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Seré nada. Novela. 2021. Capítulo 15.

Capítulo 15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas…

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. 2021. Adrián Gastón Fares.

Seré nada, una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.
Seré nada, una historia suburbana de terror

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…? Seré nada es una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.

Un poco sobre mí.

Soy director de cine, guionista y escritor. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (Walichu y Mr. time, entre otros).

Escribí tres novelas más además de Seré nada, una historia suburbana de terror (las novelas son: ¡Suerte al zombi!, El nombre del pueblo, Intransparente) Pueden leer mis cuentos de terror y ciencia ficción en este mismo blog o buscar la antología provisoria en PDF llamada Los tendederos.

Pueden buscar la novela completa gratis en el blog y también buscarla completa en Google Play Libros / Books.

Para más información pueden ir al Inicio de este blog: adriangastonfares.com

Suerte al zombi. 15. Parado en el medio de la calle.

15. PARADO EN EL MEDIO DE LA CALLE

Luis se quedó parado en el medio de aquella avenida durante un rato, observando cómo las tres siluetas desaparecían al doblar en una de las esquinas. Luego miró al cielo, que ya estaba anaranjado. Amanecía.

Aquella noche había sido simplemente inolvidable. Y allí, en el medio de aquella calle, con el pelo que le quedaba sobre su frente formando un imperfecto flequillo mientras el viento hacía que los pliegues de su saco se levantaran, recordó la manera en que se había emocionado al observar a los tres chicos desde la vereda de enfrente.

Había estado oculto detrás del puesto de diario, apoyado contra la pared. Desde allí  vio cómo los jóvenes disfrutaban de la salida y apreció la cara que pusieron cuando vieron a la prostituta adolescente. Entonces se había acordado de algunas de sus salidas. No habían sido muy buenas. Pero sentirse vivo hace que nos olvidemos de nuestra frágil condición, produciendo el aburrimiento. Él mismo había sido propenso a éste cuando vivía.

Todas las cosas le aburrían a más tardar. Cinco o diez minutos con un asunto y  ya quería pasar al siguiente. Se cansaba rápido de los juegos de computadora. Dormía en las películas que pretendían ser artísticas sin serlo. Seguro que se emocionaba con las buenas, las de terror, aventuras y algunas de yakuzas, pero con las demás era indiferente. Por otro lado, los momentos buenos, en los que se podía acariciar la felicidad como si fuera un hermoso gato, peludo y castrado; bueno, esos eran contados. Y el gato peludo rápidamente se rebelaba, recordando que alguna vez había tenido bolas y te arañaba con sus afiladas garras.

Si la vida tenía un lado impresionante, pensó Luis, ese lado era dejarnos morir sin que nada maravilloso nos ocurriera. Se dijo que “algo” le había ocurrido al levantarse de su ataúd. Su caso era horrible, pero no común. Y todo lo que no era vulgar, tedioso y cotidiano se acercaba de alguna manera a lo maravilloso. “Éso es algo para pensar”, reflexionó Luis mientras permanecía parado en la vereda.

Ver cómo los chicos se miraban entre ellos mientras la chica se dirigía a la puerta del local, a Luis le había pateado el corazón. Cómo cuando había visto a la chica que le gustaba en La Esquina del sol. Había sentido algo, no supo en qué parte de su cuerpo muerto, que fue como las descargas que dan los médicos a los que sufrieron un ataque.

Sus ojos se habían pintado de furia. Sin verlos, ni sentirlos, supo que habían adoptado una expresión maléfica mientras veía acercarse a los dos jóvenes.

Ahora, se dijo que el daimon lo había puesto allí para que se entregara a algún tipo de oscuridad. Y mientras sostenía con su mano la pistola que el engendro le había dejado, se percató que el crimen se convertiría en un vicio que lo distraería de su momentánea condición de muerto viviente en descomposición. Pronto sería polvo, ya que la putrefacción no sólo había alcanzado sus dedos y cara, sino que todo su cuerpo había empezado a derretirse y su camisa blanca estaba pegada a las costillas, que vencían a la piel.

No pasaría mucho tiempo y él no sería más que un esqueleto caminante. Y luego sus huesos se romperían y su larga caminata habría terminado. Sin embargo, en ese momento se percató de que había una oferta en lo que el daimon le había llevado a cometer aquella noche: la insoportable insensibilidad se vería aplazada siempre y  cuándo cometiera ciertos actos. Y éstas acciones serían como una sustancia tentadora, una droga y necesitaría repetirlas cada vez con más frecuencia.

