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Un tiempo para todo.

Karen le dio la espalda a Olivia y se distanció. Eran veinte pasos. Le tocaba a ella darlos porque era la que había aceptado batirse.
Aprovechó para mirar al cielo porque sabía que podía ser la última vez que lo viera. Los jirones de nubes grises dibujaban extraños animales. Luego se giró y clavó la mirada en Olivia.
Olivia estaba un poco molesta. No aguantaba que su cuerpo transpirara. El olor acre le hacía recordar que era humana y que no podía dejar de bañarse más de tres días sin que sus axilas despidieran podredumbre. Tal vez fuera lo último que oliera antes de renacer, su propio olor. Sería justo, pero no podía permitir que esa chica con el pelo largo de un lado, rapado del otro, con una remera con la estampa de un cantante de trap, la misma vestimenta con la que se había acostado con Guido antes que ella, se saliera con el gusto. Había vuelto a buscarlo mientras estaba con ella una y otra vez. Y la última vez se lo había llevado del brazo. Guido gritando que lo soltara…
Karen no sabía si quería seguir viviendo en un mundo donde no había WIFI. Ahí estaba sola y esa zona suburbana era de lo más aburrida. No había nadie. Si te ibas caminando hasta el límite de ese barrio empezabas a ver repeticiones de casas. Era deprimente.
Mejor pensar en que el único chico que valía la pena se había acostado con esa atorranta que tenía enfrente. Se había enterado medio supermercado. Cuando había barrios mejores le gustaba alejarse de sí misma, caminar sin rumbo, mirar a los molinos de viento o a los silos, pero en este barrio no había nada interesante.
Quedaban hombres viejos que tenían el cuello torcido de tanto mirar culos. Todos iguales. O sea que lo que le había arrebatado Olivia era algo irreemplazable. Una podía aguantar una epidemia, podía aguantar cortes de luz, de agua y gas, casi podía aguantar vivir sin WIFI, pero era demasiado aguantar que el único con el que cogía le fuera arrebatado. Encima, Guido le había dicho que Olivia era insaciable en la cama, justo a ella que sabía que en realidad su ex amiga era una vaga.
Karen apretó más el cuchillo que tenía entre la calza y su cuerpo.
Olivia la miró como había que mirar en estas ocasiones, la cara ladeada, y un cigarrillo entre los dientes, sin despegar la mano de la empuñadura del cuchillo de carnicería. Los mechones de pelo colorado enmarcaban su rostro ovalado. El viento sopló y la despeinó. El pelo se alejó de su cara y volvió y eso le dio más fuerza, la hizo sentir más poderosa ver como ese mechón de pelo volvía a su lugar en cámara lenta.
El viento siguió arremolinando papeles en el piso. Un pasacalles se terminó de desenganchar y cayó lentamente hasta el medio de esa calle suburbana llena de chalets con ventanas tapiadas.
De repente, a espaldas de Karen, el sol le ganó a una nube. Olivia, que tenía la mirada clavada en el pasacalles derribado — intentaba leer qué decía, era algo en inglés, no había sido traducido—, se distrajo más con el destello del rayo de sol. Karen aprovechó y sin dar voz de aviso, tomó envión y corrió diez pasos con el cuchillo en alto.
Olivia se dio cuenta que había perdido tiempo. Empezó a correr, dio un salto y tiró la primera puñalada.
Le deshilachó la remera a Karen pero no pudo herirla. Su contrincante había echado la espalda hacia atrás.
Karen enderezó su espalda, cerró los ojos y estiró el brazo con el cuchillo en alto. El filo se hundió en el pecho de Olivia que la miró atónita y cayó sobre las rodillas. Karen la observó, dando vueltas en círculos alrededor de Olivia para disfrutar más ese momento, antes de dar la estocada final. Se detuvo para rematar a su ex amiga y en ese momento Olivia le clavó el cuchillo en la rodilla.
Karen cayó al suelo. Olivia aprovechó para clavarle el cuchillo en el cuello. La sangre de Karen la cegó. Por un momento sintió que se ahogaba entre tantas manchas rojizas y que iba a morir debido a eso en vez de por la herida en el pecho. Recordó que debajo del jean, enganchando en el zapato, tenía el martillo que había tomado en el galpón de armas letales como segunda opción. Lo tomó y lo levantó para hacerlo caer sobre Karen. Pero entonces el juego se trabó. Era como un sueño en el que no podía correr.
Sentada en el sillón, se quitó los anteojos y miró a su amiga, que le devolvió una mirada oscura: Karen no se había quitado los anteojos.
—¿Y no me vas a matar?
—Más quisieras. Se me trabaron —dijo Olivia arrojando los anteojos por encima de la mesa ratona.
—¿Justo en lo mejor?
—Justo.
—La narrativa es buena.
—Ese Guido es un tarado. Pero este es mejor que “Hay un tiempo para todo”… muy políticamente correcto ese.
—El paisaje era más lindo en ese… Tenés olor a transpiración.
—Sí, ya me di cuenta- —dijo Olivia.
Suspiraron antes de levantarse del sillón.
Tenían que cortar el pasto del fondo antes de que volviera a llover.

