista, productor y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine. Desarrolló cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados y seleccionados como Gualicho y Las órdenes), Mr. time. Escribió tres novelas anteriores a Seré nada, una historia suburbana de terror (Intransparente¡Suerte al zombi! El nombre del pueblo).

Fotografía Flores A. G. F

Nuestros. Relato.

Despuntaba el atardecer sobre las antenas de las terrazas esa tarde agobiante de verano en una ciudad pueblo de Buenos Aires y Beatriz le pegó un grito a Josefa.

Que tuviera cuidado porque un día lo iba a pisar al Rubio. El Rubio siguió, como si nada, pasando la máquina de cortar el césped por su jardín delantero. Los tres sabían que Josefa era un peligro manejando, que sus pies apenas arañaban los pedales de su coche, pero el Rubio tenía reflejos perfectos y una vista de lince. Estaba preparado, como todos en esa ciudad pueblo.

Josefa, de unos ocho años, era un poco mayor que Beatriz. Pero Beatriz le había enseñado cómo limpiar el baño rápido para que ocupara el tiempo en otras tareas más entretenidas. También le había enseñado a educar a Rodó.

Rodó, con una lustrosa calva y unos cuarenta y cinco años se la pasaba girando discos en la bandeja de su casa. Beatriz logró que Josefa lo retara de una manera tan efectiva que Rodó terminó escondiendo todos sus discos en el sótano. Sólo los ponía cuando Josefa no estaba.

Pero estaba casi siempre así que Rodo no podía poner sus discos. Se la pasaba sentado frente a la pantalla, jugando, miraba un encadenado de series de televisión hasta que le dolían los muslos de tanto estar sentado y tenía que cambiar de posición y tirarse en el suelo, girar la cabeza y mirar desde ahí. Beatriz tampoco veía con buenos ojos que Josefa le dejara ver las maratones de series a Rodó. Pero tanto no podía meterse. Rodó era suyo, no de ella.

Así que ese día, que era como otro día cualquiera en esa ciudad pueblo, después de pegarle el grito, la pelirroja Beatriz hizo que Josefa detuviera el coche, le preguntó a dónde se dirigía, al centro comercial dijo Josefa, y aprovechó para pedirle que tuviera la mano más dura con Rodó, que suspendiera las series, porque si seguía así iba a engordar como un chancho. Y se lo iban a comer como si fuera uno, contestó, despreocupada, Josefa, copiando vayamos a saber qué clásico.

Beatriz se quedó con las manos cruzadas mientras el coche se alejaba y el Rubio, que medía un poco más de un metro de estatura, seguía cortando el césped medio molesto. Se había hecho encima.

Beatriz, cruzada de brazos, negaba con la cabeza. El pantalón del Rubio era un enchastre. Justo estaba agachado, sin doblar las rodillas, porque la ruidosa máquina se le había trabado con el césped de alto tránsito.

–Rubio, por favor,  ¿qué va a pensar Grise si te ve?

–Sería bueno que pienses en Martín ¿Acaso Grise es tuya?

–Martín siempre se portó bien, me costó alejarlo de la moto al principio.

–A Grise no le molesta que a veces haga cosas como esta. Me entiende.

–Pero tu Grise tiene como unos cincuenta, cinco años más que Martín y que Rodó.

El Rubio asintió con la cabeza y siguió cortando el césped con el pantalón color verde manchado. Beatriz esperó que su perro, un Labrador, volviera de hacer lo mismo que había hecho Rodó, pero en el suelo como debía hacerlo, y caminó hasta su casa lentamente, satisfecha. Antes de meterse en la casa, se subió a la banqueta de madera y se asomó a la hendija del buzón de cartas para ver si había alguna y si tenía que llamar a Martín para que se las alcanzara.

Notó que había telarañas en un vértice de la galería externa de la casa, así que debería llamar a Martín, otra no quedaba. El Rubio ya se había metido adentro. Seguramente estaba apurado.

Mientras tanto volvía del almacén Josefa. Se metió en su casa como si estuviera también apurada.

Como era costumbre a esa hora de un viernes, el Rubio cruzó con un vaso enorme de plástico lleno de pochoclos, un vaso casi más grande que él, a lo de Josefa y los dos se encerraron en la pieza. Decían que veían clásicos. Beatriz no sabía qué pensar.

En cambio, si sabía ordenarle a Martín que limpiara las telarañas con un plumero. Su voz se imponía sin ningún esfuerzo.

Martín sacó la cabeza de su casa, miró a un lado y otro, había un perro callejero panzudo, una lagartija cuyo tamaño era alarmante, pero que fue aplastada al instante por un auto que pasó como una luz, pero nada ni nadie más así que podía salir. Beatriz debía estar mirando esos videos para pintarse las uñas en su teléfono mientras pensaba que él era tan serio, tan obsesivo como ella limpiando, y celaba a Josefa y al Rubio. Pero él sólo quería juntarse con sus amigos.

A la vez que Martín salía, Rodó pasaba su pierna por arriba del marco de la ventana, tropezaba y caía en la vereda. Y enfrente,  Grise abría con cuidado la puerta de la casa de dos pisos en la que vivía con el Rubio. Con el dedo índice cruzando su boca Grise les pedía a Martín y a Rodó que no hicieran bochinche. Los dos ya se estaban riendo de la situación. Siempre se reían. Eran impacientes, pensó Grise.

Y bajó descalza los escalones de su casa para salir a la vereda.

Se saludaron y caminaron los tres, con los hombros bajos, como si estuvieran cansados desde antes, hasta la plaza.

El pelo blanco de Grise parecía más blanco, brillaba a esa hora donde casi reflejaba los rayos débiles del sol.

Las calles de cemento de la florida plaza convergían en el círculo con la estatua ecuestre del fundador del pueblo.  Personificaba a Don Prudencio, con capa y espada. La estatua del enorme caballo contrastaba con el tal Prudencio. Ninguno de los tres entendía cómo había logrado domarlo, ni conquistar nada, midiendo mucho menos que la mitad de ellos, y con una pelota de trapo del tamaño de un tomate en el regazo.  La cabeza redonda y la sonrisa de niño complacido de Prudencio era tal que hasta ellos podían deducir que mucho no le había costado ninguna batalla. Martín le preguntó a Rodó por Grise.

No estaba.

Rodó protestó:

–¡Grise! No esperaste que empezara a contar.

–Yo ni me escondí –dijo Martín–. No vale.

Los dos se miraron, sorprendidos por un instante, para luego concentrarse en lo que tenían cerca.

Los piernas, largas y pálidas, de Grise –que debía estar sentada en el suelo, sobre su falda–, sobresalían del entreverado pero pequeño matorral.

El juego recién había comenzado.

Y tenían la noche por delante.

por Adrián Gastón Fares

PD: Nuestros forma parte de la antología provisoria de los cuentos de terror y ciencia ficción de este blog llamada Los tendederos. Recuerden que pueden leer, si no lo hicieron, mi última novela, Seré nada (2021, 200 páginas) buscándola en este mismo blog o en Google Play.

Seré nada, una historia suburbana de terror. Mi nueva novela, 2021. Link a muestra en Google Play Books. Y enlace de descarga libre.

Si quieren acercarse a los personajes de Seré nada, una historia suburbana de terror, mi última novela pueden hacerlo manteniendo una distancia prudente. Ya saben que los que callan mucho, algo esconden. Y que los días de lluvia es mejor salir corriendo. A no ser que quieran experimentar algo nuevo…

#nuevanovela #aventuras #conurbano #granbuenosaires #terror #misterio #fantasy #discapacidadauditiva #identidades #2021

Comparto el enlace a Google Play Books (Seré nada, 200 páginas, 2021) donde pueden leer una muestra y si quieren adquirir la novela en este caso (la verdad es que no encontré la manera de subirla gratis a Google Play, por eso hay que pagar) A cambio me parece que para algunas personas será más fácil leerla así:

Google Play Books:

https://play.google.com/store/books/details?id=jE0aEAAAQBAJ

El modo tradicional que es buscar los Epub y Mobi en Google Drive (así como PDF) en el inicio de este blog adriangastonfares.com sigue vigente.

Agrego un nuevo enlace directo, gratis, en Anonfiles para que puedan descargar mi nueva novela, abrirla y leerla en la aplicación Aldiko Classic en el teléfono celular, por ejemplo, o en lectores de libros electrónicos como Kindle (convertir en Calibre o enviárselos por email, ya sabrán), otros como Kobo, o disfrutarla en la PC con Adobe Digital Editions o FBreader. Aquí copio el enlace de descarga directa:

https://anonfiles.com/Fboffdvau5/Sere_nada_-_Adrian_Gaston_Fares_epub

Disfruten el fin de semana.

Si quieren disfrutarlo con la compañía de Ersatz, Silvina, Manuel, Algodoncito, Fanny, Gema, Lungo y los otros personajes de Seré nada, espero que se entretengan.

Adrián

Argumento:

En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar?

PD: Portada de Seré nada, una historia suburbana de terror.

Portada Seré nada, una historia suburbana de terror. 2021. 200 páginas. Adrián Gastón Fares.

Infierno en el instituto. 3. No ficción.

Empezó la marcha mía de todos los días al instituto. Vieron que esto se llama Infierno en el instituto. Bueno, por algo se llama así. Es como una película con un héroe: yo. El trabajador. El director de cine con hipoacusia y certificado de discapacidad. Malos: el instituto de cine y la productora presentante. Un ayudante del bueno: otro héroe, mi amigo Leo Rosales. Un ayudante de los malos, los medio malos: los empleados del instituto de cine para los que somos un número más incluso cuando les contás tus problemas y cuando deberían estar trabajando para los directores de cine. Un edificio que era el emblema de la maldad, algo así como La Torre Oscura de Stephen King, el castillo de Drácula o el otro más obvio para el tema de estos escritos, el de Kafka. Un lugar al que llegar todos los días para poner las cosas en orden.

Íbamos para ver si nos podían contactar a la productora porque no aparecía. El problema claro era que se acababa el tiempo para la firma del convenio con el presidente del instituto. Leo salía del trabajo y se me unía en las búsquedas de alguien que nos ayude en las escaleras de ese edificio en que casi nunca andaban los ascensores.

El primer paso para la tarea que iniciamos era ir al área donde estaba el expediente. El área suele ser Fomento. Así que fuimos a la Gerencia de Fomento. Nos dijeron que de ninguna manera podíamos ver el expediente y que no había posibilidad de contactar a la productora presentante. Que ellos no podían hacer nada al respecto.

Pasaron los días, y ya estábamos en septiembre. Entre llamadas de Leo y emails míos al abogado poderoso de la productora presentante, logramos dar con ella antes de que se acabara el plazo para presentar una prórroga.

Era septiembre y recién ahí la productora presentó una prórroga para presentar los papeles requeridos para la firma del convenio que daría inicio a la película.

Mientras tanto, teníamos una nueva entrevista con los gestores del concurso. Esta entrevista con los organizadores del concurso era, como la anterior, en la segunda sede del INCAA, la de Avenida de Mayo.

Ese día, nos juntamos en un Starbucks, recuerdo, otra vez con su socio la productora, el que quería poner de productor delegado. Nos dijo que iba a proponer de traspasar la película a Leo Rosales. Pensamos que era por buena intención. Pero esa jugada de ella complicó todo más las cosas.

Para eso, teníamos que hablar con los empleados del INCAA de si eso era posible, porque no estaba contemplado en las bases del concurso.

Salimos del ascensor y mientras esperábamos que nos atendiera los gestores del concurso, dos gerentes y un empleado, me crucé con José Martínez Suarez, el hermano de Mirtha Legrand, director del festival de cine de Mar del Plata, que a sus noventa años seguía yendo a trabajar para el festival. José me señaló que la gorra que yo llevaba puesta le gustaba y que era parecida a la suya. Le conté de la película, me preguntó cómo se llamaba y me dijo que creía que Gualicho venía del guaraní (en realidad creo que viene del mapuche pero anduvo cerca), que le parecía un buen nombre. Lo saludamos y José se fue con la persona que lo acompañaba, ya que caminaba con dificultad.

Los productores que estaban con nosotros ni sabían quién era José Martínez Suarez. En fin. Una de las empleadas del INCAA escuchó que le contábamos a la productora presentante de Mundo tributo. Dijo y claro, yo la vi, la conozco, es buenísima. Nos sentimos bastante contentos. Lástima que el dicho de la empleada no nos daba puntaje. Pero son cosas que a uno lo alegran.

Entramos al salón para la entrevista, Leo y yo nerviosos. Los gerentes que habían administrado el concurso escucharon la exposición de la productora presentante. No quería hacerse cargo de la película, pero proponía traspasarla a Leo Rosales, porque para ella era el responsable del film, el que la había contactado. Era un momento donde todo lo que vendría después se podría haber evitado. Los gestores del concurso que ganó Gualicho dijeron que no podían afirmar que aceptaran el traspaso de la película, pero que lo podíamos intentar. Se armaría un comité para evaluar si teníamos el puntaje necesario con Mundo tributo y luego, fuera cual cuera la respuesta, la decisión final la tendría el presidente del instituto, Ralph Haiek, quien firmaría la resolución.

Salimos de la entrevista un poco confundidos con Leo. Porque no sabíamos qué podía llegar a pasar. Nos pusimos a trabajar en todo lo que teníamos avanzado de preproducción de Gualicho, presentamos un pendrive (que jamás fue abierto por empleado alguno del instituto por lo que me consta, sigue con su precinto de protección intacto) donde pusimos todo el trabajo volcado en Gualicho y la prensa de Mundo tributo, los contratos de exhibición y el resto de la información que nos pareció pertinente.

Mientras tanto, teníamos que trabajar para presentación del pitching de Gualicho en Ventana Sur, Blood Window. Nos fuimos a entrevistar con el coordinador de Blood Window. Nos dijo que el concurso estaba dedicado a formar películas que pudieran luego motivar la reacción de la industria norteamericana de cine. Que ese era el fin de todo, ya que como sabemos, el cine fantástico se produce más que nada con éxito en Hollywood. Habría que ser un hipócrita para no aceptar que tenía razón en lo que decía. Pero él no podía ayudarnos para nada con el tema de la productora presentante ni con facilitar que el instituto aceptara el traspaso a Leo.

Era un tiempo donde había que esperar la resolución del INCAA. Y por otro lado tenía que trabajar con Leo Rosales porque la organización de Blood Window nos había invitado a participar en el mercado internacional de películas fantásticas y de terror de Ventana Sur. Era parte del premio, digamos.

Mi idea era redoblar la apuesta. Un productor de películas de terror independiente me había animado a escribir otra. Él podría moverla. Me puse a desarrollar Mr. Time. Escribí un scriptment (esa herramienta entre el guion y la novela que le gusta a James Cameron) provisorio. Y ya que tenía que desarrollar postales y afiches para Gualicho, iba a hacer también la de Mr. Time a ver si conseguíamos financiación también para ese nuevo proyecto.

Trabajé como un animal. Invertí dinero. Eso nos hizo olvidar un poco del INCAA y de que esperábamos una respuesta. La respuesta llegó y no fue favorable. El presidente del INCAA que se guardaba la facultad exclusiva de dar esa excepción la negaba. La que firmaba una nueva empleada del área de presidencia, Marina Aranda.

En Ventana Sur traté de hablar con Ralph Haiek, pero justo había unos fotógrafos y Ralph me empujó para que no lo molestara. Ven que les dije que era el malo de Infierno en el instituto. Estaba cumpliendo con su papel. Esto no es un cuento de Raymond Carver, no hay sutilizas, los malos se ven desde lejos, se pueden divisar desde el horizonte, son como el Malo de El bueno, el malo y el feo, la película de Sergio Leone, son épicos, son malos como pueden llegar a ser los malos, diré y espero que digan.

Un rato después, el mismo día por la tarde, un productor amigo que estaba interesado en Gualicho, hizo que el entonces presidente del instituto se acercara y me saludara. Ralph Haiek estaba con la tal Marina Aranda y dijeron que no les había parecido viable el traspaso, me miraron con mala cara y desaparecieron. Me habían contado que Ralph Haiek era amable con sus antiguos empleados, a los que había acomodado en el instituto, pero con los extraños era un gigante empujón, malhumorado y desdeñoso. Es horrible que un presidente de un instituto de cine trate con tanta altanería a quien hace prestigioso su cargo: los directores de cine que filman películas, la gente como yo que se sacrifica por el cine, no advenedizos que juegan con números y especulan con cargos políticos, pero así son las reglas.

Presentamos el pitching y mis amigos uruguayos quedaron encantados con la película. Querían sumarse al proyecto. Me hubiera gustado, pero no había manera porque la productora de origen peruano (es el epíteto que uso para evitar el nombre; no es que esté discriminando a todos los peruanos; en la obra social tenía una compañera de origen peruano, una empleada de limpieza, y pregúntenle a ella de qué manera la trataba y la ayudaba con lo que podía), la productora de origen peruano, entonces, había dicho que no quería sumar a ningún extraño en coproducción. Y, por otro lado, la película estaba en suspenso, había que volver a encontrar a la productora de origen peruano, que no apareció durante todo el susodicho mercado de cine, Ventana Sur (claramente los productores éramos nosotros, los productores de las otras películas ganadoras estaban en Ventana Sur acompañando los proyectos, a los directores); a la productora presentante de nuestra película solo la vimos tomando un trago en una fiesta de una embajada de, Perú, claro.

Yo fui a algunas fiestas, cosa que no solía hacer (en el BAFICI evitamos todas las fiestas con Leo, éramos bastante rebeldes en ese sentido en esa época) La mejor fue la de la embajada de Chile. Había una barwomen que hacía maravillas con la coctelería. Estaba con Mariano, un amigo, y esa noche tomé unas cuantas cairpiroskas, me relajé un poco y terminamos llevando a un chileno borracho a su hotel.

Pronto terminó Ventana Sur. Se acercaba el verano y ¿qué pasaría con Gualicho?. La productora presentante, había dejado una prórroga en el instituto, pero había desaparecido otra vez.

Ahora no estaba viajando, estaba trabajando en la producción de una película dirigida por el dueño de una revista de cine, que se producía en la casa productora de Palermo. Aquí llamaremos a esa película La casa de la costa. Tenían algunos problemas porque la película iba a ser codirigida y parece que se estaban peleando los directores, o algo así creo recordar. Yo no entendí qué injusticia era la que hacía que una película que parecía tan monótona podía estar produciéndose y la mía que era entretenida y ofrecía algo nuevo al cine argentino tuviera que sufrir a pesar de haber ganado un premio.

Pero el problema más grande era que ahora habíamos perdido tiempo, el instituto había negado el traspaso a Leo y volvíamos a estar en manos de la productora presentante, la productora de origen peruano. Debíamos convencerla de hacer la película o la perderíamos. Se acercaba el verano. ¿Cómo hacer que una persona se interese por algo que no significa nada para ella? Una película cuyo guion no había leído. Cuyo género no le interesaba (parecían gustarle las películas de gente en una casa en la costa mirando el mar; o mejor dicho, estoy seguro que no le gustaban tampoco esas películas que a veces tienen sus cosas buenas) en fin era una productora fría como el acero, de cine no sabía nada.

Y si hay un consejo importante que dar es que directamente no hagan ningún trato con personas que no saben de cine. Me lo enseñaron otros directores. A la larga no sirve. Algo del cine los tiene que mover. No puede ser que solo un productor vea pesos o dólares en eso, un negocio más o menos en el que cae de casualidad, más allá de cualquier interés o gusto, cuanto me hubiera gustado a mí que las cosas fueran al revés, que el cine hubiera ido a mí y no yo al cine, como parecían tocarles a estas personas que después hacían poco y nada con esa suerte que habían corrido.

Hijas de, empleadas de, sobrinas de, hermanas de, primos de, y toda esa caterva que solo en las excepciones que confirman la regla hacen algo realmente interesante por el cine.

En el verano volvimos al Instituto. A esas escaleras en las que ahora transpirábamos más. Queríamos ver si podían hacer aparecer a la productora presentante para la firma del convenio. Quería ver el expediente. Pero no había manera. Me lo negaban en el área de fomento del instituto.

Un día, totalmente sudado, respirando entrecortadamente, golpeé una ventanita que había en una puerta. La ventana se abrió para adentro, convirtiéndose en un pequeño escritorio, y apareció un empleado de jurídicos. Le conté que era el autor de la película, el ganador de ópera prima como director, que estaba desesperado; me dijo que era una cuestión de transparencia, un hecho delictivo, que no me dejaran ver el expediente de una película de la que formaba parte, de la que era autor, director como opera primista. Así que presenté una carta documento en la que solicitaba el permiso para ver el expediente. El instituto se expidió a mi favor y pude verlo.

Pero, aún con ese permiso, en fomento no me dejaban ver el expediente de mi película.

Mientras tanto, parecía que se lo mostraban a otros productores, que se habían enterado de que nuestra película estaba a la deriva, sin una productora que apareciera y sin una firma de convenio, y con un pedido de traspaso rechazado.

Los que aparecieron sugirieron que no la habían traspasado porque nuestro currículo no era tan importante como el de ellos. Así que empezamos hablar con otros productores que hasta iban a poner una propiedad entera para asegurar la realización de Gualicho. Y teníamos que hablar con la productora presentante para que aprobara esa nueva tentativa de traspaso.

Pero no aparecía. Fuimos a un abogado de cine, que fue amable con nosotros y nos asesoró sin cobrar nada. Logramos encontrar a la productora y en medio de una entrevista con ella en la casa productora de Palermo, la llamó por teléfono y le dijo (lo escuchamos por altavoz) que dejara de jugar con nosotros ¿quería hacer la película o no? Si no querés hacerla, no la hagas pero dejá en paz a estos chicos. La productora le cortó al abogado y comentó que era un rayado.

En el verano, volvió a desaparecer.

El mal que tiene tantos brazos y ninguna cabeza. Pero que es el mal. Ya dije que había malos, pero no dije que los malos no fueran humanos. Eran humanos, con sus sutilezas y desplantes de su propia maldad.

Pasaba el verano, yo me entrenaba físicamente yendo a ver si había alguna novedad en el expediente. No podíamos quedar parados con todo el trabajo que veníamos haciendo. ¿No valía nuestro tiempo? ¿Era solo el tiempo de la productora de origen peruano el válido?. Y mientras tanto ¿qué hacíamos nosotros? Teníamos que filmar la película y cumplir con los pasos. Pero no, no se podía, controlaba toda la productora, que estaba filmando una película en la costa o vaya a saber uno donde.

Yo despertaba en mi departamento y salía disparado hacia el instituto. Quedaba a treinta cuadras de donde estaba emplazado mi departamento, pero iba caminando. En cierta forma, ese edificio antiguo, el instituto, siempre en las sombras del edificio del Ministerio de Obras Públicas, porque está atrás del Ministerio de Obras Públicas, comenzó a convertirse para mí en el gigante que debía vencer, en un molino de viento, en el edificio donde se escondía el mal, esa clase de mal que es la mejor metáfora del mal, una que no se puede entender, que no tiene motivos, un mal que sonríe, que atiende a veces, que otras cierra la puerta, que a veces maltrata, que otras da un cálido apretón de manos o contesta con una mirada que sugiere cautela. Las miradas que dicen que hay otros intereses, que hay grupos enfrentados, que hay cosas que podrían hacer pero que no pueden hacer. Esas son las peores.

Entonces, un día en que ya estábamos con Leo instalados en la terraza del instituto, tomando un café en el área donde toman cafés los empleados del INCAA, la habíamos descubierto empujando una puerta, el área digo, y nos invitaron a relajarnos ahí, nos vieron sudados y cansados, un día que estábamos descansando porque habíamos ido al área de transparencia que estaba en el mismo piso que el área de descanso, se nos acercó un joven de cara delgada, que estaba con otro, de carga cuarteada y pelo crespo, que parecía más un detective que un empleado del instituto, un detective de una serie. Los dos fumaban en la terraza mientras nosotros estábamos en la zona techada y como dije se nos acercaron. El de cara delgada preguntó qué era lo que nos pasaba que había tanto revuelo. Nos presentamos y resultó ser el subgerente de jurídicos del instituto. Le contamos que no aparecía la productora, que no nos contestaba las llamadas, echó una puteada y dijo que él la iba a hacer aparecer, que dejáramos todos en sus manos, que era una sinvergüenzada lo que nos estaban haciendo. Una sinverguenzada basada en que la productora presentante estaba protegida por otra gerenta del instituto a la que estaban investigando por corrupción.

Me fui dos días a la costa con mi pareja de ese entonces. Ya estaba preocupada ella con nuestro futuro, porque yo había dejado el trabajo de cadete en la obra social y sabía lo que pasaba con el premio que la había hecho saltar de alegría.

En la costa, la estábamos pasando bien. Sonó el teléfono. Era la productora que había aparecido. Quería filmar la película. Tenía que estar en Buenos Aires cuanto antes para reunirme con ella. Parecía ser que la había llamado un suplente del premio y le había dicho que estaba interesado en el monto del premio si ella no la hacía. Por lo tanto, ahora, de repente, quería hacer la película.

