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Back to the Kong. 1.

Adrián, aquí tu fiel camarada, Von Kong.

Estamos un poco preocupados en el futuro por vos. Verás, la pandemia ha modificado un poco lo que sería tu futuro. Tememos que hayas caído en una trampa de Riviera.

Mis superiores, y no especialmente los del ala buena, se enteraron de que estábamos en fluida comunicación. Tan sólo a eso se debe que no haya podido escribirte en este tiempo.

Pude acceder a unos registros de tus historiales de 2021. Sé que te estuvo pasando algo en la casa de tu abuela donde al principio la felicidad te encontró. Fue cuando llegó tu perra, Ina. Qué animal tan hermoso, ese osito. O lobita, mejor dicho. Estuviste grabando los audios de tu novela Seré nada todo el verano de 2021. Pero, según los registros en Julio de 2021 han comenzado algunos problemas de los que no veo ninguna información como para quedarme tranquilo y saber que estás a salvo.

Repasemos tu historia, Adrián. Sé que recuperaste tu diagnóstico de Asperger (quedate tranquilo que todavía es válido) y que, a la vez, en el barrio de tu abuela sucedieron algunos fenómenos desagradables para ti. Aquí tengo que hacer un paralelismo en mi mente, porque para la misma época a mí me pasó lo mismo con Taka.

Y si mal no recuerdo vos tenés una ex novia de origen japonés. Se separaron en 2014 y de ahí en más tuviste todo tipos de problemas. Vos estabas triste en ese momento, luego de unas semanas de reflexión sobre una relación que te parecía un poco tóxica, caíste en idealizar el asunto y pensar que habías perdido el paraíso en la tierra. No ayudó mucho que recién en 2012 te hayan equipado con audífonos y que en 2014 te diagnosticaran de Asperger y luego dijeran que todo era culpa de que naciste medio sordo y nadie te puso audífonos. Resulta que tu Asperger´s pasó por sólo sordera, hipoacusia neurosensorial (trastorno discriminatorio de palabras primero…) con tinnitus. Un ligero error médico. De eso no hay dudas.

Sigamos. En la casa de tu abuela, en el dormitorio caluroso de tu abuela vieja para ser exactos, estabas durmiendo, soñando, y por la mañana escuchaste que te decían: ¡Abuelo! Pero no había nadie. Pensaste que te estaba llamando un nieto del futuro. Tal vez de este futuro, quién sabe en qué futuro piensa uno cuando piensa en el futuro.

A la vez estabas teniendo un sueño con una persona, que parecías vos o tu padre, que no te dejó dudas de que eras Asperger o mejor dicho Autista, es lo mismo. Fue un DIFERENCIA de desarrollo en tu caso, como en otros, y hoy en día estás tan adaptado que es difícil darse cuenta para los que no están al tanto del Asperger o Autismo. En mi tiempo, hoy, no hay dudas. También es verdad que sin audífonos no podés vivir, el tinnitus es tan molesto en altas frecuencias, está todo el tiempo y además no escuchas bien los agudos.

Ese sueño con lo de ¡ABUELO! en la casa de tu abuela materna, en Lanús, te dejó medio perplejo. A la vez, al recuperar el diagnóstico de Asperger, se te ocurrió revisar la historia familiar.

Antes fuiste al INCAA a buscar un pendrive, y el gerente de legales, te había hablado de VITRIOL. Pensaste en la alquimia y se te dio por buscar antecedentes de tu tío Laureano. Resulta que a tu tío Laureano le decían Alvey, que deriva del anglosajón Ælfwig y significa «duende batalla» (o Knight Elf).

Eso te hizo pensar de alguna manera que debías recuperar sus obras teatrales. Tu padre te había dicho que había escrito varias, además de letras de canciones para Cadícamo, Mores, Troilo y muchos otros. Así que te fuiste corriendo a la casa de tus padres, que viven a una cuadra, y les pediste la obra teatral de Alberto Laureano Martínez. Y tu padre te dio tres carpetas.

Dos de las carpetas tenían el mismo contenido y eran las supuestas obras de tu tío Alberto Laureano Martínez. Y la otra era un libro que acompañaba a un LP de una banda psicodélica de los setenta. The Prince of Heavens Eyes. Primero, según nos consta en tus propias notas, tomaste las obras teatrales de tu tío. Pero no eran de tu tío. Descubriste que eran de dos uruguayos, un abogado y un esgrimista, uno pionero del cine. Sus nombres: Juan Carlos Patron, el abogado, también cineasta, letrista y dramaturgo, y el esgrimista de apellido Gallardo. El contenido de la obra teatral, que se llamaba La humana comedia, te hizo recordar a Middlemarch, de George Eliot y de pronto estabas buscando en Internet sobre el grado 32 de la masonería (El príncipe del real secreto) y repasando algunos conceptos de alquimia. A la vez, leíste el cuento de The prince of heavens eyes que venía con el LP (que también, como tantos discos, fue editado en Tokio).

Era una típica historia irlandesa sobre un peregrino con una mochila al hombro que encuentra un tesoro y a una chica, que luego pierde, y que debe pasar algunas aventuras, hasta que pueda enterrar el tesoro al ladito del arcoiris y luego así recuperar a la chica. La leíste en voz alta al teléfono celular porque en ese momento ya presentías que estabas siendo observado y escuchado. ¡Bien!

En el mismo instante te apareció en Spotify una canción. La de Harry Potter. El prólogo musical. Y en el prólogo leíste que los marcianos habían tomado la tierra. Por un momento, te la creíste hasta que un segundo después te estabas riendo porque recordaste que era La guerra de los mundos de H. G. Wells, adaptada por Orson Welles también. La adaptación es bien sabido que produjo en los oyentes de radio de aquel momento una especie de histeria masiva.

En esa época, en la casa de tu abuela materna italiana, todo era posible en Lanús. Tenemos aquí registrado que una vecina tuya era visitada por gente de otro planeta, que en la casa de frente a la que naciste había fantasmas, y que hay todo tipo de cultos raros, hasta una culto a la perfección.

Todo muy espeluznante. En esos días miraste Suspiria la de Guadagnino por si los que te habían lastimado en tu vida eran los masones e hiciste algunas representaciones en la soledad de tu casa. Por ejemplo, cortar en trocitos un ajado guante blanco de jardinería. Y esconder tus audífonos en un envase metálico para que acoplaran y los que problablemente te estaban hackeando escucharan lo molesto que es tener audífonos viejos y a la vez que tuvieran alguna noción de lo que es tener tinnitus o sea zumbidos en los oídos.

Seguiste practicando Yoga y meditación, y pensando más que nada en la ciencia y en que eras Asperger. Esa alegría que da el diagnóstico, esa especie de revelación, que ya han dejado asentada hasta actores como Anthony Hopkins.

Aquí me faltó explicitar que al final del libro de la banda psicodélica de los 70, rock progresivo, decía que pidieras tu deseos. Vos pediste poder seguir con el cine, en todo caso ser aunque sea publicado (no está claro si pediste esto último) y pensaste en el amor, cuándo no. Tenías una ex y como era la canción de Harry Potter y ella era fanática de los libros pensaste que era ella. Te creíste que al otro día iba a estar en tu casa. Esa noche te afeitaste, te bañaste y esperaste.

Oh, Adrián. Habías caído en una vieja trampa.

Al otro día, luego de leer lo del grado 32, viste un rayo verde en tu dormitorio. No tuviste ninguna duda de que alguien se estaba metiendo de alguna manera en tu nueva casa…

Y no sólo en tu casa.

Te levantaste y ese 15 de Julio de 2021 mientras desayunabas tu celular tomó vida propia: apareció un mensaje que decía MÍO y en la computadora te apareció el Facebook de tu ex. Ella, en la foto de perfil, con una gran sonrisa y un enorme cono de helado. Un helado que se había negado a compartir con vos en 2014. Bah, mejor dicho ni negado, nunca te contestó. Para arrimarte al abismo de la credulidad, un familiar de ella le había escrito hacía muy poco en los comentarios, mejor dicho en uno destacado: ¡Volvé! Y en la fotografía ella estaba en algún lugar de Japón.

Vos, siempre leal y asperger´s, por no decir otra cosa, mi querido bambino, le preguntase si podías compartir la otra mitad del helado.

Según me consta, Adrián, vos estás leyendo esto en Noviembre de 2022. Todavía no pasó nada bueno, te han hackeado el Facebook, con el que tenías contacto con tu familia italiana, aunque sea, y tu ex de ascendencia japonesa no apareció ni te contestó ningún mensaje, no tenés ni inclusión en lo tuyo, y fuiste patoteado en la calle ahora que vivís en la ciudad de nuevo, ahora que pudiste escapar del infierno en la casa de tu abuela: molestaron a Ina, tu perra, y a vos en un canil, casi te rompen la pierna, entre otros infortunios que no hace falta recordarte.

Por eso te escribo, para recordarte quién sos, en este: mi presente.

Tu futuro.

Von Kong.

por Adrián Gastón Fares.

La verdad sobre el amor.

Voy a dejar por un rato la ficción para escribir sobre discapacidad.

Me interesa particularmente dejar en claro cómo afectan los paradigmas vigentes a las vidas que llevamos.

En 2014 me puse a investigarme. Ya lo había hecho antes ante la falta de detección temprana de mi hipoacusia. No era algo nuevo para mí. En 2014, entonces, quería ver por qué, más allá de la hipoacusia, era yo como era.

Di con una respuesta médica que, englobando a mi tinnitus e hipoacusia neurosensorial, explicaba mi infancia y cómo fui de ahí en adelante.

Descubrí que yo había nacido con Autismo / Asperger (no en vano la partera le había dicho a mi madre que podía ser que yo escribiera debajo del renglón debido a la hipoxia de nacimiento)

Esto último fue corroborado con un neurólogo y un médico (fue ese diagnóstico que me hicieron perder y que recuperé el año pasado).

A lo que voy con el tema del amor.

Yo en esa época venía de una separación, y esta relación con una persona con la que convivía, no había terminado de la mejor manera. En ese momento de distancia con mi ex pareja, que supuse que sería poco tiempo, descubrí y repensé qué problemas tenía con la persona que estaba a mi lado.

El resultado fue, luego de investigar y preguntar mucho, que la persona que estaba a mi lado tenía la misma condición que yo. Asperger, en 2014, en nuestro país, Argentina.

Rejunté la información y envíe a mi madre a que hablara con la madre de mi ex compañera para que le diera la bibliografía al respecto que yo había seleccionado y las razones por las que yo pensaba que teníamos la misma condición. Es decir escribí una lista de las cosas que veía en ella. Luego yo pedía que la cuidaran y decía que era una persona muy inteligente. El papel terminaba con una flor torpe dibujada por mí.

Mi madre y la de mi ex pareja se juntaron en un café. Nunca, hasta el día de hoy (pasaron ya ocho años) supe si la lista fue entregada o no, tampoco qué ocurrió luego de esa reunión (la próxima vez que vi a la madre de mi ex yo ya había perdido el diagnóstico de autismo en esa época, mi manera de ser debida al Asperger había sido reemplazada, por algunos improvisados profesionales, como una mera consecuencia de no haber tenido detección temprana por mis problemas auditivos).

Volvamos atrás.

Antes de mi sugerencia del Autismo, la relación había terminado con un email de mi ex pareja comunicando que yo era una buena persona.

En Octubre de 2014, unos meses después, me llega otra carta de mi ex pareja, donde mi excompañera decía que yo era una manojo de imperfecciones (que incluían la agresividad y la obsesión; entre muchas otras cosas muy dolorosas) y que no importaba en lo más mínimo que yo fuera autista ni tampoco sordo.

Que igual me hiciera tratar más por difusos profesionales.

Pero la que siguió actuando de manera inexplicable fue ella.

Esta carta dio pie a una de las peores épocas de mi vida y es una de las razones por la que todavía, luego de ocho años, sigo tomando medicación para el estrés postraumático.

Yo siempre fui responsable y me traté una y otra vez ante cualquier opinión negativa que alguien pueda tener de mí (y está de más decir que no tuve nunca problemas como este con ninguna de mis otras parejas anteriores, ni posteriores) Siempre fui comprensivo.

Y lo que quería dejar en claro es que esta carta no es responsabilidad de una persona. Ni de una familia.

Es la respuesta de todo un paradigma. De toda una manera de ver al autismo y al asperger a nivel social como si fuera una ofensa y una mala palabra.

La carta de ella fue una respuesta a que yo sugería que tenía, como yo, algo MUY MALO para ese paradigma, algo tan malo como el Asperger o Autismo para ese paradigma de 2014 (y todavía hoy en día hay personas que hablan como si los autistas fuéramos idiotas)

Pienso el episodio con una profesional que me atendió en ese tiempo.

Al contarle que sugerí a la madre de mi ex que su hija podía ser Asperger (en ese entonces se hablaba de Asperger, no de Autismo), la psicóloga me dijo que si yo le hubiera dicho a ella que su hija era Asperger me “mataba”.

Entonces que quede claro.

En 2014 y parece que en 2022 también.

No sugieras que tu compañera puede tener Autismo, o Asperger, porque todo puede volverse incomprensión en un entorno familiar que antes fue amable con uno.

El alejamiento brutal de todo un entorno de un día para el otro tuvo grandes consecuencias en mi vida y en la de mi familia (que ya antes no sabía cómo lidiar con un hijo al que recién le habían otorgado el Certificado de Discapacidad y que hacía muy poco, luego de toda una vida de escuchar mal, debido al autismo, estaba equipado con audífonos)

Fue en una de esas salidas del consultorio con la psicóloga (la que me juzgó por haber sugerido a la madre de mi ex compañera que su hija podría tener autismo) que encontré en el suelo del rellano del edificio un corazón rojizo de cerámica.

La psicóloga, supersticiosa, me dijo: No lo toques.

Una verdad sobre el amor (que hemos compartido incluso con amigos que son personas con sordera):

No suele existir para las personas con discapacidad. No existe en nuestros términos. Con lo que somos. Existimos para ser enmendados.

Abusados. Ghosteados. Malinterpretados.

No nos dejan ser.

PD: últimamente estoy siendo víctima de un hackeo y de una especie de juego macabro en mi entorno con la época de 2014, una época muy oscura para mí. Parece que hay personas, las que conservan la sonrisa, que les parece que algo tan doloroso para uno es algo risible y materia de manipulación emocional. Me puse en contacto con la familia involucrada en 2014, incluso con mi ex pareja, traté de saber algo de cómo se encuentra y nadie me contestó.

Mientras sufro y trato de seguir adelante como tuve que hacer ya antes, con inmenso dolor. Pero con la seguridad de que no queremos ser más maltratados, ninguneados y molestados.

por Adrián Gastón Fares.

Algunas pruebas de que el amor existió en la tierra hace miles de años. Poema.

Seré pedestre como la oliva

Tosco como un pollo

Infernal como las polillas

Y diré que existe un amor

De simulacro

ese cosquilleo

Que uno siente en el alma

Emoticon sonrojado

Amor errado

Lejos de lo insolente

La necesidad no se lleva bien

Con el pensamiento

Soledad está de turno en

El hospital de los más sanos

Donde existe el amor clavoso

El Hara

Kiri

Donde las cosas grandes se asientan

para solazarnos

los días antiguos

de felicidad

insospechada

Y ese otro amor que es descubrimiento

También hay para fundir tus fundaciones

Algunos testimonios:

Soy dueño del cine

Y tengo enrollada la pantalla

En la terraza de mi templo

Soy el barco hundido

Debajo del cielo frío

De las furiosas olas

Soy lo que nunca contesté

Por no haberlo escuchado

El río enamorado del descampado

Como verán

Queridos alumnos muertos

La dicha es un tiempo ganado a la tristeza

De incontable valor

Para cuando amarronea tu mundo

No hay mejor producto

En la feria vacía de los Miércoles

Los pájaros se amontonan

Alrededor de algo que parece nada

Pero es todo

Un portal en el cielo donde sus cantos son traducidos al idioma nativo del viento

Decir que un pájaro vuela es no saber que repta por el aire

Y posa sus patas sobre los abismos de otra desconocida dimensión

Rodeamos la incertidumbre

Somos tu señal favorita

Ritmo

abismo

lanzados

Es que pensamos en el misterio

Porque el amor es un sobrante

De la cena del linyera

Ese viejo cualquiera

Que también tuvo padre y madre

De lo que la gente llama amor

Nada hay que pueda salvarse

Tal vez ese mitológico ser

transformación sin final

los señores amores,

las amorosas señoras,

Todos casi empiezan

Y luego nunca terminan

Hubo un tiempo que fui horrible

Y fui libre de verdad

Dice una vieja canción

Que cantaba un monstruo nunca

Inventado para un proyecto de

Mario

Nunca filmado

Bava

Deleuze decía

Déjenlo (a Straub)

A la mierda con el vacío

En el cine

Lo bello se halla en las

Del señor Mario

A la medianoche en el templo proyectábamos películas

De miedo

El Señor ya no las quiere pasar

Pero yo

Yo

Lo que se dice yo

Solo digo

Que no es casualidad que el horror prosiga al amor

Esa extasiada flecha no existía

La inventamos para vivir

Para que sea más lindo

Decir adiós.

por Adrian Gastón Fares, 4 de Marzo de 2019

Reunión. Cuento.

Reunión.

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Que ayudó la l-lisina, que había tomado para aumentar las defensas en un período de estrés. Pero ese suplemento dietario no resultó con mis perros. Ni con los familiares y conocidos que la tomaban. Así que quedamos las máquinas y yo.

Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: Agrego que vuelvo a publicar Reunión ahora por razones de tema y contenido. Fue escrito en 2018, si mal no recuerdo.

Este 2020 no debería detenernos sino todo lo contrario. Aunque tal vez sea también momento de pausa y reflexión, de unirse en la distancia y en la nuevas formas de acercamiento humano. Tocando el acordeón en el balcón o aprendiendo nuevas tareas u oficios. O, como escribió una persona en un Facebook, de retirarse a un campo como en el Decamerón, o a un baldío, a contarnos cuentos.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento fue incluido dentro de mi colección de cuentos de terror y ciencia ficción llamada Los tendederos.

Algunas pruebas de que el amor existió en la Tierra hace miles de años

Seré pedestre como la oliva

Tosco como un pollo

Infernal como las polillas

Y diré que existe un amor

De simulacro

ese cosquilleo

Que uno siente en el alma

Emoticon sonrojado

Amor errado

Lejos de lo insolente

La necesidad no se lleva bien

Con el pensamiento

Soledad está de turno en

El hospital de los más sanos

Donde existe el amor clavoso

El Hara

Kiri

Donde las cosas grandes se asientan

para solazarnos

los días antiguos

de felicidad

insospechada

Y ese otro amor que es descubrimiento

También hay para fundir tus fundaciones

Algunos testimonios:

Soy dueño del cine

Y tengo enrollada la pantalla

En la terraza de mi templo

Soy el barco hundido

Debajo del cielo frío

De las furiosas olas

Soy lo que nunca contesté

Por no haberlo escuchado

El río enamorado del descampado

Como verán

Queridos alumnos muertos

La dicha es un tiempo ganado a la tristeza

De incontable valor

Para cuando amarronea tu mundo

No hay mejor producto

En la feria vacía de los Miércoles

Los pájaros se amontonan

Alrededor de algo que parece nada

Pero es todo

Un portal en el cielo donde sus cantos son traducidos al idioma nativo del viento

Decir que un pájaro vuela es no saber que repta por el aire

Y posa sus patas sobre los abismos de otra desconocida dimensión

Rodeamos la incertidumbre

Somos tu señal favorita

Ritmo

abismo

lanzados

Es que pensamos en el misterio

Porque el amor es un sobrante

De la cena del linyera

Ese viejo cualquiera

Que también tuvo padre y madre

De lo que la gente llama amor

Nada hay que pueda salvarse

Tal vez ese mitológico ser

transformación sin final

los señores amores,

las amorosas señoras,

Todos casi empiezan

Y luego nunca terminan

Hubo un tiempo que fui horrible

Y fui libre de verdad

Dice una vieja canción

Que cantaba un monstruo nunca

Inventado para un proyecto de

Mario

Nunca filmado

Bava

Deleuze decía

Déjenlo (a Straub)

A la mierda con el vacío

En el cine

Lo bello se halla en las

Del señor Mario

A la medianoche en el templo proyectábamos películas

De miedo

El Señor ya no las quiere pasar

Pero yo

Yo

Lo que se dice yo

Solo digo

Que no es casualidad que el horror prosiga al amor

Esa extasiada flecha no existía

La inventamos para vivir

Para que sea más lindo

Decir adiós

por Adrian Gastón Fares, 4 de Marzo de 2019

La mujer que conocimos

 

El hermano mayor calla. No había ensuciado el auto tan temprano por una tirada de cartas a la gorra. Para saber el futuro estaba el horóscopo de las revistas del diario.

Entonces es el gran asunto, dice el viejo brujo, y el gran asunto, sabrán, requiere que antes desembolsen una buena suma de dinero. Luego corre los billetes del centro de la mesa como si el pago no le importara. En ese momento los hermanos escuchan un gemido de placer.

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La edad de Roberto

Este cuento lo publiqué hace tiempo. Vuelvo a publicarlo porque el blog creció en este tiempo y se pudo haber perdido en las entradas. Lo mismo pasa con otros cuentos que me gustaría que lean. Ahí va entonces (recuerden que pueden encontrar cronológicamente los relatos en la sección cuentos de este blog)

La edad de Roberto

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

por Adrián Gastón Fares.

Más relatos en la sección Índice.

Entre nosotros

Este es un cortometraje que hicimos a fines del 2015 con compañeros de un curso del Centro Cultural Rojas: Los Cerdos Suicidas. Con algunas consignas difíciles, como que no hubiera diálogos, dos personajes y una locación. Diego García fue el profesor. Nos mandó a ver una obra de Kartun, Terrenal, García.

El corto trata de una pareja que decide romper la monotonía con un juego peligroso.

Entre nosotros Still:

EntreNosotrosCortometrajeStill.jpg

La pasamos muy bien con el equipo técnico Florencia, Manuel, Valeria, Guillermo, Gabriel y excelentes actores como Valeria Perez-Fuchs. De eso se trata el cine, de rodar…

Y uno va aprendiendo así, en vez de hacer trámites: uno aprende a filmar. Aprenden los directores de fotografía, aprenden los actores, aprenden los directores de arte, los productores independientes, los directores, los guionistas, los camarógrafos, los editores, todos. Aprendemos. Hacemos.

Tal vez Entre nosotros no deje de ser un ejercicio, pero para mí tiene valor. Además fue grabado en un momento muy difícil de mi vida.

Lo estreno aquí en El Sabañón para que puedan verlo.

PD: Kong se está encargando de la nominación de este blog a los Liebster Awards. Agradezco la nominación a https://braindumblogic.wordpress.com/

 

Adrián

Una lucecita que se va a ir apagando

Botella de vidrio pintada, “How wonderful life is while you´re in the world”, cuadrito donde estoy dibujada, escrachada, onda Picasso, anillo de oro de compromiso, pulsera de plata ennegrecida, entrada de cine de la película La Mexicana, CD de fotos digitales de cuando fuimos a Córdoba, cajita de madera tallada, regalo de su madre, par de aros con forma de delfín, ¡walkman!, un pétalo amarillo de rosa que saqué del libro de cuentos Octaedro, fotos y más fotos, de las primeras vacaciones solos, de la segunda cuando visitamos a sus padres, su hermana y yo, su padre y su madre abrazándome, dos peluches; un oso panda y Totoro, un reloj pulsera.

Pensé en quemar todo, pero ¿dónde hacerlo? Agarré la bolsa y la tiré al agujero de la basura. Cuando volví, Nando me miraba fijo, como esperando que lo perdonara, tal vez pensaba que era un gato y que no tenía la culpa, pero era un gato elegido por Tomás. Lo dejé en una de las paredes del cementerio y después di la vuelta, entré al cine, El Gran Pez, Capitán de Mar y Guerra, Las invasiones bárbaras, Escuela de Rock. El Gran Pez. Escalera mecánica.

Nos habíamos encontrado en el bar Celta, Sarmiento y Rodriguéz Peña si no me equivoco. Empezó a llorar apenas se sentó a la mesa y me miró a los ojos. Qué bronca. Empecé a llorar también. Nos peleamos más o menos mil veces, y no exagero, yo daba un portazo y me iba directo a la parada de colectivo, él menos demostrativo porque era el que quería irse de verdad, cosa que siempre sospeché pero ahora confirmo, dejaba pasar un rato y me iba a buscar. Nunca nos habíamos sentado a llorar así. Dijo que me quería, y dejó una carta para mis padres, donde se disculpaba por no haber sabido apreciarme y decía que siempre los recordaría. A mí también, claro.

A la salida del cine, caminé veinticinco cuadras, una por cada año vivido, en una de las esquinas pensé que le permitiría a un colectivo pisarme y arrastrarme un buen trecho. Después me dije Ana, basta, el mundo no sabe nada de vos, hay cosas peores y volví a mi casa donde encontré un mensaje en el contestador. Era Tomás, que balbuceando, decía que lo perdonara, que lo entendiera, gracias por todo, lo voy a llevar conmigo…

Me acerqué a la repisa, al chanchito, y lo estrellé contra el piso. Después bajé, compré cigarrillos, fumaba y tosía. Junté la plata del piso, unos pesos ahorrados para sumarlos a los de Tomás y mudarnos algún día lejano un departamento más grande.

Apareció Valeria y dijo que saliéramos. En el boliche pensé ¿dónde están las demás? Una casada, otra en Brasil con el novio, otra embarazada. Un chico apareció, me sacó a bailar y cuando me quiso dar un beso le pedí que me llevara a una esquina oscura, porque me daba vergüenza. Con la excusa de ir a buscar otro tequila, me contuve, aparté sus manos de mis nalgas, me bajé un poco el vestido y lo dejé, encontré a mi amiga hablando con un tipo de, fácil, cuarenta años; pedí el shot.

Era feliz con él. Ya no creo que vuelva a ser feliz con otra persona. Había muchas cosas que me gustaban. Hacíamos viandas que comíamos en la plaza. Con las cabezas juntas mirábamos el cielo. Hablábamos. Él me contaba su vida, sus historias. Caminábamos y yo le besaba la mano. Me había llevado a Colombia, su familia cocinaba rico, tomábamos licuados frescos de todo tipo. La piel de su madre era hermosa. Su padre era tan atento conmigo.

“Es como una lucecita que se va a ir apagando. Cada vez más con el tiempo” dice el psicólogo.

Salí del boliche y le dije al taxista que apuntara para Recoleta, el cementerio. Las luces del coche hacían brillar los ojos de los gatos. Busqué en vano a Nando. Lo había perdido también. Por boluda. Valeria con el taxista vinieron a buscarme.