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1995. El paradigma perdido. 2.

Anotaciones del cuaderno del Chino.

Uno de los trekkies se había mojado las medias al pisar por el camino una zanja. Les decíamos los gemelos porque eran de la misma estatura y muy parecidos aunque no tenían familiares en común. Cada uno tenía una insignia de su serie favorita, un alfiler dorado clavado en las remeras a la altura del pecho, y a mí me parecían lampiños. Estaba acertado porque en el tiempo que pasamos acá a mí me creció una molesta barba pero ellos siguen como el primer día. Uno se llama Alberto y el otro Roberto. Son nombres un poco de persona grande para la edad que tenemos. El promedio es 20 años o menos. Laura y Bárbara son las únicas mujeres del grupo. 

La concesionaria donde estábamos era del tío de Lucas. Lucas es mecánico, o mejor dicho trabaja en un taller mecánico, siempre con las uñas sucias y las manos engrasadas, no sabemos muy bien qué hace estudiando cine. Él mismo dice que no le gusta el cine. Tal vez antes de que termine de escribir esto logre desatar algunos nudos del misterio que nos rodea pero no creo que vaya a comprender por qué Lucas estudia con nosotros. ¿Cine? Nunca habla de películas.

Por lo demás, es el más alegre del grupo y el primer día apenas entramos al lugar se tiró en un sillón, cruzó las piernas y declaró que se había olvidado las copias de sus apuntes. 

Propuso que, antes de que el negocio cierre, fuéramos al supermercado a comprar varias cervezas, Coca Cola y algunos vinos y dejáramos el trabajo práctico para otra ocasión. Si lo hubiéramos escuchado -admito que yo no soy muy bueno escuchando- esto no hubiera ocurrido. Pero, ¿quién cambiaría el pasado reciente? Con todas las cosas que llegamos a entender… Parece inadmisible. 

Nadie lee dos páginas fotocopiadas y siente una revelación. Por lo menos, ni yo, al que gustan de llamar Chino -en dinámica de grupos de varones es impresionante la rapidez con la que uno se gana un apodo-, ni Martín, que somos los que más leemos -devoramos todos los cuentos de Lovecraft, no somos de esos que miran películas nada más- pensábamos que leyendo tan poco se puede ganar tanto.

A los trekkies no los cuento porque son una especie de genios.  Las revelaciones, especialmente las creativas, no parecieron serles indiferentes en sus vidas. Entre los dos escribieron una versión de Star Trek ambientada en la época victoriana. Y otra inspirada en Chesterton. Sólo sé que hay un sacerdote a lo Alien3 (no es lo mejor recordar esa película ahora que estamos encerrados en estas celdas tan desagradables, una cosa es estar encerrado en una nave, que ya de por sí es una especie de prisión, y otra en una celda la comisaría 9na de Lanús) que resuelve casos detectivescos. 

A Martín y a mí nos gustan más las películas de John Woo, vimos todas las de Tarantino, claro, y deliramos bastante con lo que hace Lynch, aunque no entendamos realmente mucho esas tramas tan densas. A la vez, tenemos como una especie de deidad a George Romero e incluso podríamos competir con los trekkies porque escribimos una monografía sobre su trilogía zombi (pero comprendo que el ensayo es un arte menor a la ficción). Tratamos de dejar de lado las de Fulci, aunque fue imposible.

Todavía no sé bien qué le gusta a Bárbara. Creo que la música, por lo menos habla bastante de The Cure y otras bandas que también me gustan. Laura era fanática de X Files y estaba entre estudiar lo nuestro, o sea cine, o arquitectura. Creo que la esperanza secreta de sus padres era que dejara lo nuestro, o sea el afán por algún día dirigir películas y escribirlas, en cuanto viera lo insulsas que podrían ser nuestras charlas. Por lo menos, eso era lo que ella decía cuando peleaba en broma.

Ahora bien, paso a describir a los personajes de este  misterio dramático educativo, como lo llaman los trekkies, personajes entre los que, no diré lamentablemente porque confío en que algún familiar me sacará de esta prisión, me encuentro. 

Lucas, el más flaco y alto, medio dormido en el sillón, Martín un rubiecito compacto y de pelo enrulado, yo, el más petiso, con los ojos medio achinados, pelo oscuro y cuello largo -me decían Jirafa en el colegio, en otra dinámica de grupos- y las chicas: Bárbara,  de tez muy pálida y pelo largo oscuro; Laura, grandota, bien morena, y con una campera de jean y un buzo atado a la cintura que ahora mira hacia cualquier lado -los policías decidieron que debíamos compartir la celda, chicas y chicos- mientras escribe también notas sobre lo ocurrido en su libreta. 

Nunca vivimos algo como esto y hay que escribirlo. Además si nadie nos viene a sacar de acá, vaya a saber cómo podemos terminar. Resulta que encerraron a los asaltantes con nosotros también. Bueno, no a todos. Falta uno. Creen que son estudiantes. En eso seguramente la imagen de Lucas ayudó bastante. Más allá de estas elucubraciones, creo que es la única celda que hay en la novena, tal vez sea esa la única razón de que la compartamos.

Para terminar la descripción faltan los trekkies. Ni en una celda se los puede ubicar. Logran pasar desapercibidos. Siempre andan por ahí como si no estuvieran. Podrían estar en el centro del grupo mientras escribo esto sentado en este duro banco y yo no verlos. En fin, basta de personas, pasemos a los objetos. Primero, el más grande.

El lugar, claro. La concesionaria. ¿Cómo es la maldita concesionaria? 

Hay una escalera que desemboca en un pasillo en el que están apostadas  las oficinas superiores. Si antes de entrar a las oficinas superiores uno se da vuelta puede mirar por los balcones hacia abajo y ver la sala grande. 

En el pasillo superior, la oficina de un tal Mastronardi está en el ala derecha. Y la de un tal Mastronardi hijo en el ala izquierda. En realidad no se puede mirar muy bien hacia abajo porque uno, por lo menos yo, se impresiona con las cornamentas de las cabezas de los animales colgados del entablamento. Mientras escribo esto apenas me animo a recordar el ojo del león rugiente. De los colmillos parecían suspenderse hilos de baba (tiene que ser el efecto de alguna gotera en el techo, qué otra cosa puede ser). El alce es más difícil de describir, tal vez porque no estoy demasiado seguro de que sea un alce. Podría ser el fauno más natural que vi. Creo que es un bisonte. Pero hay también unos cuantos alces. Esos me dan más pena, ahí colgando muertos con sus cornamentas.

Fuera, después de la puerta amplia y los ventanales vidriados, hay un camino de cemento, flanqueado por dos jardines con gravilla entre los que están en exhibición coches y motocicletas y algunos granados plantados. También hay una parrilla en la que pensamos hacer un asado. Pero dadas las circunstancias parecía una aventura demasiado irresponsable.

Falta describir a alguien más. Es el tío de Lucas, que por lo menos Martín y yo, creemos que estaba oculto en algunas de las oficinas. Además de la subrepticia Drusila. Estos dos actantes son las únicas explicaciones que encontramos a lo que no podemos explicar.

por Adrián Gastón Fares.

Adelanto 1995, el paradigma perdido. Nueva novela.

Este año y el pasado estuve desarrollando nuevas novelas. Las tramas, las historias, que más me gustaron, son las de 1995, una ucronía, y Voraces también ciencia ficción. Por otro lado, estoy escribiendo la continuación de Seré nada, que se centra en el personaje de Fanny y cuya trama descansa en el regazo de la bien conocida, y tal vez por eso, huidiza dama llamada Terror (esa trama tampoco deja de lado la ciencia ficción, claro) También me queda armar la edición digital de Yo que nunca fui, la novelita que escribí luego de Seré nada y que ya está publicada en este blog. A. G. F.

Este es el Prólogo de 1995.

Acá no vamos a dar vueltas porque ya nos dieron demasiadas. Estamos en 1995 en el aula de profesores de la Universidad de Buenos Aires. Albatracio Mercedes Sanone Décimo Quinto, profesor de estructuras narrativas, prepara algunos apuntes con la buena intención que sus alumnos los relacionen con una lista de películas de ficción. Es la facultad de Arquitectura y Urbanismo, la carrera es una más o menos nueva: la de Diseño de Imagen y Sonido. Albatracio, que está de espaldas a una ventana abierta que da al río, frunce la nariz, distraído por los quemados vapores que llegan de la cocina del patio de comidas colindante al refugio de profesores, que forman en su cabeza la imagen de una detestable hamburguesa, y en ese momento, el mismo viento que empuja hojarascas dentro del aula hace que tres hojas de papel de una monografía que él había separado cuidadosamente, se levanten, vuelen y queden finalmente entre los otros papeles cuyos impresos nombres inminentes aceptan a los otros, autores menos conocidos, sin ningún resquemor.

Albatracio se da vuelta, recoge los apuntes, cruza la sala de profesores ante la mirada un poco hostil del resto de los profesores, que no pierden oportunidad para burlarse mentalmente, aunque sea, de su nombre, y también de sus estudios de literatura comparada, y se va directo a la fotocopiadora. Deja los apuntes y siente alivio por dar terminada su tarea.

Tiene pocos alumnos, es la primera clase a su cargo, de una cátedra que quedó desierta, y esos mismos alumnos, seis, el mismo día, antes de salir disparados de vuelta hacia los cuatro puntos cardinales que los trajeron, se hacen con una copia cada uno del ya famoso, por lo menos en esta mini cofradía de fans de Star Trek, y perdido original.

