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Mis tres primeras novelas en PDF. Más selección de cuentos.

Elortis, casi una historia de amor. Aclaración (también llamada Intransparente)

El nombre del pueblo.

¡Suerte al zombi!

Los tendederos (selección de cuentos de terror y ciencia ficción de este blog) Aclaración: esta último libro digital está en proceso de selección y edición.

adrianfares.com

PD: Mi última novela es Seré nada, una historia suburbana de terror (2021).

Yo que nunca fui, soy. Sexta parte.

Intervalo (o tal vez final)

Puede ser que el destino de un árbol sea no saber que tiene raíces

Puede ser que la vida de un pájaro sea no saber que tiene alas

O la de un pez nadar sin conocer sus aletas ni el agua en la que nada

Puede ser que las cucarachas no sepan que tienen antenas

Y los murciélagos soñar boca abajo sin saber que tienen las patas cruzadas

Puede ser que una hormiga no sepa que existe el hormiguero

Y que una abeja ronde una flor sin saber que es una flor

Lo que no puede ser es que los seres humanos

Tengan que desconocer los sustantivos que los describen

Para caer en viejas telarañas sin radio ni centro

No podemos dejar que nos escondan las palabras que nos nombran

Que nos giren el tablero

Cada vez que nos aproximamos a nuestras verdades

Cuanto tiempo un hombre tiene que ver cómo le cambian el arco de lugar?

Cuanto tiempo hay que empujar la mentira hasta que caiga en el precipicio de la verdad

Yo vi los cuerpos en el piso

Yo vi la sangre en la pared

Vi el fuego que quema tu asiento

Y de gritar justicia y verdad bajo el agua me quede ronco

Nosotros que tenemos en el cuerpo la marca de las pezuñas de nuestras mascotas muertas

Esa desgastada V

Nosotros que tenemos pesadillas en las que somos rechazados hasta el principio

De los tiempos

Venimos

Con humildad

A darlo vuelta todo

Yo que nunca fui, soy

Ella que nunca era, es

El que nunca pensó, piensa

La que nunca habló, habla

La que no podía, puede

Y puede más que vos

Ellos que nunca iban a crecer, crecieron

Y crecieron más que ustedes

Nunca nos dijeron te íbamos a esconder las cosas para que no las encuentres

Nunca nos dijeron te íbamos a esconder la verdad para cuidarte

Para que no sufras

Y nunca se imaginaron que la íbamos a descubrir solos

Gracias a la señora Olga y a la señora Temple

Gracias a una chica que nos vino a buscar desde lejos

La noche que pasaban la película de nuestras vidas

Y cortaron la luz de toda la avenida

Para que nuestros ojos se acostumbren a la oscuridad

Esa oscuridad que iba a seguir creciendo hasta volverse un obelisco negro

Que nos pinchó el cielo de fuegos artificiales

Y encima nos llevaron en helicóptero para ver el agujero que iba a quedar

Por ahí vimos tu planeta falso

Tu asociación de versos célebres

Nosotros que siempre nos hamacamos

Que esperamos nuestro vaso de plástico de café en puntas de pie

Nosotros que nos hicieron pasar por ciegos de amor

Por hijos de la dictadura de la sordera

Nosotras que siempre estamos listas para una fiesta que nunca empieza

Nosotros que escribimos el escuchar de los escuchares

Gigantes perseguidos por gigantes que ya son más bajos que nosotros

Nosotras que nunca nos inscribieron

A nosotros que nos salva el juego triste y solitario de escribir con inocencia palabras letales

Nosotras que nacimos con dedo de revolver y fuimos ametralladas por un manojo de signos

Nosotros que esperábamos amor y obtuvimos burla y silencio

Nosotros que estábamos llenos de cosas que nos hacen ruido

Nosotros que rondamos la dicha

Y ya probamos que no necesitamos nada

Los ascéticos de la nueva era

Las desinteresadas de los intereses restringidos

Rígidas

Durangas

Forrest Gumps sin zapatillas

Maléficas sin Disney Plus

Yo que nunca fui, soy. Quinta parte.

En el ocaso de un siglo que presagió guerras y epidemias descubrimos el cinematógrafo. Fuimos al cinematógrafo y nos hicieron olvidar nuestra identidad. Cuando fuimos a nuestra identidad nos hicieron olvidar el naciente cinematógrafo. Habían pianos que tocaban solos. Mancos sentados en taburetes con la espalda recta. Había mujeres que cantaban en silencio. Vimos los títulos finales. Vimos todos los fundidos a negro. Nuestra película terminó y estamos buscando al encargado para que la encienda fuego.

No queremos que la vuelvan a usar, no queremos que la vuelvan a exhibir. No queremos que se sigan burlando de nosotras.

Ya tuvimos que aprender a poner marcha atrás a toda velocidad. Siembre nos salvó poner marcha atrás a toda velocidad. Es inesperado para ellos cuando usamos nuestra vertiginosa memoria eidética. Podemos volvernos semidioses usando la memoria. Podemos trastocar los mejores planes. Y si no, quemamos nuestras naves. Es otro recurso que usamos seguido para sobrevivir en el mundo desalado o cuando prevemos que nos están por arrojar a una de Las Simas. Muchos de nosotros arañaron las paredes ardientes de alguna Sima y supieron la verdad.

Porque si los tocamos sabemos la verdad. Un apretón de manos puede terminar con un siglo de secretos urdidos. Es uno de nuestros dones.

Arrastramos las imágenes de lo cierto hasta dar con lo cierto. Si nos concentramos y nos apabullamos y caminamos mucho y damos vuelta, volteando papeles y libros, como buscando algo que sabemos que está pero no dónde, eso significa revelación cercana. Frío, tibio, caliente.

Estamos acostumbrados a lo caliente. A lo caliente que se congela. A lo frío que se enciende. A la verdad que espera en desvanes. Otro de nuestros dones.

Nosotras tenemos visión periférica. Captamos todas las miradas. Discernimos los pedidos de ayuda, los brazos cruzados arriba de las cabezas, las mejillas sonrosadas. Interceptamos a los ojos que se desencuentran rápido. Los ojos que se van porque no les conviene. Las miradas que vienen porque no se van. Estamos acostumbrados a ver en la oscuridad. Repicamos nuestras lenguas contra los paladares para ubicarnos en la oscuridad.

Nuestros retratos nunca recibieron luz. Nuestros retratos están colgados en cuartos cerrados con olor a lona de pileta desarmada. Cuartos a los que entran una vez al año. Nuestros retratos están ocultos en cajones de armarios. En cajones trabados.

Nuestros retratos nunca fueron tomados, nunca fueron dibujados, nunca fueron firmados por artista alguno. No llevan nuestros verdaderos nombres.

Porque dudamos de nuestros nombres, dudamos de nuestros segundos nombres, dudamos de nuestros apellidos. Existen familias como las nuestras en muchos lugares. Los ayuntamientos siguen el mismo patrón. Nos llamamos oscuros en todos los idiomas. Caballeros en todos los idiomas. Guerreros en todos los idiomas.

El pueblo, chico. Las caras que se repiten en todos los ayuntamientos. Los caminos que se repiten en todos los ayuntamientos. Los amigos se repiten en todos los pueblos. Nuestros esposos se repitieron en todos los lugares. Nuestras mujeres…

Nos interceptaban en todos los lugares. Bajábamos escaleras y nos interceptaban. Íbamos al baño y nos interceptaban. Nunca tuvimos miedo, nunca pensamos que no eran casualidades. Tuvimos que aprender a olvidar la casualidad.

Nos gustaba ir solas al cine. Nos gustaba salir solas del cine. Nos gustaba salir solas del cine y que lloviera. A veces nos interceptaban afuera del cine. A veces en las puertas de las iglesias cuando un casamiento. A veces nos enganchaban de manera tan rara que no lo podíamos creer. Nos perseguían en los túneles bajo tierra. Algunos de nuestros familiares tenían radios que interceptaban una estación que sólo ellos podían escuchar. Los engañaban así. Nos engañaban así. Cantaban canciones que nunca hubieran escrito.

Ahora la sombra de sus drones se dibuja en nuestros cuerpos desnudos cuando apacentamos cerca de los árboles frutales. Es difícil escapar. Más difícil que antes. Tanto que a veces ni queremos escapar. Es una contradicción que la mentira pueda pasar por belleza. No nos gustan las contradicciones.

No podemos soltarnos a recordar el pasado. Son muchos detalles, muchas historias, no podríamos seguir adelante con nuestra tarea. Pero basta pestañear para que el pasado escale a nuestro cuello y se cuelgue de nuestras pestañas largas como cerrando la persiana metálica de una tienda de antigüedades.

En nuestros cumpleaños, de niñas, nos regalaban cajas con un moño rosado. Tirábamos de las vueltas y el interior nos revelaba la sorpresa: nuestras propias manos con uñas largas. La velita de nuestros pasteles, de nuestras tortas, era un dedo de piel arrugada y uñas largas y pintadas de color rojo. Eran dedos fríos que soplábamos hasta que se encendían. Hasta que eyectaban de las yemas hilos finos de sangre que dibujaban nombres en el cielo raso grisáceo y en el cemento sudado.

Nos lloraban encima.

De chico, cuando las navidades eran paganas y todavía no existían los pobres angelitos, una estrella nos explotó en la cara. Descansamos del accidente en el dormitorio donde escribimos esto. Nos llenamos de luces en la cama donde escribimos esto. En el cuarto de las Abuelas Viejas de pelo largo y blanco.

Ellas nos enseñaron el tesoro. Ellas jugaban con las monedas. Era un juego simple y justo, no como Los Juegos Grandes en los que ya estábamos anotados cuando las Abuelas Viejas jugaban con nosotras con las monedas, con nosotros y las monedas.

Somos las Abuelas Viejas.

Y morimos en primavera en los dormitorios donde dictamos esto.

Somos un personaje de un cortometraje que moría en los dormitorios donde escribimos esto. Somos un personaje que escribía en una máquina de escribir en este dormitorio. Somos el fantasma de un niño actor de un cortometraje que ya nos andaba corriendo con un chipote chillón para que despertáramos de la ficción que nos escribieron, del plan de 1921, del plan de 1974, del plan de 1851, del plan de 1112 y así podemos seguir para atrás.

Dormimos con las luciérnagas. Compartimos la cama con estrellas fugaces.

¿Qué luz nos perdimos que los demás vieron? ¿Por qué nos dejaban siempre esperando en la puerta de la calle? O rondando ascensores con iniciales envueltas en corazones.

De chicas un ascensor nos llevó a un piso inexistente en un edificio insostenible. Había maniquíes, muebles cubiertos con trapos, y partículas de polvo que caían de abajo para arriba, subían hacia el cielo raso. Entre las formas ovaladas de los muebles ocultos yacía el ala trasparente y nervuda de una libélula gigante. Entonces el ascensor descendió y ya no fuimos las mismas.

De chicos nos llevaron a la iglesia y ante el altar dijeron que el pez dorado en la bolsa de plástico estaba diabólico.

De chico éramos viejas problemáticas.

Éramos viejas chicas problemáticas insomnes que juntábamos alas de cucarachas de la alacena de los lavaderos.

Nos hicieron soñar.

Aprendimos a hacer soñar a los que nos hacían soñar. Aprendimos a hacer soñar en general para los buenos fines. Ya no se sabe quién sueña y quién hace soñar.

Estamos en el medio de una guerra de sueños.

Tuvimos que aprender a retener nuestra simiente en los sueños que nos tomaban de las manos y nos descendían por una escalera caracol para quitárnosla en un sótano. Tuvimos que aprender a sacárnoslos de encima antes que nos ahoguen en el horario de la siesta. Aunque rara vez dormimos la siesta.

Nuestras hilanderas en Iquitos producen redes para atrapar a los cultivadores de perlas. Pero sabemos que no tiene sentido atraparlos porque son perversos y les gusta ser atrapados, ven como un mérito la persecución. Somos sus gladiadoras. Somos sus gladiadores para divertirlos en potreros sin lectores.

Acariciamos nuestros pies en agradecimiento al camino recorrido, anduvieron mucho y el suelo siempre pedregoso y la arena caliente. Recordamos cuando teníamos alas y agradecemos el haber tenido alas.

Cuando teníamos alas guarecimos a San Atanasio de una hueste de humanos disfrazados de demonios. El santo barbudo debajo de nuestra espina dorsal encorvada y nuestras alas cerradas como formando una crisálida a su alrededor. Mariposas, no, decimos, aunque nos coleccionaban así también pinchados a lo Gran Gatsby en nuestras islas desesperadas.

Vampiros, no, decimos. Aunque nos enterraban al ras de la tierra y esperaban a que nos pudriéramos y entonces no y pensaban que éramos no muertos. Nos enterraban en urnas de cristal y veían que no nos pudríamos y nos reverenciaban. Coleccionaban nuestras reliquias. Nuestros huesos líquidos, nuestros corazones secos, nuestras manos de dedos largos, cuándo no.

Conocimos vampiros como la chica que nos mostró el colgante con el retrato oval de una pálida antepasada de su especie en noches que amanecieron frías.

Con el tiempo olvidamos los apellidos que nos llevaron a los lugares. El espacio es el tiempo aprendimos a rezar, las personas son el tiempo, aprendimos a rezar. Los lugares son el tiempo. Las personas vienen y crean el tiempo, las personas se van y crean otro tiempo. No hay manera de escapar de estos tiempos, salvo cuando repetimos nuestras obstinadas rutinas y juntamos las palmas de las manos e inclinamos el cuello hacia delante. Y así tampoco escapamos.

No existe el tiempo. Lo inventaron para atraparnos a nosotros.

Las estrellas que vemos están muertas. Las muertas que vemos son estrellas. La distancia entre las estrellas es la velocidad de la oscuridad. Conocemos la velocidad de la oscuridad porque fuimos traicionados entre árboles, fuimos traicionados entre telescopios. No vemos con los ojos, no escuchamos con los oídos.

Les tememos a los mamíferos marinos porque en el principio éramos peces. Los mamíferos marinos nos engullían, nos tragaban en cardúmenes. Escribimos un cuento de un mamífero marino, blanco y gigante, un empecinamiento de nuestra alegoría.

Los mamíferos marinos fueron los primeros guardas que rondaron nuestras ciudades sumergidas, cuando boqueábamos nuestros amores y apacentábamos caracolas.

En las profundidades de los mares hay montañas formadas con las escamas que perdimos.

Astillamos las olas. Pegamos el salto.

Yo que nunca fui, soy. Cuarta parte.

No tuvimos padre, no tuvimos madre. Somos nuestros padres, somos nuestras madres. Somos madres de nuestros padres, padres de nuestras madres. Alejaron a nuestros hermanos, alejaron a nuestras hermanas. En sus escrituras aparecen como los malos. ¿Quiénes son los malos? ¿Quién se atreve a escribir eso? ¿Quién se atreve a individualizar la maldad? A decir que es una cara. Que es una calavera. ¿Quién es el dueño de la calavera? ¿Quién es la dueña de la calavera?

Los sumos sacerdotes, los escribas, ¿quiénes son? Nos marcaron de nacimiento, nuestra partida de nacimiento está marcada. Nos siguieron toda la vida para ver qué pasaba con nosotros. Se ubicaron frente a nosotras, se ubicaron frente a nosotros. Ellos sabían y nosotros no. Ellas sabían y nosotros no. Nos lo ocultaron. Nos mintieron.

Nos vieron volar de chicos, nos vieron arañar el salpicado de las paredes, sabían que podíamos volar, nosotros lo olvidamos, olvidamos cómo hacer para flotar en nuestros claustros. Cuidaron de nosotros monjas hasta que decidieron que la beneficencia no era lo mejor. Jugábamos en el recreo del modelo demonológico. Trabajamos en las oficinas del modelo organicista. Los otros modelos aplicados a los seres diferentes nunca fueron para nosotros, nunca los aplicaron con nosotros.

Somos invisibles. Nunca nos vieron, nunca nos anotaron, perdieron nuestros registros, olvidaron nuestros hechos, borraron nuestras historias, las ocultaron, las intercambiaron, las barajaron, las apilaron y luego las vendieron en un lote de libros usados. Los médicos pasaron sus secretos, las parteras no podían creer lo que hacían. No podían contar en sus casas lo que veían. Nadie les creía. Como a nosotras. Como a nosotros.

Soy un esqueleto sordo de la sierra de Atapuerca. Soy el fantasma de una epiléptica exorcizada. Largo espuma por la boca. Mi espuma son los mares en los que se bañan los hijos de los escribas. Las hijas de los sumos sacerdotes se bañan en mi espuma.

En 2006, pedimos limosna hasta que con ella financiaron una convención para nosotros que nunca tuvo peso, que nunca se leyó, un papel más, una ley más entre tantas leyes transparentes, invisibles como nosotros. Viajamos a Nueva York, escuchamos el nuevo sermón, escuchamos a los predicadores de nuestra condición que no tenían nuestra condición. Con la excusa de ayudarse a ellos mismos, inventaron organismos para ayudarnos a nosotros. No emplearon a seres como nosotros en esos organismos, no sirvieron, son pantallas para quedar bien. Otro mail vacío. Otro cuento del tío. Cuando pedimos ayuda, nos atrapan en esas redes y nos dejan solos en el muelle. A veces decimos que antes era mejor, en 1784, en el Santa Catalina éramos por lo menos sirvientes. Nos sentíamos útiles, teníamos algo para hacer. Nos miraban con lástima por lo menos pero nos miraban. Nos llamaban con palabras reales, como maníacos, como retrasados mentales, como graciosos y raros. Intentamos hablar pero nos daba vergüenza. Se reían de nuestra voz. Nos callamos. Aprendimos la lengua de señas. Aprendimos a leer los labios. Fuimos mudos. Fuimos ciegos. Aprendimos a no escuchar. Aprendimos a no mirar. El que quiera oír que oiga. El que quiera mirar que mire.

Para restituir el vuelo, aprendimos la matemática, aprendimos la tornería. Era mejor antes porque para luchar aprendimos a fundir metales, aprendimos a afilar piedras y a usar los yuyos para atarlas a un palo. Aprendimos a hacer sogas. Algunos usaron esas sogas para volar otra vez. Volaron, dijeron. Se nos fueron. Terminaron como sabían que iban a terminar.

Somos los hijos de la polio, somos las hijas de la polio. Somos viejos, somos jóvenes, somos adolescentes, somos niños, somos niñas, somos adultos, somos cadáveres, somos fetos en frascos y desde ahí cantamos nuestras canciones de revancha con violines desafinados. Tenemos un certificado que no sirve y que prendimos fuego en la parrilla. Se viaja más rápido con la imaginación que en colectivo, nos decimos. Leíamos a Burroughs; amanecía en la espera de viejos hospitales de la ciudad de Buenos Aires. Desfilábamos entre pasillos con vistas a silla de ruedas y cuerpos vendados.

Nos sacamos el chipote chillón en las máquinas de juguetes. Es como nuestro martillo de Thor. Aúlla como un mono. No nos dimos cuenta de que el chiste era golpear en la cabeza con el chipote chillón del mono a medio mundo para que se acordaran de que existimos. Nos olvidamos. Pensamos que iba a ser fácil. Pensamos que nos iban a comprender antes de preguntarnos si queríamos ser comprendidos. Si nos convenía ser comprendidos. Si era necesario ser comprendidos. Porque es más fácil luchar que buscar la comprensión, es más fácil escalar montañas, es más fácil ganar olimpíadas para sostener el fuego. Estallamos. Combustión espontánea.

Nos convertimos en nuestras propias estrellas. Creamos nuestro universo, una nueva órbita de la que estamos tratando de alejar todo lo dañino, todo lo innecesario, todos los paradigmas feos, todo lo maligno, toda la hipocresía. No nos quedo otra que convertirnos en soles. Crear nuevas órbitas.

No nos quedó otra que crear sucedáneos alados, mosquitos gigantes de alas tornasoladas. Sabemos cómo pegárselos en las espaldas a los que juegan con nosotros. Sabemos cómo hacer que los lleven arriba sin sospecharlo. Nunca los ven. No adivinan que los tienen agazapados ahí. Nuestros bichos raros escuchan todo, lo ven todo y nos lo mandan a nuestras antenas. Nuestros bichos raros tuercen las órbitas que no nos favorecen.

Al principio no funcionaban porque no creíamos en los bichos raros. No teníamos fe. Pero cuando tuvimos fe, las imágenes empezaron a llegar. Les devolvimos el rechinar de dientes pero no nos gusta reírnos de eso. No nos gusta usar a nuestros bichos mansos para eso. A veces no nos queda otra. Tenemos una responsabilidad con nuestra especie sin nombre. Ellos aplican sus protocolos, nosotros aplicamos los nuestros. No siempre nos quedamos cruzados de brazos.

Quisieron institucionalizarnos, quisieron violarnos, quisieron matarnos. Fue demasiado. Aguantamos todo eso pero cuando se burlaron de nosotros, cuando jugaron con nuestras creaciones y quisieron raptar a nuestros hermanos, raptar a nuestras hermanas con promesas falsas, reaccionamos.

Reaccionamos y nos dijeron vení que te vamos a ayudar, vení que te vamos a llevar de la mano, con nosotros vas a poder. Fuimos y abusaron de nosotros. Fuimos y nos llevaron de la mano hasta un volcán. Nos arrojaron a La Sima. Aprendimos a respirar el aire tóxico. Nuestros pulmones se adaptaron pero la energía necesaria para volver a generar alas se fue en eso.

¿Y entonces qué?

Yo que nunca fui, soy. Tercera parte.

Con tristeza entendemos que nosotras recibimos los golpes, las bromas, las burlas. Es porque los alegra, porque eso los libera como a nosotras patear una puerta. No pueden crear belleza y es lo único que les queda, no pueden apreciar la belleza y es lo único que les queda dejarnos un arma descargada para que la usemos en la desesperación.

Hay que patear más puertas para ver lo que sienten ellos cuando nos denigran con su insensibilidad, cuando nos usan. Lo que sale, lo que flota después de golpear una puerta es eso que ellos sienten después de usarnos a gusto.

Nunca desquitárselas con humanos porque vamos a caer tan bajo como ellos y nosotros ya no somos humanos. Dejamos atrás ese paradigma. Buscamos otros. Encontramos otros. Aparecieron otros.

Algunos trashúmanos, decimos, porque usamos aparatos, porque sin la tecnología no veríamos, porque sin la tecnología no caminaríamos, porque sin la tecnología no oiríamos. Sin la tecnología no tendríamos tacto, no podríamos acariciar por última vez el hocico de nuestro perro muerto. Aunque nosotros somos conscientes de la paradoja de que tal vez la tecnología no funciona, de que tal vez con ese guante que desarrollaron nos imaginamos que tocamos, nos liberamos de las ataduras que no nos permiten sentir más allá de nuestro cuerpo y es eso y no lo otro.

Y cuando acariciamos a nuestro perro en vida, otra deva, los ojos nos brillan como antes de que nos arrojaran al vacío, como antes de que nos hicieran ver la negrura de La Sima, los que tienen los ojos abiertos y no ven nada, los que tienen los oídos perfectos y no escuchan nada, los que tienen las piernas bien y no caminan nada. Nunca los vamos a entender, nunca las vamos a entender. Nunca nos vamos a entender. ¿Para qué nos preocupamos? ¿Por qué nos afectan?

¿Por qué tenemos piedad? ¿Para qué la compasión?

¿Por qué no crear alas sintéticas, alas mecánicas, extensiones de nuestro cuerpos pegadas a nuestras espaldas? ¿Así no recuperaríamos las que teníamos? ¿No sentiriamos que podríamos volar aunque esos aparatos no funcionaran? ¿Aunque fuera una mentira?

Ya nos mintieron tanto.

Y nos cincelaron hombres de uñas largas, nos reprimieron, nos oprimieron, nos amedrentaron con sus paradigmas fáciles de caretas de fakir con un cuchillo clavado en la sobresaliente mejilla izquierda, con sus paradigmas de mil quinientos pesos la media hora, con sus paradigmas de ascensores y tronos de metales imprecisos, se elevaron ante nuestros ojos, se endiosaron, nos miraron con cautela y nos sacaron el brillo de los ojos, nos borraron la sonrisa, nos dejaron sin poder llegar al final de la página, nos dejaron sin atender a los llamados, nos invitaron a nuestra propia boda burlesca, con la correa ríspida en el cuello hasta el altar de las palomas sin pico, nos llenaron de lugares comunes: nos quitaron a nuestras mujeres, destruyeron a nuestros hombres.

Los echaron de sus trabajos de años, sus trabajos de toda la vida, y sabían que ninguna indemnización los iba a salvar, sabían que esa parte de su vida que era nuestra noche compartida, nuestros fines de semana compartidos, ni bien liberaran el cordel se iba a terminar también. Nuestros hombres se enfermaron, negaron con las cabezas hasta cavarse un agujero en el aire, se nos fueron yendo así como quien no quiere. Perdiendo la malafortuna que se habían ganado con tanto esfuerzo y sacrificio.

Con su sacrificio nos sacrificaron.

Nos enterraron en el pasado que vuelve una y otra vez para cambiarnos de tumba, bajarnos al nivel del suelo y cerrar la puerta de nuestro sepulcro salvaje de baldosas estalladas. A brindar entonces dijeron, a tomar nuestras cervezas artesanales, a entrechocar las copas repetidas en lugares todos iguales, lugares repetidos, no lugares y ya, al son del chan chan de Sultanes del Ritmo, al son de alegres gaitas engatusadoras que no molestan tanto nuestros sentidos como el punk sobrio que nos gustaba antes de ser concebidos.