Teníamos que reunirnos para hablar antes de que firmara el convenio con el presidente del instituto.

Por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Una historia suburbana de terror. Capítulo de mi última novela.

33.

La agrietada tapa de la fosa séptica se había partido. Al instante, Ersatz estaba hundido hasta el cuello en un lugar de la casa de sus padres en el que nunca hubiera pensado estar.

Era la mierda de su familia, de los que habían pasado por la casa, su propia mierda, la de Silvina, la de Manuel, y el olor era tan poderoso que Ersatz, aferrándose con las dos manos de algo que parecía ser una raíz, agradeció que su cabeza estuviera por encima del agua parda.

Se sostuvo en esa posición un buen rato tratando de respirar con la menor frecuencia posible.

¿Para qué había aceptado la propuesta de Silvina de correr aventuras estrambóticas buscando una incierta colonia de sordos?

 ¿No le bastaba a Silvina con las reuniones en el café? ¿El grupo la Oreja?

 ¿Y a él no le bastaba con haber crecido sin prótesis auditivas, sin saber que escuchaba la mitad que otros? ¿No bastaba tener un pie en el mundo oyente y otro en el silencio? Ahora tenía los dos en la mierda.

No sabía si reírse, llorar, patalear seguro que no porque haría que los vapores nauseabundos atrapados por tanto tiempo en el pozo se revolvieran, liberando más partículas de mierda que subirían al encuentro de sus fosas nasales apretadas.

Tal vez había aceptado volver porque en ese barrio había crecido. En ese barrio había experimentado por primera vez lo que era ser rechazado y también aceptado en un grupo.

Se habían reído de él, le decían San Martín, por lo serio y callado, le decían Forrest Gump porque reaccionaba tarde, lo despeinaban o le decían narigón, pero a la vez siempre había uno que lo elegía a último momento para jugar. Para otros no había sido así…

Ersatz intentó mover el pie derecho, pero se le había trabado en una raíz.

Miró hacia abajo y vio dos ojos grandes, como pimientos abrasados, que, debajo del agua sucia, resplandecían. Pensó que era una rata gigante que estaba flotando en el fondo. Pero la mirada iba acompañada de un rostro con facciones apergaminadas, grisáceas, que la misma luz de los ojos descubrían. La boca de ese ser estaba contraída. Al abrirse expulsó burbujas.

Ersatz vio que tenía la pistola en una mano y con la otra se sostenía de él para evitar hundirse en el asqueroso légamo que parecía haber más abajo.

¡Ramoncito!

Siempre había estado ahí, escondido, pensó Ersatz.

Con él sí habían sido malos, sí habían sido duros y Ersatz no había podido hacer nada para que lo dejaran de llamar Pantriste.

Ersatz sintió que lo tiraban para abajo con fuerza, pero logró mantenerse aferrado a la raíz.

¿Qué querés?

No supo si lo dijo para afuera o para adentro.

Volvió a mirar hacia abajo. Nada. Agua parda. No había nadie. Pero no podía liberar el pie.

Al levantar la cabeza los ojos, ahora brillantes y de color violáceo, estaban junto a él. La boca se abrió y vomitó agua pútrida. Ersatz quedó enceguecido por el vómito. Estuvo a punto de soltarse. Luego, abrió los ojos, y los labios agrietados de Ramoncito expulsaron una palabra que en vez de salir de ellos resonó como un eco lejano.

SACAME.

Ersatz sintió que se caía y trató de agarrarse más fuerte de la raíz. Escuchó un chapoteo a su lado. Volvió a mirar al costado y el rostro pútrido había desaparecido.

A la altura de su pecho, ahora el agua ennegrecida estaba aquietada.

¿Por qué justo a él se le tenía que aparecer Ramoncito?

¿Por qué?

A él también lo habían apartado, abandonado, traicionado, discriminado, estigmatizado, minimizado, despreciado tantas veces, incluso personas a la que quería, que habían sido impiadosas con él, indiferentes, hasta en los momentos más difíciles de su vida como fue para él enfrentar en soledad el diagnóstico de su sordera, las prótesis que ahora le colgaban de las orejas y que tanto le había costado conseguir, y cuya función era escuchar, y sin que se perdiera ninguna, las descalificaciones, las palabras de desaliento, los y todo es así acá, los la gente no cambiavos tenés que cambiareste país es así.

¿Por qué?

Él jamás había maltratado a nadie. Ni a Ramoncito.

¿No era eso lo que lo había perdido? ¿Aceptar los audífonos? ¿No eran sus respuestas sarcásticas las que enojaron a Silvina?

¿Por qué tenía tanta bronca ahora?

¿Él no había tratado de parecerse a los otros? ¿A las personas que habían vuelto loco a su compañero de colegio? ¿No era eso lo que le reclamaba Ramoncito?

Querer acercarse a una sociedad de la que podría haber escapado si hubiera sabido desde el principio que tenía eso que todos a los que se les cuenta un diagnóstico de sordera dicen: es mejor, uno puede hacerse el tonto y hacer como que no escuchaPor las cosas que hay que escuchar.

¿Qué era ser una persona sorda, luchar y aceptar esa identidad, aceptar el certificado de discapacidad y los audífonos, si no querer parecerse a otros con los que no tenía nada que ver?

A los normoyentes, los que escuchan sin problemas, y a los que nunca escucharon.

Era resistir, era tomar lo que otros le daban para colgárselo de los oídos. ¿Y él dónde estaba?

Si no fuera porque se sostenía con las dos manos de las raíces del árbol que lo había visto crecer, en ese momento hubiera arrojado las prótesis auditivas al fondo de la ciénaga en que estaba para que quedaran allí para siempre, custodiadas por Ramoncito; las baterías intoxicando el agua de un país en el que nunca se había sentido a sus anchas, en el que nunca había sentido pertenecer a nada, y tal vez esa era una de las razones por las que había terminado en esa inhóspita comunidad de personas con las bocas pegadas como los muertos.

Después de todo, por algo había trastocado su nombre. Ersatz en vez de Ernesto. Ersatz, el reemplazo, justo. Ersatz venía del alemán, pero él no tenía nada de alemán. Descendía de italianos y de argentinos.

El resistirse a su destino, el buscar ser como los otros, lo había llevado a estar acorralado por esos eugenistas, o nacionalestes, como les decía Gema, a los que podía reconocer desde lejos porque ya los había cruzado en su vida.

El problema con ese tipo de mierda era que la saliva de la boca hiriente salpicaba, pero no hedía.

Si fuera tan fácil olfatear a los demás para reconocer qué eran como oler los excrementos que flotaban ahí abajo, si existiera ese sexto sentido que podría equipararse a lo que nos hace alejar de un sepulcro abierto porque ese aire es malsano, entonces todo sería más claro y más fácil con las personas, y con las instituciones que forman, como las familias y los países.

Mejor era hermanarse con los excrementos más simples que flotaban entre sus pies, conocerlos.

Inspiró hondo, se mareó por el tufo penetrante y agrio, pero sus pulmones se llenaron de aire, por lo que sintió la fuerza necesaria para arrastrarse afuera de ese agujero pestilente.

La raíz en que tenía el pie atrapado se rompió y logró encaramarse a las baldosas del patio.

Aunque ahora su pensamiento estaba en escapar, en no ser atrapado por los tipos esos y Evelyn, medicina, por un instante sintió que, entre las capas de olor nauseabundo, llegaba un aroma rancio, ácido, herbáceo, frutal…

Sintió que había aprendido a olfatear la baranda del resentimiento original, el único y verdadero.

Y supo que debía actuar, que debía ser duro y firme con los que lo molestaban.

Ya sobre sus rodillas, bajo el viejo olivo, miró al cielo oscuro entre las ramas que se mecían por el viento.

No había nadie que enfrentar. Se habían ido.

Tenía que encontrar a Silvina.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade Todos los derechos reservados Adrián Gastón Fares

Seré nada. Capítulo 23 y PDF.

23.

Ersatz abrió los ojos en su habitación. No había soñado y le agradeció a su mente o a lo que fuera que creara los sueños porque a veces lo perseguían durante todo el día. Sabía que podía quitarse al despertar la manta que lo cubría, pero la de las pesadillas era muy difícil sacársela de encima.

Se dio vuelta para mirar hacia la persiana, de donde entraba una luz tenue, lo que aseguraba otro día nublado. Se había quitado los audífonos antes de acostarse, así que no sabía si seguía lloviendo. Mientras se preguntaba por el clima notó que había una forma que estaba a su lado, casi pegada a él, pero sin tocarlo. La frente prominente, los ojos concentrados en el cielo raso, la boca impertérrita.

Gema. Acostada boca arriba.

Ersatz siguió la mirada de Gema. La poca claridad que entraba había cargado las estrellas fluorescentes. La boca de conejo dibujada en el techo parecía más cercana. El brillo desvaído de las pegatinas se intensificó. La galaxia entera empezó a girar. Ersatz pestañeó y se pasó una mano por los ojos. Las estrellas volvieron a ser una cara quieta.

Una cara quieta, pero con una boca abierta que gritaba en silencio.

Ersatz giró la cabeza y miró los labios cerrados de la mujer que tenía al lado.

Se levantó de golpe y se quedó sentado en la cama observándola. Estiró la mano hacia la mesa de noche y se colocó los audífonos. Ahí estaba, ese gruñido que había oído en el tanque de agua y también en la habitación de Roger. La mujer y la chica producían el mismo, agresivo, sonido.

Notó que el pecho de Gema se inflaba como si tratara de hacer fuerza para lograr movilizar algo de su cuerpo y le fuera imposible.

Era su boca.

Trataba de abrirla, pero no había caso, las comisuras de los labios seguían pegadas. Parecía una anciana sin dientes por un momento. En otro momento una niña. Sus labios no se separaban. Sólo se movían juntos de lugar en su rostro.

Mientras tenía la mirada clavada en el techo, de su garganta salía ese gruñido soterrado, como si el aire pasara con dificultad por la glotis.

Gema movía la piel de su rostro y producía ese gruñido que cuando arrugaba la nariz parecía a veces un quejido y otras un jadeo.

Ersatz vio que un cartílago o hueso se desplazaba hacia afuera de uno de los orificios nasales de Gema.

Parecía ser un colmillo.

La mujer tenía los talones torcidos y el empeine sobresalía cada vez más del pie de la cama. Era como si tomara impulso con los pies.

Entonces, sobresalió el segundo colmillo del otro orificio de la nariz. Algo brillaba en las afiladas puntas de color marfil, un líquido pegajoso. Al instante, los colmillos desaparecieron tan rápido como habían aparecido. La nariz y la boca volvieron a estar en su lugar. Los pies de Gema se replegaron y su barriga se hundió.

Ersatz no tenía ganas de moverse. Pero se levantó en calzoncillos y se dirigió al baño.

Estaba mareado. En el camino, vio, o creyó ver, las caras borrosas de Silvina y Manuel.

Abrió la puerta del baño. El resplandor de las cerámicas rosadas, iluminadas por el haz de luz que entraba por la claraboya, le hizo cerrar los ojos.

Los abrió lo más que pudo y se miró al espejo.

Tenía la marca de un colmillo clavada en el cuello. Era un rasguño como de un gato del que había caído algo de sangre. Pero la herida parecía superficial. Se sacó la remera.

Observó su pecho y su espalda en el botiquín de tres espejos del lavabo y no encontró otras heridas.

Silvina estaba esperando afuera del baño, tapándose con una mano el cuello. Ersatz vio que la herida de ella chorreaba sangre.

Silvina se desplomó con las manos en el mármol del lavamanos, con el pelo caído sobre la frente y luego juntó fuerzas para erguirse y mirarse al espejo. Su herida era un pequeño cráter.

—No duele —murmuró.

La cara de Silvina se difuminó por un momento y luego volvió a estar en el foco de la mirada de Ersatz. Vio que su amiga giraba la cabeza. Vio otra herida como la suya.

—Fue la mujer del rodete, estaba en mi cama… —dijo Silvina—, Dios mío—. Miró hacia el pasillo—. ¡Manuel!

Fueron hasta el dormitorio de Manuel y abrieron la puerta. Los gemelos estaban encaramados en la cama, con las bocas, o mejor dicho las narices, pegadas a las muñecas de su amigo. En las entrepiernas de los pantalones deportivos tenían manchas oscuras, como si se hubieran orinado.

Silvina gritó.

Los gemelos giraron sus cabezas hacia ellos. Tenían colmillos afilados que salían de sus narices. Pero, a diferencia de Gema, pensó Ersatz, parecían no estar haciendo tanto esfuerzo para mantenerlos ahí.

Uno de los gemelos, el de conjunto gris claro, estaba aletargado, la pera y la boca diminuta no parecían pesarle en la cara estirada, pero tenía uno de los orificios de la nariz tapado por una burbuja de sangre que se inflaba y desinflaba.

Manuel parecía estar en trance, tenía los ojos achinados, jadeaba, y respiraba regularmente con satisfacción.

Ersatz se acercó al gemelo de gris claro y le pegó una patada en la cabeza que lo tiró al suelo. El gemelo de ropa oscura gruñó y se estiró hasta que se aferró de la pierna de Ersatz, que logró liberarse. Retrocedió.

Enseguida, las imágenes se multiplicaron, no sólo los rostros deformes de los gemelos, sino también la mirada extasiada de Manuel. ¿Dónde estaba Silvina?

Ersatz trastabilló. Desde el suelo, oyó lo que decía Manuel:

—Déjenlos.

Logró ver a Silvina, que se tambaleaba. Su amiga trabó los ojos, los puso en blanco y se desmoronó sobre la cama.

Ersatz apoyó los codos y trató de levantarse para ayudarla. No podía. Las piernas no pesaban nada. ¿Cómo podía moverlas? Además, el suelo parecía muy cómodo

De pronto, sintió que el sueño que lo iba a vencer era de lo más placentero.

El claroscuro del dormitorio desapareció para convertirse en una difusa penumbra gris en la que estallaron pimpollos de rosas de color negro azabache. Adentro de la flor, los pétalos menores eran de un violeta plateado, luego anaranjado brillante, luego rojo profundo.

Ersatz intentaba ver a sus amigos a través de las flores, pero era imposible. Percibió un olor dulce. Después ácido. Según los pétalos iban cambiando de color el aroma también variaba.

Oyó voces agudas desconocidas y murmullos que cantaban una serena y tierna canción.

La melodía lo envolvió junto con la oleada de colores, olores, aromas, que ahora no podía diferenciar.

Ersatz desplazó los codos y, poco a poco, ya no percibió nada. Como sus amigos, se hundió en una suave oscuridad.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

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El recoveco. Cuento.

Iba al fondo, removía la tierra y siempre encontraba frascos de distintos tamaños. Seguía con su trabajo, trasplantaba, regaba y luego se preguntaba qué significarían esos frascos de color ámbar. ¿Habían pertenecido a su abuelo? ¿Eran del hospital en que su antepasado se encargaba del mantenimiento?

Los encontraba en las macetas cuando iba a regar. Sobresalían de la tierra negra. Empezó a extraerlos y juntarlos. Los dejaba en el cuarto de trabajo.

En la mañana los frasquitos brillaban al sol. Un día se acercó y acarició a uno de los frascos para quitarle el polvo.

Al quitar la mirada del ámbar, le llamó la atención que los colores cálidos y cortos, cercanos, del cuarto de trabajo se habían convertido en fríos y largos, lejanos. Estaba en el pasillo de un hospital, tenía varias tareas que cumplir, entre los que ingresaban a la guardia por otro motivo y los covid, el trabajo era continuo. Él también iba a tener que acostumbrarse a llamarlos así porque sus compañeros los llamaban así. Los covid.

Le pareció que no quería estar en ese lugar. ¿Cómo podía hacer para volver a su fondo, a su casa? Había plantas que esperaban que las rociara con agua, flores que estaban por estallar, necesitaba estar en su puesto, en su lugar de cuidador de árboles, cegador de césped, arrancador de matas, en su lugar de jardinero suburbano.

¿Pero cómo iba a hacer? Estaba atrapado en ese pasillo blanco con múltiples habitaciones. Entró en una. Encontró tendido en la cama a un joven de piel oscura y pelo largo negro que murmuraba letanías en un idioma que no podía entender, una lengua aborigen, sin dudas. En la otra cama había un paciente con un aire a Bill Murray. ¡No! Era parecido a Thomas Bernhard, nada que ver con Bill Murray o sí, eran un poco parecidos pero, no: era Thomas Bernhard, no era Bill Murray.

¿Qué hacía Thomas Bernhard sufriendo en un hospital de esa zona del sur de Buenos Aires? Era imposible. Ya había muerto hacía muchos años y había pasado por otro hospital, según le constaba a él, por otras pestes. Había sobrevivido a esas pestes Thomas Bernard en Austria había leído en algún tomo de la autobiografía.

Thomas Bernhard, ¿un covid? ¡No podía ser! No lo iba a permitir. No se quedaría ni un minuto más en un hospital donde hacían pasar a pacientes ilustres de otras épocas como de esta.

Salió al pasillo, las luces blancas y frías que lo alumbraban lastimaban sus ojos. Le llamó la atención una enfermera, morocha, linda, que andaba dando órdenes de un lado para el otro. Se acercó y le habló, pero fue como hablarle al viento. No hubo respuesta. Decidió hacerse cargo él de la orden que le había dado a otra enfermera; tenía que ir a la morgue a despachar unos residuos tóxicos.

La enfermera que recibió la orden lo aventajaba así que corrió hasta alcanzarla, la sobrepasó y bajó por las escaleras. Ahí se dio cuenta de que él no sabía dónde quedaba la morgue. Así que no le quedó otra que esperar que la enfermera lo alcanzara. No había carteles. Descendieron dos pisos por esa escalera en espiral hasta una puerta blanca que sólo tenía un letrero rojo con la letra M.

La enfermera abrió la puerta y él logró meterse, corrió hasta la bolsa negra antes que ella, la tomó, y con cuidado buscó la puerta de salida del hospital.

Estaba en un garaje ante unos contenedores. Abrió la pesada tapa. El hedor era más insoportable porque estaba mezclado con un antiséptico. La bolsa se rajó y cayeron pedazos de gasas ensangrentadas, jeringas y bultos envueltos en oscuros paños. Vio que entre esos desechos había un pequeño frasco, de color ámbar, igual a los que había encontrado en el fondo de su casa. Lo tocó.

Caminó hasta la puerta del garaje, lo abrió y, para su sorpresa, salió al fondo de su casa suburbana. Había una pala cerca y los hoyos que había hecho él reclamaban su atención. Tomó la pala, se acercó y comenzó a cavar. Enseguida vio como brillaban nuevos frascos, cerca de la medianera de los vecinos.

Sabía que esos frascos lo harían viajar sin credencial, viajar gratis, adonde él quisiera y ahora sabía cómo volver; tenía que encontrarlos en el lugar donde fuera que lo llevaban al tocarlos. Por otro lado, pensó en armar una estatua con los frascos.

Ese día construyó en medio de su jardín a una figura que surgía de la tierra como si fuera un ángel amenazador. Ámbar, brillante, la diosa de cabellera de cristal y de ojos de tapita de frasco, que él estaba construyendo necesitaba una sola reverencia para responder a sus pedidos. De ahora en más no sólo podría viajar donde quisiera, también tenía a quien adorar, en quien depositar toda la compasión y el amor que él llevaba dentro.

Hincado ante la diosa que él mismo había construido, en el fondo de ese suburbio de Buenos Aires donde muchos creían en cosas raras, se sintió parte del lugar, obtuvo una conexión que nunca esperó encontrar en esta vida y que era parecida a la que tenía con los objetos cuando era niño.

Ahora era más libre, ahora podría viajar cuando quisiera adonde se le antojara, tan solo tenía que manipular los frascos con cuidado; en vez de dejarse llevar, dirigir su viaje de una manera que lo condujera adonde él quisiera.

Lo verían y reconocerían en otros lugares donde nunca había estado. Su doble completaría todas las tareas que él había comenzado. Estaría en dos lugares a la vez y podría elegir dónde quería estar consciente. Sería dos que luchaban, danzando en un efluvio de acuoso espacio, por convergir en uno, como en el momento en que fue concebido.

Servil a la tradición y sin saberlo, se había convertido en el maestro de los reflejos ocultos. Nunca más sería él. Refractario, tornasolado, ámbar, de pilosidades doradas bajo el sol, sería los y yo también, el yo lo entiendo, el puedes lograrlo, el claro, todo es pasajero, el cállate y descubrirás un mundo.

En el fondo, tomó la mano de vidrio de la diosa. Los frascos lo lastimaron y la sangre manó de su herida. Las gotas oscurecieron la tierra. Resonó un trueno y comenzó a llover. Vio que estos subtítulos se escribían en la pared de ladrillos que tenía enfrente, en letra blanca:

La tradición de maestro de los reflejos ocultos comenzó y terminó en tres segundos en el siglo IV A. C. cuando una mujer con un nombre que no empieza con la letra M, y sí con todas las demás, un hombre, cuyo verdadero nombre no comienza con la O, pero sí con cualquiera de las otras, y una cabra, llamada Odisea, se prosternaron ante un río, a la sombra de tres distantes conos, en tres lugares alejados del mundo, en el mismo instante, y lograron adiestrar a las aguas internas y externas.

Luego se esfumaron los subtítulos. Se separó de la diosa, y se arrodilló a sus pies.

Pronto estuvo otra vez en el hospital. Había recordado en su pedido a la diosa, que había dejado al paciente Thomas Bernhard con el aborigen. Tenía que sacarlo de ahí. Y para quedar bien, también debía salvar al aborigen. Pero primero a Bernhard.

Tomó la camilla de Thomas Bernhard que lo insultó en un idioma que no entendía, debía ser alemán, claro, porque no podía ser otra cosa que alemán lo que hablaba Thomas Bernhard, lo desconectó de los tubos, y lo arrastró hasta el pasillo, donde siguió empujándolo hasta el ascensor. En ese momento las hojas del ascensor se abrieron y apareció la enfermera morocha. ¿Una camilla que anda sola?, habrá pensado y comenzó a empujarla. Él, invisible la empujaba del otro lado. Fue una lucha.

La enfermera salió del ascensor y rodeó la camilla para continuar empujando desde el lugar que él ocupaba. Ahí aprovechó para meter la camilla en el ascensor y tocar todos los botones. La puerta se cerró y se abrió ante la mirada de la asombrada enfermera. Thomas Bernhard, que para la enfermera se había metido con camilla y todo, solo, en el ascensor, seguía maldiciendo en su idioma. Finalmente, la puerta se cerró. No supo qué decir ante un escritor de ese calibre, él era pintor y había escrito cuentos de terror, algunos ambientados en Buenos Aires, pensó explicarle a Bernhard, pero le daba vergüenza, así que esperó en silencio a que el ascensor descendiera hasta la plata baja.

Ni bien las puertas se abrieron, salió disparado hacia la salida, mientras una fila de personas observaba como una camilla rodaba sola con un paciente extranjero. El cristal de la puerta de entrada del hospital se hizo añicos. Ya en la calle, empujó la camilla para que cayera en picada por las escaleras del hospital.

Vio como Thomas Bernhard maldecía las calles de Buenos Aires mientras se alejaba en la camilla, con los pelos canosos al viento, que esta vez sí avanzaba sola, por el impulso que él le había dado. Lo había logrado. Subió los escalones del hospital, se detuvo para festejar como en la famosa escena de Rocky, sudado, con las manos en alto. Recordó que debía volver por el aborigen. ¿Qué clase de maestro de los reflejos ocultos sería si no?

Lo hizo. El aborigen ya no estaba en la habitación. ¿Y ahora?

Había unos frasquitos de color ámbar en la mesa de luz de la habitación del hospital. Se acercó, tomó uno, murmuró su deseo, entre las ululantes sirenas que se metían por la ventana abierta, y lo acarició.

Despertó en una selva. Vagó entre matorrales, apartando lianas. Llegó a un claro donde un grupo de aborígenes cercaban un fuego. Sentados, escuchaban la copiosa historia que manaba de la boca del que él había ido a rescatar del hospital. No podía comprender lo que decía. Miró los árboles y vio que las ramas arremetían unas contra otras y las hojas se doblaban para formar letras en español. Las contempló. Miró a los oyentes del mago aborigen y pudo discernir quién era inocente, quién culpable, quién tenía un corazón puro y quién tenía uno espurio. Bajó la mirada de la copa de los árboles y ya había aprendido el idioma en que el aborigen contaba su cuento.

Siguió escuchando mientras en Buenos Aires, en su casa, en el suburbio, bien lejos de la comunidad Yanomami del amazonas del aborigen, pasaba un trapo por el piso, luego regaba las plantas, luego ascendía a la terraza, donde respiró hondo, hinchando su pecho, y exhaló tan fuerte que las ramas de los árboles temblaron, haciendo que los frutos cayeran al piso, y las semillas quedaran dispuestas a retomar el círculo de la vida.

por Adrián Gastón Fares.

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Y todo termina que es un sueño.

