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El silencio

 

Estoy en el pasado por una noche, por unos minutos, por unos segundos. Retrocediendo a velocidad, pisando el acelerador a fondo. Luego volveré al presente, como si ya no fuera yo, y es que ya no lo soy, soy el que una vez quise ser. Paso a paso. Quitando las máscaras.

Máscara a máscara.

A. G. F.

 

Como las cosas que duelen cuando ni se saben,

para el que anduvo adivinando qué quieren decir toda su vida.

Como el silencio que ya no escucho.

Como las cosas que antes no eran y ahora son y serán.

Como tu mirada vacía y llena.

Recuerdo nuestro somos y estamos en la desesperanza,

y cómo se fue construyendo de la nada este todo tan a lo lejos

(Y te cuento, por acá, que sí, llegaron: hace mucho, una noche, en sueños,

unas manos invisibles apretaron fuerte las mías)

El tiempo que pasó me dice basta.

 

Pero mi esencia busca la tuya. No perderte la alimenta.

Luces brillantes y con alas oscuras que me vuelan y me hablan,

del nido bueno que teníamos.

 

El agua que baja desde la cima de la montaña para asentarse en lo profundo

y reflejar el cielo oscuro.

 

En ese charco, nuestras miradas, a la deriva.

Unos pies embarrados, chiquitos como los tuyos, lo pisan.

 

No vemos su cara, pero él nos reconoce, y se agacha para beber.

 

Adrián Gastón Fares

Aunque nadie se da cuenta. El joven pálido.

El joven pálido, garabato de Adrián Gastón Fares

El joven pálido, garabato de Adrián Gastón Fares

La arboleda y el camino de tierra
se hacían más reales,
gracias al peso de la mochila.

Peso suficiente,
inesperado
(nunca había pensado que iba a terminar llevando eso por los senderos rústicos de su país),
en la cabeza y en la espalda.
Vayamos de frente lo que el joven pálido iba a hacer,
era buscar a la madre de su hijo.

Hija de un estanciero.
Mientras el joven pálido bajaba de la camioneta que lo acercó al pueblo,
la chica arrancaba zanahorias de una huerta.

Racista y a la vez activista
de la ecología,
había donado a la ciencia
la flor de su descuido
el feto empedernido
que había intentado nacer.

El kilometro 112.
El joven pálido caminaba decidido hacia la casa de su ex
con la mitad de una sonrisa en la cara.
Escuchó una voz a su derecha que le gritó:
-¡Bobo!

Llegó a ver como el chistoso se escondía en el maizal,
los dientes desparejos, los anteojos negros embutidos en la cara;
¿de dónde había salido ése?

El joven pálido, exactamente una hora antes de que el padre de su ex disparara al aire
y lo amenazara de muerte si volvía a esa casa
a sacudir al feto en la cara de su hija,
escupió
y dijo

Nene, ahora vas a verle la cara a tu mamá.
Las entrañas ya las conocés.
Pero en este mundo, lo que importa es la apariencia.

El feto maloliente no contestó.

Le cayó otra piedra.
Se detuvo en seco.

Nene. Como éste hay unos cuantos. Siguen la luz o la oscuridad, son clase alta
o clase baja, limpios o sucios, inteligentes o estúpidos, pero están corroídos por dentro
y por fuera.
Ellos son lo que hacen nada más.
En un momento una cosa y en otro, otra.
Vos hacé la tuya, sin mirar a los costados.

Miró atrás
y arriba.

La segunda piedra no era una piedra
negros pájaros carroñeros
lo venían siguiendo
y se mandaban clavados en el aire
y sobrevolaban la mochila

El joven pálido se puso los auriculares
del walkman.
Estamos en los noventa,
aunque nadie se dé cuenta
Apretó el paso.
De vez en cuando,
tiraba manotasos
para alejar a los pajarracos.

 

por Adrián Gastón Fares

 

Palabras

Hoy escribí un cuento que quedó en mi cuaderno. Decidí reescribir este poema que tiene unos años y que no es un poema, por qué lo sería si nunca escribí más que el poemario del Joven Pálido, que más que un poema es prosa desarreglada e inconclusa.  Pero me gustó escribir lo que sigue abajo. Un día me apaciguó hacerlo. Puede ser un buen prólogo para mi novela Intransparente.

 

Estas son las palabras que nunca te enseñaron

las que nunca se ponen ni jamás se dicen.

 

En una ciudad antigua las gritaban.

 

En Lanús una viejita las repetía,

murmurando,

mientras encendía la hornalla para tejer un cuento.

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Refugio

A veces pienso

en todas las cosas que perdí.

En algún momento

me fui por las ramas

y en una de ellas construí

un refugio pequeño y revestido

para vivir en paz.

Pero las ramas se quiebran

y todo se vino abajo.

Y ahora estoy aquí,

en el pastito,

con los restos de las cosas

que tenía en la casa que cayó.

Y el tiempo pasa.

Y es verdad que las vacas vuelan.

Y también que los gatos sueñan.

Pero es imposible volver el tiempo atrás.

Ésa será mi gesta.

La del valiente forjado en un barrio pobre,

lleno de canciones irregulares, que rebusca

en el baldío donde otros también enterraron sus sueños.

Será cuestión de volver a armar mi refugio

entre los árboles

sobre la rama más endeble

porque la fuerte no sirvió.

 

por A. G. F.

 

Las palabras

 

 

Estas son las palabras que nunca te enseñaron

las que nunca se ponen ni jamás se dicen.

 

En una ciudad antigua las gritaban.

 

En Lanús una viejita las repetía,

murmurando,

mientras encendía la hornalla para tejer un cuento.

 

Estas son las palabras con las que levantan el peso pesado los albañiles.

 

Son con las que escriben los escritores

cuando todavía jóvenes huyen de los llantos que traen las despedidas.

 

Las que usaban los soldados,

y las ratas.

 

¡Estas son las palabras que desprecian los músicos!

 

Las del árbol deshojado en la oscuridad

cuando la ciudad está silenciosa

y en la cama nos guarecemos y las sábanas parpadean.

 

No se prestan para un cuento,

las novelas las ignoran.

 

Las usaron los sumerios y arracimadas

en la túnica diáfana de la oscura Musa

las pisaban los griegos

para retenerla en su caminar al amplio balcón abierto

que caía al pesado mar.

 

Y con la arañada tela púrpura nos quedamos

donde nuestro gatos se ovillan

buscando lo que ellos no perdieron

y nosotros sí.

 

La risa en las comedias

la corrida y el beso final

y la inclinación de la muerte

en las butacas que tiemblan

porque están lejos de las estrellas.

 

Son las que a veces no escucho aunque

ya fueron derramadas.

 

Son el brazo que la niña extiende.

Lo que quiere,

Y no puede.

 

por Adrián Gastón Fares