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La conveniencia del eterno (y soñador) paciente.

Hace unos días fui al psiquiatra para que me recete la medicación que tuve que tomar desde que hace 8 años confundieron un diagnóstico de autismo con otro sin diagnóstico (recayó en la falta de prótesis auditivas la explicación de mi Asperger de nacimiento)

El psiquiatra me preguntó: ¿Por qué fuiste a un psiquiatra para pedir un diagnóstico de Asperger? La respuesta fue la verdad. Que yo no fui a un psiquiatra. Fui a un neurólogo llamado Víctor Ruggieri y que el neurólogo (todavía hoy no entiendo bien por qué) me derivó a un psiquiatra llamado Luis Herbst para que ponderara si lo que yo tenía era depresión o Asperger.

El psiquiatra llamado Luis Herbst, entonces, sopesó y me evaluó y llegó a la conclusión de que yo tenía Asperger. Fui con toda mi familia y se llevaron de regalo un souvenir (la serie The big bang theory) para que me comprendieran. Yo pude comprender que tenía Asperger o que había nacido así, que eso convivía o explicaba mis problemas auditivos (no al revés) y que mi padre era posiblemente autista (o Asperger; que compartíamos rasgos con toda mi familia) Es lo que uno descubre si aplica la leyes de la genética y la observación diaria o desde el nacimiento desde adentro de un grupo familiar.

Ese día ya lejano de 2014 hubo comprensión y entendimiento y tuve una respuesta a las preguntas que tenía sobre mí mismo. Pero…

Parece que a alguien se le ocurrió que el Asperger no servía para explicar lo que yo era. Vino de la Obra Social en la que yo iba a entrar a trabajar en poco tiempo. Una empleada con un cargo importante le sugirió a mi madre que el Asperger no existía, otra empleada (una psicóloga que dirigía el área de salud) sostuvo ante mí (cuando le dije que mi familia era autista) que el asperger era una bolsa de gatos, y yo me vi eyectado hacia una verdad que ya conocía: que tenía problemas auditivos, que era parcialmente sordo.

En ese entonces yo ya había enfrentado los problemas auditivos que suelen a veces aparecer con el asperger (sin saber hasta el 2014 que tenía asperger) y no me hacía falta volver a saber que era sordo y cuán sordo era (por decirlo de una manera que a mis amables lectores les sea más amable)

Pero, de nuevo, como el error científico parece tener el vicio de tener una estructura circular y recurrente, mi Asperger volvió a convertirse en una mera sordera hasta el año pasado que pude recuperar el diagnóstico. En el medio fueron ocho años de pasar por especialistas que no se dieron cuenta (o no me dijeron) que yo tenía Asperger y que mis familiares, por lo tanto, tenían posiblemente autismo. Tuve que probar algunos psicotrópicos que pensé que iban a dejar más estúpido, pero evidentemente no tuvieron el efecto esperado (bueno, eso parece; el problema es que tienen un efecto neuroléptico que hace que uno perciba con menos fuerza (por lo que pudieron dejarme más sordo, digamos) y que también parecen tener consecuencias cuyo consumo es más riesgoso a largo plazo que el beneficio que dicen tener e incluso para su objetivo no cumplido; dejarlo a uno peor)

Los que negaron la existencia del autismo van desde un otorrino, un fonoaudiólogo, a una psicóloga y especialistas en el campo de la salud mental. Es el día de hoy que no logro entender entre el dinero invertido y lo que ellos ofrecieron a cambio y no logro entender cómo no puede enmendarse un error tan claro con una simple frase: nos equivocamos. Y por lo menos que devuelvan el dinero que quitaron a una persona que ya tenía un certificado de discapacidad (CUD) por hipoacusia neurosensorial, pérdida de audición con trastorno discriminatorio del habla.

Ahora bien, mis investigaciones sobre lo que me pasaba a nivel perceptivo no empezaron con la audición sino con la vista (el uso de lentes de contacto, estudios para revisar la presión sanguínea en los ojos) y en la época de la universidad (cuando se complejiza el entorno) sí recayeron en la audición y luego el tinnitus. Así y todo, no cerraba la ecuación de lo que yo quería resolver en cuanto a mis dificultades con el entorno (llamado también mundo) desde el nacimiento.

Como el error parece llevar a nuevos descubrimientos erróneos o por lo menos obvios en 2021 vuelvo a caer en las comprensivas manos de una psiquiatra con una supuesta formación en autismo. Su conclusión me hizo descubrir un misterio que yo ni siquiera había sospechado desde que me dediqué al cine desde mis dieciocho años y a la literatura: Que era artista. No tenía Asperger, ni autismo. Y la consecuencia pasaba a ser causa (creo que solemos ser artistas por muchas razones cuando hay autismo de alto funcionamiento o Asperger, una de ellas es el aislamiento y otra es la sensibilidad a flor de piel que tenemos; como también nos seduce la ciencia por las mismas razones)

Suspendí las sesiones porque no pude sacar a la profesional de la creencia de que (ni con la aseveración de un neurólogo, Martín Nogues, de que yo tenía rasgos asperger) tenía Asperger. Esto me dejaba a mí sin poder comprender a mis familiares (lleva a problemas graves que hacen que terminemos para siempre de… pacientes) ni a mi mismo (los mismos problemas que pueden llevar hasta que a uno por exponerse a ruidos fuertes o estímulos quede más sordo, por citar tan sólo un ejemplo de los que se puede encontrar releyendo a Olga Bogdashina, Temple Grandin, Simon Baron Cohen y a padres, madres y personas con autismo y asperger).

