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Yo que nunca fui, soy. Cuarta parte.

No tuvimos padre, no tuvimos madre. Somos nuestros padres, somos nuestras madres. Somos madres de nuestros padres, padres de nuestras madres. Alejaron a nuestros hermanos, alejaron a nuestras hermanas. En sus escrituras aparecen como los malos. ¿Quiénes son los malos? ¿Quién se atreve a escribir eso? ¿Quién se atreve a individualizar la maldad? A decir que es una cara. Que es una calavera. ¿Quién es el dueño de la calavera? ¿Quién es la dueña de la calavera?

Los sumos sacerdotes, los escribas, ¿quiénes son? Nos marcaron de nacimiento, nuestra partida de nacimiento está marcada. Nos siguieron toda la vida para ver qué pasaba con nosotros. Se ubicaron frente a nosotras, se ubicaron frente a nosotros. Ellos sabían y nosotros no. Ellas sabían y nosotros no. Nos lo ocultaron. Nos mintieron.

Nos vieron volar de chicos, nos vieron arañar el salpicado de las paredes, sabían que podíamos volar, nosotros lo olvidamos, olvidamos cómo hacer para flotar en nuestros claustros. Cuidaron de nosotros monjas hasta que decidieron que la beneficencia no era lo mejor. Jugábamos en el recreo del modelo demonológico. Trabajamos en las oficinas del modelo organicista. Los otros modelos aplicados a los seres diferentes nunca fueron para nosotros, nunca los aplicaron con nosotros.

Somos invisibles. Nunca nos vieron, nunca nos anotaron, perdieron nuestros registros, olvidaron nuestros hechos, borraron nuestras historias, las ocultaron, las intercambiaron, las barajaron, las apilaron y luego las vendieron en un lote de libros usados. Los médicos pasaron sus secretos, las parteras no podían creer lo que hacían. No podían contar en sus casas lo que veían. Nadie les creía. Como a nosotras. Como a nosotros.

Soy un esqueleto sordo de la sierra de Atapuerca. Soy el fantasma de una epiléptica exorcizada. Largo espuma por la boca. Mi espuma son los mares en los que se bañan los hijos de los escribas. Las hijas de los sumos sacerdotes se bañan en mi espuma.

En 2006, pedimos limosna hasta que con ella financiaron una convención para nosotros que nunca tuvo peso, que nunca se leyó, un papel más, una ley más entre tantas leyes transparentes, invisibles como nosotros. Viajamos a Nueva York, escuchamos el nuevo sermón, escuchamos a los predicadores de nuestra condición que no tenían nuestra condición. Con la excusa de ayudarse a ellos mismos, inventaron organismos para ayudarnos a nosotros. No emplearon a seres como nosotros en esos organismos, no sirvieron, son pantallas para quedar bien. Otro mail vacío. Otro cuento del tío. Cuando pedimos ayuda, nos atrapan en esas redes y nos dejan solos en el muelle. A veces decimos que antes era mejor, en 1784, en el Santa Catalina éramos por lo menos sirvientes. Nos sentíamos útiles, teníamos algo para hacer. Nos miraban con lástima por lo menos pero nos miraban. Nos llamaban con palabras reales, como maníacos, como retrasados mentales, como graciosos y raros. Intentamos hablar pero nos daba vergüenza. Se reían de nuestra voz. Nos callamos. Aprendimos la lengua de señas. Aprendimos a leer los labios. Fuimos mudos. Fuimos ciegos. Aprendimos a no escuchar. Aprendimos a no mirar. El que quiera oír que oiga. El que quiera mirar que mire.

Para restituir el vuelo, aprendimos la matemática, aprendimos la tornería. Era mejor antes porque para luchar aprendimos a fundir metales, aprendimos a afilar piedras y a usar los yuyos para atarlas a un palo. Aprendimos a hacer sogas. Algunos usaron esas sogas para volar otra vez. Volaron, dijeron. Se nos fueron. Terminaron como sabían que iban a terminar.

Somos los hijos de la polio, somos las hijas de la polio. Somos viejos, somos jóvenes, somos adolescentes, somos niños, somos niñas, somos adultos, somos cadáveres, somos fetos en frascos y desde ahí cantamos nuestras canciones de revancha con violines desafinados. Tenemos un certificado que no sirve y que prendimos fuego en la parrilla. Se viaja más rápido con la imaginación que en colectivo, nos decimos. Leíamos a Burroughs; amanecía en la espera de viejos hospitales de la ciudad de Buenos Aires. Desfilábamos entre pasillos con vistas a silla de ruedas y cuerpos vendados.