Juan está sentado en los parlantes y descubre a la chica de pelo negro en la mitad de la pista. La chica lo mira fijo por un momento y luego cierra los ojos. Juan espera en vano que vuelva a abrirlos. La música, sintetizadores de los ochenta, parece lentificarse por unos segundos.

Juan piensa que es mejor bajarse y abordar a la chica. Eso o el infierno de qué hubiera ocurrido. Baja los pies. Ve que un tipo le ganó de mano. Ella rezonga ahora con los ojos bien abiertos y trata de soltarse del tipo.

Sentado en los parlantes, a Juan le cuesta cerrar los ojos. Asombrado comprueba que ya no puede parpadear. Levanta la vista y el haz de uno de los reflectores lo alcanza de lleno. Todo se vuelve negro.

Despierta en un banco de la plaza San Martín y sabe quién es pero no cómo llegó ahí. Le parece escuchar una versión lejana de Para Elisa. Busca un pañuelo y se lo lleva a los ojos. Le arden muchísimo. Sigue con los ojos congelados. Hasta el reflejo de la luna en un charco de agua lo marea. Cualquier haz de luz puede hacerle perder la conciencia.

Vuelve a su departamento, ubicado en el barrio de Retiro, y está toda la noche mirando el techo manchado por la humedad. Una mosca frota las patas en los bordes de la pantalla del velador. Amanece. Decide salir a buscar a la chica del boliche. Y como no sabe dónde empezar, se acerca a la ventana y mira fijo el sol. Su oscuridad empieza a llenarse de Para Elisa.

Despierta en la cama de una habitación fría. En algún lugar entre Temperley y Longchamps, le dice la chica albina y pelada (nota que es albina por las pestañas) que le aplica paños fríos en los ojos.

Juan aparta las sábanas y corre por los pasillos del caserón hasta dar con una puerta doble. Entra a un recinto donde un hombre lo espera de pie al lado de un ventanal. Se da vuelta y ve que dos patovicas están parados a sus espaldas, franqueando la puerta doble.

Escucha los llantos de la albina del otro lado de la puerta.

Un reloj de péndulo da la hora. Gerard, que parece ser el tipo que le ganó de mano en el boliche, le cuenta que es el dueño de una red de prostitución. Saca un arma con silenciador y la apunta hacia Juan, que gira la cabeza por instinto. El reflejo de un rayo de sol en el péndulo del reloj lo hunde en lo negro y en la música de Para Elisa.

Al volver en sí se limpia la baba. Un espejo lo deja verse de cuerpo entero. Al principio no se reconoce. Está agazapado como una gárgola sobre un mueble oscuro.

Se baja del imponente escritorio de caoba. Camina pateando pedazos de carne con retazos de ropa de los dos patovicas y de Gerard. Un brazo por acá, un dedo por allá, un torso, una oreja. Llega a la puerta doble que se abre y descubre del otro lado a la albina que esperaba sumisa, dispuesta a recibir un golpe de Gerard o vayamos a saber qué.

La albina lo toma de la mano y lo lleva por el pasillo hasta una habitación temática, llena de peluches rosados, donde la chica que lo miró en el boliche duerme apaciblemente con la mejilla apoyada sobre las manos con uñas pintadas de negro.

La chica se despierta. La albina sonríe. Abre un cajita de música de la que sale otra cajita de música de la que sale otra más y va abriendo todas las tapas hasta que infinitas bailarinas de cerámica giran al compás de Para Elisa que llena el caserón.

Entonces la chica de pelo negro toma a Juan de la mano y le dice que lo estuvo esperando. Y que deben huir. La albina asiente con la cabeza y ríe, ocultando sus desparejos dientes con una mano. Juan corre por los pasillos hacia la triunfal puerta de la calle, pero a mitad de camino se detiene y le pregunta a la chica por qué corren y ella le contesta porque así es más lindo.

Cuando llegan a la salida, la música cesa y la chica abre la puerta encegueciendo a Juan. La cierra de golpe dejándolo del lado de afuera. Un perro enorme, de pelo blanco, corre hacia Juan desde las rejas del jardín.

Juan no se desespera. Se vuelve, apoya la oreja en la madera de la puerta y oye el susurro de la chica que le pide perdón. La voz pastosa de la chica dice: todos mis sueños terminan igual.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Parece que adaptaron este cuento, uno de los primeros que escribí, a guion para cortometraje. Esperemos que llegue a rodarse, entonces.

Intransparente. Capítulo 2 y PDF.

En aquellos días, Elortis se dedicaba a esconderse de los periodistas que lo esperaban afuera de su edificio. Los despistaba con un bigote que su padre había comprado en una tienda de bromas (extrañado, recuerda que en una época Baldomero aparecía con ese tipo de cosas; narices falsas, antifaces o colmillos). Sin embargo, una vez lo reconocieron. Elortis no paró de caminar mientras respondía con evasivas las preguntas y apartaba las cámaras, y logró meterse en el supermercado chino de la vuelta. La china creyó que los periodistas querían hacer alguna nota inconveniente para el ramo y los sacó volando con la ayuda del verdulero centroamericano. Elortis aprovechó para comprar comida y vino tinto, y retornó a su departamento donde se escondió varios días. Lo extraño, decía, era que seguía escuchando los ruiditos de Motor. El rasguño en la alfombra. Los maullidos tenues en busca de comida y agua. Las corridas repentinas. Pero sabía que el gato no estaba; así era la imaginación. Hasta pensó que sería el mono araña, que había vuelto. ¿De qué hablaba?

Pero me dijo que alguna vez me contaría la historia de ese mono. La pérdida de Motor lo tenía confundido. Primero porque no debería haber ido al rescate imposible del pasado de su padre (¡¿Qué era lo que podía hacer él con una carta favorable?!: siempre estarían los rumores), segundo porque no debería haberse llevado al gato por dos días de viaje, a quién se le ocurriría, hubiera estado a salvo en su departamento. ¿Qué iba a hacer ahora solo como un perro?

Elortis era de esos que te hacen reír sin querer. Su intención escondía una seriedad no tan difícil de entender, era la seriedad de la persona que llegaba al momento de su vida en que tenía que volver a jugarse todo. Ya había acariciado el éxito. Pero ahora tenía que dar otro paso, uno nuevo que consistía aparentemente en vivir como él quería y volver a escribir –o simplemente a hacer, como él decía– otra cosa de peso.

Además, estaba claro que no había encontrado el amor. Más bien se le había escapado. Se había enamorado algunas veces, pero lo arruinaba todo cuando las cosas iban en serio. Elortis idealizaba a las mujeres que le gustaban y a las que no las trataba con la desidia necesaria para enamorarlas. Así pasó con Miranda.

Ahora, después de la muerte de su padre, del éxito repentino que había alcanzado con el libro y de la enemistad con Sabatini, reconocía en sí mismo la madurez necesaria para mirar de frente a las personas. Supongo que la acusación contra su padre debió renovar su fuerza, como si tuviera una tarea importante que atender.

Nunca me contó el fin de Baldomero, pero me aclaró que el asombro de no poder hablar con él desapareció un año después de su muerte. En cambio, al tocar el tema, sacó a luz una de las historias de la enanita, cuya abuela materna había fijado la hora en que moriría.

La vieja le avisó a sus familiares que a las doce en punto de esa noche se iba y que su deseo era que rodearan su cama para acompañarla en sus últimos momentos. Se acostó y cerca de la medianoche escuchó con los ojos entrecerrados, sin chistar —palabra de la enanita— la extremaunción del cura. Al rato, como no pasaba nada, le preguntó a su hermana, la tía de la enanita, la hora. Cuando le confirmó que habían pasado unos minutos de las doce, corrió su manta con desdén, se calzó las pantuflas y avisó que, por lo visto, aquella noche no se moría. Después se fue a la cocina a hacerse algo de comer. A Elortis parecían gustarle estos personajes despampanantes. Necesitaba nombrarlos cada tanto y, peor todavía, tenerlos cerca en su vida.

Sin embargo, se había pegado a Romualdo, su ex compañero de facultad, porque era la persona más callada de la cursada. Su silencio era poco discreto, molesto para los demás. Había días en que sólo abría la boca para elegir la comida en el comedor de la universidad. Elortis, que era mucho más introvertido entonces, enseguida logró llevarse bien con Romulado e iniciaron una amistad sostenida a lo largo de los años. Después que terminó la carrera, el chico tímido se convirtió en un hábil empresario, dejando de lado la psicología para invertir su dinero en una peluquería chiquita en Caballito. El negoció prosperó, y Romualdo instaló una sucursal en Barrio Norte. Se ocupaba diariamente de administrar los dos negocios y el resto del tiempo lo dedicaba al cuidado de su físico y a la diversión con mujeres. Se convirtió en un fiestero insobornable —en cuanto Elortis hablaba de proyectos conjuntos sin visión comercial, como los que llevó a cabo con Sabatini, enseguida le cambiaba de conversación— y en un vividor preciso, con pocas, o en apariencia ninguna, dudas existenciales. Él arreglaba las salidas, poniéndose al tanto de los nuevos bares y boliches, y se ocupaba de equilibrar el entusiasmo de su melancólico amigo. Aunque Elortis lo detestaba a veces, apreciaba la alegría imperturbable de Romualdo como un don invaluable.

En ese momento, me pareció que enaltecía el carácter de su amigo para que yo no pensara mal de sus salidas. Decía que no buscaban chicas; solamente pasarla bien entre amigos.

Elortis evitaba referirse a su vida sexual en las conversaciones, no sabría encuadrar los desenfrenos a los que se entregaba con nuestra diferencia de edad. Aunque alguna que otra vez quiso saber cómo estaba yo vestida y cada tanto me pedía que le mostrara una foto nueva. ¿Para cuándo en la playa? Pero enseguida aclaraba que era una broma. Recuerdo, sin mirar el registro de las conversaciones, que cuando volví a afirmarle que nadie me había tocado, por lo menos a fondo, no creas que nunca hice nada, eh, Elortis al rato me salió con que el sexo en nuestra época era la más grande de las ficciones y la única que seguíamos consumiendo con ingenuidad. Más que seguro, una carita de desconcierto, y él cambiaría de tema.

Sospechaba que su padre había sido mujeriego. Pero no se lo imaginaba arriesgando en las comidas su cátedra de Análisis Experimental de la Conducta. Los  alumnos, a pesar de sus locuras, o tal vez por eso mismo, lo querían y, cuando decidió dejar de dar clases, iban en grupo a visitarlo a su departamento. Baldomero los escuchaba en silencio, como si fuera otra persona, opuesta al profesor gritón de antaño, y después los despachaba, criticándolos apenas se cerraba la puerta. Para él estaban perdidos, había algo que se les había escapado en sus clases.

El conflicto con la verdadera identidad de su padre se agudizó cuando una ex amante, la señora Susana P., como la llamaba Elortis, apareció en un programa de televisión de la tarde diciendo que a Baldomero en el terreno sexual le gustaba dominar, debido a que sufría de complejo de inferioridad. Para ella el profesor era un agente civil de la dictadura, pero lo hacía para no perder su cátedra en la facultad. Para colmo, Susana P. había sido una conductora de televisión bastante famosa en una época.

Otra vez acampaban los periodistas afuera del edificio de Elortis. Unos días después supe que, mientras yo arreglaba una reunión con mi ex novio para terminar de aclarar las cosas, Elortis se la había pasado buscando, sin suerte, a una persona que hablara a favor de Baldomero en uno de los programas de televisión. Según decía, necesitaba encontrar a alguien que estuviera dispuesto a revertir el proceso de desmeritación iniciado contra su padre.

La visita a Ramiro, un ex gobernador tucumano, con el que Baldomero jugaba al tenis, no dio frutos. Fue, más bien, denigrante. El viejo estaba en el hospital, conectado a muchos cables y, mientras la esposa, mucho más joven, leía una revista de modas, Elortis susurró el nombre de su padre. Como resultado, Ramiro intentó sacarse la intravenosa de la mano derecha para, según le había parecido a Elortis, pegarle un cachetazo. La mujer dejó la revista y lo acompañó al pasillo de la clínica para explicarle la razón de la bronca.

Baldomero y su esposo siempre habían discutido y levantaban banderas opuestas sobre cualquier tema. Se hacía sentir la falta de los dos en la mesa del club. Que disculpara a su marido, estaba en las diez de última, como bien podía ver, y odiaba a Baldomero porque, además de haberle hecho perder una copa en un torneo de dobles, se le había tirado a su ex esposa.