¿Tenemos la llave? ¿Es verdad? ¿O la tienen ellos? ¿Quién aseguró entre nosotros que teníamos la llave? Que de un paso adelante. ¿Quién nos hizo comprar el libro sobre el imperio de los soles? Éramos chicos y en la cama y nos perdíamos con estatuas entre hierbajos que no sabíamos ni dónde quedaban.

Nos lo tiene que explicar y lo vamos a perdonar porque es parte nuestra perdonar. Es parte del ser de ojos rasgados, del paradigma de aquel hombre de ojos rasgados, de orejas puntiagudas, de lóbulos largos, del nacimiento sin lágrimas, lo seco que lo inunda todo, que lo rebalsa todo como la verdad sobre la mentira.

¿Por qué no lloramos al nacer? ¿No era más fácil que hacerlo después de grandes? Nacimos valientes ya, nos decimos, nacimos así, se ve. Tiene que ser eso. No somos magas. No somos magos.

Venimos del este y miramos hacia el este, nos prosternamos hacia el este sin saber por qué, como Ballard. Pero manipularon la bondad de nuestros hombres, la bondad de nuestras mujeres.

Y por más que no queramos hay un aire en el piso que nos gira hacia el este, es raro ver que nos fuimos girando solos en el piso, hacia donde sale el sol en esta tierra rancia, llena de narices que huelen.

Huelen el agrio de lo chamuscado que nos repiquetea en la nariz como el perfume abaratado de nuestros yoes, el aroma de acero recién fundido de collares de semillas que nos llega cuando estamos in, el tufo verdegris de la salvia, el picor de la hierbabuena negra salvadora de muelas, el olor a iniciación, a pintura acrílica de amarillo desramado con el que nos pintan, con el que nos visten y que pueden quitar a gusto cuando se les canta, una lechuza de cerámica menos en la colección, como una fotografía de perfil de estos tiempos, ellos que inventaron los caminos, ellos que pintaron las innecesarias señales modernas.

Ellos que bordean los portones de amarillo tiza para guiar a los camiones con seres como nosotros en contenedores hasta el interior enchapado de los estacionamientos en donde nos apilan. Tráfico nocturno ¿Dónde los llevan? ¿Dónde nos llevan?

¿Por qué resurgieron? ¿Cuándo resurgieron?

Ellos no son naturaleza, ellas no son naturaleza, se alejaron, la escupieron, se la bebieron, la enchastraron. Derriban los árboles, ofertan a las plantas y arrancan a los yuyos lindos, ellos deciden qué crece y que no. Son como soles inmaduros. Son como reflectores que ciegan nuestra capacidad de decisión con tantos gritos, tantas palabras, tantos empujones casuales, inventados y ya, tanto verso vacío, tanto General en sus cuadros, tanta mala junta. ¿Cómo se atrevieron a jugar con nosotros? ¿Cómo se atrevieron a jugar con nosotras?

Y nosotras con el poder del perro que es útil para las señales de lejanas huestes nunca aireadas, nunca cepilladas por los arqueólogos que temen maldiciones leves. Debemos renovarlo, tenemos que usarlo al poder, arrancarse las remeras y dirigir las palmas abiertas hacia el sol, levanten los cuellos orgullosamente y dejen caer hacia el costado sus cabezas, mientras miran a la cámara de refilón. Griten Correr. Griten Huir.

Todavía se puede volver al pasado y avisarnos a nosotros mismos de que esto iba a pasar. De que todo era un plan no cantado. Hay que concentrarse en los vértices de las paredes de nuestros dormitorios hasta que el cielo raso empieza a difuminarse, hasta que todo lo demás se difumina, hasta que el espacio tiempo se mezcla como nuestra proteína con las frutas en nuestras licuadoras de botones saltados. En el pasado tocarnos el hombro y susurrarnos al oído la verdad. O llamarnos a nosotras mismas al teléfono de nuestra antigua dirección y dejar sonar nuestra Familiar Canción y agregar otra solo conocida por nosotras. Soltarnos a nuestra doble el bretel para que nos detengamos en el momento justo a acomodarlo y nunca lo conozcamos. Nunca la conozcamos. Danzar con las mascotas bestias en futuras plazas sin pasto, donde vuela la tierra que entrecierra los ojos.

¿Y entonces?

Yo que nunca fui, Soy. Primera parte.

¿Desde cuándo todo parece una broma? ¿Por qué aguantamos a los sádicos una y otra vez? No sabemos dónde se esconden, no sabemos qué dicen detrás de sus ojos inquietos y sus bocas cerradas.

Nacimos hace mucho tiempo ya. Recordamos la tierra cuando era como un ovillo de lana. Algunas matas de arbustos, helechos y musgo. Mucha agua. Venimos del agua, a veces pensamos que nosotros venimos del agua y ellos fueron los que se treparon a los árboles buscando la gran sombra.

La gran sombra tal vez es lo que lo complicó todo, pensamos. La gran sombra en la cabeza que idolatraban. Esas cabezas que hicieron rodar en todas las guerras, no importa de qué bando estuvieran. Nos segaron. Nos cortaron. Nos estudiaron. Lo venimos diciendo hace mucho tiempo. Lo decimos en las películas. Lo decimos en los libros. Pero nadie parece darse cuenta. ¿Será que ya no queda nadie de nosotros? ¿La lucha terminó y ya ganaron lo de los árboles?

Soy una mujer tullida de una aldea. Antes me reverenciaban pero las épocas cambiaron y me encontré de rodillas, rezando para ellos, llevando la ropa, limpiando aún así, nadie me escuchó, nadie me hizo caso. El ciego me hablaba, me decía que no podía ver mi color y que yo no tenía ninguno. El ciego fue el primero que mataron. Lo envenaron o lo adormecieron. Ni se dio cuenta.

Soy uno de los que llegaron en los barcos en las primeras inmigraciones. Todos veían el horizonte, yo me fijaba en las ondulaciones del agua, en el cielo encedido fuego, en las nubes arracimadas, en el agua que se iba amarronando mientras nos acercábamos a la América. Di la espalda y alguien me palmeó para darme ánimo. En el fondo, a mí ya no me importaba nada. Nos habíamos ido. El mundo no perdona a los que se van.

Somos los que nos mudamos de lugar en lugar, de casa en casa. Los que plantamos jardines que después no podemos mantener. Los que damos vuelta las piedras que dejaron nuestros antepasados para encontrar una respuesta de qué hicieron, quiénes eran y qué querían del mundo.

Somos los que viajamos al pasado a correr a nuestros abuelos y abuelas. Pero no sirvió. Probamos con nuestros bisabuelos y nos acercamos un hombre con los hombros cargados y un bolso y le pedimos ayuda, le decimos que reaccione antes de que sea tarde, que se aleje del barrio, que pronto morirá, que su familia va a quedar perdida. Sus biznietos sin futuro. Todo el esfuerzo en vano. El hombre no escucha y sigue caminando. Tal vez es como nosotros, tal vez es diferente.

Porque nosotros somos los diferentes y las diferentes y ése es el problema y siempre lo fue. Nunca importó el color de los ojos, de la piel, la altura, la edad, la casta, la posición social, el país. Siempre miramos a las plantas y las acariciamos. Miramos al cielo y esperamos. Vemos los signos que otros no pueden ver. Vemos la envidia. Tratamos de ser envidiosos pero no nos sale. ¿Cómo vivir así? Teniendo el mundo en las manos que se nos escapa todo el tiempo.

Como cuando me quemaron en una hoguera. Las llamas lo envolvían todo y éramos tres. Los ojos nos estallaron y seguíamos sintiendo. Ellos se rían, bebían vino a nuestros pies. Ni siquiera la maldición que les enviamos los detuvo. Pronto otras ardieron en las hogueras.

En el bosque, alejadas de las aldeas para que los niños no escuchen los gritos de desesperación. Pero algunos los escucharon. Abrieron los ojos y ya no pudieron cerrarlos. Se quedaron quietos con el cuello medio entornado. Algunos pasaron la vida así. En esa época no los entendían. Los abandonaban después y la culpa la teníamos nosotros por haber gritado en la hoguera.

Estaba bien cuando los combates eran cuerpo a cuerpo, las chances de ganar estaban más repartidas, pero las armas fueron evolucionando, creando más caos, más fuego. Dolía menos y la muerte era más rápida, pero también la decisión de morir era más fácil de tomar.

Muchos nos suicidamos. En habitaciones con las paredes renegridas por el humo del tabaco. En vías de trenes. En casas altas y casas bajas. En edificios. La velocidad había llegado. Era más fácil morir y para algunos caer desde las alturas parecía una bendición.

Algunos de nosotros escaparon, se escondieron en islas, en la selva o en los valles de las montañas, pero la tecnología fue avanzando y también nos encontraron. Tuvimos que aprender a derribar drones. Tuvimos que aprender a subirnos a los árboles. Tuvimos que aprender a aguantar la respiración en las aguas profundas. Pocos sobrevivieron.

No tenemos amigos.

Y nuestros enemigos se desbandan cuando terminan con nosotros. Se pierden unos a otros. Desaparecen sin dejar rastro y se exterminan a sí mismos. Pero viven más. Dejan huellas más duraderas. Nuestra historia se escribió en los márgenes. Los que querían escribirla no tenían a veces manos para hacerlo ni esclavos para dictarlas. Las guardaron en sus cabezas hasta que las cabezas se desprendieron de las vértebras o quedaron enterradas bajo losas sin inscripción alguna.

Dicen que nos convertimos en viento. Que las raíces de los árboles, en especial la de las magnolias, nos ayudan, comandando a todos los demás árboles, enviando mensajes porque saben que somos los menos peligrosos para la naturaleza.

Los árboles no son buenos ni malos pero saben qué les conviene.

Lo saben los animales también que reptan por las paredes cuando algunas de nosotras muere, que acompañan los carros fúnebres, que se esconden en las sepulturas, y sueñan cosas que no sabemos.

Somos los perseguidos por el templo de la Intemperancia, como Poe que siguió a un hombre en la muchedumbre y se perdió con él.

Usan el amor para atraparnos. Usan la ciencia para atraparnos. Usan las ilusiones para atraparnos. Cambian la naturaleza para atraparnos. La extinguen. La matan. Le mienten a la naturaleza.

Se miran en el espejo después. Porque el espejo siempre miente, esa imagen virtual de la imposibilidad de estar frente a nosotros mismos. Pero ellos no se dan cuenta. Lo miran como si se estuvieran mirando a sí mismos. Nunca nos vemos como en el espejo ni nunca nos veremos. Por eso tanto les tuvieron miedo.

Somos los que arrojaban a las garras del minotauro en el laberinto. Doncellas y donceles. Tanta vida nunca experimentada para que un torero mate al toro. Esa bestia nunca nos mató, nos guardaba en cuartos sin ventanas ni oquedades donde anotaba nuestras historias para que las futuras generaciones las lean.

Éramos pocos y siempre parecimos muchos. No sabemos cómo es eso. Nos perciben como muchos, nos ven como bellos, admirables, imitables, envidiables, cogibles. Nos dicen que el aroma de nuestro cuerpo es el del mar. Tragan nuestro semen con fruición, sorben nuestro fluido vaginal con atención. Nos dejan vacíos y se llevan nuestras semillas a plantarlas bajo viejos soles.

Después nos esterilizan, irreproducibles, nos dejan sin familia, sin descendencia, sin futuro posible. Nos ligan las trompas. Nos castran porque saben que eso no evita que se pueda tener relaciones sexuales y así nos pueden seguir usando a gusto.

Por eso aprendimos a decir no, aprendimos a decir nada, a decir despreocupate, a que nada nos importe, pero eso no alcanzó para sobrevivir, no alcanzó para seguir.

Fuimos viendo como nuestra civilización nunca fundada se desfundó. Fuimos viendo como las trenzas de nuestras mujeres eran cortadas. Como las manos de nuestros amantes eran cercenadas.

Los que escribieron en cárceles sobre escuderos y molinos. Los que escapaban al desierto y dejaban de escribir. Los que morían en una caravana en Alaska.

Las que se retiraban a cuidar perros y a cuidar de sus ancestros; cenizas encapsuladas en vasos opacos.

Las que se adentraban en el mar hasta la rodilla y seguían hasta la coronilla. Con piedras en los bolsillos de los vestidos. Explotadas, abusadas, engañadas por peligrosos paradigmas nuevos.

Nuestra fuerza era el arte y con estrategia nos lo quitaron. Se lo adueñaron, lo debilitaron, lo copiaron, nos reemplazaron con imitaciones débiles, incoherentes, poco influyentes, espiradas, inertes, atrayentes.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Novela. 2021. Capítulo 15.

Capítulo 15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas…

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. 2021. Adrián Gastón Fares.

Seré nada, una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.
Seré nada, una historia suburbana de terror

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…? Seré nada es una historia suburbana de terror, aventuras y ciencia ficción.

Un poco sobre mí.

Soy director de cine, guionista y escritor. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (Walichu y Mr. time, entre otros).

Escribí tres novelas más además de Seré nada, una historia suburbana de terror (las novelas son: ¡Suerte al zombi!, El nombre del pueblo, Intransparente) Pueden leer mis cuentos de terror y ciencia ficción en este mismo blog o buscar la antología provisoria en PDF llamada Los tendederos.

Pueden buscar la novela completa gratis en el blog y también buscarla completa en Google Play Libros / Books.

Para más información pueden ir al Inicio de este blog: adriangastonfares.com

Una historia suburbana de terror. Seré nada. Capítulo 21. Pueden leerla completa en Google Play Libros o en el menú de este blog.

Volvieron, Silvina con los hombros bajos, Ersatz apurando el paso por si cruzaban alguno de los nuevos vecinos.

Por suerte, el aroma que había en la casa les despertó el apetito.

Manuel había terminado de hacer la pizza en la parrilla, el horno no servía, se apagaba, y como había mucha humedad y hacía calor, comieron en silencio debajo del olivo.

Al terminar la cena le contaron lo que habían averiguado a Manuel que hasta ese momento pensaba que no habían encontrado a Roger.

—Lo que habrá hecho ese Roger para que lo echaran de un colegio… —comentó Manuel—. ¡¿Problemas con autoridades escolares…?! Fue un sueño la colonia de sordos. Esto es un asentamiento de delincuentes —aseguró.

Ersatz asintió y dijo:

—Silvina es capaz de llevarle un pedazo de pizza al rayado ese antes de aceptarlo.

Silvina rompió a llorar y subió corriendo a su dormitorio, donde empezó a armarse la mochila casi mecánicamente para no pensar.

Manuel miró a Ersatz con recelo por intensificar el dolor que podía haberle causado a Silvina con su comentario tajante. Le dio la espalda y terminó de apagar el fuego.

Pusieron más muebles delante de las entradas y se aseguraron de que fuera difícil entrar a la casa. Mucho más no podían hacer.

Manuel y Ersatz también hicieron sus mochilas y dejaron todo preparado para partir otra vez hacia sus departamentos en la ciudad al día siguiente.

Cada uno se encerró en su dormitorio.

Ersatz apagó la luz y se quedó mirando la galaxia de las estrellas en el techo. ¿Qué era? ¿Un mapa? Le pareció una espiral como la de los caracoles.

Mientras miraba resonó el primer trueno.

Imposible, hacía meses que no llovía, pensó. Luego del segundo trueno la lluvia empezó a caer a raudales. La puerta se abrió. Silvina, asustada, se acostó a su lado.

Miraban el cielo raso cuando resonó el tercer trueno.

Silvina se pegó más a Ersatz.

—Hay una cara en el techo —dijo Silvina.

Entonces Ersatz también la vio.

Desde que habían llegado, había estado todo el tiempo arriba suyo, gritándole con el silencio de las formas que la casa había sido intervenida como el resto del barrio. Nada era igual a lo conocido.

En el techo había un rostro, brillante, verdoso, de bordes indefinidos, formado con algunas estrellas menores, y con las mayores remarcando una boca abierta. La falsa luna era la nariz de la que parecían salir unos dientes de conejo formados por más pegatinas luminosas. Las espirales formadas por estrellas eran los ojos dementes de esa cara.

Llamaron a Manuel, que se quedó mirando el techo cruzado de brazos sin abrir la boca para no molestar más a Silvina.

Durmieron los tres juntos, sin quitarse los audífonos, escuchando la lluvia que no paraba de caer.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre el autor.

Adrián Gastón Fares es escritor, guionista y director de cine. Estrenó la película documental Mundo tributo como guionista, productor y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine. Desarrolló cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados y seleccionados como Gualicho y Las órdenes), Mr. time. Escribió tres novelas anteriores a Seré nada, una historia suburbana de terror (Intransparente¡Suerte al zombi! El nombre del pueblo).

Seré nada, una historia suburbana de terror. Mi nueva novela, 2021. Link a muestra en Google Play Books. Y enlace de descarga libre.

Si quieren acercarse a los personajes de Seré nada, una historia suburbana de terror, mi última novela pueden hacerlo manteniendo una distancia prudente. Ya saben que los que callan mucho, algo esconden. Y que los días de lluvia es mejor salir corriendo. A no ser que quieran experimentar algo nuevo…

#nuevanovela #aventuras #conurbano #granbuenosaires #terror #misterio #fantasy #discapacidadauditiva #identidades #2021

Comparto el enlace a Google Play Books (Seré nada, 200 páginas, 2021) donde pueden leer una muestra y si quieren adquirir la novela en este caso (la verdad es que no encontré la manera de subirla gratis a Google Play, por eso hay que pagar) A cambio me parece que para algunas personas será más fácil leerla así:

Google Play Books:

https://play.google.com/store/books/details?id=jE0aEAAAQBAJ

El modo tradicional que es buscar los Epub y Mobi en Google Drive (así como PDF) en el inicio de este blog adriangastonfares.com sigue vigente.

Agrego un nuevo enlace directo, gratis, en Anonfiles para que puedan descargar mi nueva novela, abrirla y leerla en la aplicación Aldiko Classic en el teléfono celular, por ejemplo, o en lectores de libros electrónicos como Kindle (convertir en Calibre o enviárselos por email, ya sabrán), otros como Kobo, o disfrutarla en la PC con Adobe Digital Editions o FBreader. Aquí copio el enlace de descarga directa:

https://anonfiles.com/Fboffdvau5/Sere_nada_-_Adrian_Gaston_Fares_epub

Disfruten el fin de semana.

Si quieren disfrutarlo con la compañía de Ersatz, Silvina, Manuel, Algodoncito, Fanny, Gema, Lungo y los otros personajes de Seré nada, espero que se entretengan.

Adrián

Argumento:

En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar?

PD: Portada de Seré nada, una historia suburbana de terror.

Portada Seré nada, una historia suburbana de terror. 2021. 200 páginas. Adrián Gastón Fares.

Infierno en el instituto. 3. No ficción.

Empezó la marcha mía de todos los días al instituto. Vieron que esto se llama Infierno en el instituto. Bueno, por algo se llama así. Es como una película con un héroe: yo. El trabajador. El director de cine con hipoacusia y certificado de discapacidad. Malos: el instituto de cine y la productora presentante. Un ayudante del bueno: otro héroe, mi amigo Leo Rosales. Un ayudante de los malos, los medio malos: los empleados del instituto de cine para los que somos un número más incluso cuando les contás tus problemas y cuando deberían estar trabajando para los directores de cine. Un edificio que era el emblema de la maldad, algo así como La Torre Oscura de Stephen King, el castillo de Drácula o el otro más obvio para el tema de estos escritos, el de Kafka. Un lugar al que llegar todos los días para poner las cosas en orden.

Íbamos para ver si nos podían contactar a la productora porque no aparecía. El problema claro era que se acababa el tiempo para la firma del convenio con el presidente del instituto. Leo salía del trabajo y se me unía en las búsquedas de alguien que nos ayude en las escaleras de ese edificio en que casi nunca andaban los ascensores.

El primer paso para la tarea que iniciamos era ir al área donde estaba el expediente. El área suele ser Fomento. Así que fuimos a la Gerencia de Fomento. Nos dijeron que de ninguna manera podíamos ver el expediente y que no había posibilidad de contactar a la productora presentante. Que ellos no podían hacer nada al respecto.

Pasaron los días, y ya estábamos en septiembre. Entre llamadas de Leo y emails míos al abogado poderoso de la productora presentante, logramos dar con ella antes de que se acabara el plazo para presentar una prórroga.

Era septiembre y recién ahí la productora presentó una prórroga para presentar los papeles requeridos para la firma del convenio que daría inicio a la película.

Mientras tanto, teníamos una nueva entrevista con los gestores del concurso. Esta entrevista con los organizadores del concurso era, como la anterior, en la segunda sede del INCAA, la de Avenida de Mayo.

Ese día, nos juntamos en un Starbucks, recuerdo, otra vez con su socio la productora, el que quería poner de productor delegado. Nos dijo que iba a proponer de traspasar la película a Leo Rosales. Pensamos que era por buena intención. Pero esa jugada de ella complicó todo más las cosas.

Para eso, teníamos que hablar con los empleados del INCAA de si eso era posible, porque no estaba contemplado en las bases del concurso.

Salimos del ascensor y mientras esperábamos que nos atendiera los gestores del concurso, dos gerentes y un empleado, me crucé con José Martínez Suarez, el hermano de Mirtha Legrand, director del festival de cine de Mar del Plata, que a sus noventa años seguía yendo a trabajar para el festival. José me señaló que la gorra que yo llevaba puesta le gustaba y que era parecida a la suya. Le conté de la película, me preguntó cómo se llamaba y me dijo que creía que Gualicho venía del guaraní (en realidad creo que viene del mapuche pero anduvo cerca), que le parecía un buen nombre. Lo saludamos y José se fue con la persona que lo acompañaba, ya que caminaba con dificultad.

Los productores que estaban con nosotros ni sabían quién era José Martínez Suarez. En fin. Una de las empleadas del INCAA escuchó que le contábamos a la productora presentante de Mundo tributo. Dijo y claro, yo la vi, la conozco, es buenísima. Nos sentimos bastante contentos. Lástima que el dicho de la empleada no nos daba puntaje. Pero son cosas que a uno lo alegran.

Entramos al salón para la entrevista, Leo y yo nerviosos. Los gerentes que habían administrado el concurso escucharon la exposición de la productora presentante. No quería hacerse cargo de la película, pero proponía traspasarla a Leo Rosales, porque para ella era el responsable del film, el que la había contactado. Era un momento donde todo lo que vendría después se podría haber evitado. Los gestores del concurso que ganó Gualicho dijeron que no podían afirmar que aceptaran el traspaso de la película, pero que lo podíamos intentar. Se armaría un comité para evaluar si teníamos el puntaje necesario con Mundo tributo y luego, fuera cual cuera la respuesta, la decisión final la tendría el presidente del instituto, Ralph Haiek, quien firmaría la resolución.

Salimos de la entrevista un poco confundidos con Leo. Porque no sabíamos qué podía llegar a pasar. Nos pusimos a trabajar en todo lo que teníamos avanzado de preproducción de Gualicho, presentamos un pendrive (que jamás fue abierto por empleado alguno del instituto por lo que me consta, sigue con su precinto de protección intacto) donde pusimos todo el trabajo volcado en Gualicho y la prensa de Mundo tributo, los contratos de exhibición y el resto de la información que nos pareció pertinente.

Mientras tanto, teníamos que trabajar para presentación del pitching de Gualicho en Ventana Sur, Blood Window. Nos fuimos a entrevistar con el coordinador de Blood Window. Nos dijo que el concurso estaba dedicado a formar películas que pudieran luego motivar la reacción de la industria norteamericana de cine. Que ese era el fin de todo, ya que como sabemos, el cine fantástico se produce más que nada con éxito en Hollywood. Habría que ser un hipócrita para no aceptar que tenía razón en lo que decía. Pero él no podía ayudarnos para nada con el tema de la productora presentante ni con facilitar que el instituto aceptara el traspaso a Leo.

Era un tiempo donde había que esperar la resolución del INCAA. Y por otro lado tenía que trabajar con Leo Rosales porque la organización de Blood Window nos había invitado a participar en el mercado internacional de películas fantásticas y de terror de Ventana Sur. Era parte del premio, digamos.

Mi idea era redoblar la apuesta. Un productor de películas de terror independiente me había animado a escribir otra. Él podría moverla. Me puse a desarrollar Mr. Time. Escribí un scriptment (esa herramienta entre el guion y la novela que le gusta a James Cameron) provisorio. Y ya que tenía que desarrollar postales y afiches para Gualicho, iba a hacer también la de Mr. Time a ver si conseguíamos financiación también para ese nuevo proyecto.

Trabajé como un animal. Invertí dinero. Eso nos hizo olvidar un poco del INCAA y de que esperábamos una respuesta. La respuesta llegó y no fue favorable. El presidente del INCAA que se guardaba la facultad exclusiva de dar esa excepción la negaba. La que firmaba una nueva empleada del área de presidencia, Marina Aranda.

En Ventana Sur traté de hablar con Ralph Haiek, pero justo había unos fotógrafos y Ralph me empujó para que no lo molestara. Ven que les dije que era el malo de Infierno en el instituto. Estaba cumpliendo con su papel. Esto no es un cuento de Raymond Carver, no hay sutilizas, los malos se ven desde lejos, se pueden divisar desde el horizonte, son como el Malo de El bueno, el malo y el feo, la película de Sergio Leone, son épicos, son malos como pueden llegar a ser los malos, diré y espero que digan.