Nos sacamos el chipote chillón en las máquinas de juguetes. Es como nuestro martillo de Thor. Aúlla como un mono. No nos dimos cuenta de que el chiste era golpear en la cabeza con el chipote chillón del mono a medio mundo para que se acordaran de que existimos. Nos olvidamos. Pensamos que iba a ser fácil. Pensamos que nos iban a comprender antes de preguntarnos si queríamos ser comprendidos. Si nos convenía ser comprendidos. Si era necesario ser comprendidos. Porque es más fácil luchar que buscar la comprensión, es más fácil escalar montañas, es más fácil ganar olimpíadas para sostener el fuego. Estallamos. Combustión espontánea.

Nos convertimos en nuestras propias estrellas. Creamos nuestro universo, una nueva órbita de la que estamos tratando de alejar todo lo dañino, todo lo innecesario, todos los paradigmas feos, todo lo maligno, toda la hipocresía. No nos quedo otra que convertirnos en soles. Crear nuevas órbitas.

No nos quedó otra que crear sucedáneos alados, mosquitos gigantes de alas tornasoladas. Sabemos cómo pegárselos en las espaldas a los que juegan con nosotros. Sabemos cómo hacer que los lleven arriba sin sospecharlo. Nunca los ven. No adivinan que los tienen agazapados ahí. Nuestros bichos raros escuchan todo, lo ven todo y nos lo mandan a nuestras antenas. Nuestros bichos raros tuercen las órbitas que no nos favorecen.

Al principio no funcionaban porque no creíamos en los bichos raros. No teníamos fe. Pero cuando tuvimos fe, las imágenes empezaron a llegar. Les devolvimos el rechinar de dientes pero no nos gusta reírnos de eso. No nos gusta usar a nuestros bichos mansos para eso. A veces no nos queda otra. Tenemos una responsabilidad con nuestra especie sin nombre. Ellos aplican sus protocolos, nosotros aplicamos los nuestros. No siempre nos quedamos cruzados de brazos.

Quisieron institucionalizarnos, quisieron violarnos, quisieron matarnos. Fue demasiado. Aguantamos todo eso pero cuando se burlaron de nosotros, cuando jugaron con nuestras creaciones y quisieron raptar a nuestros hermanos, raptar a nuestras hermanas con promesas falsas, reaccionamos.

Reaccionamos y nos dijeron vení que te vamos a ayudar, vení que te vamos a llevar de la mano, con nosotros vas a poder. Fuimos y abusaron de nosotros. Fuimos y nos llevaron de la mano hasta un volcán. Nos arrojaron a La Sima. Aprendimos a respirar el aire tóxico. Nuestros pulmones se adaptaron pero la energía necesaria para volver a generar alas se fue en eso.

¿Y entonces qué?

Yo que nunca fui, soy. Segunda parte.

Somos naif, ingenuos, nos rebelamos meditando, nos rebelamos haciendo yoga, nos rebelamos haciendo arte, nos rebelamos pintando, nos rebelamos escribiendo, nos rebelamos escuchando trap, escuchando rock, escuchando el Ong Namo, viendo películas en la cama, nos rebelamos caminando adentro de nuestras casas de punta a punta, nos rebelamos bailando, nos rebelamos cayendo en las trampas que nos tienden para atraparnos una y otra vez.

El nombre de nuestros enemigos es ilegible. Algunas dicen que los deberíamos llamar psicópatas, otros dicen que es malicia, maldad, la gente mala, los malos, las malas, los que siempre fueron así y no serán de otra forma. Algunos dicen que nacen así, diferentes a nosotros y que hay que respetar esa diferencia que nos mata. Algunos dicen que es que sufrieron de chicos cosas terribles que los dejaron así. Pero no es está claro para nada. Saben permutarse, saben esconderse, saben hacerse pasar por nosotros. Saben hacerse pasar por nosotras. Saben hacerse pasar por víctimas y nosotras somos las víctimas. Nosotros somos las víctimas.

Sabemos que nuestra consciencia se desarrolló mirando las aguas no evaporadas, los charcos cristalinos antes de que todo se embarrara para siempre. Pero luego supimos volar. Y dicen que ellos o ellas se quedaron mirando ese reflejo más tiempo que el necesario y que así se hicieron psicópatas, así se hicieron sádicos, así fueron malignos, así crecieron en la desidia, en el desprecio, en nuestra estigmatización porque les damos tanto asco en el fondo que no lo aguantan. Tenían que destruirnos.