Otra. Baldomero reconocía a un tal Walter como uno de sus alumnos más inteligentes. Para él, este chico era el único que entendía sus clases, en las que saltaba de un tema a otro, dejando que sus alumnos los asociaran libremente. Walter, también, estaba dispuesto a acompañarlo en la expedición a Madagascar en busca de los signos ocultos de la naturaleza que le revelarían la lengua adámica. Para esta tarea, Baldomero hasta había llegado a estudiar el arameo imperial, que usaría como lingua franca para comunicarse con los posibles habitantes en el caso de que encontraran alguna civilización escondida, aislada de la evolución sólo para conservar la pureza original del mundo primigenio. No era la única teoría excéntrica con la que el profesor amenizaba los desayunos y los almuerzos.

Elortis temía que las acusaciones contra su padre fueran reales. Después de todo, ¿no era un charlatán de primera? ¿cuándo hablaba de psicología fuera de sus clases? Y algunos alumnos, los de menos luces, es cierto, directamente no lo aguantaban, decían que se iba demasiado por las ramas. También, como para que no fuera así: había llegado a la conclusión, en la época en que era un profesor alegre y picaflor, de que en Madagascar existía una caverna, o un resquicio en la roca de la isla, que llevaba a una ciudad subterránea poblada. La fauna no podía ser lo único particular en ese lugar, sino que así como habían permanecido intactas esas especies que conservaron sus características esenciales, también los humanos lo habrían hecho, salvo que bien escondidos de la mirada del mundo. Baldomero estaba casi seguro de que sería imposible dar con el agujero en la roca que lo llevaría a esos hombres pero se conformaba con el logro que significaba convencer a alguien para que le financiara el viaje. Para intentar dar con la caverna rastrearía ciertos indicios en la fauna y la flora del lugar. De todas maneras, creía que ya ver a esas especies de cerca y en su hábitat le haría comprender la naturaleza de los demás habitantes. Yo leía absorta las palabras de Elortis. ¡Qué padre tan interesante había tenido después de todo! El mío se pasaba el tiempo alquilando departamentos y casas que mandaba a construir.

Pero sigamos, Walter no era el exitoso psicólogo que Elortis esperaba. Vivía en un departamento chico sobre la calle Paraná, pegado al barrio de Montserrat, donde atendía a sus pacientes. Elortis estuvo esperando en la puerta del edificio unos quince minutos al lado de una chica, y cuando Walter bajó para despedir a otra paciente y hacerlo pasar, le pidió a la chica si podía esperar un rato más.

Subir en el ascensor con ese otro producto de su padre lo había hecho sentir como si fuera un paciente más. Debo admitir que me causaban gracia los pensamientos de Elortis, eran los culpables de que me acordara de él cuando no hablábamos, cuando me tiraba en la cama a mirar alguna serie o cuando escuchaba música y liberaba mi imaginación.

En fin, mi amigo subió callado el ascensor con Walter y ya en el sillón de los pacientes le preguntó si podría interceder por su padre ante la opinión pública. Eso significaba escribir a los diarios una carta en la que debía contar cómo era la personalidad de su padre para despejar las dudas sobre sus actividades en la universidad. Walter sonrió y comentó que, a pesar de que apreciaba la visita y que no pasaba un día sin que se acordara de Baldomero, no era el indicado para esa tarea. Le explicó que su padre le había hecho perder tiempo y dinero con el proyecto de encontrar financiación para su viaje a Madagascar y todo por su afán de no pasar por un simple psicólogo ante los ojos de los alumnos. Quería emular a su héroe predilecto, Nansen; pero, ¿cuántas zonas inexploradas quedaban?, se preguntaba Walter ¿Hace falta que nos inventemos una para aparentar lo que no somos y, más que nada, lo que no se puede ser, ni hace falta que sea? Tenía esas mañas, contestó Elortis, medio confundido por las palabras de Walter, que siguió atacando a su padre.

Había notado al entrar que el ex alumno era bastante amanerado. Parece ser que, cuando Walter era ayudante, Baldomero no sólo le pegaba en la espalda para que adoptara una postura más erguida cuando estaba en frente de la clase, sino que frecuentemente le sugería que hiciera ejercicios vocales para engrosar su voz. Según Baldomero, si quería ser psicólogo tenía que parecer una persona normal ante sus pacientes y no como un personaje digno a ser tratado.

Elortis recordó que su padre odiaba que Walter tuviera inclinaciones. Le aseguraba a su esposa en la cena que con el tiempo su ayudante se convertiría en un puto a secas. ¿Cómo se le había ocurrido que ese psicólogo humillado en su juventud por Baldomero diariamente hablaría a su favor? Así que se levantó del sillón, y Walter le pidió si podía hacer pasar a la chica.

Confesó que se enamoraría de aquella chica si la volvía a ver. Cuando abrió la puerta para dejarla pasar, ella tenía la mirada baja, clavada en el piso, como si le diera vergüenza que la encontrara visitando al psicólogo. La nariz era perfecta. El pelo, ondulado. Alta como yo. No me dijo si era rubia o qué… Sentí celos, lo admito.

Se encontró con una tercera persona, un vicepresidente de una cámara de comercio, en un café. De paso, llevó a su hijo porque quería ayudarlo a encontrar algún trabajo con el que pudiera empezar a desenvolverse en el mundo cuando terminara su año sabático.

Fernando, un viejito que se caía a pedazos y que parecía una cabeza atada a un hilo que se perdía adentro del traje, según su hijo Martín, se dedicó por un rato a darle vueltas a la cuchara de su cortado y a contarles las cosas que le había tocado vivir en su puesto durante uno de los gobiernos militares. Apenas soltó la cuchara, afirmó que escribiría una carta a favor de su primo lejano, aunque dudaba de la importancia real que pudiera tener su palabra en la actualidad. Le preguntó a Martín qué estudiaba, si tenía novia y solo, sin que Elortis abriera la boca, le prometió buscarle una buena ocupación para que creciera aprendiendo y tuviera su propio dinero. Estrecharon la mano de Fernando y lo vieron alejarse a paso rápido hacia un edificio.

Esa misma noche, la voz de la esposa de Fernando lo despertó, para contarle que su marido tenía las facultades mentales alteradas, había una vena que no irrigaba bien y por lo tanto seguía creyendo que trabajaba en ese lugar, al que concurría todos los días que lograba escaparse de su cuidado. La señora pensó en llamarlo para avisarle apenas encontró su tarjeta en la ropa de su marido.

Elortis ya no sabía dónde buscar, y no le quedó otra que ponerse a trabajar en un prólogo para la nueva edición de su libro. Se le ocurrió llamar para eso a Sabatini.

Yo me daba cuenta de lo importante que era Sabatini para él porque las pocas veces  que lo nombraba extendía las conversaciones, dándole vueltas al asunto, aunque mi intención fuera cambiar de tema. Una noche se aferró a la figura de su amigo, o ex amigo para ser más precisa. Me confesó que extrañaba pasar las tardes con él, inmersos en proyectos irresponsables y sin futuro como el de la empresa de libros audibles.

Sabatini llegaba por las mañanas en bicicleta a la oficina que habían alquilado y, por lo general, Elortis ya estaba preparando el mate. Después, la charla variaba, según el día, sobre sus frustradas relaciones de pareja (Sabatini casado, aunque no dejaba de ser un eterno novio como Elortis —estas conversaciones terminaban siempre con una apreciación positiva de sus parejas, como para volver a poner todo en orden) o sobre las posibilidades de adquirir nuevos títulos para ofertar a sus casi inexistentes clientes. Lo que no variaba era la manía de Sabatini de contar sus sueños de la noche anterior.

A diferencia de Elortis, Sabatini soñaba todas las noches, y le gustaba expresar los cambios en la amistad y los vaivenes de la fe en la sociedad que conformaban a través del relato de sus sueños. Por ejemplo, una mañana le contó uno en el que estaban los dos en un cine, esperando que empezara la proyección de la película elegida, casualmente la proyección restaurada de Sed de Mal, una de las favoritas de Elortis, cuando notaron que la proyección había empezado debajo de sus pies en vez de en la pantalla. Discuten.

Para Ortiz era una estupidez ver una película así, pero Sabatini pensaba que era un experimento que podía enriquecer la visión de esa obra maestra. Apenas terminado el relato del sueño, Sabatini concluye que necesita más tiempo para practicar yoga y tomar clases de spinning con más regularidad para disminuir el desgaste de su organismo. Elortis no puede evitar enojarse, aunque no dice nada. Él dejaba su rutina de pesas para el fin de semana y abandonó la refacción de su departamento para apostar por la empresa. Pero Sabatini le llevaba algunos años y necesitaba equilibrar la tensión que el trabajo diario producía en su mente.

Elortis disentía porque, a pesar de que también reverenciaba el cuidado del cuerpo y de la mente, la comida macrobiótica, los tés inspiradores y los masajes relajantes, sentía que la obligación de ellos era seguir el plan que se habían propuesto desde el principio. A saber: seleccionar y editar cuatro libros audibles por mes. Obras con derecho de autor de dominio público, para evitar los problemas legales. Los clientes ciegos que tenían los necesitaban.

Habían contratado a un chico para que los distribuyera por los colegios para no videntes. Se llamaba Tony y también era ciego. Elortis le tenía bronca porque era mucho más desenvuelto que su hijo. Lo admiraba. ¿Cómo hacía para parecer uno más de la sociedad? Se suponía que su condición de discapacitado debería haberle garantizado la salida: ¿era tan necesario que sirviera a la gente de esa forma? ¿para qué tendría que adaptarse a una sociedad de la que podría prescindir con más facilidad que los demás? ¿sería feliz Tony ofreciendo sus ilustres obras en los colegios?

Elortis me parecía cada vez sospechoso cuanto más criticaba al chico que usaba para vender.

Decía que Sabatini se llevaba mejor que él con Tony. Hasta llegó a enseñarle algunas posiciones de relajación. Tony entraba, mascando chicle, revolviendo las monedas que llevaba en los bolsillos y les contaba a sus jefes sus levantes diarios. El ciego había logrado seducir a dos maestras y, por supuesto, a unas cuantas alumnas.

Aquí, Elortis se pone bastante serio y da algunas vueltas antes de soltarlo: Tony prefería a las maestras porque podían ver y él necesitaba que durante el acto sexual apreciaran con la vista su miembro. Parece ser que Sabatini y Tony se trenzaban en largas discusiones sobre variados temas sexuales. Elortis se mantenía callado o festejaba los chistes. Conmigo tampoco tocaba estos temas. Si lo hacía era tan frontal que parecía ingenuo.

Cuando tuve que contarle que me operarían de un quiste en el ovario y por lo tanto no hablaríamos durante una semana, por lo menos, me confesó que uno de sus testículos se le había subido cuando era chico. Tenía uno más grande y uno más chico; por eso debía descargar sus seminales diariamente. Tengo que admitir que este tipo de charla me divertía más que cuando me contaba los sueños de Sabatini o me llevaba al sur con la enanita.

por Adrián Gastón Fares.

INTRANSPARENTE. NOVELA COMPLETA. PDF:

SOBRE EL AUTOR.
ADRIÁN GASTÓN FARES CRECIÓ EN LANÚS, BUENOS AIRES. EGRESADO DE DISEÑO DE IMAGEN Y SONIDO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES. AUTOR DE LAS NOVELAS INTRANSPARENTEEL NOMBRE DEL PUEBLOSUERTE AL ZOMBI Y EL LIBRO DE CUENTOS DE TERROR LOS TENDEDEROSSERÉ NADA (2021) ES SU CUARTA NOVELA. EN LITERATURA FUE SELECCIONADO EN EL CENTRO CULTURAL ROJAS POR SU RELATO EL SABAÑÓN QUE, HACE 14 AÑOS, INAUGURÓ ESTE BLOG. MR. TIMEGUALICHOLAS ÓRDENES SON ALGUNOS DE SUS PROYECTOS CINEMATOGRÁFICOS PREMIADOS Y SELECCIONADOS, ASÍ COMO EL DOCUMENTAL MUSICAL MUNDO TRIBUTO, TAMBIÉN ESTRENADO EN TELEVISIÓN Y EN FESTIVALES DE CINE. POR OTRO LADO, ADRIÁN TIENE PÉRDIDA DE AUDICIÓNEL DIAGNÓSTICO TARDÍO EN SU VIDA (SIN LA HABITUAL DETECCIÓN TEMPRANA) DE SU HIPOACUSIA-SORDERA Y EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PRÓTESIS AUDITIVAS QUE LA ALIVIARON FUE UN PROCESO DIFÍCIL PERO EXITOSO.

Nuevo canal de YouTube. Inauguramos con Seré nada. Novela.

Estreno un nuevo canal de YouTube, que lleva mi nombre. Invito que se suscriban. Tal vez, quien sabe, también tenga novedades audiovisuales… (Ojalá)

Empezamos con el primer capítulo de Seré nada. No es el que mejor leí en voz alta, siempre me costó leer en voz alta; fui mejorando en los sucesivos me parece.