Un rato después, el mismo día por la tarde, un productor amigo que estaba interesado en Gualicho, hizo que el entonces presidente del instituto se acercara y me saludara. Ralph Haiek estaba con la tal Marina Aranda y dijeron que no les había parecido viable el traspaso, me miraron con mala cara y desaparecieron. Me habían contado que Ralph Haiek era amable con sus antiguos empleados, a los que había acomodado en el instituto, pero con los extraños era un gigante empujón, malhumorado y desdeñoso. Es horrible que un presidente de un instituto de cine trate con tanta altanería a quien hace prestigioso su cargo: los directores de cine que filman películas, la gente como yo que se sacrifica por el cine, no advenedizos que juegan con números y especulan con cargos políticos, pero así son las reglas.

Presentamos el pitching y mis amigos uruguayos quedaron encantados con la película. Querían sumarse al proyecto. Me hubiera gustado, pero no había manera porque la productora de origen peruano (es el epíteto que uso para evitar el nombre; no es que esté discriminando a todos los peruanos; en la obra social tenía una compañera de origen peruano, una empleada de limpieza, y pregúntenle a ella de qué manera la trataba y la ayudaba con lo que podía), la productora de origen peruano, entonces, había dicho que no quería sumar a ningún extraño en coproducción. Y, por otro lado, la película estaba en suspenso, había que volver a encontrar a la productora de origen peruano, que no apareció durante todo el susodicho mercado de cine, Ventana Sur (claramente los productores éramos nosotros, los productores de las otras películas ganadoras estaban en Ventana Sur acompañando los proyectos, a los directores); a la productora presentante de nuestra película solo la vimos tomando un trago en una fiesta de una embajada de, Perú, claro.

Yo fui a algunas fiestas, cosa que no solía hacer (en el BAFICI evitamos todas las fiestas con Leo, éramos bastante rebeldes en ese sentido en esa época) La mejor fue la de la embajada de Chile. Había una barwomen que hacía maravillas con la coctelería. Estaba con Mariano, un amigo, y esa noche tomé unas cuantas cairpiroskas, me relajé un poco y terminamos llevando a un chileno borracho a su hotel.

Pronto terminó Ventana Sur. Se acercaba el verano y ¿qué pasaría con Gualicho?. La productora presentante, había dejado una prórroga en el instituto, pero había desaparecido otra vez.

Ahora no estaba viajando, estaba trabajando en la producción de una película dirigida por el dueño de una revista de cine, que se producía en la casa productora de Palermo. Aquí llamaremos a esa película La casa de la costa. Tenían algunos problemas porque la película iba a ser codirigida y parece que se estaban peleando los directores, o algo así creo recordar. Yo no entendí qué injusticia era la que hacía que una película que parecía tan monótona podía estar produciéndose y la mía que era entretenida y ofrecía algo nuevo al cine argentino tuviera que sufrir a pesar de haber ganado un premio.

Pero el problema más grande era que ahora habíamos perdido tiempo, el instituto había negado el traspaso a Leo y volvíamos a estar en manos de la productora presentante, la productora de origen peruano. Debíamos convencerla de hacer la película o la perderíamos. Se acercaba el verano. ¿Cómo hacer que una persona se interese por algo que no significa nada para ella? Una película cuyo guion no había leído. Cuyo género no le interesaba (parecían gustarle las películas de gente en una casa en la costa mirando el mar; o mejor dicho, estoy seguro que no le gustaban tampoco esas películas que a veces tienen sus cosas buenas) en fin era una productora fría como el acero, de cine no sabía nada.

Y si hay un consejo importante que dar es que directamente no hagan ningún trato con personas que no saben de cine. Me lo enseñaron otros directores. A la larga no sirve. Algo del cine los tiene que mover. No puede ser que solo un productor vea pesos o dólares en eso, un negocio más o menos en el que cae de casualidad, más allá de cualquier interés o gusto, cuanto me hubiera gustado a mí que las cosas fueran al revés, que el cine hubiera ido a mí y no yo al cine, como parecían tocarles a estas personas que después hacían poco y nada con esa suerte que habían corrido.

Hijas de, empleadas de, sobrinas de, hermanas de, primos de, y toda esa caterva que solo en las excepciones que confirman la regla hacen algo realmente interesante por el cine.

En el verano volvimos al Instituto. A esas escaleras en las que ahora transpirábamos más. Queríamos ver si podían hacer aparecer a la productora presentante para la firma del convenio. Quería ver el expediente. Pero no había manera. Me lo negaban en el área de fomento del instituto.

Un día, totalmente sudado, respirando entrecortadamente, golpeé una ventanita que había en una puerta. La ventana se abrió para adentro, convirtiéndose en un pequeño escritorio, y apareció un empleado de jurídicos. Le conté que era el autor de la película, el ganador de ópera prima como director, que estaba desesperado; me dijo que era una cuestión de transparencia, un hecho delictivo, que no me dejaran ver el expediente de una película de la que formaba parte, de la que era autor, director como opera primista. Así que presenté una carta documento en la que solicitaba el permiso para ver el expediente. El instituto se expidió a mi favor y pude verlo.

Pero, aún con ese permiso, en fomento no me dejaban ver el expediente de mi película.

Mientras tanto, parecía que se lo mostraban a otros productores, que se habían enterado de que nuestra película estaba a la deriva, sin una productora que apareciera y sin una firma de convenio, y con un pedido de traspaso rechazado.

Los que aparecieron sugirieron que no la habían traspasado porque nuestro currículo no era tan importante como el de ellos. Así que empezamos hablar con otros productores que hasta iban a poner una propiedad entera para asegurar la realización de Gualicho. Y teníamos que hablar con la productora presentante para que aprobara esa nueva tentativa de traspaso.

Pero no aparecía. Fuimos a un abogado de cine, que fue amable con nosotros y nos asesoró sin cobrar nada. Logramos encontrar a la productora y en medio de una entrevista con ella en la casa productora de Palermo, la llamó por teléfono y le dijo (lo escuchamos por altavoz) que dejara de jugar con nosotros ¿quería hacer la película o no? Si no querés hacerla, no la hagas pero dejá en paz a estos chicos. La productora le cortó al abogado y comentó que era un rayado.

En el verano, volvió a desaparecer.

El mal que tiene tantos brazos y ninguna cabeza. Pero que es el mal. Ya dije que había malos, pero no dije que los malos no fueran humanos. Eran humanos, con sus sutilezas y desplantes de su propia maldad.

Pasaba el verano, yo me entrenaba físicamente yendo a ver si había alguna novedad en el expediente. No podíamos quedar parados con todo el trabajo que veníamos haciendo. ¿No valía nuestro tiempo? ¿Era solo el tiempo de la productora de origen peruano el válido?. Y mientras tanto ¿qué hacíamos nosotros? Teníamos que filmar la película y cumplir con los pasos. Pero no, no se podía, controlaba toda la productora, que estaba filmando una película en la costa o vaya a saber uno donde.

Yo despertaba en mi departamento y salía disparado hacia el instituto. Quedaba a treinta cuadras de donde estaba emplazado mi departamento, pero iba caminando. En cierta forma, ese edificio antiguo, el instituto, siempre en las sombras del edificio del Ministerio de Obras Públicas, porque está atrás del Ministerio de Obras Públicas, comenzó a convertirse para mí en el gigante que debía vencer, en un molino de viento, en el edificio donde se escondía el mal, esa clase de mal que es la mejor metáfora del mal, una que no se puede entender, que no tiene motivos, un mal que sonríe, que atiende a veces, que otras cierra la puerta, que a veces maltrata, que otras da un cálido apretón de manos o contesta con una mirada que sugiere cautela. Las miradas que dicen que hay otros intereses, que hay grupos enfrentados, que hay cosas que podrían hacer pero que no pueden hacer. Esas son las peores.

Entonces, un día en que ya estábamos con Leo instalados en la terraza del instituto, tomando un café en el área donde toman cafés los empleados del INCAA, la habíamos descubierto empujando una puerta, el área digo, y nos invitaron a relajarnos ahí, nos vieron sudados y cansados, un día que estábamos descansando porque habíamos ido al área de transparencia que estaba en el mismo piso que el área de descanso, se nos acercó un joven de cara delgada, que estaba con otro, de carga cuarteada y pelo crespo, que parecía más un detective que un empleado del instituto, un detective de una serie. Los dos fumaban en la terraza mientras nosotros estábamos en la zona techada y como dije se nos acercaron. El de cara delgada preguntó qué era lo que nos pasaba que había tanto revuelo. Nos presentamos y resultó ser el subgerente de jurídicos del instituto. Le contamos que no aparecía la productora, que no nos contestaba las llamadas, echó una puteada y dijo que él la iba a hacer aparecer, que dejáramos todos en sus manos, que era una sinvergüenzada lo que nos estaban haciendo. Una sinverguenzada basada en que la productora presentante estaba protegida por otra gerenta del instituto a la que estaban investigando por corrupción.

Me fui dos días a la costa con mi pareja de ese entonces. Ya estaba preocupada ella con nuestro futuro, porque yo había dejado el trabajo de cadete en la obra social y sabía lo que pasaba con el premio que la había hecho saltar de alegría.

En la costa, la estábamos pasando bien. Sonó el teléfono. Era la productora que había aparecido. Quería filmar la película. Tenía que estar en Buenos Aires cuanto antes para reunirme con ella. Parecía ser que la había llamado un suplente del premio y le había dicho que estaba interesado en el monto del premio si ella no la hacía. Por lo tanto, ahora, de repente, quería hacer la película.

Teníamos que reunirnos para hablar antes de que firmara el convenio con el presidente del instituto.

Por Adrián Gastón Fares.

Infierno en el instituto. 2. No ficción.

2.

Al rato de recibir la noticia de que habíamos ganado el premio comenzó a sonar el teléfono. Eran posibles miembros del equipo que se habían enterado de que habíamos ganado el concurso y me llamaban para decirme que de ahí en más nuestra vida cambiaría. Traté de explicar que solamente habíamos ganado un concurso, no era el Oscar ni el festival de Cannes digamos, y era justamente para hacer la película que todavía no estaba hecha. Además, ni siquiera sabíamos bien cómo iba a ejecutar el premio el INCAA. Mantuve la cabeza en la tierra. Estaba contento y me ilusioné, claro. Eso no evitó que leyera otra vez las reglas del concurso. El INCAA ejecutaría el dinero en cuatro cuotas, como suele ser con Opera Prima. Una primera cuota para la preproducción que sería el 15 por ciento del monto del dinero del premio. Una segunda cuota, una vez acreditado el comienzo del rodaje del 35 por ciento. Una tercera cuota del 40 por ciento al fin del rodaje. Y una última cuota del 10 por ciento en el momento de la copia A de la película. Para la primera cuota la productora presentante tenía que suscribir un contrato con el director del Instituto, que en ese momento era Ralph Haiek. Los problemas que tienen las producciones suelen ser que la primera cuota no alcanza para iniciar el rodaje. Pero es un problema común a cualquier producción signada por el instituto. Se supone que la productora presentante tiene que poner algo de su parte, en este caso un comprobante financiero de que uno cuenta con dinero en el banco para cubrir un porcentaje de la producción (la productora cubrió eso con un comprobante de su cuenta de banco de que tenía cierto dinero disponible ella y su jefa, la dueña de la productora palermitana, una productora muy conocida del ámbito local, sobrina de un abogado de cine muy conocido de Argentina)

Si no es así, el aporte puede ser en otras áreas, como equipos, profesionales que prestan sus servicios de edición y posproducción. En este caso con Leo podíamos hacer todo eso, tranquilamente. Leo es un editor de gran trayectoria, yo edité Mundo tributo también y le hice la corrección de color, entre otras cosas. En Mundo tributo también armamos la estrategia de distribución. Distribuir la película es la clave de todo. Y si hay algo que yo sé es como distribuir una película, donde enviarla, cómo, etcétera, entonces en esas áreas, viniendo de hacer todo para un proyecto independiente, con Leo sabíamos que íbamos a salir aireados. En el tema del manejo del flujo de dinero no quedaba otra que confiar en la productora. He aquí donde se estancó Gualicho y es aquí donde aún hoy está estancada, por un error de concepto en un concurso de Opera Prima, un concurso que está dedicado enteramente a producir nuevos directores de cine (Opera Prima se refiere a la primera obra de un director de cine o directora de cine, por si hace falta aclararlo)

Sigo. Al otro día hablamos con Leo sobre quién era la productora del proyecto. Sabíamos que trabajaba en una productora por Palermo, teníamos su currículum, pero por lo menos yo no sabía mucho más. El primer problema era que no teníamos un contrato con la productora. Así que había que hablar con ella sobre la manera de hacer un contrato que dejara en claro los porcentajes de responsabilidades y de ganancias.

No es una buena idea hablar de contratos a una productora que uno no conoce. Y menos a una que no sabíamos dónde estaba. En los próximos días nos la pasamos tratando de dar con el paradero de la productora que en ese momento estaba de viaje. El problema era el siguiente: las reglas del concurso estimaban tiempos de entrega, así que no podíamos avanzar con nuestro trabajo si no teníamos un cronograma. El premio podía venirse abajo si la productora no firmaba el contrato con el presidente del Instituto.

Logramos pactar con una entrevista con ella, que creo que fue en café cerca de la avenida Santa Fé, donde hablamos del contrato. Ella nos dijo que por el poco dinero de la película debíamos ceder todo nuestro sueldo. Y no estaba claro si iba a cedernos las ganancias. También dejó en claro que prefería poner de productor delegado a un socio suyo y dejar a Leo sin un lugar claro en la producción, algo que a mí me disgustó desde el comienzo ya que Leo la había convocado y Leo debía ser el productor delegado a cargo del proyecto. Le pedimos que nos enviara el contrato tipo con el que trabajaba para evaluarlo, le hicimos algunas correcciones y nos volvimos a juntar. El problema era el siguiente. La productora presentante quería ir al INCAA a dejar en claro cuál era la situación del proyecto y hacer algunas preguntas al respecto.

Aquí comenzó un juego de dudas con la moral de la productora presentante. ¿Por qué quería alejar a Leo de la producción? ¿Por qué proponía ir al INCAA si insistíamos en firmar un contrato que debería ser lo más común del mundo?

Con Leo fuimos al INCAA y pedimos una reunión con los que habían diseñado el concurso. A esa reunión vino la productora presentante y el socio de ella (que también trabajaba en esa productora palermitana) El socio me dijo que había leído algo del guion pero que no lo había entendido mucho. Ya eso me sonó bastante mal eso. Era un tipo de dudosa reputación por lo que sabíamos. Le había arruinado la vida a otra directora que la casualidad quiso que conociéramos. Había intentado removerla del rodaje. La había alejado de su rol de directora, intentado controlar todo y reemplazarla por otra.

Más allá de eso, la productora que había ganado el premio con mi película, la productora presentante de origen peruano, la socia de este hombre, que también era empleado de la casa productora palermitana, en la entrevista dijo a viva voz a los directivos del INCAA sin pelos en la lengua algo que yo no sabía: que no había leído nunca el guion y que el presupuesto que había presentado era falso (el presupuesto que ella había confeccionado y firmado)

Me asombró porque los del Instituto ni se inmutaron. Salimos de ahí, insistimos con Leo en firmar un contrato con la productora presentante antes de la firma del convenio con el INCAA, y ella respondió que antes de eso quería que visitemos a su abogado para dejarnos en claro algunas cosas.

Pasaron unos días y una tarde estábamos en el hall lujoso de un piso de un edificio del microcentro, en uno de los estudios de abogacía más caros de la industria del cine nacional. Su abogado, un tal Francisco, era un tipo que podía haber sido parte del elenco de la serie Fargo. Mirada fría, pelada pintada con algunas matas de pelo a los costados de la cabeza, nariz pequeña pero con un gran potencial para olfatear la inexperiencia en cuanto a temas legales. Éramos con Leo como unos insectos a punto de aplastar. El abogado, este Francisco, le recomendó a ella que no hiciera la película, no le cerraban los números (sin haber leído el guion ni nada, claro) Yo expuse que si le recomendaba a la productora no hacer eso, estaba destruyendo mi trabajo y aclaré que también se estaban metiendo en la lucha por la inclusión social de una persona con hipoacusia y certificado de discapacidad. Tomé mis audífonos, me los quité y se los mostré. Las cosas no habían sido fáciles para mí. Si no quería hacer la película bien podía manejar el dinero, transferirlo a Leo Rosales y dejar que nos encargáramos nosotros de confeccionar, como hicimos con Leo, un producto final que pueda ser estrenado en festivales de cine, en cine comerciales y emitidos en canales nacionales e internacionales.

La productora de origen peruano dejó en claro que si no aceptábamos poner a su productor delegado no había manera de avanzar. El abogado dejó en claro que el cine le interesaba poco y nada (igual que a su clienta) como suele ser, dirán y diré, y que menos, trabajando con empresas tan grandes, le interesaba el destino de una Ópera Prima y de una persona con discapacidad. Volví a recalcar que podrían a llegar a tener problemas por actuar de esa manera, que hay convenciones que defienden los derechos de las personas con discapacidad y que a pesar de que no actúan en general como deben en algún momento podrían llegar a actuar. Dije que tal vez no sabían cómo hacer una película chica, pero Leo y yo seguro que sí.

Salimos con Leo en esa tarde lluviosa y nos guarecimos bajo el techo de un bar, estábamos muy nerviosos, alterados. Nos habían hecho sentir una porquería, como si no valiéramos nada, y no fuéramos los creadores de un proyecto que había ganado un premio si no unos advenedizos sin ningún tipo de valor. No habían leído el guion y opinaban sobre la película, son cosas que un director de cine no está acostumbrado a aguantar. La estrategia de la productora entonces parecía ser oprimirnos con un abogado poderoso para que dejáramos la producción enteramente en sus manos. En algún momento de la entrevista, confesó que podría hacerla en una casa en Barracas pero no en un campo. Esa casa había sido usada para una serie de televisión que ella había producido.  Leo sabía que esa casa había sido demolida. Así que si ya era una locura hacer en la ciudad una película pensada para filmar en una casa de campo, más todavía lo era hacerla en la ciudad y una casa que ya no existía.

El mecanismo de la opresión ya había sido iniciado. Nos hacía sentir que no valíamos nada. Y en la lluvia, con un premio bajo el brazo, pero con una productora que nos hacía sentir una porquería, no quedaba otra que sentirse una porquería o que levantarse y decir: las cosas no pueden funcionar así.

Una semana antes de eso el INCAA me había hecho una entrevista como ganador del concurso para la Revista La Cosa. Había contestado las preguntas como se debía, como alguien que había ganado un premio porque su proyecto tenía valor, porque el proyecto era bueno. Eran mis estudios, años de ver películas, de pensar qué era lo que quería hacer con el cine. De venir de hacer algo independiente que había funcionado. ¿Pero a quién le importa eso, no, dirán y diré? Menos a un abogado poderoso y a una productora que hacía tres películas por año con el instituto de cine.

Pero después de la entrevista en el instituto en que la productora había confesado como si nada que había presentado un presupuesto falso ante los gerentes sin que hicieran nada, que no había leído el guion y del encuentro obligado con el poderoso abogado de la industria del cine, me di cuenta de que estaba trabajando yo para el INCAA gratis, para su mecanismo de difusión, para los sectores de prensa que deben hacer notas sobre los premios, sobre premios que en realidad no tienen ningún valor porque la figura del director en realidad no existe en el instituto, no tiene peso, como no tiene peso frente al abogado ni ante la productora (porque el instituto de cine les dejaba hacer lo que quieren con el resto del equipo)

 ¿Ópera Prima? ¿Trabajar gratis para desarrollar un proyecto y encima ser tratados así? Desde el principio el premio pareció más un castigo que un logro del esfuerzo de años. La lógica institucional hacía fácil que fuera un castigo. Y de ahí viene toda mi lucha posterior por defender una verdad: que el instituto, ese lugar donde nos pasaríamos horas y días durante el año siguiente y el próximo, no estaba hecho para los directores de cine, estaba hecho para los productores. Y en Argentina no hay productores que paguen el desarrollo de una película a un director de cine. Por lo tanto, todo era, y se podía ver desde lejos, un embuste. Un sistema erróneo que me iba a llevar a mí a exponer ese problema que está tan a la vista.

Pero las cosas recién empezaban. Luego de esa entrevista con el abogado la productora desapareció. No había manera de que contestara el teléfono. No contestaba los emails. Estaba de viaje por Europa o no sé dónde y la fecha para firmar el contrato con el instituto de cine corría y mi tiempo, que también tenía valor, se perdía.

Mientras yo ya iba armando el casting de la película, recibiendo la solicitud de amistad de muchos actores y actrices en Facebook que buscaban trabajo, una colmena que se agita cuando se enteran de que un director ganó un premio, hablando con posibles directores de fotografía y diseñando los afiches que se presentarían en el mercado de Ventana Sur a fin de año, donde estábamos invitados para presentar la película y recaudar más fondos, la productora presentante de Gualicho había desaparecido. Por más que hiciera lo que hiciera, no había manera de avanzar. ¿Cómo solucionar ese problema?

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada, una historia suburbana de terror. Capítulo suelto y link a mi nueva novela.

11.

La otra cosa inexplicable, además de ese altar pagano que parecían conformar la mandíbula pintada de negro del tiburón y la oscurecida Virgen debajo, sobre la tapa de una estufa empotrada a la pared, era que todos los adornos estaban limpios, libres del polvo que solía acumularse en las casas abandonadas. Sólo la alfombra del amplio vestíbulo tenía una mancha color bordó, seguramente una quemadura del sol, que entraría por alguna persiana rota de día. Las persianas estaban totalmente bajas por lo que la oscuridad sin las linternas era total.

Silvina enfocó a la Virgen con su linterna. La estatua era de un negro terroso, natural, como si la piedra en la que la hierática virgen había sido tallada se hubiera ennegrecido hacía mucho tiempo. Pero negro al fin.

—Santos y Budas tenían. Vírgenes ninguna… —dijo Ersatz.

La luz del pasillo que daba al baño y a los dormitorios funcionaba. Las máscaras hindúes les dieron la bienvenida mientras Ersatz le decía a Silvina que ella ocuparía la habitación de sus padres. Tendría la cama más amplia y cómoda. Vieron que la cubría colchas raídas pero que parecían limpias. A Manuel le ofreció la suya, convertida por la familia en una especie de desván que todavía tenía sillas y escritorios viejos. Él dormiría en la habitación de su hermana, donde ella había pegado unas estrellas fotoluminiscentes que de noche formaban una constelación de estrellas verdosas, un sistema solar único, según recordaba.

Dejaron las mochilas y se encaminaron hacia el comedor con las linternas. Ersatz probó una llave en la puerta que daba al descanso de la escalera trasera. La puerta se abrió, crujiendo. Por esta escalera se descendía al jardín y se subía a la terraza.

Detrás de las rejas de la escalera observaron el jardín. El olivo estaba en su lugar, había crecido muchísimo y estaba casi pegado a la ventana. Apuntaron las linternas hacia abajo. Casi no había césped, las hojas amarillas del olivo habían tapado todo. En los canteros la planta de la moneda parecía un tótem muy alto y los helechos y las palmeras pequeñas habían dominado lo demás.

Los haces de luz de la linterna de los tres barrían el fondo. Manuel iluminó lo que parecía ser la oquedad del caparazón de una tortuga. Ersatz pensó que sus padres no podían haber abandonado a Tila, aunque no lo sabía. Si era su mascota, desde la última vez que la había visto había tenido tiempo para crecer mucho y para un día quedar boca arriba para siempre.

Subieron a la terraza para observar el barrio desde arriba. A lo lejos se distinguían cuadras iluminadas por lámparas viejas, amarillentas, diferentes a la fría que los iluminaba.

Todo parecía desierto y silencioso. En los otros techos y terrazas, sólo se veían antenas antiguas de televisión digital, aparatos de aire acondicionado y tanques de agua. Ersatz notó que una parrilla con la chimenea vencida contra una medianera más baja sobresalía y parecía el capirote de un enano. Los tanques, en cambio, eran pulgares hinchados de gigantes. Pensó que en su infancia en ese barrio había sido vital tener algo de imaginación.

La terraza donde estaban ellos era algo más alta, pero en las demás se podía pasar de una a otra sólo dando un salto. En general, sólo un pasillo delgado las separaba.

Cuando llegaron al enrejado que daba a la calle vieron en una de las terrazas de la manzana de enfrente a una mujer cerca de un tanque de un tono azulado. Como estaba varios metros por encima de los faroles de la calle, no llegaban a verle la cara. Se veía que tenía el pelo atado, formando un rodete y que tenía un vestido oscuro que el viento arremolinaba. Parecía tener un balde en la mano. Manuel comentó que debía estar juntando agua de alguna canilla que debía tener el tanque.

Silvina lo tomó del brazo a Ersatz y se apretó contra él. Entendió que su amiga pensaba que podría ser la mítica Riannon, la fundadora de Serenade.

Manuel preguntó cómo les decían a los pobladores de Serenade y Silvina respondió que no sabía, que tal vez les decían serenados. Ersatz, precavido, les recordó que podía ser una vecina que se hubiera quedado en el barrio solo para ir a la contra del resto de los vecinos. Le hicieron señas con las manos a la mujer, pero ahora estaba agachada al lado del balde. Luego se giró y desapareció como si hubiera caído en un agujero en la terraza. ¿Se había escondido de ellos?

Giraron hacia el norte y miraron a ver si veían a otras personas. Las luces de la Torre Interama seguían titilando de manera intermitente, tres rojas y una blanca en la punta. Entonces, el cielo les robó la atención.

Más allá de la línea rosada hundida en el horizonte donde estaba perdido el sol, las estrellas y la luna, menguante, ya podían verse.

Hacía tanto tiempo que no veían algo así, que se quedaron sin aliento, mirándose de reojo entre ellos.

Luego convinieron en que era hora de descansar para levantarse temprano al otro día y tratar por lo menos de hablar con esa mujer.

Bajaron las escaleras, entraron, cerraron la puerta y cada uno se fue a sus nuevos aposentos. Estaban cansados por el viaje a pie, pero el sueño no llegaba fácilmente.

Silvina pensaba en cenas al aire libre con otros sordos entre parras y vasos de vino. Manuel se veía corriendo con jóvenes sordos por las calles silenciosas. Ersatz no podía conectar con sus sentimientos, era un resabio de lo duro y desapegado que se había convertido con el tiempo.

Había llorado demasiado, incluso en esa casa, enrollado en el suelo del garaje cuando se había juntado el diagnóstico tardío de sordera y la partida a otro país de una novia de ese entonces. Fue demasiado para él, y nunca volvió a ser el mismo, lo había acumulado en su alma y según su punto de vista, había trascendido esa realidad enfrentando a sus padres y a sí mismo. Sentía como si el feto lloroso del garaje fuera él, pero a la vez no fuera él. Y eso era lo mejor que podía pasarle, se dijo. Aunque siempre pensaba en qué significaba ese creciente desapego. Recordó que no había tomado la pastilla.

Encendió la luz, rebuscó en su mochila, y se tragó el sedante. Frente a la cama había un estante con pequeñas muñecas y castillos de cerámica. Una torre estaba caída. La levantó. Luego apagó la luz y volvió a tirarse en la cama.

De pronto, el universo cobró vida en la oscuridad. Las estrellas de su hermana se habían cargado de energía. Ersatz contempló el techo, pero había algo que no cuajaba.

La luna parecía estar más alejada, como si la hubieran usado para marcar un planeta más grande y distante, y ya no ocupara el lugar de un satélite. Las estrellas formaban espirales. La cosmografía parecía haber cambiado desde el lejano feriado en que había dormido en esa cama.

En un momento se mareó, tuvo que dejar de mirar las estrellas. Se dio vuelta en la cama y se quedó dormido.

por Adrián Gastón Fares.

Link para descargar la novela completa en PDF:

Seré nada, una historia suburbana de terror. Capítulo y enlace a mi última novela.

Seré nada, una historia suburbana de terror. Capítulo 17.

Silvina, impaciente, decidió subir a la terraza para encontrar a la estatua de Gema cerca del tanque.

Caminó hasta sobrepasarla, subió los peldaños del cuarto hasta lograr asomar la cabeza en la plataforma del tanque y miró la espalda rígida de Gema. Cerca de los pies descalzos de la mujer estaba su celular.

Silvina pensó que no debían querer ninguna distracción mientras hacían su meditación diaria. En silencio, se ayudó con los brazos y logró encaramarse al techo. Caminó hasta el hueco que había debajo del tanque del agua. Ahí estaba el celular de Gema.

Estaba por agacharse para tomarlo cuando sintió que la arrastraban hacia atrás. Se sobresaltó y se inclinó hacia delante por instinto. Cerca de caer al vacío, sintió que la retenían del brazo. Por miedo a que se arrojara o de que cayeran juntos, la mano que la había tomado la dejó por un momento.

Silvina se volvió y vio que era el hombre con la remera de Megadeth. Silvina iba a gritarle a Gema. El hombre se abalanzó sobre ella. Le tapó la boca con la mano.

Eran tan largos sus brazos que la tomaba con uno solo, con el otro hacía la señal de silencio.

Pensó que quería apoyarle el bulto, ese impresentable, y trató de clavarle el codo para que retrocediera, pero era inamovible. Era extraño el olor del hombre. Una transpiración agria que le hizo recordar a la de su padrastro. Le mordió la mano.

El hombre trastabilló con el último peldaño de la escalera. Cayeron desde tres metros de altura. Por suerte, ella dio contra el cuerpo del hombre.

En el piso se deshizo del metalero, rodando dos metros para hacer fuerzas con las manos y ponerse de pie. Desde ahí, inclinada, vio que Gema seguía impertérrita.

En cambio, el metalero se había torcido el pie, y por como respiraba por la nariz, parecía que alguna costilla estaba rota.

Silvina pensó que se podían haber matado. Bajó los escalones de la escalera lo más rápido que pudo, sintiendo una punzada de dolor en el hombro.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Para leer Seré nada, una historia de terror (2021, 200 pág):

Seré nada. Una historia suburbana de terror. Capítulo de mi última novela.

33.

La agrietada tapa de la fosa séptica se había partido. Al instante, Ersatz estaba hundido hasta el cuello en un lugar de la casa de sus padres en el que nunca hubiera pensado estar.

Era la mierda de su familia, de los que habían pasado por la casa, su propia mierda, la de Silvina, la de Manuel, y el olor era tan poderoso que Ersatz, aferrándose con las dos manos de algo que parecía ser una raíz, agradeció que su cabeza estuviera por encima del agua parda.

Se sostuvo en esa posición un buen rato tratando de respirar con la menor frecuencia posible.

¿Para qué había aceptado la propuesta de Silvina de correr aventuras estrambóticas buscando una incierta colonia de sordos?

 ¿No le bastaba a Silvina con las reuniones en el café? ¿El grupo la Oreja?

 ¿Y a él no le bastaba con haber crecido sin prótesis auditivas, sin saber que escuchaba la mitad que otros? ¿No bastaba tener un pie en el mundo oyente y otro en el silencio? Ahora tenía los dos en la mierda.

No sabía si reírse, llorar, patalear seguro que no porque haría que los vapores nauseabundos atrapados por tanto tiempo en el pozo se revolvieran, liberando más partículas de mierda que subirían al encuentro de sus fosas nasales apretadas.

Tal vez había aceptado volver porque en ese barrio había crecido. En ese barrio había experimentado por primera vez lo que era ser rechazado y también aceptado en un grupo.

Se habían reído de él, le decían San Martín, por lo serio y callado, le decían Forrest Gump porque reaccionaba tarde, lo despeinaban o le decían narigón, pero a la vez siempre había uno que lo elegía a último momento para jugar. Para otros no había sido así…

Ersatz intentó mover el pie derecho, pero se le había trabado en una raíz.

Miró hacia abajo y vio dos ojos grandes, como pimientos abrasados, que, debajo del agua sucia, resplandecían. Pensó que era una rata gigante que estaba flotando en el fondo. Pero la mirada iba acompañada de un rostro con facciones apergaminadas, grisáceas, que la misma luz de los ojos descubrían. La boca de ese ser estaba contraída. Al abrirse expulsó burbujas.

Ersatz vio que tenía la pistola en una mano y con la otra se sostenía de él para evitar hundirse en el asqueroso légamo que parecía haber más abajo.

¡Ramoncito!

Siempre había estado ahí, escondido, pensó Ersatz.

Con él sí habían sido malos, sí habían sido duros y Ersatz no había podido hacer nada para que lo dejaran de llamar Pantriste.

Ersatz sintió que lo tiraban para abajo con fuerza, pero logró mantenerse aferrado a la raíz.

¿Qué querés?

No supo si lo dijo para afuera o para adentro.

Volvió a mirar hacia abajo. Nada. Agua parda. No había nadie. Pero no podía liberar el pie.

Al levantar la cabeza los ojos, ahora brillantes y de color violáceo, estaban junto a él. La boca se abrió y vomitó agua pútrida. Ersatz quedó enceguecido por el vómito. Estuvo a punto de soltarse. Luego, abrió los ojos, y los labios agrietados de Ramoncito expulsaron una palabra que en vez de salir de ellos resonó como un eco lejano.

SACAME.

Ersatz sintió que se caía y trató de agarrarse más fuerte de la raíz. Escuchó un chapoteo a su lado. Volvió a mirar al costado y el rostro pútrido había desaparecido.

A la altura de su pecho, ahora el agua ennegrecida estaba aquietada.

¿Por qué justo a él se le tenía que aparecer Ramoncito?

¿Por qué?

A él también lo habían apartado, abandonado, traicionado, discriminado, estigmatizado, minimizado, despreciado tantas veces, incluso personas a la que quería, que habían sido impiadosas con él, indiferentes, hasta en los momentos más difíciles de su vida como fue para él enfrentar en soledad el diagnóstico de su sordera, las prótesis que ahora le colgaban de las orejas y que tanto le había costado conseguir, y cuya función era escuchar, y sin que se perdiera ninguna, las descalificaciones, las palabras de desaliento, los y todo es así acá, los la gente no cambiavos tenés que cambiareste país es así.

¿Por qué?

Él jamás había maltratado a nadie. Ni a Ramoncito.

¿No era eso lo que lo había perdido? ¿Aceptar los audífonos? ¿No eran sus respuestas sarcásticas las que enojaron a Silvina?

¿Por qué tenía tanta bronca ahora?

¿Él no había tratado de parecerse a los otros? ¿A las personas que habían vuelto loco a su compañero de colegio? ¿No era eso lo que le reclamaba Ramoncito?

Querer acercarse a una sociedad de la que podría haber escapado si hubiera sabido desde el principio que tenía eso que todos a los que se les cuenta un diagnóstico de sordera dicen: es mejor, uno puede hacerse el tonto y hacer como que no escuchaPor las cosas que hay que escuchar.

¿Qué era ser una persona sorda, luchar y aceptar esa identidad, aceptar el certificado de discapacidad y los audífonos, si no querer parecerse a otros con los que no tenía nada que ver?

A los normoyentes, los que escuchan sin problemas, y a los que nunca escucharon.

Era resistir, era tomar lo que otros le daban para colgárselo de los oídos. ¿Y él dónde estaba?

Si no fuera porque se sostenía con las dos manos de las raíces del árbol que lo había visto crecer, en ese momento hubiera arrojado las prótesis auditivas al fondo de la ciénaga en que estaba para que quedaran allí para siempre, custodiadas por Ramoncito; las baterías intoxicando el agua de un país en el que nunca se había sentido a sus anchas, en el que nunca había sentido pertenecer a nada, y tal vez esa era una de las razones por las que había terminado en esa inhóspita comunidad de personas con las bocas pegadas como los muertos.

Después de todo, por algo había trastocado su nombre. Ersatz en vez de Ernesto. Ersatz, el reemplazo, justo. Ersatz venía del alemán, pero él no tenía nada de alemán. Descendía de italianos y de argentinos.

El resistirse a su destino, el buscar ser como los otros, lo había llevado a estar acorralado por esos eugenistas, o nacionalestes, como les decía Gema, a los que podía reconocer desde lejos porque ya los había cruzado en su vida.

El problema con ese tipo de mierda era que la saliva de la boca hiriente salpicaba, pero no hedía.

Si fuera tan fácil olfatear a los demás para reconocer qué eran como oler los excrementos que flotaban ahí abajo, si existiera ese sexto sentido que podría equipararse a lo que nos hace alejar de un sepulcro abierto porque ese aire es malsano, entonces todo sería más claro y más fácil con las personas, y con las instituciones que forman, como las familias y los países.

Mejor era hermanarse con los excrementos más simples que flotaban entre sus pies, conocerlos.

Inspiró hondo, se mareó por el tufo penetrante y agrio, pero sus pulmones se llenaron de aire, por lo que sintió la fuerza necesaria para arrastrarse afuera de ese agujero pestilente.

La raíz en que tenía el pie atrapado se rompió y logró encaramarse a las baldosas del patio.

Aunque ahora su pensamiento estaba en escapar, en no ser atrapado por los tipos esos y Evelyn, medicina, por un instante sintió que, entre las capas de olor nauseabundo, llegaba un aroma rancio, ácido, herbáceo, frutal…

Sintió que había aprendido a olfatear la baranda del resentimiento original, el único y verdadero.

Y supo que debía actuar, que debía ser duro y firme con los que lo molestaban.

Ya sobre sus rodillas, bajo el viejo olivo, miró al cielo oscuro entre las ramas que se mecían por el viento.

No había nadie que enfrentar. Se habían ido.

Tenía que encontrar a Silvina.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade Todos los derechos reservados Adrián Gastón Fares

Seré nada. Capítulo. Ebook.

Entre tanto alboroto, los reunidos ante el palco no escucharon los gruñidos y gemidos, ni otros ruidos que estaban contenidos en el semicírculo inferior del escenario.

La puertita de entrada al foso estaba debajo de una de las escaleras laterales del escenario. Dentro del foso, otra puerta, que accionaba una escalera plegable, daba detrás del telón. Estaba pensada para utileros, pero en este caso era necesaria para mantener la sorpresa que Osvaldo iba a liberar luego de tantos vítores.

Algunos no sólo gritaban, también saltaban y se sentía una vibración en el suelo, como si el colegio fuera a venirse abajo en cualquier momento.

—Y ahora nuestro embanderado más pequeño y el más experimentado, otro médico como la doctora presente, que supo prestar sus servicios para el país… —dijo Osvaldo mientras se golpeaba con el puño cerrado el saco blanco abotonado—, por nosotros, por ustedes, hasta por esos desagradecidos que se fueron, va a entregarnos el fruto de la paciencia, la perseverancia, el trabajo en grupo y el compañerismo. Con ustedes, Ulises “Algodoncito” Gutiérrez. Nos explicará su particular método de encontrar la cura adecuada para que nuestra sangre criolla no vuelva a malgastarse.

Osvaldo acompañó con su brazo estirado la invitación al que telón se abriera. Al ver que no salía nadie se acercó paulatinamente para abrirlo él.

El chico asiático y el tipo barbudo, en los roles de escolta y abanderado, movían los ojos para todos lados, atrapados en las posturas firmes. La gente gritaba.

—¡Queremos verlos! ¡Viva la patria! ¡Viva Argentina! —dijo uno que vestía una camisa colorida.

—¡Viva el Gran Buenos Aires! ¡Viva Zona Sur! —dijo una mujer que aplaudía apretando la cartera con los brazos.

Otro, un hombre pelado y con anteojos gruesos, revoleaba un pañuelo blanquiceleste. Eran pocos los que tenían menos de cuarenta años.

La mayoría andaba por los cuarenta y tantos. Abundaban los cabellos teñidos, las calvas, las arrugas, las barrigas de cerveza, los hombros sobrecargados.

Tanto las mujeres como los hombres apretaban sus cintas rojas.

Se había corrido la voz de que el azul oscuro, casi negro, era el emblema de los serenados, y eso potenciaba la elección de cuidarse del poder demoníaco de esos seres extraños con elementos de colores rojos.

Estaban tan enardecidos que empezaron los silbidos porque el telón no se abría.

Osvaldo estiró la mano para apartar el telón. En ese mismo momento se abrió y apareció una figura humana.

Gema tenía lágrimas en sus ojos y sangre por todo el rostro.

Llegó hasta el bordillo del escenario y se detuvo en seco. Evelyn se arrojó al suelo como si hubieran tirado una bomba. Gema observó a la ahora callada multitud.

Sin dejar de llorar retrocedió unos pasos, hasta quedar más o menos en la línea de los dos embanderados que no se animaban a dejar su postura recta.

—Pero ven lo dócil que la convertimos. Sola se va a presentar —dijo Osvaldo mientras el micrófono le temblaba.

Gema, acorralada, pasaba la mirada por la multitud.

La mayoría sostenía en lo alto sus cintas rojas. Algunos hasta crucifijos que blandían delante de ella.

Como si buscara a alguien entre la multitud, Gema miraba de un costado al otro del patio.

Parecía ida. No podía saberse qué había sido de su boca porque era un manchón de sangre.

Un reflector tardío, manejado por uno de los invitados, la iluminó.

Gema no cerró los ojos. Despegó los labios por primera vez en su vida.

Tenía varios colmillos afilados en sus grandes encías.

Algodoncito le había tajado con una de sus cuchillas los esbozos de labios que tenía, y ahora su nariz, liberada, luego de tanta adaptación para alimentarse, al abrir la boca se deslizaba casi hasta el entrecejo.

Lo que vieron los de abajo fueron ojos blancos, una boca abierta que era casi más grande que la cabeza y las manos crispadas por la desesperación que Gema había pasado en la operación.

La señora mayor, que se ve que todavía estaba un poco mareada por el veneno de Fanny, se le acercó con el plato en alto.

Para completar el acto, Gema tenía que aceptar y engullir esa comunión representada por el pedazo de queso y los dados de salamín.

La vieja estiró la mano con el queso apretado entre sus dedos, acercándolo a la cara de Gema, que gimió y le apartó la mano con el bocado.

Llegó la risa de los de abajo, que esperaban ver algo más portentoso, no a una mujer con calzas negras, boca de piraña y el rostro elástico.

Entonces, Gema gruñó y empujó a la vieja, que fue a parar cerca del bordillo del escenario. Mientras, se iban acercando Osvaldo de un lado y del otro Evelyn para seguir con la presentación. Pero en ese momento el telón se volvió a abrir y aparecieron los gemelos. Llevaban algo entre los dos.

Era el cuerpo de Algodoncito. Uno le estaba masticando una pierna, y el otro tenía clavados sus dientes recién ventilados en el cuello.

La sangre manaba del cuello del enano.

Detrás de los gemelos, desde el telón, irrumpió en el escenario un ser reptante. Era la mujer de rodete que, caminando en cuatro patas, sobrepasó a Gema y aulló como un lobo hacia los presentes. El estrés acumulado en la cueva de Algodoncito le había hecho recordar todo lo que sufrió en la vida y así, con ese aullido, se hacía oír.

Los dientes eran más largos que los de Gema. Los que estaban adelante, que todavía no sabían si lo del enano era parte del acto o no, empezaron a retroceder, generando una avalancha, que empujó a los de atrás hasta las mesas preparadas para el refrigerio.

Uno de los gemelos había soltado al enano que quedó colgando de la mordida del otro.

El que lo había soltado estaba masticando un pedazo de la carne del muslo que le había quedado prendida en sus fauces.

Todos los serenados habían perdido el bronceado y estaban famélicos lo que hacía parecer más grandes sus hasta ahora ocultos dientes y sus cabezas.  Y eran todos tan altos…

La multitud estaba paralizada de miedo.

Gema siguió llorando mientras daba la espalda al público.

La mujer de rodete saltó del escenario al público, y semidesnuda como estaba, empezó a tirar dentelladas, hiriendo a unos cuantos.

Los gemelos habían dejado los restos del enano, y bajaron por las escaleras de los costados del escenario.

Los tres se unieron a la mujer de rodete para acorralar al público presente. El gruñido reverberó en el patio y la multitud retrocedió aún más.

El acto reflejo de mover la boca cuando se ponían nerviosos los hacía parecer peligrosos y violentos. Sus bocas ahora podían abrirse y no sabían muy bien cómo controlarlas.

Gema seguía adelante en el palco, traumatizada.

Se le acercó Osvaldo con el micrófono en la mano. Le pasó el cable por el cuello y comenzó a estrangularla.

Eso animó un poco a los de abajo e incluso pareció darle una indicación de cómo debían actuar.

Pronto resonó un disparo. Luego, dos más. La mujer de rodete voló hacia atrás y quedó tirada en el suelo. Los dos gemelos se desmoronaron, abatidos.

Gema empezó a sofocarse, y en vez de resistirse, apretó la boca hasta que cayó desfallecida en el suelo.

Habían matado a todos los demonios. Por lo menos, parecía eso.

Osvaldo tiró del cable del micrófono, atajó el aparato en el aire y se lo llevó a la boca.

—Tranquilos… Hicimos lo que pudimos para conservarlos con vida. Teníamos un plan hermoso para ellos. Hermoso… Pero el destino parece no haberle perdonado la traición a la sangre noble. No podemos curar a todas las personas. Por lo menos, servirán de ejemplo para que nuestra estirpe siga fuerte y sana por varias generaciones gracias a ustedes. —Tosió y se aclaró la garganta para elevar la voz—: A veces la sangre degenerada no tiene cura, incluso con los mejores métodos y cuidados.

El público se había vuelto a acercar al escenario y estaba vitoreando. Menos tres hombres que habían sido mordidos antes de que las balas alcanzaran a los gemelos y a la mujer de rodete. Los mordidos, tirados en el suelo, giraban sobre sí mismos con una sonrisa piadosa.

—¡Viva la sangre pura bonaerense! —gritó Osvaldo, mientras la incorporada Evelyn, cuyos labios temblaban, trataba de juntar las manos en un aplauso.

La puerta que daba al patio se abrió de golpe.

Una mujer y un hombre, desconocidos para la multitud, entraron con ímpetu al colegio.

por Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Sinopsis Seré nada (200 páginas, 2021, novela de terror):

En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar?

PDF: https://elsabanon.files.wordpress.com/2021/02/sere-nada-adrian-gaston-fares.pdf

EPUB: https://drive.google.com/file/d/1hFFNfUhYiQqnLMCTqcgR0uQheBlPL0cS/view?usp=sharing

Seré nada. Capítulo 23 y PDF.

23.

Ersatz abrió los ojos en su habitación. No había soñado y le agradeció a su mente o a lo que fuera que creara los sueños porque a veces lo perseguían durante todo el día. Sabía que podía quitarse al despertar la manta que lo cubría, pero la de las pesadillas era muy difícil sacársela de encima.

Se dio vuelta para mirar hacia la persiana, de donde entraba una luz tenue, lo que aseguraba otro día nublado. Se había quitado los audífonos antes de acostarse, así que no sabía si seguía lloviendo. Mientras se preguntaba por el clima notó que había una forma que estaba a su lado, casi pegada a él, pero sin tocarlo. La frente prominente, los ojos concentrados en el cielo raso, la boca impertérrita.

Gema. Acostada boca arriba.

Ersatz siguió la mirada de Gema. La poca claridad que entraba había cargado las estrellas fluorescentes. La boca de conejo dibujada en el techo parecía más cercana. El brillo desvaído de las pegatinas se intensificó. La galaxia entera empezó a girar. Ersatz pestañeó y se pasó una mano por los ojos. Las estrellas volvieron a ser una cara quieta.

Una cara quieta, pero con una boca abierta que gritaba en silencio.

Ersatz giró la cabeza y miró los labios cerrados de la mujer que tenía al lado.

Se levantó de golpe y se quedó sentado en la cama observándola. Estiró la mano hacia la mesa de noche y se colocó los audífonos. Ahí estaba, ese gruñido que había oído en el tanque de agua y también en la habitación de Roger. La mujer y la chica producían el mismo, agresivo, sonido.

Notó que el pecho de Gema se inflaba como si tratara de hacer fuerza para lograr movilizar algo de su cuerpo y le fuera imposible.

Era su boca.

Trataba de abrirla, pero no había caso, las comisuras de los labios seguían pegadas. Parecía una anciana sin dientes por un momento. En otro momento una niña. Sus labios no se separaban. Sólo se movían juntos de lugar en su rostro.

Mientras tenía la mirada clavada en el techo, de su garganta salía ese gruñido soterrado, como si el aire pasara con dificultad por la glotis.

Gema movía la piel de su rostro y producía ese gruñido que cuando arrugaba la nariz parecía a veces un quejido y otras un jadeo.

Ersatz vio que un cartílago o hueso se desplazaba hacia afuera de uno de los orificios nasales de Gema.

Parecía ser un colmillo.

La mujer tenía los talones torcidos y el empeine sobresalía cada vez más del pie de la cama. Era como si tomara impulso con los pies.

Entonces, sobresalió el segundo colmillo del otro orificio de la nariz. Algo brillaba en las afiladas puntas de color marfil, un líquido pegajoso. Al instante, los colmillos desaparecieron tan rápido como habían aparecido. La nariz y la boca volvieron a estar en su lugar. Los pies de Gema se replegaron y su barriga se hundió.

Ersatz no tenía ganas de moverse. Pero se levantó en calzoncillos y se dirigió al baño.

Estaba mareado. En el camino, vio, o creyó ver, las caras borrosas de Silvina y Manuel.

Abrió la puerta del baño. El resplandor de las cerámicas rosadas, iluminadas por el haz de luz que entraba por la claraboya, le hizo cerrar los ojos.

Los abrió lo más que pudo y se miró al espejo.

Tenía la marca de un colmillo clavada en el cuello. Era un rasguño como de un gato del que había caído algo de sangre. Pero la herida parecía superficial. Se sacó la remera.

Observó su pecho y su espalda en el botiquín de tres espejos del lavabo y no encontró otras heridas.

Silvina estaba esperando afuera del baño, tapándose con una mano el cuello. Ersatz vio que la herida de ella chorreaba sangre.

Silvina se desplomó con las manos en el mármol del lavamanos, con el pelo caído sobre la frente y luego juntó fuerzas para erguirse y mirarse al espejo. Su herida era un pequeño cráter.

—No duele —murmuró.

La cara de Silvina se difuminó por un momento y luego volvió a estar en el foco de la mirada de Ersatz. Vio que su amiga giraba la cabeza. Vio otra herida como la suya.

—Fue la mujer del rodete, estaba en mi cama… —dijo Silvina—, Dios mío—. Miró hacia el pasillo—. ¡Manuel!

Fueron hasta el dormitorio de Manuel y abrieron la puerta. Los gemelos estaban encaramados en la cama, con las bocas, o mejor dicho las narices, pegadas a las muñecas de su amigo. En las entrepiernas de los pantalones deportivos tenían manchas oscuras, como si se hubieran orinado.

Silvina gritó.

Los gemelos giraron sus cabezas hacia ellos. Tenían colmillos afilados que salían de sus narices. Pero, a diferencia de Gema, pensó Ersatz, parecían no estar haciendo tanto esfuerzo para mantenerlos ahí.

Uno de los gemelos, el de conjunto gris claro, estaba aletargado, la pera y la boca diminuta no parecían pesarle en la cara estirada, pero tenía uno de los orificios de la nariz tapado por una burbuja de sangre que se inflaba y desinflaba.

Manuel parecía estar en trance, tenía los ojos achinados, jadeaba, y respiraba regularmente con satisfacción.

Ersatz se acercó al gemelo de gris claro y le pegó una patada en la cabeza que lo tiró al suelo. El gemelo de ropa oscura gruñó y se estiró hasta que se aferró de la pierna de Ersatz, que logró liberarse. Retrocedió.

Enseguida, las imágenes se multiplicaron, no sólo los rostros deformes de los gemelos, sino también la mirada extasiada de Manuel. ¿Dónde estaba Silvina?

Ersatz trastabilló. Desde el suelo, oyó lo que decía Manuel:

—Déjenlos.

Logró ver a Silvina, que se tambaleaba. Su amiga trabó los ojos, los puso en blanco y se desmoronó sobre la cama.

Ersatz apoyó los codos y trató de levantarse para ayudarla. No podía. Las piernas no pesaban nada. ¿Cómo podía moverlas? Además, el suelo parecía muy cómodo

De pronto, sintió que el sueño que lo iba a vencer era de lo más placentero.

El claroscuro del dormitorio desapareció para convertirse en una difusa penumbra gris en la que estallaron pimpollos de rosas de color negro azabache. Adentro de la flor, los pétalos menores eran de un violeta plateado, luego anaranjado brillante, luego rojo profundo.

Ersatz intentaba ver a sus amigos a través de las flores, pero era imposible. Percibió un olor dulce. Después ácido. Según los pétalos iban cambiando de color el aroma también variaba.

Oyó voces agudas desconocidas y murmullos que cantaban una serena y tierna canción.

La melodía lo envolvió junto con la oleada de colores, olores, aromas, que ahora no podía diferenciar.

Ersatz desplazó los codos y, poco a poco, ya no percibió nada. Como sus amigos, se hundió en una suave oscuridad.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

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Intransparente. Capítulo 2, de la Tercera parte, y PDF.

Pero me siguió contando de Ponen, que había bajado hasta Manaos, y ahí se le metió en la cabeza que tenía que visitar a un músico argentino muy amigo que vivía en Mar del Plata, un metalero, aunque no le creyeran, les dijo, que había conocido en California; pero cuando llegó a la casa no lo encontró y aprovechó para investigar qué movidas musicales tenía la ciudad (Ponen metió la mano en el bolsito de hilo que llevaba y sacó un CD que le habían regalado en la radio, un compilado marplatense; Elortis repasó los nombres y recordaba algunos: Te Traje Flores, Azylum Zue, Delorian, B-sides, Glasé)

En Veracruz, a la que había visitado por su interés en los olmecas, le llamó la atención esas cabezas de labios apretados que habían desenterrado los arqueólogos (no se sabía bien qué representaban; podían ser enemigos), y después averiguó que los olmecas hacían sus propios viajes, porque en las excavaciones también encontraron sapos enterrados con los sacerdotes, que venían a ser sus chamanes; también había visto la foto de la escultura de un chamán agachado, con las rodillas dobladas, no se sabía si estaba por ovillarse o levantarse, algunos creían que estaba en proceso de transformación en algún animal (Elortis encontró una fotografía en Internet, dice que la hipótesis de concentración, de mente avizora y cuerpo agazapado, a medio camino entre dos actos reveladores, es la más plausible)

Pero lo cierto, subrayaba Ponen, es que encontraron sapos en las excavaciones olmecas, sapos del tipo Bufo Marinus, que hacían pensar que los sacerdotes creían transformarse en otros seres animales y sobrenaturales, por las alucinaciones provocadas por unas glándulas que estos bichos tienen detrás de los ojos, que segregan una sustancia lechosa con propiedades psicoactivas. Y Elortis me mandaba con un signo de exclamación, como si se hubiera acordado de algo que tenía olvidado desde que lo escuchó de boca de Ponen, que también había dicho que le gustaban esas esculturas olmecas de niños con cabezas infladas, y parece que las buscó en Internet porque se quedó callado un rato, o vaya a saber qué estaría haciendo, hace rato que yo había pensado que si estaba encerrado y no veía mujeres, se la debía pasar buscando pornografía o mirando las fotos de sus amigas virtuales, una vez me había confesado que tenía a una colombiana que le había hecho un strip-tease perfecto en la webcam al son de una ignota canción, que parecía reggaeton, que no sabía cuál era porque la chica le dijo que la pusiera para sincronizar sus movimientos con el ritmo, pero Elortis, de puro vago, no lo había hecho, lo que no le impidió disfrutar el baile de la chica.

También Ponen les había hablado de los hongos de piedra de otras culturas mesoamericanas, de fray Bernardino de Sahayún, de otras evidencias más distantes en tiempo y lugar, como las pinturas rojizas de Altamira y Lascaux, y, finalmente, mientras seguía revolviendo su mojito porque tomar no tomaba Ponen decía Elortis —ellos ya se habían terminado tres cada uno— les salió con que los llamados misterios eleusinos podrían deberse al cornezuelo, un parásito de la cebada, también hongo psilocíbico, precursor del LSD; y también estaba el Soma de los chamanes de Siberia, que aparentemente no era otro que la Amarita Muscaria, un hongo que según Ponen parecía una fuente de piedra de aguas rojas, pero cuyas visiones, aseguraba, eran menos nítidas que las de la ayahuasca. Los micólogos habían investigado bastante, decía, pero los datos no eran fáciles de encontrar.

Ya en Buenos Aires, Elortis había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de La Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina.

A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Itaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder.

Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en La Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las branquicefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo.

Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza.

Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido.

Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

Autor, Adrián Gastón Fares.

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Intransparente. Novela Capítulo 1 y PDF.

PRIMERA PARTE

 1.

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior. Hola, ciudad sumergida, saludás, y empezás a rearmar tu vida como si todo fuera nuevo y el peso no pesara, pero es que tus músculos ya están entrenados. Y ahí empieza lo bueno.

Amaba a las mujeres, no podía estar sin ellas, aunque eran unas manipuladoras de nacimiento las minas, decía Ortiz muy seguro de sí mismo, y esa seguridad era a la que me prendía las noches que hablábamos hasta las cinco de la mañana, increíble. Ortiz la tenía tan clara, y decía que por eso el mundo se le venía encima cada vez que abría la boca. No tardé en descubrir que hablaba conmigo porque era la única que lo respetaba. Y eso que, por lo que decía, mujeres no le faltaban. Por la foto parecía de treinta y tantos. En realidad, tenía cuarenta largos. Era lindo y se mantenía en forma. Y aunque era inteligente, entusiasta y decidido, estaba perdido. No lo deduzco yo, que estaba perdido. Él lo repetía seguido en nuestras primeras conversaciones. Y como en ese momento yo también estaba perdida en la vida, nos entendíamos. Como ya dije, no estoy muy segura de lo que pude haber ganado al conocer a Ortiz. Y como, más que nada, extraño sus opiniones, y como guardé las conversaciones que tenía con él, se me ocurrió ir leyéndolas a ver si logro entender algo de esa época de mi vida. Ahora, por ejemplo, puedo leer que en la primera charla decía casi a los gritos, en mayúscula, que estaba triste, cuando le pregunte por qué, me respondió que los hombres ya no iban a encontrar un lugar donde las mujeres estuvieran en estado salvaje, y que como a él le gustaban las castañas de ojos claros, encontrar a una castaña de ojos claros en estado salvaje, de espaldas, bañándose en un río, era muy improbable. A lo sumo habría alguna comunidad perdida en el Amazonas decía Ortiz, pero serían todas negritas y la sociedad lo había acostumbrado a las casi rubias. Las rubias del todo, las platinadas, no le gustaban. Claramente, él no creció con el furor latino en Hollywood y en las películas pornos, como mis compañeros de trabajo. Ahora la mayoría no se fija en las rubias. Mejor para mí. Pero él estaba triste, al hombre le habían robado para siempre el correr por los pastos altos con una rubia salvaje. Y encima, ante mi disconformidad hacia sus palabras, carita de decepción, los ojos bien abiertos y por boca una línea, agregó que los hombres habían preservado la esencia de su sexualidad, el contenido iracundo, irracional y volátil, pero que las mujeres habían evolucionado hacia una nueva perversión. Nos hacíamos las buenitas con todos. No quería más amigas. Yo pensaba que ese tipo era un viejo irresponsable, baboso, condenado a la soledad por lo mujeriego que era, y estaba, un poco por lo menos, equivocada.

Ortiz había estudiado psicología, aunque nunca ejerció, y mucho tiempo después, casi por casualidad, se convirtió en escritor. La embocó con un libro que escribió sobre casos psicoanalíticos. La intención había sido divertirse y, si tenían suerte, hacer algo de plata, pero a diferencia de ese tipo de libros, creó –a partir de la misma realidad– dos o tres personajes fuertes, únicos y la gente ahora apodaba a los amigos con los nombres de esos personajes. Los suplementos culturales de los diarios Clarín, La Nación, Página 12 y Perfil escribieron notas sobre el libro y también salió una entrevista a los autores en la Rolling Stone. La investigación para el libro la había realizado su socio y amigo, Emiliano Sabatini, el psicólogo con el que tenía una empresa de libros audibles. Cuando lo conocí, Ortiz acababa de volver con su socio de Mar del Plata, donde habían sido invitados para participar, en una mesa de escritores, en el programa de televisión de Mirtha Legrand. Ortiz y Sabatini se habían negado primero, pero después pensaron que la mini gira de verano, que incluía un encuentro sobre literatura y psicoanálisis en Villa Victoria, favorecería las ventas del libro, y finalmente aceptaron viajar con todo pago.

Al principio, y después de esa noche que dijimos más formalidades que otra cosa, salvo por el comentario desubicado de Ortiz de las mujeres salvajes casi rubias, hablábamos más de música y salidas. Aunque no lo crean, Ortiz seguía saliendo con su amigo de la universidad, Romualdo. A veces iban a boliches, con intención de divertirse entre amigos más que nada, recalcaba… Hacía más de un año que los dos, con pocos meses de diferencia, casualmente, se habían separado de sus novias. Como ya dije, yo estaba embarullada; también me había separado hacía poco. Ortiz había estado ocupado terminando el libro y cuando se vio con un poco de tiempo, aburrido y solo en las noches, me encontró. Con sus salidas a los boliches y todo, estaba fuera de época. Algunos de su edad seguían de fiesta pero no se comprometían; él se aferraba a algunas personas y, aunque no le gustaran demasiado, después no podía dejarlas.

Muchas veces deliraba Ortiz; por ejemplo, declaraba de la nada que a él le gustaba mirar los árboles porque, a pesar de que pensábamos que no tenían conciencia, eran seres tan concentrados en lo suyo que no gastaban energías de más. Por eso los chicos temían a los árboles gigantes. Pero a él lo asustaban las imágenes grandes de animales. De chico había entrado en una carpa que proyectaba un documental de la selva en tres dimensiones, que en aquel entonces eran unas pantallas puestas en semicírculo, y todavía no podía sacarse de encima la impresión. Lo mismo le había pasado cuando sus padres lo llevaron a uno de los primeros centros comerciales. Se escapó por los pasillos y, al doblar en uno, encontró la réplica en tamaño real de un elefante. En muchas cosas era como un nene que perdió el tren, Elortis, querido, como yo le decía cuando lo saludaba y él esperaba un rato para responder, haciéndose el interesante.

La cosa es que, al momento de conocerlo, Ortiz estaba por tropezar con un problema en su relativamente tranquila existencia. Ya se había metido en otro al dejar a su pareja, eso era algo que estaba bastante claro y que me dolía cada vez que lo pensaba; fácil descubrir los hilos que me habían llevado hasta Ortiz, aunque si la hubiera dejado antes, y también me hubiera encontrado, yo hubiera sido una nena para él. La diferencia de edad se notaba en que la conversación a veces caía en lagunas insalvables, seriedades y reflexiones oscuras sobre la vida, yo podía remontarla haciéndole alguna broma sobre sus años, preguntándole sobre la música que escuchaba, incluso echándole en cara, y exagerando, la locura que era hablar con él, otras veces abriéndome y contándole mis problemas, mis inseguridades, mostrándome de moral ambigua por momentos; no hay nada como ser voluble al principio para ganarse a una persona.

Parecía gustarle que yo, a pesar de haber tenido novio y tener casi veinte años, fuera virgen. Lo había notado la vez que hablamos directamente del tema: no lo podía creer; me dijo que lo entendía pero que le parecía muy extraño; esa perseverancia podía llevar a la desesperación a un hombre y no la aprobaba para nada… Un amigo suyo, ex novio de una chica que pensaba mantenerse intacta hasta el matrimonio, un día que había tomado de más le reveló que era capaz de provocar orgasmos a las mujeres con masajes estratégicos. Gracias, no, paso, decía Ortiz. Le expliqué que no era que yo nunca hubiera hecho nada, sino que deliberadamente no había llegado hasta ahí, no estaba segura con la relación. Más adelante, me comparó a mí con un nuevo tipo de mujer fatal siglo veintiuno, cuyas características nunca precisó.

Encuentro que se tomaba tiempo para hablarme de las clases de té que tomaba. El té verde era su preferido, por ser más fresco, sin tanto proceso y sin fermentar, pero cuando se aburría tenía siempre disponibles cantidades de té negro y rojo; de jazmín, que era como un aplauso de aroma enfrente de su cara y funcionaba como un ejercicio de budismo zen; africano, una mezcla de té negro, chocolate y jengibre, té oolong, té blanco, y cuanta infusión encontrara en la tienda china que visitaba una vez por semana, a veces con el único objetivo de tener alguna razón para salir de su departamento, según más adelante pude saber.

Otro de sus temas favoritos, que yo detestaba, era su niñez. Si le contaba de mis amistades o una discusión familiar, Ortiz me hacía viajar con él en el tiempo para enseñarme a los seres que lo habían rodeado en el pasado. Me llevaba al sur, a algún lugar entre Lanús y Banfield, a una casa de frente blanco, con un patio largo y un fondo todavía más largo, fondo y no jardín, decía, porque estaba cultivado por su padrino, un italiano flaco y con los nervios de punta, y los zapallos, los tomates y las radichetas lo llenaban. Cuando entrábamos nos esperaba, en algún lugar entre el patio y el fondo, con la pava en el fuego y las galletitas de agua con rebanadas de queso fuerte, un viejita muy petisa, casi enana, jorobada, coja y con la mano izquierda paralizada, que se había casado con el hermano de la tía abuela de Ortiz y, ya viuda, seguía viviendo en esa casa chorizo. Hacía muchos años que la enanita no salía más que hasta la puerta.

Fue la primera persona que lo hizo reír. Y para él reír quería decir encontrarle algún gusto al mundo. Antes había sonreído seguramente, como todos, con los sonajeros y las morisquetas típicas de los mayores, pero un día sus padres lo dejaron solo con esa viejita, pensó que iba a aburrirse, pero enseguida estaba mirando cómo los repasadores se habían convertido en personajes que cantaban y bailaban, igual que la enanita, al son de la milonga o el chamamé que salía de una radio enorme. Pronto descubrió que esos trapos estaban llenos de historias porque la enanita, que era de Avellaneda aclaraba Ortiz, cerca de la plaza Mitre, había conocido a muchos personajes interesantes. Se hizo costumbre dejar la casa alta en la que vivía en aquel entonces para meterse en la casucha a mitad de cuadra. Ahí conoció al Mono y a los matones de Avellaneda, que captaban su interés porque eran lo que nunca fue Ortiz, gente de la calle.

Y ahora menos que nunca; después de separarse de su novia de siempre, que era también la madre de su único hijo, y del viaje a Mar del Plata, mi amigo virtual pasaba cada vez más tiempo encerrado en su departamento, cerca del Colegio Benito Bautista (¡ahí cursé la secundaría, Elortis!). A pesar de que las mujeres lo habían rodeado desde chico, y que las prefería a los hombres, últimamente lo tenían a mal traer. Me hizo creer que se había separado de su mujer porque la relación estaba desgastada, pero a veces surgía la sombra de otra mujer, una misionera. Este tipo de charla quedó relegada cuando me confesó que estaba pasando un momento difícil por otros motivos.

Se sospechaba que el padre de Ortiz había colaborado con el secuestro de profesores y alumnos durante la última dictadura de nuestro país. Un ex profesor de psicología de la Universidad de Buenos Aires había declarado en una entrevista de un importante diario que su par, Baldomero Ortiz, era un funcionario civil del gobierno militar. Otro compañero salió a afirmar al mismo medio que en las charlas en el comedor de la facultad el profesor Ortiz relacionaba la psicología con la corrección de mentes obtusas dedicadas a la subversión. Después de que me revelara este asunto, perdí su rastro por unos días. Lo esperaba por las noches en la computadora, pero si se conectaba, volvía a desconectarse enseguida. Tal vez lo hacía sólo para ver si había cambiado mi subnick (con el tiempo supe que le prestaba atención a los pedazos de canciones que yo ponía de mensaje personal). Mientras tanto, aproveché para investigar sobre la represión y la tortura en la Argentina del siglo pasado y, por un truco de mi imaginación, lo veía al Ortiz que yo conocía, al hijo, en un centro de detención clandestino, tratando de lavarle la mente a las personas, y tachando con rojo en un lista a los más caprichosos, o directamente empujando a personas encapuchadas de los aviones. Después me enteré que aquellos días Ortiz los había pasado buscando entre los papeles de su padre algún escrito que pudiera presentar a los medios para negar la acusación. Su padre no podía defenderse. Había muerto cinco años atrás.

A los pocos días mi nuevo amigo reapareció; muy alegre me contó que su hijo se había recibido de abogado, en tiempo récord, y ahora podría ayudarlo si tenía más problemas con las rémoras que lo perseguían por el pasado de Baldomero, aunque no confiaba mucho en él porque recién estaba conociendo a las mujeres y estaba muy distraído. En la cena en un restaurante del puerto de Olivos, donde habían ido para festejar con el  graduado, Martín anunció que se tomaría un año sabático; quería viajar de mochilero por Sudamérica. Ortiz estaba seguro que su hijo intentaba olvidar a la compañera de facultad que le gustaba. Era buen padre, conocía bien a Martín. A diferencia de Baldomero, que nunca tuvo tiempo para él; se había criado con lo que encontraba al paso en la casa del sur de Buenos Aires, más que nada libros viejos con las hojas cortadas a cuchillo, pilas de revistas polvorientas, y la cajita de metal repleta de monedas antiguas —su padre le enseñaba de qué lugar procedía cada una. Pero otras cosas no había sabido o no había querido trasmitirle. No lo preparó para vivir, para relacionarse con las personas. Baldomero pasaba el tiempo al principio con sus pacientes, y después con sus amigotes, a los que mantenía lejos de la familia. Cuando le pregunté si las acusaciones eran justas, Ortiz se desconectó, y desapareció por otros tantos días.

En la próxima charla a Elortis —como lo llamaba por su nickname y como a esta altura ya debería llamarlo en estos escritos— se lo nota cambiado, esta vez espera a que yo lo salude, y me contesta al instante, eufórico, con un signo de exclamación. Quería saber si yo pensaba en mi ex novio, si seguía viéndolo y me confesó que estaba muy triste por mi separación. Dijo que una noche, con la cabeza pegada a la almohada, se había puesto a pensar en mí, después de un primer noviazgo sola en el mundo, y se largó a llorar como un nene.

Yo no estaba tan sola, pero tenía algunas dudas con respecto a la moral de las personas que me habían creado. Sospechaba que mis padres no eran lo que aparentaban. Cualquiera que haya crecido con sus progenitores puede darse cuenta del tipo de zozobra que sentía mientras mis pensamientos maduraban. Me sentía culpable de que mis padres se siguieran viendo después de tantos años de separación, era una farsa sin sentido. Se lo conté a Elortis, le dije que necesitaba desprenderme de la tierra, serruchar raíces. Abrirme de esa forma lo descolocó. Hasta ese momento él pensaría que yo era una chica del montón, tal vez un poco más avispada que las demás, pero a partir de ahí algo cambió en la forma de hablarme. ¿Por qué?

Para mí se dio cuenta que podía llegar a engancharse conmigo. Enseguida hizo la broma, repetida después, en los momentos en que se encontraba en una posición de debilidad con respecto a mí, de que sería un buen partido para su hijo. Lo había visto en una foto vieja del perfil de Elortis, era un chico bastante lindo, un poco desgarbado y de mirada insegura, no tenía los ojos azules del padre, la nariz era un poco más perfecta, pero nada de la mandíbula cuadrada y el perfil de actor de serie norteamericana que lograban que te interesaras por Elortis a primera vista, con esa especie de desconfianza que generan, en algunos casos, los lindos.

Elortis, además, hacía natación y estiramientos diarios que, evidentemente, habían mantenido en buen estado su físico. En fin, cualquier chica se habría interesado por él de primera; conocerlo hacía que la relación se volviera, al comienzo, más distante porque se notaba que no era un tipo como los demás. Costaba encasillarlo, encontrarle la vuelta, saber quién era en realidad y qué lo movía. Yo, que tenía bastante experiencia en este tipo de amistades, tuve que aceptar que Elortis me divertía como ninguno y su trato me hacía descubrir algunas cosas que pasaban desapercibidas para mí antes de conocerlo.

Le gustaba contarme lo que hacía en detalle, para mi sufrimiento. Había tenido que ir a la casa de la costa de su padre, el lugar donde pasaban los veranos cuando era chico. Hizo el viaje con Motor, su hermoso gato blanco y negro. La verdad que me hubiese gustado conocerlo. Daban ganas de apachurrar a ese gatito, por lo que había visto en una de sus fotos. Me gustan mucho los animales.

A Elortis también le gustaban. Llegó a tener  a un mono araña en su departamento. Pero eso me lo contó más adelante, sigamos con la conversación de ese día. Elortis había ido a aquella casa, en Mar de Ajó Norte, un lugar reverenciado por su padre por la tranquilidad y porque podía cazar tiburones cada vez que se le antojaba. Le dije que me parecía muy rara la imagen de un psicólogo pescando tiburones. Me explicó que su padre no era un psicólogo en esencia, que tenía amistades que lo habían llevado por otros caminos; que tal vez por el descuido de Baldomero hacia la actividad que había elegido, él se empecinó en estudiar lo mismo; quién hubiera dicho que Ortiz Jr. también iba a terminar dando un paso al costado. Sin embargo, tal vez fuera ése el ejemplo que había seguido. Hacía poco, lo que rescataba de su padre era que nunca se había apoyado en su profesión para explicar quién era; ahora ese desinterés parecía el resultado natural de la doble vida que le adjudicaban.

En cuatro horas llegó a Mar de Ajó, le dio comida a Motor, y se dedicó a revolver los muebles, armarios, alacenas, cajones, y hasta las tablas de madera de las paredes de la casa para tratar de encontrar alguna carta que pudiera limpiar el nombre de Baldomero. Nada por aquí. Nada por allá. Lo que encontró fueron ediciones viejas de la National Geographic. Baldomero había estado suscripto de por vida a la revista. Decía que se había cruzado con la nena de la famosa portada en una de sus caminatas. Que la nena, ahora toda una mujer, había emigrado de su Afganistán natal a nuestro país. Después, cuando finalmente la revista logró encontrarla, su padre siguió afirmando que la había cruzado cerca del Palacio Alvear. Era encantador cuando inventaba esos misterios que ponían a volar la imaginación de un chico, recordaba Elortis. En lo demás, en apariencia se desentendía de él y dejaba que se las arreglara solo aunque, dosificando los halagos y las críticas, ejercía un control de sus impulsos e inclinaciones. Apenas le había prestado atención cuando le dijo que quería seguir su profesión.

Elortis terminó de revolverlo todo, aceptó la derrota en la búsqueda y decidió pasar el fin de semana leyendo viejos números de la National Geographic en el fondo de la casa, aunque veía una foto y leía el copete de los artículos más que nada y después miraba los árboles y se dejaba asombrar por los colibríes que también asombraban a su padre en sus visitas. Cuando se cansó de hojear la pila de revistas, empezó a buscar a Motor por la casa y no lo pudo encontrar. Salió a la calle.

Tocó el timbre de los viejos de al lado —siempre rodeado de viejos, decía Elortis, porque sus vecinos de piso también eran todos muy mayores—, que se pusieron muy contentos de verlo después de tanto tiempo, pero su gato no estaba por ningún lado. Se volvió, doblemente triste: no había encontrado ni un papelito que pudiera salvar la reputación de su padre y había perdido a la mascota que dormía con él por las noches. Ahora daba vueltas en la cama. ¡Qué sería de Motor en los fondos de esas casas deshabitadas, y cuando no, con perros guardianes y dueños hábiles en el manejo de pistolas de aire comprimido!

Era sensible con los animales. Al principio pensé que fingía para quedar bien conmigo, yo soy capaz de dar la vida por cualquier perrito de la calle. Pero después me di cuenta que el interés era sincero. Decía que era una tara que su padre le había transmitido. Baldomero creía que los hombres eran inferiores a las demás especies. El viejo Ortiz pensaba que el uso constante del lenguaje hablado había terminado por perder para siempre al hombre y que no era una evolución sino, más bien, un error lamentable. Tal vez por eso sus últimos años los pasó casi en silencio, decía Elortis.

Tengo que admitir que me asustaba la figura de Baldomero Ortiz. A Elortis no le conté, porque temí que no se soltara más conmigo, pero un día había visto la foto de Ortiz padre en el diario, un viejo en sillas de ruedas y aferrado con saña a un lustroso bastón. Daba una indefinida sensación de respeto. Pensé que si su afán era eliminar el lenguaje,  tal vez sin querer, había puesto todas sus energías en expresarse sin él. La mata de cabello oscuro, el físico robusto aún en la vejez y la discapacidad, la mirada resoluta, la mueca arrogante de la boca, la inclinación cortés de la cabeza, podrían ser los signos que lanzara al mundo. ¡Ay, de quien los viera, de quien supiera decodificarlos! Tal vez se volvería tan loco como él. Baldomero podría tener la pinta de esos viejos que invitan a las nenas a sentarse en sus faldas, si no fuera porque en sus ojos refulgía una tranquilidad y una sinceridad que lo alejaban de lo terrenal y lo rejuvenecían hasta iluminar al hombre apuesto que seguramente había sido.

por Adrián Gastón Fares.

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SOBRE EL AUTOR.
ADRIÁN GASTÓN FARES CRECIÓ EN LANÚS, BUENOS AIRES. EGRESADO DE DISEÑO DE IMAGEN Y SONIDO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES. AUTOR DE LAS NOVELAS INTRANSPARENTEEL NOMBRE DEL PUEBLOSUERTE AL ZOMBI Y EL LIBRO DE CUENTOS DE TERROR LOS TENDEDEROSSERÉ NADA (2021) ES SU CUARTA NOVELA. EN LITERATURA FUE SELECCIONADO EN EL CENTRO CULTURAL ROJAS POR SU RELATO EL SABAÑÓN QUE, HACE 14 AÑOS, INAUGURÓ ESTE BLOG. MR. TIMEGUALICHOLAS ÓRDENES SON ALGUNOS DE SUS PROYECTOS CINEMATOGRÁFICOS PREMIADOS Y SELECCIONADOS, ASÍ COMO EL DOCUMENTAL MUSICAL MUNDO TRIBUTO, TAMBIÉN ESTRENADO EN TELEVISIÓN Y EN FESTIVALES DE CINE. POR OTRO LADO, ADRIÁN TIENE PÉRDIDA DE AUDICIÓNEL DIAGNÓSTICO TARDÍO EN SU VIDA (SIN LA HABITUAL DETECCIÓN TEMPRANA) DE SU HIPOACUSIA-SORDERA Y EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PRÓTESIS AUDITIVAS QUE LA ALIVIARON FUE UN PROCESO DIFÍCIL PERO EXITOSO.

Nuevo canal de YouTube. Inauguramos con Seré nada. Novela.

Estreno un nuevo canal de YouTube, que lleva mi nombre. Invito que se suscriban. Tal vez, quien sabe, también tenga novedades audiovisuales… (Ojalá)

Empezamos con el primer capítulo de Seré nada. No es el que mejor leí en voz alta, siempre me costó leer en voz alta; fui mejorando en los sucesivos me parece.

Seré nada es mi cuarta novela.

Trata de Silvina, Ersatz y Manuel, tres amigos que viajan a una distópica Lanús en busca de Serenade, una soñada colonia de personas sordas. Pero, como ustedes sabrán, encuentran a Gema, que rinde culto al sol, que se alimenta del sol y no solo del sol… y a Evelyn, a Algodoncito y a Lungo entre otros personajes con los que deberán lidiar para bien o para mal.

Y ya que estamos aquí está un video que grabé por el Día Mundial de la Audición (me lo pidió Magalí Legarí y el equipo del CEMIC que fueron los que después de muchos años dieron con las puntas adecuadas más mis audífonos y un diagnóstico correcto)

Día Mundial de la Audición

Seré nada. El convento Seré. La historia de Gema, Lungo y Zumo.

Esta historia es mía y tuya. Del mundo también. Pero no es para cualquiera…

La gente de esta zona del país enloqueció con las dos epidemias. No se sabe mucho de la segunda, la de 2021 todavía… Pero en estos dos años y medio cambiaron las cosas. Eso los hizo terminar en este barrio de Lanús. Y a mí también. Llegué algo después que ustedes.

Tuve la suerte de conocerte y poco a poco te abriste a mí. Fui recolectando en mi mente parte de lo que me contabas.

Naciste en los ochenta. Tus progenitores te abandonaron primero en el hospital. Luego, las enfermeras te dejaron al cuidado de las monjas del convento Seré, en Lomas de Zamora.

Tus padres no toleraron saber que habían tenido hijos diferentes a los de otras familias. Tampoco sabían qué hacer… Las del hospital sabían que había hijos de otras familias en Seré, que habían nacido por esa época con las mismas… características que vos.

Fue una suerte para vos porque pudiste conocer, cuando te dejaron hacerlo, a otros iguales.

Al principio, las monjas los dejaban tomar todo el sol que quisieran. Aunque no los dejaban salir del convento. Temían que te vieran a vos y a los demás porque creían que iban a decir que eran hijos de ellas con los curas. Un castigo por los pecados…

Cuando iban los contingentes de colegios a visitar la iglesia y el parque florido del convento la hermana Dilva te ayudaba a pintarte de negro o de color betún y te dejaba verlos con la condición de que no bajaras de tu pedestal y de que tampoco te movieras. A vos te ubicaban en el pequeño cementerio, entre casuarinas, lápidas y urnas con cenizas de las monjas de clausura que habían fundado el convento. Ese parque, incluso el cementerio, te daba paz.

Y vos eras toda una estatua. Hubieras ganado concursos con eso, dijiste. Los otros lo hacían muy bien también, salvo Zumo y Lungo que a veces se cansaban y se bajaban. Por suerte no asustaron a tantos chicos como para que corrieran habladurías.

Como estatuas, a ustedes les alegraba ver gente nueva. Y nadie se daba cuenta de que eran personas reales.

Las hermanas guardaron tus peluches y no te dejaban tenerlos.

Tenés que saber que tu abuela Mery seguramente ya murió. Y no esperar más regalos de ella… Traté de explicártelo, pero es una ilusión que tenés. Lo entiendo.

La hermana Dilva adoraba a una Virgen negra que tenía escondida y era la única que cada tanto te dejaba dormir ya adulta con alguno de tus muñecos.

Eso se acabó cuando diste a luz a Fanny.

Era hija del padre Molina.

Si pudiera lo mataría a ese sinvergüenza, pero no sé dónde estará.

Los tuvieron que esconder a todos y los dejaban salir solamente al mediodía al sol, cuando el parque estaba vacío. Ahí se pusieron todos muy delgados. Pero Fanny comía puré de un lado, o hacía que comía, y después seguía alimentándose, digamos, con vos.

Por la epidemia del maldito parásito, las monjas abandonaron el convento, incluso la hermana Dilva, que enloqueció como tantos otros, y a ustedes los dejaron ahí.

Llegó la época de las grandes lluvias. No podían recibir alimento y no había animales ni personas caritativas y comprensivas como algunas de las monjas que se ofrendaban a ustedes sin problemas… Ustedes estaban desamparados y muy débiles.

Un día se escaparon en la camioneta que habían dejado abandonada en el convento. Las monjas usaban a Lungo para que les trajera provisiones especiales por la noche y vos le pediste que manejara.

Lungo y Zumo iban adelante. Vos con Beatriz, Fanny y los gemelos viajaban en la caja de carga con todos tus peluches y tu querida virgencita.

De casualidad dieron con la iglesia y el colegio de este barrio y vos le ordenaste que se detuviera porque pensaste que la hermana Dilva y los otros podían estar adentro.

No estaba la hermana Dilva. Pero había otras…

Lo que hicieron ese día en ese colegio no fue lo mejor. Pero no fue tu culpa.

Es hora de que no sientas más culpa, nunca lo mencionaste, pero sé que la sentís. Y lo más importante, que no se la transmitas a Fanny. Ya está un poco resentida. No sabe bien si es más parecida al cura Molina o a vos… Por eso a veces desaparece…

Sabe que en parte lo que hicieron fue para salvarla a ella. Y no está muy cómoda con su destino todavía… Menos cuando empezó a conocer a la gente de la avenida.

Por lo demás, parece que de chica te gustaba Zumo, o él gustaba de vos, o algo así entendí yo. Cuando quedaron solos en Lomas, y no aceptaste sus lances, dijo que se iba a arrancar el colmillo que tiene en la oreja para regalártelo.

Ver una estatua de un santo algo movediza y con una especie de arito pudo ser medio fuerte para algunos niños.

En fin, no quisiste saber nada con él. Y acá estaba tan celoso, que pensé que era lo mejor que no nos viera más juntos.

No fue fácil entender tu historia. No fue fácil comprenderte a vos tampoco. A veces sos un poco… difícil. Pero sé que sufriste mucho.

Al principio, Fanny no me aceptaba. No pasó mucho hasta que se encariñó…

Perdón si te molestó que prefiriera quedarse conmigo.

Repito, por el cura Molina, ella es mitad como yo y mitad como ustedes. Pero no le gustaba mi decisión de alimentarme como ustedes. Sabía lo que me iba a pasar… Por eso también creo que está enojada con vos y por eso está haciendo lo que está haciendo…

Me quedo sin fuerzas, Gema. También dejo escrito esto por si llegás a confiar en otra persona como en mí. En ese caso, podrías dárselo para que entienda. Tal vez las cuide mejor que yo. Mi idea era seguir con mi camino… Pero llegó a su fin. Fue una decisión mía ser como ustedes para entenderte más.

Les dije a los nuevos que se fueran, para que los dejen en paz, pero no sé si me harán caso. Parecen tan testarudos como yo, en especial la chica.

Cuándo te conocí y te pregunté quién eras no quisiste revelar tu nombre y escribiste: “Seré Nade”. Nunca supe si quisiste decir que eras de ese convento y nada más o si era un: “Soy nadie”, un término vago para alejarme. Supongo que las dos cosas…

Perdonen si nunca les gustó el nombre que les puse. Ahora yo

Seré nada.

Roger.

por Adrián G. Fares.

En este capítulo 29 de Seré nada se cuenta la historia de Gema, Lungo, Zumo y Beatriz, así como la de los demás serenados. Roger es el narrador en este caso. Silvina y Ersatz leen un libro, una especie de grimorio o libro de sombras de Gema, en el que Roger escribe esta carta contado los hechos que ocurrieron en el convento Seré de Lomas de Zamora. Es el pasado de lo que se narra en la novela.

Para leer completa Seré nada pueden investigar en adriangastonfares.com

La llorona vs. Kong.

Esta carta, firmada por el inspector de biogenética de Impresoras Riviera INC., el agente Von Kong, me llegó un día de primavera de 2017.

Querido Adrián,

Estuve repasando la cinta que nombraste. La proyecté en mi oficina durante una tarde lluviosa. El futuro no es así. Acá hay mucho verde, ya te lo dije, parece más una selva. Lo que sobran son animales, No-seres y plantas. Los androides son tercermundistas. La inteligencia artificial es todavía demasiado artificial. La siesta de los androides no pasó de las letras impresas y de los números proyectados.

Aquí casi no se puede caminar de tantas aves que hay. Cuando la gata de la vecina las atrapa, desparraman sangre y maíz por todos lados. Sangre mezclada con granos de maíz. Puaj. Las redime de un zarpazo.

Por otro lado, te informo que la carne de No-ser no se puede comer, presenta algunas alteraciones en su ADN que pueden ser peligrosas. Así que, más allá de que yo estaría en desacuerdo con que los No-seres, en sus manifestaciones más asimilables, como animales, sirvieran de alimento, los humanos se siguen alimentando de lo mismo. Por suerte, no proliferó el proyecto de ley que quería fomentar el consumo de animales carnívoros. La hipocresía sigue siendo moneda corriente. Hasta hubo criaderos de leones, tigres, y zorros. Pero los defensores de los animales lograron liberarlos y desalentar a sus impulsores.

Vos que decís de llorar. Y bueno, nuestros tiempos se entrelazan. Tal vez te imagines cómo son las cosas. Hay muchos libros. Hay libros que cuentan leyendas. Hay seres que sólo aparecen en esos libros. O mejor dicho, que solo aparecían en esos libros hasta que Riviera lanzó sus impresoras biogenéticas.

Pensá un poco.

Mirá.

Un ruta en la noche. Quices, liebres, mulitas que se cruzan. Búhos blancos en los alambrados. Un conductor, un joven, cabeceando. Su novia tratando de mantenerlo despierto. Vuelven de una fiesta de la costa bonaerense. Los autos tienen piloto automático, sí. Pero algunos prefieren los cambios manuales. Son más las actitudes vintage que lo remanente.

En la mitad de la ruta aparece una mujer con un bebé. El conductor no llega a frenar. La embiste. Descarrilan. Bajan del auto, desesperados y magullados. Un niño acostado sobre una rama como si su lánguida mano fuera un arborescencia más lo observa todo. Los jóvenes no entienden nada, creen que están en un videojuego realista, pero no, ellos no juegan.

La mujer sigue de pie en el medio de la ruta. Se acercan. El volátil cabello largo, negro, cuerpo pulposo apenas acariciado por un vestido camisón. Del que se desprende para quedar desnuda. El bebé está pegado a su cuerpo. La mano de la mujer está hundida en el estómago del crío, desde donde maneja sus manos, su boca, sus ojos, su cabeza completa.

La novia del conductor congelada, porque ya se dio cuenta que es un No-ser inusual. Pero el conductor queda petrificado por la belleza de esa mujer virginal. La perfección de los pechos, la piel casi iridiscente, los ojos dulces. Hipnotizado, alarga la mano como para tocarla.

Ahí es donde la sonrisa benévola de la mujer se transmuta en una mueca violenta desencajada. El brazo con el bebé se extiende y el niño, provisto de afilados dientes, muerde al conductor en el antebrazo.

El muñeco del que dio testimonio la joven no era tan muñeco sino que era la vía de alimentación del No-ser.

Me llaman a la noche, mientras saboreaba un Campari con pomelo con las espuelas de mis botas clavadas en mi escritorio. Sí, estaba pensando en el pasado, ese vicio que me pedís que no tenga, pero es difícil no tenerlo, difícil no someterse a estos trucos de la mente cuando uno está solo y espera…

Espera otro caso. Algo en que ocuparse para olvidar.

Así que me llaman. Y viajo hacia la zona. La mujer estaba con los policías, desconsolada. El cuerpo del hombre en la morgue. Atraparon al chico del árbol. Le pedí que me guiara hasta su casa.

Los padres son unos terratenientes que viven al costado de la ruta, en una casa que antes era conocida como Villa Catalina, cruzando unas moreras. Se desesperan al saber lo que hizo su hijo con un libro viejo, carcomido por las ratas.

El niño repasó el libro en un galpón con la mirada ansiosa. Divisó el dibujo de una leyenda, el de la Llorona, leyó la letra chica, entró al cuarto en que el padre tiene la Impresora Riviera y, bueno, ya te imaginarás los resultados.

El No-ser anda suelto por ahí. Por ahora no pude encontrarlo. Pero el padre del niño se quebró en la indagatoria.

Confesó que tuvo relaciones con la cosa impresa. Que el vástago había creado al No-ser más hermoso y mortífero que podía existir.

Bastante inimaginable, lo de las relaciones, porque los No-seres a veces no tienen todos los órganos que deberían tener. Pero en el galpón también encontré unas cuantas revistas pornográficas viejas.

Ese maldito niño.

Vos decís, el que no llora no mama, pero supongo que ese bebé pegado a su madre que creó el niño no necesita llorar ni mamar.

Así es como se transforman las frases hechas en mi tiempo.

Confisqué a la Impresora. El padre y el niño quedaron detenidos.

Mientras manejaba besé repetidas veces mi petaca. Por lo menos es una petaca antigua, gastada, que no muerde.

Llegué a mi apartamento en la costa. Tuve que hacer el trabajo solo porque Juan Carlos, el inspector de Riviera de la zona, estaba de vacaciones, si no hubiera salido una partida de póker en su chalet.

Me senté y miré el lugar donde Taka dormía. Una especie de cubículo redondo con un agujero de entrada, como el que algunos usan para los perros. Pero más grande. Le gustaba dormir ahí, por los colores. Refleja los tres colores primarios, como sus rosas preferidas.

Escribí lo siguiente en un anotador. Tengamos en cuenta que como su nombre indica, Taka era, y supongo que lo seguirá siendo, un No-ser de rasgos orientales, de costumbres japonesas bien impuestas por sus criadores.

Tracé una letra en japonés, lo primero que se me ocurrió, y sentí esa relajación de escribir a mano en hiragana.

こんにちは, Taka-chan.

Seguí en castellano:

Un día, cuando te alejaste de mí, fui a la Embajada de Japón, a conocerla, pero más que nada para ver si te encontraba ahí. De hecho fui dos veces. Y no te encontré, pero encontré un libro antiguo: La escopeta de caza, de un tal Inoue. En esta novela, la profesora reparte papeles con casilleros a las alumnas para que marquen con una X qué va a ser lo más importante en sus vidas. Si amar o ser amadas. Todas ponen ser amadas y una sola amar. Y eso me hizo pensar en bruto lo que el texto sugiere con sutileza, que bueno, lo más importante y lo más difícil, es amar no tanto ser amado o querido, sino saber querer, como dicen, sin pedir nada a cambio.

Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, la frase del final del párrafo que parece extraída de las viejas redes sociales, hice un bollo con el papel y lo quemé hasta que el calor me hizo soltarlo.

Todas las cosas pueden volar si uno tiene con qué.

Así que en la playa también hice saltar por los aires a la Impresora Riviera del niño.

Todo brilla. Es mejor usar lentes de contactos oscuras para proteger la vista.

Vos habrás perdido parte de tu audición, pero yo estoy obnubilado de tanto ver y las imágenes se me difuminan un poco. Pronto le pediré a la obra social de Riviera unos implantes oculares. Hay unos argentinos, muy buenos.

Este país ya no es lo que era antes.

O sí, ha vuelto al derroche de principios del siglo XX. Pero sin tantos riesgos como los que implicó la adicción a la demanda del mercado europeo en las décadas de 1880 a 1930. Ahora exportamos lo que soñamos. Y al mundo le gusta. Y piden más, pero no de lo mismo y no hay problema. Podemos reciclar todas las metáforas gracias a un par de científicos. E inventar nuevas, que reptan, se arrastran, vuelan o caminan.

Por algo teníamos tantos psicólogos en tu época. No fue en vano.

Nuestra aguja hilvanada de identidad estratégica acarició el exotismo alternativo atrayente pero farolero para hundirse en el refinamiento conocedor y la conciencia responsable de los mercados globales.

Y cuando son irresponsables, aquí estamos en Riviera. Aprendimos de nuestros propios errores, pero antes del de los demás.

La llanura y los valles abundan en esta Argentina. Es un lugar ideal para la inspiración que nos permite crear No-seres útiles y no tanto. Tenemos de todo. Por algo somos la primer potencia. También es la razón de que seres de otros universos nos hayan contactado. En tu tiempo, creían que Norteamérica, creían que China, que Rusia o Alemania. Pero no.

Aquí golpearon la puerta primero.

Y preguntaron por la mano de Dios.

Hasta la próxima,

Von «Bombasticus» Kong.

Bombasticus Kong, novela corta escrita por Adrián Gastón Fares.

Hasta lo que sé hay unos 25 capítulos de Bombasticus Kong, también llamada Impresoras Riviera o Von Kong. Es otra de mis novelas cortas (con El sabañón) El capítulo 24 y el 25 nunca me terminaron de convencer así que digamos que hay 23 capítulos, mejor dicho, y que Kong seguirá siendo Kong e informando desde el futuro desde su oficina en Impresoras Riviera, deschavando No-seres que muchas veces se hacen pasar por humanos, confiscando impresoras biogenéticas y luchando contra temibles creaciones (impresiones):

Los No-seres, en ocasiones inventados por niños como en este Kong Capítulo 21.

Taka, una no-ser de origen japonés, fue compañera de Kong en muchas aventuras (bueno, en realidad no más que en 20) hasta que, como era esperable por su identidad, se pasó al bando contrario para defender la libertad de los No-seres.

Que baje a papel esas andanzas futuras de Bombasticus Kong y las publique… es algo que no sé si sucederá. Sí me alegra saber que podré volver a divertirme con mi amigo no tan imaginario.

Inventarle algunas aventuras desde el pasado para que las viva en su futuro y luego me las cuente en alguna inesperada carta. Adrián G. Fares.

PD: Recomiendo que lean esa maravilla de novela corta epistolar llamada La escopeta de caza (1949) del escritor japonés Yasushi Inoué.

Seré nada. Novela (2021) Capítulo inicial y enlaces de descarga.

1.

Lo que hacía el bicho en la cabeza era, por lo menos, revolucionario.

La enfermedad no tenía síntomas. Sólo consecuencias. Pero con el microscopio se veían los quistes de los primeros que fueron llevados de las orejas por sus familiares a los hospitales.

¿Regalar negocios y propiedades? ¿Quemar el dinero que tanto esfuerzo había costado ganar? ¿Airear secretos familiares?

Esta vez, el boca en boca fue más veloz que Internet. Las familias se marcharon o se desarmaron.

Las víctimas desaparecieron. No había manera de encontrarlas ni identificarlas. Algunos decían que las habían secuestrado difusas células políticas formadas en la oscuridad de las encrucijadas de los barrios más conservadores de Buenos Aires. Otros sostenían que nunca existieron porque el gobierno argentino había inventado la epidemia para redistribuir la población, repartir terrenos, y cumplir con un plan de traslado de la Capital al norte del territorio.

La teoría de la conspiración algo de lógica tenía. Pero hubo focos en varios países del mundo así que era imposible que la enfermedad fuera orquestada por un único gobierno.

Para colmo, apenas desaparecieron los casos, o mejor dicho las personas enfermas, desde el corazón del Amazonas peruano, había surgido Ysa, una aborigen de ojos claros. En lo profundo de la selva, rodeada de un séquito de hiladoras, pronunció una conferencia, transmitida por Internet, donde reafirmaba su profesión, chamana, y su intención de reunir a los latinoamericanos. Ysa aportó más de lo que parece a que los habitantes se establecieran cada vez más cerca del límite norte del país.

La capital siguió siendo la Capital, pero quedó bastante vacía. El resto de Buenos Aires se despobló. Y los barrios del sur más.

El primer caso de Tyson21 había surgido en Adrogué.

En 2023, los de capital ni se preguntaban qué había más allá del puente Alsina. Para el resto del país la zona sur de Gran Buenos Aires era un mal recuerdo.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

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El índice completo de esta nueva novela en entradas con audiolibro : https://adriangastonfares.com/sere-nada-serenade-nueva-novela-2021/

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Lanzamiento de edición digital de Seré nada. PDF para descargar. Novela de terror y género fantástico.

Terminar una novela es como despertarse de un sueño (o de una pesadilla)

Mientras me desperezo, voy a escribir algunas palabras sobre Seré nada y sobre el tema y la intención de la novela. Ahí vamos:

Sobre Seré nada (Novela, 2021, 200 páginas)

Con Seré nada, traté de incursionar nuevamente, luego de Gualicho y Mr. Time, en la ficción de terror.

Quería volver a la novela (la última en invención fue Intransparente). Quería que fuera de terror, y quería que fuera ficción oscura (o fantasía oscura). No sé si hubiera podido escribirla sin antes ensayar los cuentos de Los tendederos.

Tengan en cuenta que mis proyectos de cine de terror fantástico lamentablemente aún no pudieron ser filmados. Por lo que tenía muchas ganas de inventar algo nuevo y de poder compartirlo. Y en cierto modo, de poner lo que aprendí estos últimos años en este arte de invocar historias.

Por otro lado, me venían diciendo hace tiempo que escriba algo sobre la sordera y creo que en torno a ese tema fui construyendo Seré nada.

La intención era que los protagonistas tuvieran hipoacusia pero que la historia no fuera sólo las circunstancias de las personas con sordera. También traté de darle cierta épica a la sordera. El tema es la adaptación, pero también la identidad, hay que decirlo, y la «discapacidad».

Otra intención fue rescatar lo mejor y lo peor del Sur del conurbano bonaerense. Había olvidado la torre de Interama hasta que el año pasado subí a la terraza a estirarme, digamos, y la vi. Había olvidado que todavía hay caballos.

No considero Seré nada una novela de vampiros. Admito que traté (como en mis proyectos de cine) de crear nuevos monstruos.

Stephen King dice que es lo más difícil y lo que vale la pena (en Danza macabra o Danse macabre, un ensayo que escribió sobre cine y sobre novelas de terror)

A la vez, los monstruos de Seré nada son humanos, tanto los más simpáticos como los más desagradables (que son más humanos todavía)

La historia del caso de bullying está basada, tristemente, en un caso real que tomé de las noticias.

Veo influencias de películas en Seré nada, creo que ni hace falta que diga cuáles son.

Y está esa ternura que me señalaron que tengo y de la que no reniego. Y también soy un poco visceral o espero haberlo sido.