Ellos dicen maten a los lindos. Dicen maten a los inteligentes. Ellos dicen maten a las personas con discapacidad. No aguantamos ese tipo de belleza. No aguantamos tanta diferencia. Es peligroso para nosotros. Hay que eliminarlos. Ellos dicen maten a los idiotas. Son iguales que los inteligentes. Saben que el idiota es el más inteligente de todos.

Cuando no pudieron matarnos, nos hicieron pasar por violentos, nos hicieron pasar por agresivos, nos hicieron pasar por degenerados, nos hicieron pasar por lascivas, putas, fáciles. No entienden lo que hay de ingenuidad en nosotras.

Cuando no pueden matarnos, ella nos pega en las pelotas, nos pega en los huevos, le gusta dice, lo disfruta y quedan doliendo y luego les escribimos a otros para contarles que teníamos una ex novia que nos pegaba en los huevos. Y encima los otros no nos creen porque parece que está mal contar que somos débiles cuando salimos hombres y no mujeres.

Cuando mujeres y no pueden matarnos, él nos toca el culo de refilón, nos van amancebando así hasta ponernos los nervios a flor de piel, hasta que ya no sabemos qué está bien y qué está mal. Y siempre nosotras quedamos mal. Nosotras, cuando finalmente gritamos, saltamos, lo denunciamos, somos las agresivas, somos los peligrosos, somos las locas, las bipolares, las complicadas, los neuróticos, los artistas malditos, los artesanos de la nada. Las raras. Las coleccionistas de hojas muertas. Las lesbianas sin confesar.

Nos inventan un género, nos inventan un gusto sexual, nos inventan en las historias, nos inventan en las películas para usarnos a gustos y nosotras ya muertas no podemos ni decir qué nos gustaba, cuál era la verdad. Contar quiénes fuimos y quiénes no fuimos.

De la radio borraron nuestras canciones, ya no las escuchan, nos difamaron, nos alejaron, nos marginaron. Tuvimos que emigrar, tuvimos que viajar, tuvimos que irnos a países vecinos por decir pavadas en una entrevista, tuvimos que responder y dar la cara cuando los que realmente nos matan no la dan nunca, cuando los que producen la maldad están siempre ocultos detrás de computadoras o mirándonos con miradas altivas.

Cuando éramos más ingenuos todavía no usaban trampas para ratas, nos seducían con besos carnosos, besos franceses, con besos nunca dados, con distancias prudentes, con arremetidas irresponsables. Una vez que habíamos caído en la trampa, una vez que tuvieron nuestras alas en un ataúd negro, jugaban a pegárnoslas por un rato todos los domingos.

Cuando llorábamos, cuando estábamos empastillados de tristeza en polvo, nos enviaban a nuestras casas a hombres con túnicas blancas. Manosantas que nos tocaban la pija y nos decían a vos te gusta darla por atrás. Querían probar si éramos hombres, querían probar si éramos mujeres, querían darnos una lección, una lección que empieza cuando nos dejan un corazón de cerámica en una psicóloga griega que atiende enfrente de un centro espiritista y nos agachábamos para tomarla y no dijeron: alto. Puede ser peligroso. La superstición es nuestro problema. Lo fue y lo será. Cuando no nos pueden hacer mal abusando de nosotros, tocándonos, riéndose mientras disfrutan de nuestro dolor lo que hacen es señalarnos con cintas rojas.

Como cuando éramos hombres y mujeres serenos con bocas pegadas en Lanús y nos endiosaban y también nos odiaban. Lo que hacen es colgar San Jorges en la puerta, comprarse santos y ponerlos en hilera arriba del hogar de la casa. Usan a San Pantaleón, usan a la Virgen, usan a santos paganos, usan lo que pueden, hasta a brujas verdes que se ríen cuando suena el timbre y parece que se rieran de nosotros cuando somos adolescentes y nuestro día a día es volver del colegio en el asiento trasero del auto de nuestros padres. Siempre con el cogote medio estirado, casi con ganas de sacarlo de la ventanilla y que pase otro auto en dirección contraria y nos los corte. Así la sangre bulliría y tal vez se darían cuenta del mal que nos están haciendo mientras nos dan vuelta a la manzana una y otra vez con nuestros futuros empaquetados.