Seré nada es mi cuarta novela.

Trata de Silvina, Ersatz y Manuel, tres amigos que viajan a una distópica Lanús en busca de Serenade, una soñada colonia de personas sordas. Pero, como ustedes sabrán, encuentran a Gema, que rinde culto al sol, que se alimenta del sol y no solo del sol… y a Evelyn, a Algodoncito y a Lungo entre otros personajes con los que deberán lidiar para bien o para mal.

Y ya que estamos aquí está un video que grabé por el Día Mundial de la Audición (me lo pidió Magalí Legarí y el equipo del CEMIC que fueron los que después de muchos años dieron con las puntas adecuadas más mis audífonos y un diagnóstico correcto)

Día Mundial de la Audición

Sobre poderes.

Descubrir que eras sordo en la mitad de la vida cuando pensabas que no eras de este mundo, que eras raro o eras tonto desde niño es como esa película en que una persona se halla fantasma y súbitamente recuerda cuando un picaporte se negó a girar
Y entonces arma el rompecabezas de como no supo ver que ya no era
Que había lugares en los que entraba sin saber cómo lo hacía
Los que no escuchamos bien
Tenemos cuatro sentidos
Y esa película se llama Sexto sentido
Yo adolescente viéndola en un cine
Era todavía un fantasma no iniciado que presenciaba la iniciación de otro
En este mundo donde todos saben irse y no volver
Yo se quedarme
En el saber que no sabía
Y busco en sueños mi sonrisa perdida
Ahora soy un alma que sabe que pudo saber
Que conoce lo desconocido
Mi testimonio es sagrado porque toqué la nada con los dedos.
Ya soy aquel que escribe de noche y el que sabe que no era.
Nunca me enseñaron que en la vida había que aspirar a eso de grande
Ya un hombre hecho a si mismo que persiguió el secreto del destino
Y siente lo que piensan los que todavía no hablan.
Escribo este poema que es palabra y vacío
Y fluye como un ancho río
Y fluye como un ancho río.

Por Adrián Gastón Fares.

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

por Adrián Gastón Fares.

Lo que algunos no quieren contar forma parte de los cuentos seleccionados para Los tendederos.

Seré nada. Descarga Torrent. Libro 2021. Y Google Play Books.

Añado el enlace para descargar mi nueva novela Seré nada usando un programa de gestión de archivos .torrent.

Por otro lado, comparto el enlace a Google Play Books (Seré nada, 235 páginas, 2021) donde pueden leer una muestra y si quieren adquirir la novela en este caso (la verdad es que no encontré la manera de subirla gratis a Google Play, por eso hay que pagar) A cambio me parece que para algunas personas será más fácil leerla así:

Google Play Books:

https://play.google.com/store/books/details?id=jE0aEAAAQBAJ

Sigamos para los que se las arreglan con los torrent o quieran aprender:

Muchos utilizamos torrents para gestionar y descargar archivos, en eso soy un poco nerd y un poco geek, supongo.

Mi interés es que el acceso a la novela sea lo más simpe posible y esta etapa de distribución gratuita de mis libros (especialmente los más trabajados en formatos digitales, como Seré nada, Intransparente, El nombre del pueblo, y Suerte al zombi) se cumpla lo mejor posible.

Para crear el archivo ebook o libro digital de Seré nada no utilicé Sigil, pero sí para las otras tres novelas, lo que significa mucho trabajo extra además de escribirlas.

Lo que me decidió a elegir el título final fue la frase de Pessoa que comparto en esta entrada (la novela originalmente iba a llamarse Serenade, como una de las Serenadas, Gema, explica a una desconocido, Roger, quién es)

Pueden descargar el torrent de mi nuevo libro utilizando el utorrent, bittorrent o cualquier otro programa que gestione estos archivos.

Dentro del archivo encontrarán el EPUB y el MOBI.

Le dan a abrir Torrent y los lleva al programa que hayan elegido para descargar torrents.

De ahí pueden leerlos en su smartphone, en el Aldiko por ejemplo, o en un dispositivo lector de libros electrónicos como puede ser el Kindle. En la PC pueden hacerlo usando Adobe Digital Editions, que es mi preferido para esto. Fíjense si funciona la descarga. Si no, ya intentaremos buscar mejor maneras de compartir. Dejo los enlace al final de esta entrada.

El modo tradicional que es buscar los Epub y Mobi en Google Drive (así como PDF) en el inicio adriangastonfares.com sigue vigente.

A esta página de Inicio la llamaremos Sobre Adrián Gastón Fares. Libros y películas. y es donde está mi biografía y los enlaces a mis trabajos en cine y en literatura.

Organizar un blog de tantos años es como armar un rompecabezas, je.

Disfruten el fin de semana. ¡Saludos!

Adrián

ENLACES TORRENT:

Seré nada enlace para copiar en navegador al torrent (sólo .epub):

magnet:?xt=urn:btih:52E0CF3E78E3E1B86B6CF6E727AA22F7EFF05AFF&dn=Sere%20nada%20-%20Adrian%20Gaston%20Fares.epub&tr=udp%3a%2f%2ftracker.openbittorrent.com%3a80%2fannounce&tr=udp%3a%2f%2ftracker.opentrackr.org%3a1337%2fannounce

Mobi y Epub archivos en .RAR:

Seré nada Torrent o copiar en el navegador web (Con Control + C y luego Control + V)

magnet:?xt=urn:btih:4FCD7C75E00A9801EE65032EBDF944654D1CF02E&dn=Sere%20nada%20-%20Adrian%20Gaston%20Fares.rar&tr=udp%3a%2f%2ftracker.openbittorrent.com%3a80%2fannounce&tr=udp%3a%2f%2ftracker.opentrackr.org%3a1337%2fannounce

Seré nada. Novela (2021) Capítulo inicial y enlaces de descarga.

1.

Lo que hacía el bicho en la cabeza era, por lo menos, revolucionario.

La enfermedad no tenía síntomas. Sólo consecuencias. Pero con el microscopio se veían los quistes de los primeros que fueron llevados de las orejas por sus familiares a los hospitales.

¿Regalar negocios y propiedades? ¿Quemar el dinero que tanto esfuerzo había costado ganar? ¿Airear secretos familiares?

Esta vez, el boca en boca fue más veloz que Internet. Las familias se marcharon o se desarmaron.

Las víctimas desaparecieron. No había manera de encontrarlas ni identificarlas. Algunos decían que las habían secuestrado difusas células políticas formadas en la oscuridad de las encrucijadas de los barrios más conservadores de Buenos Aires. Otros sostenían que nunca existieron porque el gobierno argentino había inventado la epidemia para redistribuir la población, repartir terrenos, y cumplir con un plan de traslado de la Capital al norte del territorio.

La teoría de la conspiración algo de lógica tenía. Pero hubo focos en varios países del mundo así que era imposible que la enfermedad fuera orquestada por un único gobierno.

Para colmo, apenas desaparecieron los casos, o mejor dicho las personas enfermas, desde el corazón del Amazonas peruano, había surgido Ysa, una aborigen de ojos claros. En lo profundo de la selva, rodeada de un séquito de hiladoras, pronunció una conferencia, transmitida por Internet, donde reafirmaba su profesión, chamana, y su intención de reunir a los latinoamericanos. Ysa aportó más de lo que parece a que los habitantes se establecieran cada vez más cerca del límite norte del país.

La capital siguió siendo la Capital, pero quedó bastante vacía. El resto de Buenos Aires se despobló. Y los barrios del sur más.

El primer caso de Tyson21 había surgido en Adrogué.

En 2023, los de capital ni se preguntaban qué había más allá del puente Alsina. Para el resto del país la zona sur de Gran Buenos Aires era un mal recuerdo.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

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El monstruo. Poema.

Dejar este mundo porque ya nada vale la pena.

Extrañar los atardeceres promisorios,

las comidas imperiales,

el sol fuerte,

las copas de los árboles,

pero más que nada el trabajo como un fin y no como un medio.

El crepitar de las hojas bajo cuatro pies.

La comprensión,

las miradas ardientes,

las lenguas entrelazadas que al soltarse charlan de cosas triviales y necesarias.

Lo que parecía natural y ahora es como la carcasa de un robot destruido en una ciudad de lata.

Incomparables las órdenes de las esperanzas y los desórdenes del cuerpo.

Dejar este mundo de una vez por todas cuando falta lo elemental y lo natural se hizo mecánica y palabra.

Yo no soy ese monstruo que soñaron una tarde en familia.

Mis pies están desnudos en la playa.

por Adrián Gastón Fares

PD: no recuerdo si este poema lo escribí en 2015 o en 2018, en cualquier caso, esta es una corrección porque siempre me viene a la mente el penúltimo verso de esta manera, que es mejor que el original creo (no suele pasar que mis poemas me vengan a la mente).

Un contrato conmigo mismo. Relato corto.


Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio, tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día, una cuestión de ego quizás, te lleva a pensar la divulgación científica imperante, en las oficinas de la empresa, con paredes color ceniza leí el contrato y garabateé mi firma, además de desembolsar en efectivo el pago del servicio, el dinero que obtuve de la venta de la casa de mis padres.

A mi edad, una buena edad para reemplazar el cuerpo por otro nuevo, impoluto, libre de las emanaciones tóxicas de la ciudad que ya merman nuestra calidad de vida me venía bien tener el contrato firmado, como lo tienen tantos otros. No estaba siendo pionero en nada, ni rata de laboratorio, como sabrán, esto ya se ha hecho muchas veces, pero tal vez no pensé sí, claro, se había hecho muchas veces, pero nunca conmigo.

Fueron otros los que habían accedido a que la información de su cerebro fuera exprimida en un disco rígido y su cuerpo clonado para usar las dos cosas en cuanto fuera necesario, como yo acepté ese día.

Se sabe que familias enteras accedieron a esta panacea de inmortalidad, incluso promocionada por el Gobierno, para que lo hicieran y se apresuraran a dejar el presente por las promesas inciertas de un futuro mejor, y volvían a ser todos jóvenes y vivir juntos, en una casa familiar como la que yo acababa de vender, y la historia una vez más comenzaba.

Los tíos perdidos reaparecían, los abuelos y más que seguro los padres, y la mujer o el hombre que tenía suficiente dinero podía vivir en su barrio cerrado en una casa muy parecida a la que había pasado su niñez en otro barrio, en otra época. Eran cuerpos clonados con su mente de antaño, hasta el momento de la extracción de los datos, y una vez que eso ocurría, a veces días antes de la muerte de alguno de ellos, en poco tiempo podrían traer un cuerpo de reemplazo, de la edad preferida, para engañar a la tristeza y la desolación de antaño.

Pero en mi caso, por la fuerza de mi voluntad y quizás por un curandero que me convenció de que no estaba enfermo ni nunca lo había estado, mi firme convicción de tener que volver cuanto antes se dio vuelta como una media. Mis padres no habían tenido suficiente dinero para conservar la familia, así que habían desaparecido y su mente ya no podía recobrarse.

Mi vuelta iba a ser en un cuerpo sano, un poco más joven que este que escribe.

En cuanto me di cuenta de que no moriría intenté dejar sin efecto el contrato.

Pronto me enteré de que no había manera, ellos debían seguir con el procedimiento, después de todo era un negocio y una transacción que hacía crecer a su empresa, y por ser mi nombre algo conocido, les convenía tenerme en la lista de clientes, así que no había reembolso del dinero invertido posible, ni podía de ninguna manera cancelar el contrato.

Así que cuando  la fecha en la que yo no debería haber seguido en el mundo y sí mi doble con los datos cargados en su cerebro de mis experiencias, de mis victorias y fracasos, de mi apreciación de las cosas simples y mi gusto por las flores y mi profesión de arquitecto comencé a buscarlo.

Sabía de otros casos parecidos, pero no me habían ocurrido a mí. Y lo que no le ocurre a uno es, qué paradoja en este caso, como si no ocurriera.

Un día, con el sol derramando pedazos de naranja en el horizonte y en el reflejo de mis anteojos, me dirigí a la casa donde había averiguado que yo vivía, puesto en funcionamiento otra vez.

No tenía intenciones de hablarme, tan solo quería ver si aquel hombre, yo, me reconocía o simplemente cómo reaccionábamos al encuentro.

Los perros del barrio ladraron mientras me acerqué a la casa, con un anotador y lápiz en el bolsillo, en la que ahora vivía, podríamos decir.