Cuando él había aparecido y matado al remisero junto con esos dos estúpidos; en ése momento, sabía que no había necesidad de producir sus muertes. Sin embargo, algo que yacía dentro de él, una emoción que su alma había engendrado desde que despertó de su muerte, comenzó a florecer. Así, le había arrebatado la razón, produciendo placer en el asesinato. No había podido aguantar la idea de que aquellos seres vivieran y de que él, un chico casi “ejemplar”, hubiera recibido unos cuantos tiros en el estómago como si fuera la peor basura de la ciudad.

El odio prende mucho más fácil que el amor y se lleva mucho más tiempo dentro. Éste había poseído a Luis, haciéndolo sentir vivo en el sentido concreto y químico de la palabra. Se había despegado de la pared, lanzando una patada al puesto de diario.

Cuando había matado al remisero, advirtió cómo sus pies sentían de vuelta el peso de su cuerpo.

Le había disparado a Chula; y un mechón de pelo en su frente le empezó a molestar.

Al matar a Olga, había disfrutado mientras lo que quedaba de sus pulmones se hinchaba, repleto del aire fresco que soplaba esa noche.

Luego, cuando se le habían acabado las balas, se quedó con una sed de sangre profunda e insaciable. No, no era un vampiro que tomaba literalmente la sangre de sus víctimas. Se había convertido en un súcubo sediento de violencia. Necesitaba disparos; sangre saltando, cerebros estallando, violaciones descomunales y extravagantes orgías. La violencia había revivido a Luis.

Adivinó lo que le ofrecía el daimon: sé violento, utilizá la fuerza y tus tejidos se mantendrán fuertes por más tiempo mientras tus células se regeneran. El engendro necesitaba descubrir a qué dios servía, pero Luis sospechaba que algún día descubriría que la divinidad a la que ofrendaba era tan nefasta como los otros fanatismos a los que conducían la ignorancia mal practicada. No había duda, se buscaba siempre seguridad, se buscaba poder nombrar algo que no tenía nombre y no debería por qué tenerlo.

Dos veces había deseado ir detrás de aquellos chicos que corrían calle abajo; miraba con el arma apretada en la mano, a un costado de su cuerpo; en una postura casi desgarbada que a Luis si hubiera podido verse le habría recordado la propia silueta del daimon.

Sólo había faltado dar el primer paso. Luego de atraparlos, apoyar la mano en sus pechos y arrancarles los corazones o ahorcarlos hasta que sus caras se tornaran moradas. Dos veces había avanzado para perseguirlos y las dos veces tuvo que luchar consigo mismo.

Él no iba a seguir el juego propuesto por el daimon. No iba a convertirse en un muerto drogadicto de las contorsiones agónicas de los demás. No se encerraría en una jaula menor que la de la muerte; nunca había visto una mariposa convertirse en eterna crisálida. No mamaría de la violencia para ahogarse ante el desborde del chorro caliente succionado, que partiría sus labios y lo haría llorar por toda la eternidad.

 ¡NO!

Finalmente, intuyó que el demonio, ya no sólo daimon, era muy parecido a él y que si daba los pasos para los que le había dado la pistola, entonces, el parecido crecería y los dos serían gemelos.

Tal vez, su piel tardaría más tiempo en pudrirse, revitalizada por el torrente de sangre derramada. Acechante en la oscuridad, se convertiría en una leyenda. Ésta era otra de las tentadoras ofertas que el daimon le ofrecía; sería temido por los niños y aborrecido por mayores. Veía padres susurrando al oído de revoltosos niños su nombre. Sería un mito que cobraría sus víctimas noche tras noche y viviría no sólo del recuerdo de las personas, sino también de la sangre. Pero él no iba a ser, en este caso, más que un monstruo al que todos temerían. Luis Marte se dijo que él no había nacido para eso.

Se dijo que ya había muerto y con una vez bastaba, no necesitaba fenecer por siempre enarbolando callado la bandera de la venganza, desapareciendo en la nada de la satisfacción; prefería hundirse con las manos vacías en la oscuridad, alimentando el grito, la cosquilla, que crecía en su insondable pecho muerto.

Era ambicioso y quería algo mejor. Se lo merecía. Así que, mientras su cuerpo volvía a estar tan muerto como antes, dejó que su pistola —la pistola del daimon, ahora— se deslizara por su huesuda mano y cayera al suelo. Luego, observó lo que había causado.

Cuerpos aquí y allá, en tres puntos de la vereda de la remisería. Sangre espesa. Siempre había estado del lado de los buenos, admiraba a los héroes de las películas y estar muerto no era una excusa suficiente cómo para pasarse al otro bando, ¿no?.

Desapareció lentamente de aquel lugar como lo hacían todas las sombras de la noche mientras los faroles se apagaban y el amanecer agitaba de vuelta la vida. A lo lejos, una sirena de policía distribuía su lamento.

por Adrián Gastón Fares.