***

Abuela, abuela, bisabuelo, tía abuela, ¿qué nos hicieron? ¿por qué este nuestro destino? ¿no pueden ayudarnos? ¿dónde están? ¿están muertas de verdad? ¿idos de este mundo doloroso? ¿por qué no nos avisaron que iba a ser así? Tenían que saber. ¿Qué es lo que vieron en nosotros para ensañárselas de esa manera? ¿por qué fuimos tan estúpidos? ¿por qué no devolvimos los golpes en la escuela? ¿por qué poníamos las espaldas contra la pared? ¿por qué aguantábamos que nos apoyen los pibes que no nos gustaban? ¿para qué seducíamos si sabíamos que nos iban a cerrar la puerta e íbamos terminar encerradas en esa aula para toda la vida? ¿por qué se nos cayó una ventana? ¿por qué no recordamos nada de los días posteriores?

Somos una yunta de caballos y yeguas con estrés postraumático. Seguimos moviendo la cola y espantando a las moscas y eso es lo único que nos despega de la estampita del viaje de egresados. Nos sentimos vivos. Volvemos a caer en la trampa, hacemos arte, denunciamos, escribimos cosas que parecen fuertes y que nunca lo son, no lo suficiente para cambiar las cosas, es nuestro desquite, es nuestra manera de derribar lo que nos molesta.

Abrimos puertas del pasado, abrimos puerta de gente encerrada, serruchamos barrotes oxidados de celdas de presos y presas, a veces nos equivocamos y ayudamos a los peores, a nuestros enemigos, a los que nos descansan, a los que juegan con nosotros, a los que nos miran de reojo. No podemos evitarlo. Donde sea que vayamos nosotras todo crece, el pasto crece, la luna grande, el sol brilla más, la lluvia cae y repica más rotundamente en las baldosas, después vemos tonas las tonalidades del verde, el verde amarronado, el verde azulado, el verde violáceo, el verde amarillento, el verde rojizo. Entonces el barrio crece, la gente se alegra, la gente aplaude, la gente se junta y nosotros quedamos solos y lo miramos todo desde lejos.

Caminamos como gigantes.

Somos la fiesta, somos la alegría que nunca sonríe, somos lo que tienen para compararse para ser felices, es nuestro papel nunca ganar, es nuestro papel que nunca nada salga bien para que los demás se sientan importantes. Todo es así. Las máquinas tristes nos dominan, nos muestran corazones dobles, corazones delatores. No nos dejan escuchar música que quieren hacernos recordar a nuestros amores perdidos, a nuestros fracasos más horribles, a nosotros afetados en un cuarto oscuro sin boletas de nuestro partido político favorito. El nunca elegido. Y el que ni siquiera existe.

Juegan con nuestras ilusiones, juegan con nuestros tiempos, nos desesperan, nos prometen un cambio que nunca llegará, nos retienen, nos envejecen y añejan como un buen vino, los cultivadores de perlas están atentos y también son nuestros enemigos.

Nos tienen en la mira y hay que tener cuidado cuando vemos hombres o mujeres con las características de los cultivadores de perlas.

Sabemos que tenemos que cambiar, sabemos que tenemos que luchar, sabemos que debemos levantarnos, que somos particulares, esenciales, que no podemos dejarnos engatusar por el amor una y otra vez, que no podemos dejar que usen la belleza para arrastrarnos de la trompa de acá para allá, que no podemos dejar que nos maten porque nos vamos a extinguir antes que la Tierra y no va a haber futuro para nosotros como no hay futuro para algunas especies que arden en las llamas en los bosques arrasados por el viento de la dimensión humana, de la ambición humana, del hambre de la tiza, del hambre de los papeles, del hambre de las imprentas.

A veces luchamos en los bosques cuando el fuego se derrama y crece como una ola de las grandes en el mar. Volamos hasta ahí y sacamos nuestras espadas de aire caliente y cantamos sudores que traen la lluvia. Eso no alcanza. Tenemos que encontrar una solución. La de la época de las pirámides dijo que teníamos que concentrarnos en la epigenética, que teníamos mariposas con estómagos momificadas a nuestra disposición, que debíamos recuperar las alas, que antes volábamos que no es una metáfora lo del ataúd con nuestras alas transparentes, que no es una metáfora lo del ataúd transparente con nuestras alas opacas, que teníamos alas y estamos destinadas a volver a tenerlas. Que hay que producirlas, hay que trabajarlas, hay que buscarlas, en nuestra generación o en la siguiente porque esa va a ser la libertad de nuestra especie. Ese va a ser el camino de la diferencia. Volar otra vez. Volar de verdad. Estallar en risas desde las alturas, cagar a los que nos jodieron como las palomas y seguir nuestro camino grávido. Y algún día, algún día, algún día tal vez poder llegar más alto, ser una máquina sin serlo, un cohete sin serlo, traspasar la atmósfera, buscar el planeta chico que nos enchispó, la punta de la estrella que dio en el pantano.