Sé que recordé al escribir a Shirley Jackson (por La lotería) Por otro lado, leí mucho el año pasado a Richard Matheson (yo creo que El hombre menguante es la mejor novela sobre personas con discapacidad, y sin dudas una de las mejores novelas de terror y fantasía)

En los vericuetos de escribir en tercera persona, me ayudó Matheson y ningún otro. Fue una búsqueda y releí toda la ficción de terror (y la de no terror) que pude antes de ponerme con Seré nada. Esto último no quiere decir nada, pero al menos me dio un poco de seguridad al escribir.

Escribir es invocar imágenes, como el cine, incluso de los mejores poemas lo que quedan son imágenes. 

Pero a diferencia del cine, cuando escribo literatura, sin olvidarme que sin imágenes no hay nada, trato de apoyarme en algo que obligue a usar ese lenguaje (por ejemplo, la historia de los serenados está interpretada y escrita por Roger, Gema se comunica escribiendo; en Intransparente toda la novela es la re interpretación de la protagonista de una conversación por mensaje de texto)

Espero que disfruten de esta aventura, que se conmuevan un poco como yo al escribirla.

Claro que una vez que la terminen pueden opinar lo que gusten y, si les gustó, también compartirla para que otros la descubran.

Los monstruos se van a enojar si no. 

Adrián Gastón Fares.

Aquí el link a la novela:

Seré nada. 46. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 46.
En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar? Cuanto más tiempo tarden en descubrirlo, más difícil será escapar.

46.

Entre tanto alboroto, no todos los del colegio escaparon a sus casas.

Algunos decidieron que lo mejor que podían hacer era ofrendarse a esos dioses que recién habían descubierto. Particularmente, los que habían sido lastimados por ellos.

Gema y Lungo ya se habían saciado. Atrás quedó el hambre y la bronca.

Se sentían fuertes y cuando los nuevos acólitos, entre los que se encontraba el adolescente asiático, se acercaron mareados y rendidos, con las manos en alto, dejaron que los siguieran.

Cuando vieron la torre espacial de Interama, con las luces rojas y blancas parpadeando en la noche, los sobrevivientes del colegio creyeron que los serenados la habían usado de torre de control para descender desde el cielo. Mientras caminaban pensaban que iban a ser guiados a una nave espacial extraterrestre.

Se sintieron perdidos cuando en la calle Marco Avellaneda, en vez de seguir el largo camino hasta el antiguo parque de diversiones, los supuestos extraterrestres para algunos, para otros dioses, doblaron y entraron en una casa alta.

por Adrián Gastón Fares.

¡Sólo falta el 47!

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.

Seré nada. Capítulo 45. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 45. Audio libro. En Seré nada, tres amigos parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en la busca de la leyenda bloguera de una colonia de sordos. Encuentran a personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar? Cuanto más tiempo tarden en descubrirlo, más difícil será escapar.

45.

Silvina y Ersatz recorrieron el camino de regreso a la casa, donde los recibió Fanny sentada en el cordón de la acera, bajo la luz fría, con las piernas juntas, temblando de ansiedad.

Se sentaron al lado. Silvina la abrazó.

—¿Qué le mostraste a Lungo? —Ersatz le preguntó con curiosidad.

—Sí, ¿qué le mostraste para que cayera a tus pies? —dijo Silvina después de despegar la mirada de los labios de su amigo.

La intención de la pregunta era que la adolescente no pensara en el destino de Gema y los demás serenados.

Fanny sacó el celular. Manoseó la pantalla. La giró hacia ellos.

Era una fotografía.

De izquierda a derecha en la imagen de la pantalla estaba Zumo y Lungo, este con la boca impoluta, los labios cerrados, con el brazo cruzado por arriba del hombro de Gema, que a su vez tomaba de la mano a una niña, Fanny. Detrás había lápidas y una ensombrecida capilla. Los cuatro parecían sonreír con la mirada.

Ersatz asintió rápido con la cabeza, tratando de que su aprensión no se notara.

Silvina estrechó más a la adolescente.

Fanny escribió en su teléfono:

¿Madre sobrevivió?

Ersatz la miró sin contestar. Silvina contestó la verdad.

No lo sabían.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederosSeré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.

Seré nada. Capítulo 43. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 43. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… 

43.

Entre tanto alboroto, los reunidos ante el palco no escucharon los gruñidos y gemidos, ni otros ruidos que estaban contenidos en el semicírculo inferior del escenario.

La puertita de entrada al foso estaba debajo de una de las escaleras laterales del escenario. Dentro del foso, otra puerta, que accionaba una escalera plegable, daba detrás del telón. Estaba pensada para utileros, pero en este caso era necesaria para mantener la sorpresa que Osvaldo iba a liberar luego de tantos vítores.

Algunos no sólo gritaban, también saltaban y se sentía una vibración en el suelo, como si el colegio fuera a venirse abajo en cualquier momento.

—Y ahora nuestro embanderado más pequeño y el más experimentado, otro médico como la doctora presente, que supo prestar sus servicios para el país… —dijo Osvaldo mientras se golpeaba con el puño cerrado el saco blanco abotonado—, por nosotros, por ustedes, hasta por esos desagradecidos que se fueron, va a entregarnos el fruto de la paciencia, la perseverancia, el trabajo en grupo y el compañerismo. Con ustedes, Ulises “Algodoncito” Gutiérrez. Nos explicará su particular método de encontrar la cura adecuada para que nuestra sangre criolla no vuelva a malgastarse.

Osvaldo acompañó con el brazo estirado la invitación a que el telón se abriera. Al ver que no salía nadie se acercó con cautela para abrirlo él.

El chico asiático y el tipo barbudo, en los roles de escolta y abanderado, movían los ojos para todos lados, atrapados en las posturas firmes. La gente gritaba.

—¡Queremos verlos! ¡Viva la patria! ¡Viva Argentina! —dijo uno que vestía una camisa colorida.

—¡Viva el Gran Buenos Aires! ¡Viva Zona Sur! —dijo una mujer que aplaudía apretando la cartera con los brazos.

Otro, un hombre pelado y con anteojos gruesos, revoleaba un pañuelo blanquiceleste. Eran pocos los que tenían menos de cuarenta años.

La mayoría andaba por los cuarenta y tantos. Abundaban los cabellos teñidos, las calvas, las arrugas, las barrigas de cerveza, los hombros sobrecargados.

Tanto las mujeres como los hombres apretaban sus cintas rojas.

Se había corrido la voz de que el azul oscuro, casi negro, era el emblema de los serenados, y eso potenciaba la elección de cuidarse del poder demoníaco de esos seres extraños con elementos de colores rojos.

Estaban tan enardecidos que empezaron los silbidos porque el telón no se abría.

Osvaldo estiró la mano para apartar el telón. En ese mismo momento se abrió y apareció una figura humana.

Gema tenía lágrimas en sus ojos y sangre por todo el rostro.

Llegó hasta el bordillo del escenario y se detuvo en seco. Evelyn se arrojó al suelo como si hubieran tirado una bomba. Gema observó a la ahora callada multitud.

Sin dejar de llorar retrocedió unos pasos, hasta quedar más o menos en la línea de los dos embanderados que no se animaban a dejar su postura recta.

—Pero ven lo dócil que la convertimos. Sola se va a presentar —dijo Osvaldo mientras el micrófono le temblaba.

Gema, acorralada, pasaba la mirada por la multitud.

La mayoría sostenía en lo alto sus cintas rojas. Algunos hasta crucifijos que blandían delante de ella.

Como si buscara a alguien entre la multitud, Gema miraba de un costado al otro del patio.

Parecía ida. No podía saberse qué había sido de su boca porque era un manchón de sangre.

Un reflector tardío, manejado por uno de los invitados, la iluminó.

Gema no cerró los ojos. Despegó los labios por primera vez en su vida.

Tenía varios colmillos afilados en sus grandes encías.

Algodoncito le había tajado con una de sus cuchillas los esbozos de labios que tenía, y ahora su nariz, liberada, luego de tanta adaptación para alimentarse, al abrir la boca se deslizaba casi hasta el entrecejo.

Lo que vieron los de abajo fueron ojos blancos, una boca abierta que era casi más grande que la cabeza y las manos crispadas por la desesperación que Gema había pasado en la operación.

La señora mayor, que se ve que todavía estaba un poco mareada por el veneno de Fanny, se le acercó con el plato en alto.

Para completar el acto, Gema tenía que aceptar y engullir esa comunión representada por el pedazo de queso y los dados de salamín.

La señora estiró la mano con el queso apretado entre sus dedos, acercándolo a la cara de Gema, que gimió y le apartó la mano con el bocado.

Llegó la risa de los de abajo, que esperaban ver algo más portentoso, no a una mujer con calzas negras, boca de piraña y el rostro elástico.

Entonces, Gema gruñó y empujó a la señora mayor, que fue a parar cerca del bordillo del escenario. Mientras, se iban acercando Osvaldo de un lado y del otro Evelyn para seguir con la presentación. Pero en ese momento el telón se volvió a abrir y aparecieron los gemelos. Llevaban algo entre los dos.

Era el cuerpo de Algodoncito. Uno le estaba masticando una pierna, y el otro tenía clavados sus dientes recién ventilados en el cuello.

La sangre manaba del cuello del enano.

Detrás de los gemelos, desde el telón, irrumpió en el escenario un ser reptante. Era la mujer de rodete que, caminando en cuatro patas, sobrepasó a Gema y aulló como un lobo hacia los presentes. El estrés acumulado en la cueva de Algodoncito le había hecho recordar todo lo que sufrió en la vida y así, con ese aullido, se hacía oír.

Los dientes eran más largos que los de Gema. Los que estaban adelante, que todavía no sabían si lo del enano era parte del acto o no, empezaron a retroceder, generando una avalancha, que empujó a los de atrás hasta las mesas preparadas para el refrigerio.

Uno de los gemelos había soltado al enano que quedó colgando de la mordida del otro.

El que lo había soltado estaba masticando un pedazo de la carne del muslo que le había quedado prendida en sus fauces.

Todos los serenados habían perdido el bronceado y estaban famélicos lo que hacía parecer más grandes sus hasta ahora ocultos dientes y sus cabezas.  Y eran todos tan altos…

La multitud estaba paralizada de miedo.

Gema siguió llorando mientras daba la espalda al público.

La mujer de rodete saltó del escenario al público, y semidesnuda como estaba, empezó a tirar dentelladas, hiriendo a unos cuantos.

Los gemelos habían dejado los restos del enano, y bajaron por las escaleras de los costados del escenario.

Los dos se unieron a la mujer de rodete para acorralar al público presente. El gruñido reverberó en el patio y la multitud retrocedió aún más.

El acto reflejo de mover la boca cuando se ponían nerviosos los hacía parecer peligrosos y violentos. Sus bocas ahora podían abrirse y no sabían muy bien cómo controlarlas.

Gema seguía adelante en el palco, traumatizada.

Se le acercó Osvaldo con el micrófono en la mano. Le pasó el cable por el cuello y comenzó a estrangularla.

Eso animó un poco a los de abajo e incluso pareció darle una indicación de cómo debían actuar.

Pronto resonó un disparo. Luego, dos más. La mujer de rodete voló hacia atrás y quedó tirada en el suelo. Los gemelos se desmoronaron, abatidos.

Gema empezó a sofocarse, y en vez de resistirse, apretó la boca hasta que cayó desfallecida en el suelo.

Habían matado a todos los demonios. Por lo menos, parecía eso.

Osvaldo tiró del cable del micrófono, atajó el aparato en el aire y se lo llevó a la boca.

—Tranquilos… Hicimos lo que pudimos para conservarlos con vida. Teníamos un plan hermoso para ellos. Hermoso… Pero el destino parece no haberle perdonado la traición a la sangre noble. No podemos curar a todas las personas. Por lo menos, servirán de ejemplo para que nuestra estirpe siga fuerte y sana por varias generaciones gracias a ustedes. —Tosió y se aclaró la garganta para elevar la voz—: A veces la sangre degenerada no tiene cura, incluso con los mejores métodos y cuidados.

El público se había vuelto a acercar al escenario y estaba vitoreando. Menos tres hombres que habían sido mordidos antes de que las balas alcanzaran a los gemelos y a la mujer de rodete. Los mordidos, tirados en el suelo, giraban sobre sí mismos con una sonrisa piadosa.

—¡Viva la sangre pura bonaerense! —gritó Osvaldo, mientras la incorporada Evelyn, cuyos labios temblaban, trataba de juntar las manos en un aplauso.

La puerta que daba al patio se abrió de golpe.

Una mujer y un hombre, desconocidos para la multitud, entraron con ímpetu al colegio.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederosSeré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.

Seré nada. Capítulo 42. Nueva novela.

Capítulo 42. Leyendo Seré nada. ¿De qué trata Seré nada? Un grupo de amigos con hipoacusia viajan al Sur del conurbano bonaerense en busca de una mítica colonia sorda, pero dan con unas personas extrañas que parecen tener un peculiar trastorno alimenticio. Y parece que los acechan otras personas con otros tipos de trastornos, incluso más peligrosos…

42.

Las luces del alumbrado público se encendieron.

Las puertas de tres casas se abrieron casi a la vez sobre la avenida. Una reja de garaje se corrió. Resonaron los neumáticos de varios coches y algunas motocicletas raspando el cemento. Repicaron cascos de caballos. Una docena de bicicletas doblaron en la esquina del colegio.

En la puerta, dos de las motocicletas estacionadas tenían calcomanías de corcheas. Entre los signos musicales estaba escrito con firuletes Juremos con gloria morir.

Los pañuelos de color celeste y blanco que estaban atados en los espejos retrovisores de los coches y en los manubrios de las bicicletas también tenían escrita la misma estrofa del himno nacional.

La avenida no estaba deshabitada como habían creído Manuel, Silvina y Ersatz.

Detrás de las rejas, detrás de los cristales de las ventanas pintados en los negocios, detrás de los portones grafiteados, vivían algunos que habían vuelto a su lugar de origen en vez de apuntar para el norte.

Al volver, recordaron su costumbre de encerrarse completamente por si acaso, de abandonar los balcones en los que habían mirado las estrellas allá por los ochenta del siglo pasado, de niños o adolescentes, y al conocer que el barrio finalmente había cumplido con su promesa de entregarles algo más que violencia, indiferencia, muertes y falsa comunidad, se habían asombrado al principio.

En realidad, eran los descendientes de los que esperaban en las puertas que cayera el sol, eran los descendientes de los que iban a comprar el pan sin celular, de los que dejaban jugar a los niños, ellos mismos, hasta tarde en las calles, de los que hacían largas las tardes para no perderse la procesión callejera que les daba algo de variedad en lo rutinario.

Los descendientes, en la oscuridad de sus casas lóbregas y largas, de las habitaciones sumadas a otras habitaciones, ya no se miraban fijamente al espejo. Tenían pavor de encontrar algo inesperado en sus rostros.

Ya no podían ni siquiera sentirse diferentes, como sus progenitores lo habían hecho, de los de las villas cercanas, porque ya no estaban. Diamante era un rejunte de pasillos vacíos. Fiorito era un pantano con una isla: la casa natal de Maradona.

Ya no se tiraban la basura los unos a los otros porque no vivían encimados. Los perros ya no rompían las bolsas porque casi no había perros.

No había mascotas. Lo más parecido eran los geckos y lagartijas a los que a veces perdonaban la vida y otras aplastaban con sus zapatos o con un martillo especialmente preparado para la ocasión que sacaban del cajón de herramientas. Y si no se la pasaban con esas raquetas eléctricas matando insectos voladores.

Tenían que encontrar algo que los distrajera de arañar las paredes con las manos y cuando se enteraron de que del colegio se habían escapado una horda de seres deformes, que habían nacido de la unión entre monjas y curas degenerados de un infame convento, sintieron que lo habían encontrado.

Para ellos, siguiendo los fuegos artificiales de las fiestas de fin de año, los serenados se habían deslizado por las calles embarradas hasta el colegio privado de la zona, irrumpiendo y haciendo morir de sonrisas y placer a las monjas, a sus monjas. Se había apagado para siempre el fuego que calentaba las ollas populares organizadas por el colegio y la llama se mantenía en sus estómagos, una mezcla de hambre y resentimiento.

Y los serenados, esos seres con la boca cerrada a los que espiaban de vez en cuando, erguidos pacientemente en las terrazas los días de sol, justo lo contrario que hacían ellos que habían olvidado para qué servían las terrazas, los serenados, esos humanoides bronceados de los que se mantenían alejados, eran el único chivo expiatorio que podían encontrar para culparlos de la pérdida de sus ilusiones.

No había muchos familiares a los que torturar.

Los políticos tradicionales, de uno u otro bando, se las habían tomado. Algunos habían regalado sus partidos, pero nadie los quería.

Que Evelyn y Osvaldo descubrieran los cuerpos sonrientes de quienes los serenados se habían alimentado tuvo dos consecuencias.

Por un lado, hizo que la noticia de los deformes sangrientos se desperdigara por otros barrios del sur de Buenos Aires y desde Temperley a Cañuelas había cuadras de dos o tres personas que vivían en sus antiguas casas y se habían enterado de la existencia de algo raro en Lanús. Por otro lado, sirvió para que Osvaldo se convirtiera en una figura política con una causa justa.

Así que, con una cadena de favores que cruzó medio Buenos Aires, fueron aportando dinero, las señoras y señores del sur del conurbano, a la causa de hacerles un favor a los nuevos dioses, a los demonios del colegio, como los llamaban, para volverlos más parecidos a ellos.

Hasta la misma Riannon en vida, embanderada de la libertad de las personas sordas, que en realidad se había instalado con su comunidad en Uribelarrea, y no en Lanús como creían Silvina, Ersatz y Manuel, había aportado dinero para la causa de Osvaldo.

Más allá de las diferencias de edades, altura, anchura, color y género de las personas que fueron recibidas con las puertas abiertas principales del colegio, las que subieron las escaleras y desfilaron por el salón para ir reuniéndose alrededor del escenario tenían algo en común.

Llevaban escarapelas blancas y celestes prendidas de sus mochilas, de sus trajes, de sus sombreros, y todas, también, en sus bolsillos, o detrás de las mangas largas de sus prendas, cintas rojas.

Vitoreaban a Osvaldo que ya estaba con sus bigotes atizados, franqueado por Evelyn, los dos vestidos de blanco esclerótica y ambos ojerosos, para que diera la orden de descorrer cuanto antes el pesado telón del escenario y les dejara entrever, como aquella vez, a sus temores encarnados y maniatados.

Detrás de la multitud esperaban unos tablones con manteles, cubiertos de platos con salamines, quesos, fiambres, panes, y otros dones de la tierra con los que pensaban festejar lo que fuera que apareciera, cualquier cosa, algo diferente: lo nuevo, lo que les iba a salvar el año quizás.

Osvaldo no tenía mucho que decir, simplemente iba a mostrar y ellos necesitaban ver.

Detrás del micrófono, luego de Evelyn y Osvaldo, había incluso un abanderado con un escolta.

El adolescente asiático era el escolta y el tipo de barba sostenía la bandera con los mismos colores de la izada en el patio exterior.

El segundo escolta iba a ser Lungo que no había vuelto a aparecer.

Aunque la multitud miraba de reojo al chico asiático, Evelyn y Osvaldo pensaron dar un mensaje de diversidad con lo que tenían a mano.

La señora mayor, recuperada parcialmente de la experiencia psicodélica que le había provocado la mordida de Fanny, estaba encorvada cerca de la escalera y tenía un plato con un pedazo de queso duro y unos dados de salamín recién cortado.

El micrófono andaba perfecto. En el escenario, Osvaldo se quitó el sombrero de copa blanco, lo arrojó al público, para entretenerlos mientras tanto, dio las gracias al gentío y le preguntó a Evelyn si quería decir unas palabras. Evelyn movió la cabeza y levantó las palmas de las manos hacia Osvaldo, invitándolo a proseguir.

—Tengan un poco de paciencia que nuestro ilustre y diminuto héroe está terminando su delicado trabajo. Me alegra que compartan con nosotros este momento tan esperado. Unión, integración e inclusión, ¡viva!

—¡VIVA! —repitieron los de abajo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 41. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 41. ¿De qué trata Seré nada? Un grupo de amigos con hipoacusia viajan al Sur del conurbano bonaerense en busca de una mítica colonia sorda, pero dan con unas personas extrañas que parecen tener un peculiar trastorno alimenticio. Y parece que los acechan otras personas con otros tipos de trastornos, incluso más peligrosos…

41.

El barbudo tenía un pie sobre la espalda de Ersatz, como si hubiera sido fácil reducirlo. Tenía un brazo alzado para descargar el puño cerrado en caso de que fuera necesario.

Lungo gruñía y separaba más los brazos mientras avanzaba con más velocidad hacia el encuentro de Fanny, que tenía la boca apretada y la nariz manchada con la sangre de Ersatz.

—No saben con quién se están metiendo —dijo Ersatz, fue lo único que se le ocurrió para la situación en que estaba. El barbudo le pegó una trompada en la mandíbula.

No sintió dolor, pero se preocupó porque era una zona cercana al oído. Lo que faltaba era que lo dejaran más sordo.

Lungo se detuvo. Fanny tenía su celular en alto. Le estaba mostrando algo en la pantalla que el gigante parecía no querer ver. Se tapaba la cara, retrocedía, y daba vueltas sobre sí mismo, moviendo las manos hacia arriba como si estuviera espantando a unos murciélagos.

—Quería… Como ellos… Ser… —gritó Lungo con su voz cavernosa.

Fanny asentía con la cabeza.

—Así… No —agregó Lungo.

La cara de Fanny se desarmó otra vez. Parecía querer llevar el colmillo hacia la nariz por momentos, por otras apretaba los labios contrarrestando ese movimiento. Los ojos empequeñecidos, las lágrimas otra vez sobre sus alisadas mejillas. En ningún momento dejó de tener el celular en alto, hasta que Lungo dejó de dar vueltas.

Se acercó a ella y se arrodilló.

Fanny se inclinó para abrazarlo. Lungo aceptó el abrazo y la rodeó con sus largos brazos.

Giró la cabeza y miró hacia donde estaba el barbudo y el chico asiático con una mirada que estos dos nunca le habían visto.

Tenía apretada la boca, no babeaba, y el odio que reflejaban sus ojos era más alarmante que su colmillo deforme y su altura.

Lungo se incorporó, se quitó la mitad del pelo largo de la cara y empezó a caminar hacia donde estaba Ersatz y Silvina.

El barbudo dejó de pisarle la espalda a Ersatz y se inclinó.

—No soy como los que mataron a tu amigo —murmuró.

Ersatz ubicó las palmas debajo de su cuerpo y tiró las piernas hacia atrás. El barbudo cayó al piso.

El chico asiático, que ya había soltado a Silvina y retrocedía, se asustó más al ver a su amigo derribado.

Inclinó la cabeza, haciendo una reverencia de despedida, y empezó a escapar, corriendo hacia la avenida.

El barbudo se levantó, hizo una reverencia con la cabeza y también se lanzó a correr.

Lungo corría dando enormes zancadas y aunque parecía imposible que alcanzara a sus nuevas presas, verlo no daban ganas de especular con la posibilidad de que lo hiciera.

Los perseguidos miraban hacia atrás cada tanto y se seguían alejando más rápido.

Ersatz miró hacia Fanny que de perfil en la mitad de la calle tenía los hombros bajos. Parecía agotada y desconsolada.

Silvina miraba hacia Lungo, que gemía mientras corría al barbudo y al chico.

Ersatz le preguntó a Silvina si se encontraba bien.

—Yo sí… Pero los otros… Pobres… Son locos, los deforman en el colegio.

—Vamos. No hay tiempo que perder —dijo Ersatz mecánicamente como si necesitara decir algo obvio para asimilar lo que acababa de escuchar.

No quería que nada lo distrajera de la idea que se le había ocurrido, un plan que quería ejecutar de la mejor manera posible. Y eso significaba disfrutar el proceso.

Empezó a correr con las manos estiradas hacia arriba, gimiendo como si fuera Lungo.

Silvina lo miro incrédula y dubitativa primero, luego sus ojos se encendieron y se lanzó a correr como Ersatz.

Corrieron bajo el sol, por detrás del gigante, gritando y moviendo las manos, hasta que se cansaron.

Una vez que el barbudo y el adolescente asiático doblaron en la avenida, Lungo gimió y dejó de perseguirlos. Tenía la mirada nublada.

—Vamos, Lungo… Vení con nosotros —dijo Silvina mientras ladeaba la cabeza hacia el trecho que faltaba hasta el colegio.

Lungo tenía los ojos húmedos ahora. Se tapó la cara con las manos grandes.

—Puedo… No… Fanny… Sola… —dijo y se volvió para retroceder por la avenida.

Silvina se acercó a Ersatz, resoplando.

—Les tajean las bocas… —Silvina miró hacia atrás.

—Lungo… —dijo Ersatz.

—Van a hacerle lo mismo a Gema y a los demás… El gordo ese, Osvaldo se llama, está vestido como para una fiesta…

—Vos sabés manejar, ¿no? —le preguntó Ersatz girando los puños delante de ella.

—¿Qué? No entendí… Ah, ¿me estás cargando? Te hizo mal ponerte ese buzo de hace ochocientos años. ¿No había algo más grande?…

El buzo dejaba ver el ombligo de Ersatz. Y la capucha parecía un pañuelo alrededor del cuello.

—Ah, sí, esos pantalones. —Silvina miraba con desaprobación los holgados jeans de Ersatz. —No sé manejar.

Ersatz la miró con seriedad. Suspiró.

Aspiró el aire fresco.

—Vamos —apuró Ersatz.

—¿Adónde?