por Adrián Gastón Fares.

Cuento para un guerrero muerto en otro.

La doncella vive en la torre. Cada tanto recibe a sus amigas y amigos. Sólo a algunos de estos últimos deja peinar su larga cabellera.

El príncipe cabalga hacia la torre. A través de la ventana, ve cómo uno de los amigos de la doncella, un musculoso joven, comienza por peinar sus cabellos y termina aplicándole unos masajes relajantes, a los que la doncella se entrega, aparentemente, sin culpa.

Su madre, una mujer que lee muchos tratados vacíos, de las más diversas índoles, uno sobre reinas exitosas, por ejemplo, es su libro de cabecera, quería que su hijastra tuviera contactos útiles a toda costa en el reino, y la familia del musculoso joven era más pudiente que la del primero seducido y luego enamorado príncipe.

El príncipe, que no sabe bien qué fuerza oscura lo arrastró hacia la torre, tal vez la misma que mantiene allí a la doncella, baja la colina espoleando con fuerza a su caballo.

Así empezaron las guerras.

Por Adrián Gastón Fares

Los adultos no piden ayuda.

 

Estaba muy pesado en la ciudad. Juan Roberto eligió sentarse en el medio de los últimos asientos del colectivo para que los rayos del sol no le dieran de lleno. Además le gustaba ese lugar. Se sentía guarecido.

Tenía veintitantos, iba con un pantalón corto, una remera y llevaba una mochila arriba de los muslos. El colectivo de la línea 102 que había tomado en Constitución estaba casi vacío, a excepción de una chica que viajaba de pie adelante, un hombre y una señora sentados junto al chófer en los asientos que miraban hacia atrás. A su lado, a un asiento de distancia, había un  setentón vestido con pantalón de trabajo y camisa.

Cuando se acercaban a la calle Corrientes el hombre le pidió que le abriera la ventanilla. Juan Roberto se estiró un poco, hizo fuerza y logró que la ventanilla, que estaba atascada, se abriera.  Los pocos pelos del viejo se arremolinaron.

–Gracias, muy amable.

–De nada.

El viejo lo miró fijo.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Sí.

–Sos del interior, ¿no?

–No.

–Ah, porque la gente del interior suele ser más amable. Como vos. Los porteños nada que ver.

–¿Sí? Yo crecí en Lanús. No soy porteño.

–Queda poca gente amable.

Juan Roberto asintió, aunque no sabía si quedaba poca gente amable.

–Estás bronceado.

–Volví de vacaciones.

El viejo saltó la respuesta de Glande.

–Conozco muchos chicos del interior.

–¿Si?

El viejo extravió su mirada.

–Tengo una amiga. Es una señora mayor, de mucha plata. Le presento gente.

–¿Eh?

–Le presentó amigos. Cada tanto. Te convendría ¿Dónde vivís?

–Cerca.

–Es de por acá. Ella te paga la comida. Comés de maravilla. No te pide mucho. Hasta te puede pagar otras cosas.

–¿Sí?

–Sí, paga. Te puede pagar el alquiler. Un hotel. Es muy culta. Buena compañía. Todos salen beneficiados.

Glande cavilaba. El viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar.

–¿No te gustaría que te la presente?

–No. Por ahora no.

– Igual, yo ando siempre por acá.

–Ya me toca bajarme.

–Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta.

La mirada del viejo brillaba.

–Pensalo. Te convendría.

Era la parada de Juan Roberto.

Se levantó rápido.  Saltó del colectivo.

 

A. G. F.