Así empezaron las cosas.

Yo que nunca fui, Soy.

¿Desde cuándo todo parece una broma? ¿Por qué aguantamos a los sádicos una y otra vez? No sabemos dónde se esconden, no sabemos qué dicen detrás de sus ojos inquietos y sus bocas cerradas.

Nacimos hace mucho tiempo ya. Recordamos la tierra cuando era como un ovillo de lana. Algunas matas de arbustos, helechos y musgo. Mucha agua. Venimos del agua, a veces pensamos que nosotros venimos del agua y ellos fueron los que se treparon a los árboles buscando la gran sombra.

La gran sombra tal vez es lo que lo complicó todo, pensamos. La gran sombra en la cabeza que idolatraban. Esas cabezas que hicieron rodar en todas las guerras, no importa de qué bando estuvieran. Nos segaron. Nos cortaron. Nos estudiaron. Lo venimos diciendo hace mucho tiempo. Lo decimos en las películas. Lo decimos en los libros. Pero nadie parece darse cuenta. ¿Será que ya no queda nadie de nosotros? ¿La lucha terminó y ya ganaron lo de los árboles?

Soy una mujer tullida de una aldea. Antes me reverenciaban pero las épocas cambiaron y me encontré de rodillas, rezando para ellos, llevando la ropa, limpiando aún así, nadie me escuchó, nadie me hizo caso. El ciego me hablaba, me decía que no podía ver mi color y que yo no tenía ninguno. El ciego fue el primero que mataron. Lo envenaron o lo adormecieron. Ni se dio cuenta.

Soy uno de los que llegaron en los barcos en las primeras inmigraciones. Todos veían el horizonte, yo me fijaba en las ondulaciones del agua, en el cielo encedido fuego, en las nubes arracimadas, en el agua que se iba amarronando mientras nos acercábamos a la América. Di la espalda y alguien me palmeó para darme ánimo. En el fondo, a mí ya no me importaba nada. Nos habíamos ido. El mundo no perdona a los que se van.

Somos los que nos mudamos de lugar en lugar, de casa en casa. Los que plantamos jardines que después no podemos mantener. Los que damos vuelta las piedras que dejaron nuestros antepasados para encontrar una respuesta de qué hicieron, quiénes eran y qué querían del mundo.

Somos los que viajamos al pasado a correr a nuestros abuelos y abuelas. Pero no sirvió. Probamos con nuestros bisabuelos y nos acercamos un hombre con los hombros cargados y un bolso y le pedimos ayuda, le decimos que reaccione antes de que sea tarde, que se aleje del barrio, que pronto morirá, que su familia va a quedar perdida. Sus biznietos sin futuro. Todo el esfuerzo en vano. El hombre no escucha y sigue caminando. Tal vez es como nosotros, tal vez es diferente.

Porque nosotros somos los diferentes y las diferentes y ése es el problema y siempre lo fue. Nunca importó el color de los ojos, de la piel, la altura, la edad, la casta, la posición social, el país. Siempre miramos a las plantas y las acariciamos. Miramos al cielo y esperamos. Vemos los signos que otros no pueden ver. Vemos la envidia. Tratamos de ser envidiosos pero no nos sale. ¿Cómo vivir así? Teniendo el mundo en las manos que se nos escapa todo el tiempo.

Como cuando me quemaron en una hoguera. Las llamas lo envolvían todo y éramos tres. Los ojos nos estallaron y seguíamos sintiendo. Ellos se rían, bebían vino a nuestros pies. Ni siquiera la maldición que les enviamos los detuvo. Pronto otras ardieron en las hogueras.

En el bosque, alejadas de las aldeas para que los niños no escuchen los gritos de desesperación. Pero algunos los escucharon. Abrieron los ojos y ya no pudieron cerrarlos. Se quedaron quietos con el cuello medio entornado. Algunos pasaron la vida así. En esa época no los entendían. Los abandonaban después y la culpa la teníamos nosotros por haber gritado en la hoguera.

Estaba bien cuando los combates eran cuerpo a cuerpo, las chances de ganar estaban más repartidas, pero las armas fueron evolucionando, creando más caos, más fuego. Dolía menos y la muerte era más rápida, pero también la decisión de morir era más fácil de tomar.