Siento que de alguna manera, estos últimos ocho años de vida fueron una lucha extraordinaria, impropia del desarrollo de una vida con la ciencia actual a mano, o sea, un sufrimiento más fruto de no aplicar los paradigmas vigentes de la ciencia en el trato con los pacientes. Una especie de juego mortal que realizan los médicos y que lleva a descubrir el horror tarde o temprano.

He escrito películas, cuentos y novelas de terror, pero ninguna se parece a la que nos obligan a escribir actuando de la manera que actúan los especialistas en medicina que no hacen lo que tienen que hacer (lo que se les paga por hacer) Y por aquí me dicen que es tarde para que devuelvan el dinero invertido, por lo que a las personas con discapacidad nos dejan más pobres y menos sabidos (si no hubiera reaccionado yo e investigado por mi cuenta tanto como lo hice)

Tarde o temprano la verdad sale a la luz, cuando la verdad sale tarde se conforma una trama que tiene los matices del misterio y del horror sobrenatural. Uno descubre que el mundo estuvo patas para arriba toda la vida y esa es una verdad que vale la pena descubrir cuanto antes.

La verdad, por lo menos para la medicina (como debería ser, no como ellos dijeron) es que yo nací con discapacidad (sordera, asperger) en una familia con discapacidad (autismo)

Iba a ser todavía más difícil que aceptaran mis problemas auditivos (como lo fue, toda una lucha) si primero no me ayudaban los médicos o el entorno a descubrir que existía el autismo y cómo impacta en las familias y en el entorno que uno va conformando por ser de determinada manera.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Canción que escribí cuando tenía 15 años para guitarra.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado

La tierra se mueve mientras yo

Estoy sentado (en el aula)

Estar apartado

Quedo marcado

Y mientras nadie mire atrás

Sólo la luna me dirá

En qué lugar estás.

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Sigo tocándola en mi guitarra casi todos los días…

Si escribes terror, pide perdón.

Hace tiempo que quiero escribir un poco sobre un tema. Y es la conflictiva relación entre el psicoanálisis y el género de terror.

Si, oh querido lector eres psicóloga, psicóloga, o psiquiatra, no te sientas mal por lo que vas a leer a continuación. Hay profesionales de la salud que son buenos. No quiero armar lío con esto ni hacer sentir mal a nadie como Freud hizo sentir mal a Richard Matheson.

Y de eso se tratan estas escuetas líneas. ¿Por qué un escritor como Matheson tenía que pedir perdón como escritor de terror? Incluso pasarse a escribir cosas más espirituales. La pregunta anterior léanla con el tono de George en Seinfeld al preguntar algo en la cafetería.

Mi hipótesis es que el psicoanálisis casi destruye al terror en la mitad del siglo XX.

Admito que es una hipótesis floja y que no voy a comprobar para nada en la exposición que hago ahora. Pero es un pensamiento, una idea, que cada tanto vuelve a mí (las veces que a Tarantino le preguntan ¿por qué tanta sangre? y tiene que detener la entrevista…)

En la introducción de 1989 de Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes, un libro de cuentos de su autoría, Matheson dice:

No pretendo que esta introducción a mis cuentos escogidos sea una especie de confesión que deje mi alma al desnudo ni un sesudo análisis psicológico de mi personalidad.

Y entonces Matheson suspende el inicio de sus cuentos por unas cuantas hojas con una serie de explicaciones de por qué se le ocurrieron unos relatos de terror. Sigue y dice:

Con la imprescindible ayuda de un psiquiatra competente podría repasar los cuentos de esta colección y entresacar de cada uno el motivo subyacente que me impulsó a escribirlo y lo que revela de mi personalidad de aquel momento.

Y luego:

Desde el punto de vista de la psiquiatría, la paranoia es un trastorno mental que se caracteriza por delirios sistemáticos y por la proyección de conflictos internos en una supuesta hostilidad por parte de los demás. Es una descripción esquemática y precisa del grueso de mi trabajo en estos cuentos.

