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Un contrato conmigo mismo

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio, tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día, una cuestión de ego quizás, te lleva a pensar la divulgación científica imperante, en las oficinas de la empresa, con paredes color ceniza leí el contrato y garabateé mi firma, además de desembolsar en efectivo el pago del servicio, el dinero que obtuve de la venta de la casa de mis padres.

A mi edad, una buena edad para reemplazar el cuerpo por otro nuevo, impoluto, libre de las emanaciones tóxicas de la ciudad que ya merman nuestra calidad de vida me venía bien tener el contrato firmado, como lo tienen tantos otros. No estaba siendo pionero en nada, ni rata de laboratorio, como sabrán, esto ya se ha hecho muchas veces, pero tal vez no pensé sí, claro, se había hecho muchas veces, pero nunca conmigo.

Fueron otros los que habían accedido a que la información de su cerebro fuera exprimida en un disco rígido y su cuerpo clonado para usar las dos cosas en cuanto fuera necesario, como yo acepté ese día.

Se sabe que familias enteras accedieron a esta panacea de inmortalidad, incluso promocionada por el Gobierno, para que lo hicieran y se apresuraran a dejar el presente por las promesas inciertas de un futuro mejor, y volvían a ser todos jóvenes y vivir juntos, en una casa familiar como la que yo acababa de vender, y la historia una vez más comenzaba.

Los tíos perdidos reaparecían, los abuelos y más que seguro los padres, y la mujer o el hombre que tenía suficiente dinero podía vivir en su barrio cerrado en una casa muy parecida a la que había pasado su niñez en otro barrio, en otra época. Eran cuerpos clonados con su mente de antaño, hasta el momento de la extracción de los datos, y una vez que eso ocurría, a veces días antes de la muerte de alguno de ellos, en poco tiempo podrían traer un cuerpo de reemplazo, de la edad preferida, para engañar a la tristeza y la desolación de antaño.

Pero en mi caso, por la fuerza de mi voluntad y quizás por un curandero que me convenció de que no estaba enfermo ni nunca lo había estado, mi firme convicción de tener que volver cuanto antes se dio vuelta como una media. Mis padres no habían tenido suficiente dinero para conservar la familia, así que habían desaparecido y su mente ya no podía recobrarse.

Mi vuelta iba a ser en un cuerpo sano, un poco más joven que este que escribe.

En cuanto me di cuenta que no moriría intenté dejar sin efecto el contrato.

Pronto me enteré de que no había manera, ellos debían seguir con el procedimiento, después de todo era un negocio y una transacción que hacía crecer a su empresa, y por ser mi nombre algo conocido, les convenía tenerme en la lista de clientes, así que no había reembolso del dinero invertido posible, ni podía de ninguna manera cancelar el contrato.

Así que cuando  la fecha en la que yo no debería haber seguido en el mundo y sí mi doble con los datos cargados en su cerebro de mis experiencias, de mis victorias y fracasos, de mi apreciación de las cosas simples y mi gusto por las flores y mi profesión de arquitecto comencé a buscarlo.

Sabía de otros casos parecidos, pero no me habían ocurrido a mí. Y lo que no le ocurre a uno es, qué paradoja en este caso, como si no ocurriera.

Un día, con el sol derramando pedazos de naranja en el horizonte y en el reflejo de mis anteojos, me dirigí a la casa donde había averiguado que yo vivía, puesto en funcionamiento otra vez.

No tenía intenciones de hablarme, tan solo quería ver si aquel hombre, yo, me reconocía o simplemente cómo reaccionábamos al encuentro.

Los perros del barrio ladraron mientras me acerqué a la casa, con un anotador y lápiz en el bolsillo, en la que ahora vivía, podríamos decir.

Me sorprendió encontrarla sin gatos, ya que a mí me gustaban los felinos, especialmente los tailandeses, siempre confundidos con los siameses, aunque son una raza distinta, pero sería que mi sucedáneo, o mejor dicho yo mismo, no había tenido tiempo de adquirir una mascota aún, pensé. En vez de eso, me desconcertó encontrar tres jaulas con pájaros colgadas de los árboles. Y ver una rata cruzar el sendero que conducía a la puerta principal de la casa. Los gatos odiaban a las ratas, desde que Buda y el horóscopo chino los habían marginado de los doce signos representados por animales por ser arrojados al río que debían cruzar, para figurar en el horóscopo, por un roedor, que sí tenía su lugar en el horóscopo pero los felinos no y odiaban a las ratas por esa misma razón. Pero yo no era Rata, era Serpiente. Y me sucedáneo debía ser Mono. Eso me tranquilizó un poco. Pero muy poco.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos atrás y tantos otros, y me dejaron cerca de un árbol, un ficus enorme, cuyas raíces usé de atalaya para observar los movimientos de la casa. Evité golpear, porque tenía miedo que si yo mismo aparecía en la puerta, algo se desencadenará en mí que hiciera volver mi enfermedad o sufriera un stress post-traumático por el efecto de la emoción que verme me causara.

Escondido detrás del tronco del árbol, poblado de moscas, de repente, observé que la luz del dormitorio se apagaba y se encendía la del baño.

Una figura, de espaldas a mí, se inclinó ante el lavabo. Parecía estar lavándose los dientes, y pude sentir un gusto en la boca como si yo lo estuviera haciendo, un sabor a menta y una frescura que me hicieron cerrar los ojos.

Claro, yo lo estaba haciendo, porque cuando la figura se irguió para secarse la cara con una toalla me vi. La misma edad, la misma cara, la misma manera de fruncir el ceño, ante un pensamiento intruso.

Y entonces me vio, como los fantasmas se miran aunque no existan, y yo lo miré, como los monstruos se miran aunque tampoco existan, y volvió su mirada hacia el espejo como si no hubiera captado mi presencia.

Pero no me di cuenta que seguía observándome a través del espejo del baño.

Lo seguí mirando y no entendía quién era quién, me sentí mirar el espejo, como si lo tuviera enfrente en vez de la corteza lisa del árbol, a la que también veía, y en cuyo tronco me apoyaba para no desfallecer. Ya no sabía quién era yo. Traté de pensar en el alma, en el atman hindú que debe conectarse con el Brahmán, pero eso no ayudaba, tampoco el ego, ni la psicología, ni el eneagrama, ni las creencias esotéricas que una vez había sostenido por mera diversión y luego desechado, pero nada funcionó mientras me miraba en el baño, y a la vez desde ahí me miraba mirar.

Me acuclillé, luego me senté bajo la copa del árbol, apoyé mi espalda en el tronco; escribí esto. Me quedé profundamente dormido, soñando que soñaba. Y que vivía. Hasta que todo se llenó de blanco en el sueño. Desperté para ver a una chica parecida a la que una vez había querido y tenido que avanzaba por el sendero de la casa y esto es lo último que anoté porque mi escritura se volvió temblorosa y no sé qué hacer.

Quiero sentarme en el banco incómodo, duro y viejo, de una iglesia para sosegarme y pensar un rato.

 

por Adrián Gastón Fares

Los tendederos

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocía a un muchacho que podría hacerme madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de Luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo. Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero.

Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento. El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

El vestido ahí flotó, como empujado, otra vez hacia la cuerda primera, como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor. Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo.

Algo me acarició el brazo. Me di vuelta. A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa, como forrada en alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia. Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con su mano aferrando la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre, como si los muertos estuvieran preparándose para despertar del sueño eterno.  Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las habría alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor.

El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando, veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares