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Seré nada. Novela. 2021. Capítulo 15.

Capítulo 15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas…

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. 2021. Adrián Gastón Fares.

Seré nada, una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.
Seré nada, una historia suburbana de terror

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…? Seré nada es una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.

Un poco sobre mí.

Soy director de cine, guionista y escritor. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (Walichu y Mr. time, entre otros).

Escribí tres novelas más además de Seré nada, una historia suburbana de terror (las novelas son: ¡Suerte al zombi!, El nombre del pueblo, Intransparente) Pueden leer mis cuentos de terror y ciencia ficción en este mismo blog o buscar la antología provisoria en PDF llamada Los tendederos.

Pueden buscar la novela completa gratis en el blog y también buscarla completa en Google Play Libros / Books.

Para más información pueden ir al Inicio de este blog: adriangastonfares.com

Seré nada. Descarga Torrent. Libro 2021. Y Google Play Books.

Añado el enlace para descargar mi nueva novela Seré nada usando un programa de gestión de archivos .torrent.

Por otro lado, comparto el enlace a Google Play Books (Seré nada, 235 páginas, 2021) donde pueden leer una muestra y si quieren adquirir la novela en este caso (la verdad es que no encontré la manera de subirla gratis a Google Play, por eso hay que pagar) A cambio me parece que para algunas personas será más fácil leerla así:

Google Play Books:

https://play.google.com/store/books/details?id=jE0aEAAAQBAJ

Sigamos para los que se las arreglan con los torrent o quieran aprender:

Muchos utilizamos torrents para gestionar y descargar archivos, en eso soy un poco nerd y un poco geek, supongo.

Mi interés es que el acceso a la novela sea lo más simpe posible y esta etapa de distribución gratuita de mis libros (especialmente los más trabajados en formatos digitales, como Seré nada, Intransparente, El nombre del pueblo, y Suerte al zombi) se cumpla lo mejor posible.

Para crear el archivo ebook o libro digital de Seré nada no utilicé Sigil, pero sí para las otras tres novelas, lo que significa mucho trabajo extra además de escribirlas.

Lo que me decidió a elegir el título final fue la frase de Pessoa que comparto en esta entrada (la novela originalmente iba a llamarse Serenade, como una de las Serenadas, Gema, explica a una desconocido, Roger, quién es)

Pueden descargar el torrent de mi nuevo libro utilizando el utorrent, bittorrent o cualquier otro programa que gestione estos archivos.

Dentro del archivo encontrarán el EPUB y el MOBI.

Le dan a abrir Torrent y los lleva al programa que hayan elegido para descargar torrents.

De ahí pueden leerlos en su smartphone, en el Aldiko por ejemplo, o en un dispositivo lector de libros electrónicos como puede ser el Kindle. En la PC pueden hacerlo usando Adobe Digital Editions, que es mi preferido para esto. Fíjense si funciona la descarga. Si no, ya intentaremos buscar mejor maneras de compartir. Dejo los enlace al final de esta entrada.

El modo tradicional que es buscar los Epub y Mobi en Google Drive (así como PDF) en el inicio adriangastonfares.com sigue vigente.

A esta página de Inicio la llamaremos Sobre Adrián Gastón Fares. Libros y películas. y es donde está mi biografía y los enlaces a mis trabajos en cine y en literatura.

Organizar un blog de tantos años es como armar un rompecabezas, je.

Disfruten el fin de semana. ¡Saludos!

Adrián

ENLACES TORRENT:

Seré nada enlace para copiar en navegador al torrent (sólo .epub):

magnet:?xt=urn:btih:52E0CF3E78E3E1B86B6CF6E727AA22F7EFF05AFF&dn=Sere%20nada%20-%20Adrian%20Gaston%20Fares.epub&tr=udp%3a%2f%2ftracker.openbittorrent.com%3a80%2fannounce&tr=udp%3a%2f%2ftracker.opentrackr.org%3a1337%2fannounce

Mobi y Epub archivos en .RAR:

Seré nada Torrent o copiar en el navegador web (Con Control + C y luego Control + V)

magnet:?xt=urn:btih:4FCD7C75E00A9801EE65032EBDF944654D1CF02E&dn=Sere%20nada%20-%20Adrian%20Gaston%20Fares.rar&tr=udp%3a%2f%2ftracker.openbittorrent.com%3a80%2fannounce&tr=udp%3a%2f%2ftracker.opentrackr.org%3a1337%2fannounce

Novela completa: El nombre del pueblo. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela El nombre del pueblo. Espero que la disfruten.

Para todos los índices visiten la parte superior de la página (El Menú: esas tres rayitas arriba de este post despliegan el contenido del sitio) y/o también revisen la sección Acerca de mí.

PRIMERA PARTE. PUEBLO.

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 1

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 2

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 3

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 4

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 5

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 6

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 7

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 8

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 9

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 10

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 11

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 12

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 13

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 14

SEGUNDA PARTE. EL NOMBRE.

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 1

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 2

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 3

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 4

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 5

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 6

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 7

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 8

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 9

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 10

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 11

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 12

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 13

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 14

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 15

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 16

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 17

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 18

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 19

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 20

TERCERA PARTE. EL CANSANCIO DE LAS BALLENAS.

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 5

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 8

Fin. El nombre del pueblo. Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: El nombre del pueblo, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Sebastián Cabrol.

La máquina de hacer llover universos

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Hace unos años empecé con esta trama. Iba a ser un relato largo de ciencia ficción y aventuras, con varios protagonistas que eran enviados a un mundo paralelo, donde el protagonista iba viviendo situaciones que tenían que ver con la historia del mundo, como si hubiera algo programado que hiciera que cualquiera en determinado camino para llegar a una meta debiera pasar por estos escalones y desatar estos nudos argumentales. En el medio habría traiciones y pérdida terribles. Quería escribir algo de aventuras un poco dark. La cosa es que para esa época la tarea era demasiado. Me la pasaba corriendo de aquí para allá entregando cochecitos de bebé al correo en mi trabajo, y mi mente estaba luchando contra la tristeza de una ruptura, y a la vez, apuntando de vuelta al cine, desafiándolo.

Fueron momentos difíciles para mí y esta trama quedó frenada. En vez de seguirla, retomé la escritura de cuentos, desarrollé tres proyectos de largometrajes (o cuatro, mejor dicho, sin contar una serie de tv ), reescribí la novela Intransparente y luego hice lo mismo con otra más corta, El nombre del pueblo.

Hace unos días un conocido me contó que se había devorado El nombre del pueblo (que no está editada) de principio a fin en una noche. La trama de esa novela de misterio es bastante inquietante.

Aquí publico hasta donde llegué con este relato largo, entonces, que puede llamarse La máquina de hacer llover universos.

Por Adrián Gastón Fares

 

I

El concepto de evolución que en nuestro planeta mejoró un naturalista inglés en Mingus era religión. La conciencia había evolucionado y las almas eran los dioses. Como si fluyera sangre por las venas y las arterias de nuestro pasado mitológico. Los enemigos son eternos. Los amigos también. Las guerras invisibles son moneda corriente. Si encuentra el camino, o si la encuentran, el alma retorna al clan familiar. Ya sea para ayudar. O para vengarse.

II

A los veinticinco se mudó a vivir solo. Cruzaron en colectivo la Villa, como otras veces, pero ésta sería para no volver. Su madre le compró algunos víveres y luego desapareció. Duraron unos cuantos días. Flaco y alto, mucho no comía. Lo que ganaría como administrativo en un sindicato le permitiría pagar las expensas e invertir en su colección de soldados de plomo. Si permitía, como querían, que sus padres le pagaran sus gastos, terminaría como su hermano mayor: en la vereda de un edificio, después de intentar volar por los aires.

El día después de la mudanza era sábado y no tenía nada que hacer. Encontró en el alféizar de la ventana a una lagartija que después resultó ser un camaleón. A algún vecino se le habría escapado. Compró una jaula para el animal.

En esa época dominaban la Confederación los Altamiranos. Al principio defendían a los animales y una noche lograron liberar a una jirafa, a los elefantes y a dos monos del zoológico. Su perfil en la red social explotó. Se organizaron como partido. Dos años después controlaban con dinero a las fuerzas armadas y degollaban al presidente en una plaza. Marquita, que luego sería vocera en la Primera Junta, observaba el asesinato con el mono en brazos. Llovía.

Pronto las calles fueron controladas por perros mecánicos. Podían volar. Eran como murciélagos. Los hacían de diferentes razas.

Uno de estos perros, un desertor, modificado en su software original, fue el que me visitó la mañana del viernes 29 de agosto.

III

Soltó la puerta, que se fue cerrando a sus espaldas mientras me buscaba con su mirada.  Luego caminó con las alas caídas entre las filas de relojes antiguos. Se detuvo y levantó lentamente la cabeza hasta clavarme la mirada. Extendió el brazo metálico y abrió la palma de la mano. Un reloj de muñeca circular y negro. Partido. Una nube verde de olor pútrido ascendió en el aire y desapareció.

—Cómo te llamás?

—Héctor.

Le señalé el camino con la mano.

—Sentate en esa silla, Héctor.

Apesadumbrado, arrastró sus alas negras y se sentó.

—Cómo se llamaba el dueño del reloj?

—nAn

—Es un relator.

—Así es, señor.

—¿Hay que descifrarlo o sólo ponerlo en marcha?

—Descifrarlo. ¿En cuánto tiempo puedo venir a buscar la transcripción?

—En una semana tenés el presupuesto. El trabajo puede llevarme dos meses.

—nAn le va a pagar.

—¿Dónde está nAn?

—Perdido, señor. Con su transcripción, espero encontrarlo, y entonces él en persona va a venir a pagarle. Tiene mucha plata, nAn. Gracias al experimento. Debería saberlo.

—Yo no sé nada.

—Debería, señor—. Me dirigió una mirada de reproche.

Agarró el recibo que le extendí por el reloj, me dio la espalda y apuntó hacia la puerta.

Ni bien salió me puse a trabajar. Para reparar estos relojes de grafeno, sólo se necesita una contraseña que nosotros sabemos. Son irrompibles pero simulan romperse en situaciones justificadas. Dicha la contraseña, el reloj se recompuso y tosió. Estos bichos pueden reconocer la temperatura y la humedad. La última grabación era el 11 de diciembre de 3012b. La b minúscula indicaba que fue grabada en un mundo paralelo y es un signo que sólo reconocemos los iniciados.

No sé porqué, me limpié la garganta antes de decir:

—Quiero escucharlo.

La voz de mujer del programa relator, contralto, comenzó:

Atardecer. nAn camina por un sendero entre cardos y arbustos. Primero se saca el yelmo, luego dejar caer la capa con la cruz roja y por último la túnica blanca. Clava la lanza en el piso. Una liebre corre entre los árboles.  No tolera más Mingus. Pide a los Inventores, a través del comunicador, que lo devuelvan a la Confederación de las Islas. Nadie responde. Sus pulsaciones suben. Llega al tronco y se sienta. Escribe un nombre con un cuchillo en la corteza. No puedo descifrarlo.  Llora. Recomiendo que tome las pastillas que los inventores sumaron al kit de primeros auxilios. Deficiencia de serotonina. Come tres dátiles que tiene en su bolso. En el final del camino brilla el agua de un río. Ya en él, se agacha y bebe. Las pulsaciones suben más. Está mirando su reflejo en el agua. Cae. Pronto cesará mi relato. En el fondo del agua hay una puerta. Carcaza partida. Adiós mundo cruel, como dirían. El agua está envenenada.

Dije con vos firme:

—Quiero escucharlo otra vez. Esta vez lento por favor.

Comencé a transcribir a la relatora.

IV

Aunque algunos transcriptores trabajan de manera aleatoria, yo soy ordenado. Hay que empezar desde el principio, en cualquier disciplina y suceso de la vida el comienzo es lo más importante. Los iniciados trabajamos con el tiempo, otra forma de abordar la transcripción sería una falta de respeto. Nótese que la palabra iniciado sugiere un proceso puesto en marcha… Y aquí estaba yo frente a Bob, la mano robótica en mi mesa de trabajo que ya había levantado el reloj y lo sostenía frente a mi nariz. El relato iba a tener una connotación que me gustaba. El reloj había sido cargado con una relatora de gustos literarios anticuados: Tao Te King, Voltaire, Maquiavelo, Machen, Russell, Emerson. En las etiquetas también decía: vieja chusma, peluquera, maestra. Prendí mi pipa electrónica, exhalé el humo con sabor a mango, y dije: Prólogo, por favor.

A esa hora donde la desesperación y el cansancio del día transcurrido y la esperanza del día siguiente comienzan a llegar en oleajes programados y sucesivos que sumergen al cerebro humano en la indiferencia que le permite descansar, nAn, nuestro querido amigo, sale de su edificio y se dirige al restaurante de la esquina. La cita es con un periodista cordobés. nAn escribió un artículo que publicó en su blog en Internet sobre Baigorri Velar, el confederacionista que decía tener el poder de hacer llover. Con esto atrajo la atención de los fanáticos de los inventores de maravillas, la new age, la masonería, las fiestas agrarias, los hacedores de lluvia, entre otras entidades. En la entrevista con el periodista Chiquichuan dejó en claro que lo único que sabía del tema lo había volcado en el cuento. El periodista, desalentando por la falta de información sobre el hacedor de lluvia en sus búsquedas, preguntó si sabía dónde estaba la máquina. Sorprendido, nAn respondió, siguiéndole el apunte, que era imposible saberlo. Quería desentenderse del tema. Sólo era un cuento basado en una historia real que había ocurrido en el marco de un trabajo práctico mientras estudiaba cine. nAn era idealista, como su maestra de Reiki le había señalado, vivía en las copas de los árboles, y que cada tanto bajara a buscar algún alimento a la tierra, no lo independizaba de la angustiosa tarea de verlo todo desde arriba. Por lo tanto, a ese idealismo cocotero le convenía las historias donde un grupo formado por integrantes de los dos sexos emprende una aventura en que cada uno termina descubriendo su verdadero yo como si se tratara de clavar un dardo en el centro de un tablero suspendido en otro centro: el del universo. ¿Y si no hay centro? ¿Y si nuestra tarea es construir los tableros? Preguntas que lanzó al aire en Gerona el excelentísimo Olen.

Que nAn negara envolverse más con la historia de Baigorri era un extremismo: su idealismo cruzaba la línea del escepticismo y ahí, por instinto de conservación,  se quedaba. Con la cabeza mirando hacia atrás, como quien mira un coche que pasó rápido ocupado por alguien que le pareció conocido. Y de la mano de un difuminado fantasma que le tiraba hacia delante…

No es por criticar, pero nAn nos contó que a veces se paraba frente a sus soldaditos de plomo, confiriendo facciones imaginarias a esas caras romas y lustrosas, y les encomendaba diversas aventuras a realizar durante la noche. A la mañana siguiente comprobaba que estuvieran todos los muñecos en su lugar. Un día había faltado uno. Observó con recelo al camaleón inmóvil en su jaula. Así terminaba su idealismo.

La semana siguiente de la entrevista en el restaurante nuestro querido nAn recibe una llamada de un personaje de voz aletargada, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga potente pero esquiva. El personaje se hace llamar Rey de Rocanrol. El rey de roncanrol guarda un secreto importante.

La máquina de hacer llover estaba abandonada en un galpón en Gerona. Este lugar queda en España, doce o trece horas al oeste de Confederación de las Islas. El Rey del Rocanrol lo invitaba con pasaje pago a Gerona con el objeto de salvar a la fabulosa máquina de la destrucción definitiva, programada por uno de sus compañeros del colegio Marista, Olen Huelen. No indicó las razones por las que nAn era requerido para el salvataje. Pensando que es una estafa, nAn cuelga el teléfono.

El día siguiente nAn es interceptado por una camioneta negra, cuya ventanilla expulsa una cabeza masculina de melena rubia y enrulada, con un tatuaje en el cuello, que pregunta por una dirección. A nAn le suena como la calle de otra isla. La puerta trasera del vehículo se abre y nAn es obligado, por un humano delgado y sin cabellera alguna, a subir al vehículo, donde queda atrapado entre este humano y otro de mayor edad y vestimenta y peinado símil Elvis. El Rey del roncarol le explica la situación: viajará urgente con él a Gerona para investigar a la máquina del ingeniero Baigorri y prestarse a un experimento. Intenta negarse pero recibe un culatazo en la cabeza.