Muchos nos suicidamos. En habitaciones con las paredes renegridas por el humo del tabaco. En vías de trenes. En casas altas y casas bajas. En edificios. La velocidad había llegado. Era más fácil morir y para algunos caer desde las alturas parecía una bendición.

Algunos de nosotros escaparon, se escondieron en islas, en la selva o en los valles de las montañas, pero la tecnología fue avanzando y también nos encontraron. Tuvimos que aprender a derribar drones. Tuvimos que aprender a subirnos a los árboles. Tuvimos que aprender a aguantar la respiración en las aguas profundas. Pocos sobrevivieron.

No tenemos amigos.

Y nuestros enemigos se desbandan cuando terminan con nosotros. Se pierden unos a otros. Desaparecen sin dejar rastro y se exterminan a sí mismos. Pero viven más. Dejan huellas más duraderas. Nuestra historia se escribió en los márgenes. Los que querían escribirla no tenían a veces manos para hacerlo ni esclavos para dictarlas. Las guardaron en sus cabezas hasta que las cabezas se desprendieron de las vértebras o quedaron enterradas bajo losas sin inscripción alguna.

Dicen que nos convertimos en viento. Que las raíces de los árboles, en especial la de las magnolias, nos ayudan, comandando a todos los demás árboles, enviando mensajes porque saben que somos los menos peligrosos para la naturaleza.

Los árboles no son buenos ni malos pero saben qué les conviene.

Lo saben los animales también que reptan por las paredes cuando algunas de nosotras muere, que acompañan los carros fúnebres, que se esconden en las sepulturas, y sueñan cosas que no sabemos.

Somos los perseguidos por el templo de la Intemperancia, como Poe que siguió a un hombre en la muchedumbre y se perdió con él.

Usan el amor para atraparnos. Usan la ciencia para atraparnos. Usan las ilusiones para atraparnos. Cambian la naturaleza para atraparnos. La extinguen. La matan. Le mienten a la naturaleza.

Se miran en el espejo después. Porque el espejo siempre miente, esa imagen virtual de la imposibilidad de estar frente a nosotros mismos. Pero ellos no se dan cuenta. Lo miran como si se estuvieran mirando a sí mismos. Nunca nos vemos como en el espejo ni nunca nos veremos. Por eso tanto les tuvieron miedo.

Somos los que arrojaban a las garras del minotauro en el laberinto. Doncellas y donceles. Tanta vida nunca experimentada para que un torero mate al toro. Esa bestia nunca nos mató, nos guardaba en cuartos sin ventanas ni oquedades donde anotaba nuestras historias para que las futuras generaciones las lean.

Éramos pocos y siempre parecimos muchos. No sabemos cómo es eso. Nos perciben como muchos, nos ven como bellos, admirables, imitables, envidiables, cogibles. Nos dicen que el aroma de nuestro cuerpo es el del mar. Tragan nuestro semen con fruición, sorben nuestro fluido vaginal con atención. Nos dejan vacíos y se llevan nuestras semillas a plantarlas bajo viejos soles.

Después nos esterilizan, irreproducibles, nos dejan sin familia, sin descendencia, sin futuro posible. Nos ligan las trompas. Nos castran porque saben que eso no evita que se pueda tener relaciones sexuales y así nos pueden seguir usando a gusto.

Por eso aprendimos a decir no, aprendimos a decir nada, a decir despreocupate, a que nada nos importe, pero eso no alcanzó para sobrevivir, no alcanzó para seguir.

Fuimos viendo como nuestra civilización nunca fundada se desfundó. Fuimos viendo como las trenzas de nuestras mujeres eran cortadas. Como las manos de nuestros amantes eran cercenadas.

Los que escribieron en cárceles sobre escuderos y molinos. Los que escapaban al desierto y dejaban de escribir. Los que morían en una caravana en Alaska.

Las que se retiraban a cuidar perros y a cuidar de sus ancestros; cenizas encapsuladas en vasos opacos.

Las que se adentraban en el mar hasta la rodilla y seguían hasta la coronilla. Con piedras en los bolsillos de los vestidos. Explotadas, abusadas, engañadas por peligrosos paradigmas nuevos.

Nuestra fuerza era el arte y con estrategia nos lo quitaron. Se lo adueñaron, lo debilitaron, lo copiaron, nos reemplazaron con imitaciones débiles, incoherentes, poco influyentes, espiradas, inertes, atrayentes.

por Adrián Gastón Fares.