Y explica luego en un tono más o menos amedrentado cómo fue escribiendo cuentos de terror para expresar la hostilidad que el «mundo real» generaba en el hijo de una familia de inmigrantes. Analiza hasta su matrimonio, y ve todos sus cuentos a través del prisma del psicoanálisis o peor aún del Manual de Trastornos de los psiquiatras. El DSM, que en realidad fue construido, según tengo entendido, copiando el aporte de un psicólogo de la conducta, Robert Hare, que investigó la psicopatía (personas con un trastorno de la personalidad que antes eran llamados simplemente «malas personas»; está claro que todos no son Hannibal Lecter)

Matheson termina diciendo que él es Don Paranoias (un escritor donde la paranoia es muy escasa, comparada con otros autores de ciencia ficción que parecían verdaderamente locos, en el sentido más superficial de la palabra)

Parece como que Matheson antes de dar el paso a escribir algo más espiritual, o constructivo si quieren, según debía ser su punto de vista en esa época, como es Más alla de los sueños (1978), que luego fue llevada al cine, como la mayor parte de lo que escribió, se critica a sí mismo por escribir cuentos de terror y expresa que no deben creer mucho en él, ni esperar mucho de su última novela, porque después de todo, sigue siendo un paranoico, Don Paranoias. Así termina su Introducción de 1989 al libro de cuentos citado.

Leí las novelas de Richard Matheson, y algunos de sus cuentos, y me parecen más o menos construcciones de la imaginación, más o menos las mismas que dieron nacimiento a la psicología y al psicoanálisis y no a la inversa. Me parece que El hombre menguante, una novela de terror y ciencia ficción, ilumina a la «discapacidad», por ejemplo (especialmente en la escena con la mujer pequeña del circo) de una manera que ningún psicólogo ha podido hacerlo. Por otro lado, el aporte de Matheson como guionista es notorio, no hay más que mirar su versión de La caída de la casa Usher (guionada por él para Roger Corman) para apreciar cómo le da resonancia a una historia difícil de adaptar al cine.

El prurito de Matheson con el terror no parece compartido por uno de sus acólitos más famosos, Stephen King, que supera tranquilamente las preguntas de por qué escribe terror y hace chistes con el tema y dice, por ejemplo, a la prensa (creando un microcuento excelente, de paso):

Yo tengo el corazón de un niño pequeño. Está en un frasco de vidrio sobre mi escritorio.

Pero es un chiste y un psicólogo levantará la mano para opinar alguna cosa, supongo.

Sigamos, mejor con:

El ente (1982), esa película basada en un libro de Frank de Felitta. La vi de chico y no recuerdo lo censurada que estaría (tiene desnudos y escenas eróticas) pero la película no da ningún miedo (creo que a Scorsese le gusta mucho porque conceptualmente está más que bien). Lo que da miedo, y no parece ser un chiste, es como tratan los médicos (creo que son psicólogos o psiquiatras) a la protagonista. Hacen algo que es echarle la culpa a ella del problema. Y explican que no puede ser que un fantasma violento la esté atacando, según ellos, claro, ella está inventando todo, incluso los abusos que sufrió de chica por un ex novio y por su padre.

Esta actitud es la que critica Alice Miller (una psicóloga especializada en el maltrato) en su libro El cuerpo nunca miente. Allí Miller acusa a Freud de haber predestinado a Virginia Woolf. Dice que su suicidio fue una consecuencia de que el arribo del psicoanálisis la hizo sentir culpable por los abusos que sufrió de chica en vez de hacer que pudiera enfrentarlos (según Miller los abusos que sufrió Woolf no fueron aceptados por su psicoanalista que los hizo pasar por deseos inconscientes de ella) Más o menos como lo que ocurre en El ente, con los seres que realmente dan más miedo que el fantasma violento al que no aceptan: los profesionales que intentan ayudarla.

Ahora bien, se hace tan insoportable el tema del psicoanálisis leyéndolo todo, interpretándolo todo, como si no hubiera otro marco de referencia, especialmente para el arte, que un crítico termina en 2021 una crítica a una serie con las siguientes palabras (Crítica publicada en La nación de La maldición de Bly Manor).

Los primeros episodios se mueven a un ritmo letárgico y abusan del recurso de la aparición del espectro en el espejo, tras la protagonista, junto con un golpe en la banda sonora. Importa menos el horror que la escenificación del deseo de los protagonistas, eso que el psicoanálisis también llama el fantasma.

Estudié Cine en la Universidad de Buenos Aires así que valoro a veces un poco la lectura psicoanalítica (de hecho escribí un corto sobre el tema del «fantasma» en Lacan, que se llama La venta; un trabajo para la facultad y ¡me saqué un diez y todo!) pero no deja de sorprenderme como un proceso tan misterioso como la producción de arte puede ser reducida tan miserablemente a una fórmula interpretativa.

En lo demás hay que decir que la crítica es bastante justa con la serie.

Cansa tanta lectura psicoanalítica, poco creativa, de todo, y es hora de que los que hicieron mal con un discurso dominante que parece haber subyugado a medio mundo durante tantos años reflexionen un poco.

Me parece que es hora que los que pidan perdón son algunos psicólogos y psicólogas.

O que por lo menos sean sinceros cuando no pueden comprender algo, y que no usen el cajón de herramientas oxidadas, sino el corazón.

PD: Y la inteligencia creativa.

PD 2: Y lean los cuentos del gran Richard Matheson y más que nada sus novelas. Don Paranoias era un genio.

por Adrián Gastón Fares.

Escena de The entity (El ente) dirigida por Sidney J. Furie.