Al otro día, viernes por la tarde, luego de la cursada de Montaje cinematográfico, nos juntamos en la concesionaria de autos. No sabíamos que nuestra historia cambiaría para siempre.

por Adrián Gastón Fares.

Back to the Kong. 1.

Adrián, aquí tu fiel camarada, Von Kong.

Estamos un poco preocupados en el futuro por vos. Verás, la pandemia ha modificado un poco lo que sería tu futuro. Tememos que hayas caído en una trampa de Riviera.

Mis superiores, y no especialmente los del ala buena, se enteraron de que estábamos en fluida comunicación. Tan sólo a eso se debe que no haya podido escribirte en este tiempo.

Pude acceder a unos registros de tus historiales de 2021. Sé que te estuvo pasando algo en la casa de tu abuela donde al principio la felicidad te encontró. Fue cuando llegó tu perra, Ina. Qué animal tan hermoso, ese osito. O lobita, mejor dicho. Estuviste grabando los audios de tu novela Seré nada todo el verano de 2021. Pero, según los registros en Julio de 2021 han comenzado algunos problemas de los que no veo ninguna información como para quedarme tranquilo y saber que estás a salvo.

Repasemos tu historia, Adrián. Sé que recuperaste tu diagnóstico de Asperger (quedate tranquilo que todavía es válido) y que, a la vez, en el barrio de tu abuela sucedieron algunos fenómenos desagradables para ti. Aquí tengo que hacer un paralelismo en mi mente, porque para la misma época a mí me pasó lo mismo con Taka.

Y si mal no recuerdo vos tenés una ex novia de origen japonés. Se separaron en 2014 y de ahí en más tuviste todo tipos de problemas. Vos estabas triste en ese momento, luego de unas semanas de reflexión sobre una relación que te parecía un poco tóxica, caíste en idealizar el asunto y pensar que habías perdido el paraíso en la tierra. No ayudó mucho que recién en 2012 te hayan equipado con audífonos y que en 2014 te diagnosticaran de Asperger y luego dijeran que todo era culpa de que naciste medio sordo y nadie te puso audífonos. Resulta que tu Asperger´s pasó por sólo sordera, hipoacusia neurosensorial (trastorno discriminatorio de palabras primero…) con tinnitus. Un ligero error médico. De eso no hay dudas.

Sigamos. En la casa de tu abuela, en el dormitorio caluroso de tu abuela vieja para ser exactos, estabas durmiendo, soñando, y por la mañana escuchaste que te decían: ¡Abuelo! Pero no había nadie. Pensaste que te estaba llamando un nieto del futuro. Tal vez de este futuro, quién sabe en qué futuro piensa uno cuando piensa en el futuro.

A la vez estabas teniendo un sueño con una persona, que parecías vos o tu padre, que no te dejó dudas de que eras Asperger o mejor dicho Autista, es lo mismo. Fue un DIFERENCIA de desarrollo en tu caso, como en otros, y hoy en día estás tan adaptado que es difícil darse cuenta para los que no están al tanto del Asperger o Autismo. En mi tiempo, hoy, no hay dudas. También es verdad que sin audífonos no podés vivir, el tinnitus es tan molesto en altas frecuencias, está todo el tiempo y además no escuchas bien los agudos.

Ese sueño con lo de ¡ABUELO! en la casa de tu abuela materna, en Lanús, te dejó medio perplejo. A la vez, al recuperar el diagnóstico de Asperger, se te ocurrió revisar la historia familiar.

Antes fuiste al INCAA a buscar un pendrive, y el gerente de legales, te había hablado de VITRIOL. Pensaste en la alquimia y se te dio por buscar antecedentes de tu tío Laureano. Resulta que a tu tío Laureano le decían Alvey, que deriva del anglosajón Ælfwig y significa «duende batalla» (o Knight Elf).

Eso te hizo pensar de alguna manera que debías recuperar sus obras teatrales. Tu padre te había dicho que había escrito varias, además de letras de canciones para Cadícamo, Mores, Troilo y muchos otros. Así que te fuiste corriendo a la casa de tus padres, que viven a una cuadra, y les pediste la obra teatral de Alberto Laureano Martínez. Y tu padre te dio tres carpetas.