Me sorprendió encontrarla sin gatos, ya que a mí me gustaban los felinos, especialmente los tailandeses, siempre confundidos con los siameses, aunque son una raza distinta, pero sería que mi sucedáneo, o mejor dicho yo mismo, no había tenido tiempo de adquirir una mascota aún, pensé. En vez de eso, me desconcertó encontrar tres jaulas con pájaros colgadas de los árboles. Y ver una rata cruzar el sendero que conducía a la puerta principal de la casa.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos atrás y tantos otros, y me dejaron cerca de un árbol, un ficus enorme, cuyas raíces usé de atalaya para observar los movimientos de la casa. Evité golpear, porque tenía miedo que si yo mismo aparecía en la puerta, algo se desencadenara en mí que hiciera volver mi enfermedad o sufriera un stress post-traumático por el efecto de la emoción que verme me causara.

Escondido detrás del tronco del árbol, poblado de moscas, de repente, observé que la luz del dormitorio se apagaba y se encendía la del baño.

Una figura, de espaldas a mí, se inclinó ante el lavabo. Parecía estar lavándose los dientes, y pude sentir un gusto en la boca como si yo lo estuviera haciendo, un sabor a menta y una frescura que me hicieron cerrar los ojos.

Claro, yo lo estaba haciendo, porque cuando la figura se irguió para secarse la cara con una toalla me vi. La misma edad, la misma cara, la misma manera de fruncir el ceño ante un pensamiento intruso.

Y entonces me vio, como los fantasmas se miran aunque no existan, y yo lo miré, como los monstruos se miran aunque tampoco existan, y volvió su mirada hacia el espejo como si no hubiera captado mi presencia.

Pero no me di cuenta que seguía observándome a través del espejo del baño.

Lo seguí mirando y no entendía quién era quién, me sentí mirar el espejo, como si lo tuviera enfrente en vez de la corteza lisa del árbol, a la que también veía, y en cuyo tronco me apoyaba para no desfallecer. Ya no sabía quién era yo. Traté de pensar en el alma, en el atman hindú que debe conectarse con el Brahmán, pero eso no ayudaba, tampoco el ego, ni la psicología, ni el eneagrama, ni las creencias esotéricas que una vez había sostenido por mera diversión y luego desechado, pero nada funcionó mientras me miraba en el baño, y a la vez desde ahí me miraba mirar.

Me acuclillé, luego me senté bajo la copa del árbol, apoyé mi espalda en el tronco; escribí esto. Me quedé profundamente dormido, soñando que soñaba. Y que vivía. Hasta que todo se llenó de blanco en el sueño. Desperté para ver a una chica parecida a la que una vez había querido que avanzaba por el sendero de la casa y esto es lo último que anoté porque mi escritura se volvió temblorosa y no sé qué hacer.

Quiero sentarme en el banco incómodo, duro y viejo, de una iglesia para sosegarme y pensar un rato.

PD: Un contrato conmigo mismo forma parte de mi libro de cuentos de ciencia ficción y terror llamado Los tendederos. Como Las hermanas es un ejemplo del tipo de cuento de terror que pueden encontrar en el libro, Un contrato conmigo mismo es un ejemplo del de ciencia ficción. En la página principal del blog adriangastonfares.com pueden descargar Los tendederos en formato para libro electrónico (Epub, Kindle -Mobi-). Lo mismo con mis otros trabajos como las novela romántica y de suspense Intransparente, la novela de misterio, suspenso y drama, El nombre del pueblo, la novela de terror y comedia ¡Suerte al zombi! y mi última novela de terror Seré nada. Comparto este cuento para que lo puedan descubrir los nuevos lectores del blog.

por Adrián Gastón Fares.

Audio Los tendederos, cuento de terror.

Los tendederos, por Adrián Gastón Fares.

Los tendederos, cuento, audio para escucharlo.

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocí a un muchacho que pudo haberme hecho madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo.

Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero. Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento.

El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

De repente, el vestido flotó otra vez hacia la cuerda primera como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor.

Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo. Algo me acarició el brazo. Me di vuelta.

A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa. Como si la tela envolviera un alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto, me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia.

Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con una mano aferrada a la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre. Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las había alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor. El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa.

Pensará que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares.

Los tendederos. #relatoscortos Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.
Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra. Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocí a un muchacho que pudo haberme hecho madre, pero desapareció mucho antes que el señor.
La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.
Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.
Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.
La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente. Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.
Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo.
Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.
Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.
Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.
El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.
Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.
El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero. Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento.
El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.
Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.
El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.
De repente, el vestido flotó otra vez hacia la cuerda primera como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor.
Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo. Algo me acarició el brazo. Me di vuelta.
A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa. Como si la tela envolviera un alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.
La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto, me di vuelta.
Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.
El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia.
Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.
Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.
Maca seguía mirando con una mano aferrada a la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.
Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.
Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.
Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre. Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.
Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las había alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.
Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.
Jamás encontré la corbata del señor. El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.
De vez en cuando veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa.
Pensará que nos debe algo.
por Adrián Gastón Fares #blog #literatura adriangastonfares.com #terror #cuentos #lostendederos #horrorfiction #horrorfictionwriter #escritor #writer #writerscommunity #shortstory #supernatural #mystery #woman #fantasmas #oculto #ghosts #adriangastonfares

Seré nada. Novela de terror y misterio. Audiolibro. Índice narración oral capítulo por capítulo.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Creo que fui mejorando en la lectura a viva voz. Empiezo un poco inseguro en el primer capítulo para ir ganando un poco de confianza (me parece) en los demás. Fue un ejercicio día a día, son 47 capítulos y fueron 47 días de lectura a viva voz sin parar, ni para Navidad, ni para Año nuevo (¡menos mal, tuve con qué entretenerme!) En fin, ahí va para que pueda ser más fácil escucharlos.

Voy a confesar que Ersatz está golpeando a mi puerta otra vez. Por ahora le quité la aldaba a la puerta para que espere un poco este querido muchachón.

Seré Nada. Prólogo y Capítulo 1.

Seré Nada. Capítulo 2.

Seré Nada. Capítulo 3.

Seré Nada. Capítulo 4.

Seré Nada. Capítulo 5

Seré Nada. Capítulo 6.

Seré Nada. Capítulo 7.

Seré Nada. Capítulo 8.

Seré Nada. Capítulo 9.

Seré Nada. Capítulo 10.

Seré Nada. Capítulo 11.

Seré Nada. Capítulo 12.

Seré Nada. Capítulo 13.

Seré Nada. Capítulo 14.

Seré Nada. Capítulo 15.

Seré Nada. Capítulo 16.

Seré Nada. Capítulo 17.

Seré Nada. Capítulo 18.

Seré Nada. Capítulo 19.

Seré Nada. Capítulo 20.

Seré Nada. Capítulo 21.

Seré Nada. Capítulo 22.

Seré Nada. Capítulo 23.

Seré Nada. Capítulo 24.

Seré Nada. Capítulo 25.

Seré Nada. Capítulo 26.

Seré Nada. Capítulo 27.

Seré Nada. Capítulo 28.

Seré Nada. Capítulo 29.

Seré Nada. Capítulo 30.

Seré Nada. Capítulo 31.

Seré Nada. Capítulo 32.

Seré Nada. Capítulo 33.

Seré Nada. Capítulo 34.

Seré Nada. Capítulo 35.

Seré Nada. Capítulo 36.

Seré Nada. Capítulo 37.

Seré Nada. Capítulo 38.

Seré Nada Capítulo 39.

Seré Nada. Capítulo 40.

Seré Nada. Capítulo 41.

Seré Nada. Capítulo 42.

Seré Nada. Capítulo 43.

Seré Nada. Capítulo 44.

Seré Nada. Capítulo 45.

Seré Nada. Capítulo 46.

Seré Nada. Capítulo 47 y Epílogo.

por Adrián Gastón Fares.

Link a PDF:

Seré nada – Adrián Gastón Fares 2021

Seré nada / Serenade Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada, portada diseñada por A. G. F.

Lanzamiento de edición digital de Seré nada. PDF para descargar. Novela de terror y género fantástico.

Terminar una novela es como despertarse de un sueño (o de una pesadilla)

Mientras me desperezo, voy a escribir algunas palabras sobre Seré nada y sobre el tema y la intención de la novela. Ahí vamos:

Sobre Seré nada (Novela, 2021, 200 páginas)

Con Seré nada, traté de incursionar nuevamente, luego de Gualicho y Mr. Time, en la ficción de terror.

Quería volver a la novela (la última en invención fue Intransparente). Quería que fuera de terror, y quería que fuera ficción oscura (o fantasía oscura). No sé si hubiera podido escribirla sin antes ensayar los cuentos de Los tendederos.

Tengan en cuenta que mis proyectos de cine de terror fantástico lamentablemente aún no pudieron ser filmados. Por lo que tenía muchas ganas de inventar algo nuevo y de poder compartirlo. Y en cierto modo, de poner lo que aprendí estos últimos años en este arte de invocar historias.

Por otro lado, me venían diciendo hace tiempo que escriba algo sobre la sordera y creo que en torno a ese tema fui construyendo Seré nada.

La intención era que los protagonistas tuvieran hipoacusia pero que la historia no fuera sólo las circunstancias de las personas con sordera. También traté de darle cierta épica a la sordera. El tema es la adaptación, pero también la identidad, hay que decirlo, y la «discapacidad».

Otra intención fue rescatar lo mejor y lo peor del Sur del conurbano bonaerense. Había olvidado la torre de Interama hasta que el año pasado subí a la terraza a estirarme, digamos, y la vi. Había olvidado que todavía hay caballos.

No considero Seré nada una novela de vampiros. Admito que traté (como en mis proyectos de cine) de crear nuevos monstruos.

Stephen King dice que es lo más difícil y lo que vale la pena (en Danza macabra o Danse macabre, un ensayo que escribió sobre cine y sobre novelas de terror)

A la vez, los monstruos de Seré nada son humanos, tanto los más simpáticos como los más desagradables (que son más humanos todavía)

La historia del caso de bullying está basada, tristemente, en un caso real que tomé de las noticias.

Veo influencias de películas en Seré nada, creo que ni hace falta que diga cuáles son.

Y está esa ternura que me señalaron que tengo y de la que no reniego. Y también soy un poco visceral o espero haberlo sido.

Sé que recordé al escribir a Shirley Jackson (por La lotería) Por otro lado, leí mucho el año pasado a Richard Matheson (yo creo que El hombre menguante es la mejor novela sobre personas con discapacidad, y sin dudas una de las mejores novelas de terror y fantasía)

En los vericuetos de escribir en tercera persona, me ayudó Matheson y ningún otro. Fue una búsqueda y releí toda la ficción de terror (y la de no terror) que pude antes de ponerme con Seré nada. Esto último no quiere decir nada, pero al menos me dio un poco de seguridad al escribir.

Escribir es invocar imágenes, como el cine, incluso de los mejores poemas lo que quedan son imágenes. 

Pero a diferencia del cine, cuando escribo literatura, sin olvidarme que sin imágenes no hay nada, trato de apoyarme en algo que obligue a usar ese lenguaje (por ejemplo, la historia de los serenados está interpretada y escrita por Roger, Gema se comunica escribiendo; en Intransparente toda la novela es la re interpretación de la protagonista de una conversación por mensaje de texto)

Espero que disfruten de esta aventura, que se conmuevan un poco como yo al escribirla.

Claro que una vez que la terminen pueden opinar lo que gusten y, si les gustó, también compartirla para que otros la descubran.

Los monstruos se van a enojar si no. 

Adrián Gastón Fares.

Aquí el link a la novela:

Seré nada. 46. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 46.
En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar? Cuanto más tiempo tarden en descubrirlo, más difícil será escapar.

46.

Entre tanto alboroto, no todos los del colegio escaparon a sus casas.

Algunos decidieron que lo mejor que podían hacer era ofrendarse a esos dioses que recién habían descubierto. Particularmente, los que habían sido lastimados por ellos.

Gema y Lungo ya se habían saciado. Atrás quedó el hambre y la bronca.

Se sentían fuertes y cuando los nuevos acólitos, entre los que se encontraba el adolescente asiático, se acercaron mareados y rendidos, con las manos en alto, dejaron que los siguieran.

Cuando vieron la torre espacial de Interama, con las luces rojas y blancas parpadeando en la noche, los sobrevivientes del colegio creyeron que los serenados la habían usado de torre de control para descender desde el cielo. Mientras caminaban pensaban que iban a ser guiados a una nave espacial extraterrestre.

Se sintieron perdidos cuando en la calle Marco Avellaneda, en vez de seguir el largo camino hasta el antiguo parque de diversiones, los supuestos extraterrestres para algunos, para otros dioses, doblaron y entraron en una casa alta.

por Adrián Gastón Fares.

¡Sólo falta el 47!

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.