Dos de las carpetas tenían el mismo contenido y eran las supuestas obras de tu tío Alberto Laureano Martínez. Y la otra era un libro que acompañaba a un LP de una banda psicodélica de los setenta. The Prince of Heavens Eyes. Primero, según nos consta en tus propias notas, tomaste las obras teatrales de tu tío. Pero no eran de tu tío. Descubriste que eran de dos uruguayos, un abogado y un esgrimista, uno pionero del cine. Sus nombres: Juan Carlos Patron, el abogado, también cineasta, letrista y dramaturgo, y el esgrimista de apellido Gallardo. El contenido de la obra teatral, que se llamaba La humana comedia, te hizo recordar a Middlemarch, de George Eliot y de pronto estabas buscando en Internet sobre el grado 32 de la masonería (El príncipe del real secreto) y repasando algunos conceptos de alquimia. A la vez, leíste el cuento de The prince of heavens eyes que venía con el LP (que también, como tantos discos, fue editado en Tokio).

Era una típica historia irlandesa sobre un peregrino con una mochila al hombro que encuentra un tesoro y a una chica, que luego pierde, y que debe pasar algunas aventuras, hasta que pueda enterrar el tesoro al ladito del arcoiris y luego así recuperar a la chica. La leíste en voz alta al teléfono celular porque en ese momento ya presentías que estabas siendo observado y escuchado. ¡Bien!

En el mismo instante te apareció en Spotify una canción. La de Harry Potter. El prólogo musical. Y en el prólogo leíste que los marcianos habían tomado la tierra. Por un momento, te la creíste hasta que un segundo después te estabas riendo porque recordaste que era La guerra de los mundos de H. G. Wells, adaptada por Orson Welles también. La adaptación es bien sabido que produjo en los oyentes de radio de aquel momento una especie de histeria masiva.

En esa época, en la casa de tu abuela materna italiana, todo era posible en Lanús. Tenemos aquí registrado que una vecina tuya era visitada por gente de otro planeta, que en la casa de frente a la que naciste había fantasmas, y que hay todo tipo de cultos raros, hasta una culto a la perfección.

Todo muy espeluznante. En esos días miraste Suspiria la de Guadagnino por si los que te habían lastimado en tu vida eran los masones e hiciste algunas representaciones en la soledad de tu casa. Por ejemplo, cortar en trocitos un ajado guante blanco de jardinería. Y esconder tus audífonos en un envase metálico para que acoplaran y los que problablemente te estaban hackeando escucharan lo molesto que es tener audífonos viejos y a la vez que tuvieran alguna noción de lo que es tener tinnitus o sea zumbidos en los oídos.

Seguiste practicando Yoga y meditación, y pensando más que nada en la ciencia y en que eras Asperger. Esa alegría que da el diagnóstico, esa especie de revelación, que ya han dejado asentada hasta actores como Anthony Hopkins.

Aquí me faltó explicitar que al final del libro de la banda psicodélica de los 70, rock progresivo, decía que pidieras tu deseos. Vos pediste poder seguir con el cine, en todo caso ser aunque sea publicado (no está claro si pediste esto último) y pensaste en el amor, cuándo no. Tenías una ex y como era la canción de Harry Potter y ella era fanática de los libros pensaste que era ella. Te creíste que al otro día iba a estar en tu casa. Esa noche te afeitaste, te bañaste y esperaste.

Oh, Adrián. Habías caído en una vieja trampa.

Al otro día, luego de leer lo del grado 32, viste un rayo verde en tu dormitorio. No tuviste ninguna duda de que alguien se estaba metiendo de alguna manera en tu nueva casa…

Y no sólo en tu casa.

Te levantaste y ese 15 de Julio de 2021 mientras desayunabas tu celular tomó vida propia: apareció un mensaje que decía MÍO y en la computadora te apareció el Facebook de tu ex. Ella, en la foto de perfil, con una gran sonrisa y un enorme cono de helado. Un helado que se había negado a compartir con vos en 2014. Bah, mejor dicho ni negado, nunca te contestó. Para arrimarte al abismo de la credulidad, un familiar de ella le había escrito hacía muy poco en los comentarios, mejor dicho en uno destacado: ¡Volvé! Y en la fotografía ella estaba en algún lugar de Japón.

Vos, siempre leal y asperger´s, por no decir otra cosa, mi querido bambino, le preguntase si podías compartir la otra mitad del helado.

Según me consta, Adrián, vos estás leyendo esto en Noviembre de 2022. Todavía no pasó nada bueno, te han hackeado el Facebook, con el que tenías contacto con tu familia italiana, aunque sea, y tu ex de ascendencia japonesa no apareció ni te contestó ningún mensaje, no tenés ni inclusión en lo tuyo, y fuiste patoteado en la calle ahora que vivís en la ciudad de nuevo, ahora que pudiste escapar del infierno en la casa de tu abuela: molestaron a Ina, tu perra, y a vos en un canil, casi te rompen la pierna, entre otros infortunios que no hace falta recordarte.

Por eso te escribo, para recordarte quién sos, en este: mi presente.

Tu futuro.

Von Kong.

por Adrián Gastón Fares.