—Vamos, volvamos, toda esta corrida fue al pedo, tenemos que volver por Lungo— dijo Ersatz mientras giraba hacia Marco Avellaneda.

Silvina no entendió bien lo que había dicho Ersatz. Tampoco comprendía qué quería hacer su amigo. Pero lo siguió.

En el camino hacia la casa de los padres de Ersatz, pensaba, con tristeza, que ya debía ser tarde para hacer algo por Gema y los demás. Necesitaba abrazar a Fanny y esas ganas la hicieron correr más rápido que Ersatz por las calles.

La adolescente seguía en el lugar donde la habían visto la última vez. Estaba sentada en el suelo. Lungo, de pie, custodiaba, mirando hacia la avenida como si esperara que un malón apareciera de un momento a otro.

Fanny miró a Silvina con timidez y con un poco de miedo. Silvina no la abrazó. Le ofreció la mano. Fanny la tomó.

Caminaron en silencio y doblaron en la esquina de Ersatz.

Lungo bajó la cabeza para mirar a Ersatz que se había interpuesto entre él y la avenida.

Mientras lo escuchaba fue levantando la cabeza hasta que sólo vio el cielo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederosSeré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.

Seré nada. Capítulo 40. Nueva novela.

Capítulo 40. Leyendo Seré nada. ¿De qué trata Seré nada? Un grupo de amigos con hipoacusia viajan al Sur del conurbano bonaerense en busca de una mítica colonia sorda, pero dan con unas personas extrañas que parecen tener un peculiar trastorno alimenticio. Y parece que los acechan otras personas con otros tipos de trastornos, incluso más peligrosos…
En el audio, en este capítulo 40, el texto ha sido adaptado para que se comprenda mejor en la lectura a viva voz en los momentos en que Fanny se comunica a través de su celular.

40.

Llegó a la esquina de Marco Avellaneda y dobló para encarar hacia la avenida. Pero se detuvo en seco.

Encima del capó de la camioneta de soda estaba la chica erguida, recibiendo el sol con el pelo lacio y castaño cayendo en la recta espalda. La campera de cuero estaba en el suelo. Tenía calzas oscuras y una remera a tono. Igual que Gema, justo en la vereda opuesta de esa manzana, cuando recién habían llegado. Fanny, la hija de Gema. Otra no podía ser.

Se acercó un poco más para observar la cara de la chica y notó que estaba llorando. Le tocó un tobillo y la chica despegó los labios de un costado, le mostró los apretados dientes y pegó un gruñido.

Fanny reconoció a Ersatz y sus facciones se alisaron. Se sentó en el capó, ocultando su cabeza entre las manos.

—¿Qué te hicieron? ¿Dónde están todos?

Del pecho de la chica salía un ronroneo creciente. Fanny no dejaba que Ersatz le viera la cara. Irguió su espalda y comenzó a escribir en el celular.

Luego, sin mirarlo, le mostró la pantalla. Ersatz hizo esfuerzo para leer, había demasiada luz.

Se llevaron a mi madre. Es mi culpa. Nunca tendría que haber aceptado nada de ellos.

Ersatz estaba sorprendido. Fanny escribía bien y de corrido a diferencia de los otros.

—¿Por qué decís que fue tu culpa?

Primero, les conté todo lo que investigó Roger sobre nosotros. Todo… Incluso les avisé que ustedes llegaron y cuando vi que Roger finalmente había…

Fanny volvió a esconder la cabeza entre sus manos. Ersatz posó su mano sobre el hombro de la adolescente, que ahora parecía ronronear como un gato aletargado. Volvió a escribir. Le dejó ver la pantalla.

También.

Sin levantar la cabeza, Fanny hizo una seña hacia la avenida y otra hacia el barrio que había detrás.

Quería unirlos.

Madre no quería saber nada.

Ersatz no sabía qué decir.

—No es fácil entenderse a veces con la familia, Fanny —dijo.

La chica afirmó con la cabeza.

A Ersatz se le había ocurrido una idea, pero no sabía cómo pedírselo. Le apoyó la mano en la arqueada espalda.

—¿No sería bueno que… te alimentes un poco? Me siento mal, muy mal, Fanny. Necesito fuerzas para… —tragó saliva—, para arreglar las cosas. Tienen a mi amiga también… ¿Es mucho pedir? —La chica seguía sin mirarlo, pero le pareció escuchar un gruñido—. A vos también te puede venir bien…

Fanny no parecía estar interesada en lo que le proponía.

Estará satisfecha, pensó Ersatz.

De pronto, Fanny levantó la cabeza y clavó la mirada a lo lejos. Se irguió sin mover la mirada de lugar.

—¡Ersatz! —resonó por la cuadra.

Silvina había doblado en la esquina y avanzaba hacia él.

Ersatz empezó a caminar rápido hacia ella.

De pronto, algo pesado cayó sobre sus hombros y lo arrojó al suelo.

Ersatz no sintió el pinchazo en el cuello. Pero, mientras seguía mirando hacia Silvina desde el suelo, por un momento no recordó qué había pasado antes.

¿Quiénes eran los que habían doblado en la esquina y caminaban rápido detrás de Silvina?

¿Manuel estaría ya en el café?, se preguntó.

Qué barrio extraño habían elegido para esta reunión. Parecido a…

Fueron unos segundos que limpiaron los residuos traumáticos recientes que tenía en su mente.

Mientras tenía a Fanny encima, succionando, alimentándose, frente a él se extendió un campo verde que fue reemplazando al cemento. Uno de los sauces parecía ser el árbol más bello que había visto en el mundo, el lugar ideal para tirarse a dormir una siesta reparadora.

Y de repente, se vio, como si ya hubiera sucedido, despertándose debajo de las ramas del árbol, el sol doraba las hojas, hasta oía claramente chirriar a los gorriones. Iba a levantarse para ver qué ave extraña era la que ululaba en ese árbol cuando volvió a dormirse por un momento y al abrir los ojos vio a Silvina.

Supo que estaba en peligro.

Detrás de ella, tres hombres se habían desperdigado.

Un gigante parecía abrir su boca deforme mientras estiraba los brazos largos como si con ellos quisiera embolsar todo lo que tenía adelante. El chico asiático se había adelantado al gigante y estaba trepado a una camioneta vieja para otear el horizonte. El tipo de barba, en la vereda opuesta, corría directamente hacia él.

Fanny dejó a Ersatz y rodó por la calle hacia el cordón de la vereda. Le señaló con el dedo índice hacia el de barba que había superado a Silvina, mientras ahora el chico asiático le cortaba el paso a su amiga.

El gigante que venía por el medio de la calle se desvió para encaminarse hacia Fanny.

Ersatz no sintió miedo. En vez de escapar del barbudo que se dirigía corriendo hacia él, empezó a caminar hacia su encuentro. Pronto estuvo otra vez en el suelo.

El de barba le había pegado una patada en el pecho que lo hizo volar hacia atrás. Luego, seguro de que ya había abatido a su presa, lo tomó de la capucha del buzo y empezó a arrastrarlo.

Ersatz, que no había sentido dolor con la patada, dejó que el barbudo lo arrastrara.

Cuando lo soltó miró hacia un costado y vio que el adolescente asiático tenía a Silvina con los brazos cruzados en la espalda y con la mano libre la sujetaba del cuello.

Fanny había dejado la vereda y avanzaba, decidida, en dirección a Lungo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Sobre el autor: Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Es Diseñador de Imagen y Sonido, Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas Intransparente, El nombre del pueblo, Suerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón. Mr. Time, Gualicho, Las órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición desde la infancia. Actualmente usa audífonos para escuchar. El descubrimiento y posterior diagnóstico de su pérdida auditiva recién en su juventud-adultez fue un proceso que marcó su manera de ver el mundo e influyó en su identidad. Pero, afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes. Más información sobre su actividad cinematográfica: http://www.corsofilms.com/press Contacto: adrianfaresblog@gmail.com

Seré nada. Capítulo 39. Nueva novela.

Capítulo 39. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… Leyendo Seré Nada. Nueva novela.

39.

No podía recordar los días que siguieron a la masacre de Ramoncito. Ni siquiera eran días neblinosos, no veía nada, no había imágenes ni menos sonidos de los que aferrarse en ninguna parte de su cerebro de los días posteriores a los asesinatos de sus queridos compañeros de colegio. En la penumbra, se asomó a la fosa séptica pero sólo llegó a ver agua parda y escombros ennegrecidos. No veía el fondo. ¿Qué le estaba haciendo la imaginación? Estaba seguro de haberlo visto a Ramoncito. ¿Qué lo sacara de ahí? No había nadie ahí abajo.

Sin embargo, seguía oliendo ese aroma herbáceo por encima de la baranda a podrido.

Subió las escaleras exteriores sin animarse a entrar a la casa y miró por encima de la pared de la terraza para asegurarse de que estaba vacía. Luego, en cuatro patas, caminó hasta el enrejado para mirar hacia la calle. No se veía a nadie. Las luces del alumbrado resplandecían más que nunca. Gracias a eso había visto algo en el jardín de la casa de sus padres. Pero no le gustaban esas luces potentes. Las calles parecían el patio de una cárcel.

Bajó las escaleras y entró cautelosamente a cada habitación de su casa para cerciorarse de que ninguna persona extraña lo estuviera esperando.

Al fin, más tranquilo, en la calle vacía, sacó su celular del bolsillo del jean para llamar a Silvina. Se había mojado con el agua apestosa del pozo y no funcionaba. Se maldijo porque no se lo había quitado por la noche al acostarse.

Volvió a subir a la casa y dejó su celular sobre el mármol del lavabo. Se miró al espejo. Su cara no estaba tan sucia como el resto de su cuerpo. El jean era de color pardo. No podía distinguir qué era mierda y qué era barro. Pero el olor era nauseabundo.

Así y todo, volvió a salir y subió las escaleras de Gema. No encontró a nadie. Luego probó en el almacén de la esquina. La persiana metálica había sido forzada. Se arrastró por debajo y vio por la luz que entraba por la ventana que el almacén tenía frascos de caramelos empañados de mugre, una balanza rojiza y una máquina de cortar fiambre oxidada.

Cruzó el mostrador y se metió a una habitación grisácea donde había un colchón tirado. En el colchón había una mancha de sangre y otra de color violáceo. Salió a un patio pequeño, con la boca de una parrilla repleta de ruedas de bicicletas, y subió por unas escaleras.

Recordó que el hombre de polar negro era el primer serenado que habían visto.

Desde la terracita del almacén trató de adivinar cuál podía ser la casa de la mujer de rodete. Debía ser la que estaba a la mitad de la otra calle, la que tenía un tanque de agua azul.

Dejó el almacén y caminó rápido hasta ahí. Era una casa alta con paredes de cemento a la vista y dos ventanas con persianas blancas cerradas. Empujó la puerta de entrada.

Fue prendiendo las luces.

Las habitaciones de la casa no tenían calidez. Le hacían recordar a su departamento. No había fotografías de nadie colgando de las paredes, ni debajo de los vidrios de las mesas de madera. Había humedad en todos los cielos rasos, la pintura estaba descascarada y mohosa.

Sobre el mueble de la cocina había una tabla de madera grande y un cuchillo. Sobre uno de los hornillos de la cocina reposaba una cacerola grande. Todo estaba limpio. Palpó el filo del cuchillo. No estaba afilado. La punta roma.

De ahí subió por una escalera caracol al primer piso. El vestíbulo estaba vacío. Sólo había una alfombra azul enrollada. Entró al dormitorio, que no tenía camas. Había un colchón tirado en el suelo. En el segundo dormitorio, más grande, sólo había una escalera de metal apoyada en un agujero que había en el techo. El piso de cemento alrededor de la escalera estaba hundido y cubierto de lodo.

Subió la escalera y se apoyó con una mano en el cemento para cruzar las piernas por afuera del techo. Ya sentado en el techo vio que a dos metros estaba el bordillo de la medianera más cercana y del otro lado estaba el tanque azul.

Se incorporó y caminó hasta el bordillo que daba a la calle y observó desde ahí el cielo oscuro. Había algunas estrellas.

¿Dónde sería la casa de los gemelos? ¿Enfrente? ¿La que tenía un jardín delantero con un matorral alto? No iba a aventurarse a esa. Estaba claro que habían irrumpido en el almacén, se los habían llevado a todos. Y a Silvina también.

Volvió y subió hasta el vestíbulo de la casa en la que había nacido con los hombros caídos. No aguantaba más la ropa mojada, y menos con esos grumos pardos, así que se bañó con el agua legamosa que salía de la ducha. Luego se puso un buzo con capucha que encontró en un ropero, estampado con la tapa de un disco de Soundgarden, Badmotorfinger, una sierra circular, y se calzó un jean de color gris, una adquisición algo más reciente según recordaba, que le iba algo grande, porque era más delgado ahora que antes. Otra no le quedaba.

Silvina se reiría de él. Pero quién sabía si Silvina aún podía reír, ver, oír, sentir, quién sabría qué había sido de ella.

En la mente de Ersatz, de pronto, había imágenes de túnicas blancas de monjas teñidas de sangre y de cuerpos de adolescentes muertos.

Su cerebro era una pantalla en la que proyectaban imágenes terribles. Personas descerebradas otra vez empujaban su alma a la oscuridad, pero no a la oscuridad del negro azabache con la que habían pintado las paredes los serenados, ahora entendía, para atraer mejor la energía del sol, sino a una oscuridad rebajada por el cegador brillo de la violencia.

Por un momento, cuando se sentó en el sillón marrón donde días atrás se había sentado con Manuel, la cara se le desarmó, dispuesto para largarse a llorar.  Así que apretó los labios. Y esa pared que había construido entre la realidad del pasado volvió a erguirse. Se sentía muy cansado.

Sabía lo que le vendría bien y tampoco podía obtenerlo: ese veneno que los serenados dejaban en un intercambio con su presa era la felicidad en la sangre, y la felicidad, la dicha, daba tanta energía como el odio. El único problema era que era muy difícil encontrar motivos externos para sentir felicidad, en cambio era fácil e inevitable en la vida encontrarse con situaciones que producían tristeza, odio, rencor.

Los que estuvieran en contra de sus nuevos vecinos no habían entendido su naturaleza. Se esforzaban por no lastimar a nadie, levantaban sus cabezas para alimentarse de la energía del sol, pero cuando no la tenían, y no les quedaba otra, el instinto y la necesidad los llevaban a alimentarse de una manera que les provocaba más dolor a ellos que a la supuesta presa.

No podía dejarlos en manos de esos fanáticos. No era sólo Silvina la que lo preocupaba. Tenía que moverse. Dejó la casa, empujado por una necesidad urgente de actuar.

Afuera, las luces del alumbrado público se habían apagado. En lo alto, el resplandor del sol doraba la pared de la fábrica.

Debía llegar cuanto antes al colegio.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Sobre el autor.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Es diseñador de imagen y sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas Intransparente, El nombre del pueblo, Suerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón. Mr. Time, Gualicho, Las órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición desde la infancia. Actualmente usa audífonos para escuchar. El descubrimiento y posterior diagnóstico de su pérdida auditiva recién en su juventud-adultez fue un proceso que marcó su manera de ver el mundo e influyó en su identidad. Pero, afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes. Más información sobre su actividad cinematográfica: http://www.corsofilms.com/press Contacto: adrianfaresblog@gmail.com

Seré nada. Capítulo 38. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 38. Audio. ¿De qué trata Seré nada? Es la historia de tres personas sordas que buscan una mítica comunidad sorda en el gran Buenos Aires. Dan con una comunidad silente, pero ¿qué son?

38.

Dentro del colegio, el chico asiático bajó corriendo por las escaleras con el tipo barbudo, que era su profesor de Taekwondo.

Detrás, algo rezagado, luego de que Evelyn le administrara un neuroléptico que lo ponía bastante violento, Lungo los seguía con los brazos bien separados del cuerpo y las manos como garras, interpretando el papel de monstruo de las películas clásicas de terror que miraba con el adolescente asiático. Salieron a la calle y apuntaron hacia la casa de los padres de Ersatz.

En el patio grande y techado del colegio, Evelyn barría frenéticamente el suelo con el escobillón. El rechoncho, repantigado en la silla plástica, se chupaba los dedos. Acababa de dejar un plato hondo con los restos de un pomelo cortado en dos, que se había comido de postre con una cuchara.

—Te dije que de infiltrada esa pendeja no servía —comentó Evelyn.

—Fue idea de tu amiguito —Osvaldo señaló hacia la base del escenario—. Y tengo que admitir que Fanny nos consiguió lo que queríamos… Sin Roger… Más débiles… El mejor momento para pasar la red.

Osvaldo miraba su reloj.

—A las seis arrancamos, hayan vuelto los demás o no… Lo más probable es que esté en la ciudad haciéndosela frente a la computadora… Es un pelotudo… La otra, igual. —Osvaldo suspiró—. Se piensan que acá van a recuperar algo que perdieron no sé dónde… No saben que recuperar algo lleva mucho tiempo y un enorme esfuerzo… —Evelyn siguió barriendo sin contestarle—. ¿El Chino probó el micrófono? La otra vez… terrible, acoplaba mucho… Voy a ver yo.

El rechoncho apoyó las dos manos sobre las rodillas, y se impulsó hacia arriba, haciendo rechinar el plástico de la silla.

Luego, resonaron sus pasos mientras subía la escalerilla del escenario. Evelyn seguía barriendo, con una sonrisa ansiosa.

Los parlantes trasmitieron el golpe que le dio el rechoncho al micrófono y enseguida se escuchó un acople molesto.

—¿Y cómo mierda se apaga esto ahora? —gritó desde el escenario Osvaldo mientras Evelyn parecía, de pronto, estar recordando un pasado muy lejano.

 —Me gustaría que estén esos dos también… Que vean lo que logramos —dijo Evelyn mientras otro sonido sibilante y una puteada la tapaban. El acople siguió sonando.

El rechoncho bajó haciendo equilibrio para no caerse y se desplazó hasta un aula. Se sentó frente a una computadora. Barrió el teclado con un dedo como un pianista inspirado para que se encendiera el monitor. No había caso. Miró el gabinete, tenía las luces prendidas. El monitor tenía un botón de encendido azul que parpadeaba.

Refunfuñó.

Posó los dos puños cerrados sobre sus piernas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 36. Nueva novela de terror.

Seré nada. Capítulo 36. Recapitulando un poco. Luego de dos epidemias, en 2023, Ersatz, Silvina y Manuel, que comparten una amistad creada en un foro virtual sobre la sordera que padecen, viajan desde capital al sur del Gran Buenos Aires en busca de una colonia de sordos señalada en un blog: Serenade, se llamaría la colonia. Luego del complicado viaje a pie, en Lanús descubren que están en medio de una colonia de personas silentes. ¿Pero son personas sordas? Mientras tratan de dilucidar qué son, desde la oscuridad de las calles surgen personas que están acechando a los nuevos y extraños vecinos. Son los «nacionalestes», eugenistas que defienden la sangre argentina. Desde el corazón de un colegio, los «nacionalestes» no sólo se preguntan qué serán también estos seres con la boca pegada, a los que les cuesta muchísimo extraer los dientes para alimentarse en las temporadas de lluvia, sino que pasaron a la acción y armaron un programa para intervenir a los serenados y tajearles las bocas para integrarlos a la sociedad. Luego de una emboscada, Silvina quedó atrapada debajo del escenario del colegio junto con los demás serenados, que están listos para ser operados e «integrados» por Algodoncito, un médico enano. A su vez, Ersatz pasó la noche en un pozo ciego, donde se le apareció el fantasma de Ramoncito, un compañero que sufrió bullying y que hizo una matanza en el colegio, antes de quitarse la vida. Ramoncito le pide que lo saque de ese agujero. Fanny, que es mitad serenada, porque es hija de un cura y Gema, la cabeza de esta colonia obsesionada con las terrazas y el sol, parece ser una informante del grupo de la avenida y, dadas las circunstancias, debe tomar una decisión.

36.

Aunque Silvina no lo imaginaba, ni podía escucharlo, detrás de la pequeña puerta que daba a la parte inferior del escenario, también iban en aumento los quejidos.

Fanny, la chica de ojos claros y campera de cuero, escribía rápido en su celular.

Madre. NO.

Había escrito en la pantalla para mostrárselo a Evelyn.

La señora que estaba barriendo ahora la apuntaba con la escoba. Fanny estaba contra la pared, asustada. Por su edad, todavía no se sentía débil.

 —Mirá vos. ¿Estás segura de que eran tres nada más? —la apuró Evelyn.

Fanny asintió con la cabeza. Evelyn la miró, consternada. Luego miró la pantalla.

—¿Desde cuándo te preocupas por esa bestia? ¿Así nos pagás la oportunidad que te dimos? Debería tirarte este aparato —dijo pasándole el celular—, a ver si al fin lográs despegar esa boca.

Fanny podía separar sólo de un lado de la boca las comisuras de sus labios. De ese lado, se veían dientes amontonados. Del otro lado tenía los labios pegados como los demás serenados.

—Buena actriz resultaste, pero mala persona —continuaba Evelyn—. ¿Querés ir con Algodoncito también? Total, ya hiciste la tarea.

Una lágrima se desprendió del ojo, justo arriba del lado abierto de la boca de Fanny, y se deslizó hasta la comisura del labio superior donde quedó clavada en esa mueca desagradable que estaba mostrándole a la señora canosa, al hombre de barba y a Lungo, que la cercaban en un semicírculo.

—Mi amor… Por favor, Fanny. Podemos tener más paciencia… —dijo Evelyn.

El quejido que salía del pecho y de la parte abierta de la boca de Fanny rebotó contra el techo de lata. El eco hizo que casi todos giraran las cabezas.

La señora, encorvada, con el pelo cano atado atrás y una papada desagradable que le tapaba el cuello, seguía apuntándole con la escoba.

Fanny soltó un gemido. Sonó tan alto que todos se taparon las orejas con las manos y alejaron sus miradas de ella.

Cuando levantaron la cabeza, Fanny estaba prendida del cuello de la vieja, que trataba de sacársela de encima.

La vieja, sin poder mirar hacia donde iba, avanzaba hacia el patio exterior. Lungo se acercó desde atrás, pero Fanny desclavó el colmillo que le había clavado en el cuello a la vieja y saltó por delante de ella, para seguir corriendo hacia la puerta que daba al otro patio.

De ahí se trepó al mástil de la bandera, el metal brillante dorado por la luz del amanecer, y cuando estaba por la mitad, como si fuera un mono, saltó por encima de la pared baja hacia la calle.

Cuando el hombre de barba y Lungo lograron llegar a la puerta, abrirla y salir afuera, no había ningún rastro de Fanny en esa calle.

Ya había amanecido y las luces del alumbrado se habían apagado.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Enlace al Índice para leer novela de terror Seré nada (se actualizará diariamente hasta el final de la novela)

https://adriangastonfares.com/sere-nada-serenade-nueva-novela-2021/

Seré nada. Capítulo 35. Nueva novela.

Capítulo 35. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… Leyendo Seré Nada. Nueva novela.

35.

El aula, y otras del colegio de tres plantas, daba directamente a un patio de deportes y recreo que tenía una cúpula, muy alta, de chapa. El techo tenía muchos agujeros por donde no se filtraba ninguna luz. Silvina volvió a llevarse la mano al bolsillo como si tuviera el celular y pudiera ver la hora. Cierto, no lo tenía. Parecía de noche.

Cruzó cerca de una de las columnas que separaban el pasillo del patio, custodiada por Lungo, que cada tanto le daba un empujón.

Miró las lámparas amarillentas que iluminaban las puertas de los baños del colegio. Lungo la hizo girar. Vio el escenario, en el vértice del patio. Arriba había un micrófono en su soporte.

En lo alto de las paredes había algunas bocinas blancas que debían usar en ese colegio para el rezo, para anuncios y para pasar el himno nacional.

A sus espaldas había pupitres donde estaban sentadas personas que creyó nunca haber visto. Giró para ver las caras.

Eran el barbudo y el chico asiático que la miraban con fijeza.

Más atrás, una vieja barría con un escobillón las hojas amarillentas de los árboles que parecían colarse cada tanto por una puerta grande, que daba a un patio exterior. Silvina pudo ver un pedazo del cielo oscuro, iluminado por las luces del alumbrado. Luego sintió que la empujaban. No querían que mirara.

Adelante había una fila de sillas de plástico blancas.

En el escenario había un telón ennegrecido, que había sido bordó alguna vez, y parecía pesado por la mugre que tenía. En la parte superior del telón habían acordonado una cinta celeste y blanca, de lado a lado, con unas palomas de cartón enmohecido en cada punta.

Debajo del escenario, sobre el semicírculo de la base, había una abertura con una pequeña puerta que estaba abierta.

Lungo la empujó hasta ahí. La hizo agachar para que entrara. Luego cerró la puerta.

Dentro de ese semicírculo iluminado con mesas bajas y veladores sin pantalla, con cegadoras lámparas frías, blancas, Silvina vio que había varias camillas bajas con cuerpos encima.

Los cuerpos estaban tapados con sábanas blancas, como si fueran cadáveres. Silvina levantó la cabeza y se la golpeó con el techo.

—Vení —gritó una voz alegre.

Giró la cabeza y recorrió con la mirada tratando de descubrir de donde venía la voz.

—Sentate ahí —volvió a escuchar la potente voz.

Bajó la mirada. Vio a la persona que le hablaba.

Era un enano. Con una bata de médico celeste con algunos salpicones de sangre le señalaba un pupitre que había entre las mesas pequeñas con lámparas.

En la pared larga estaban colgados cuchillos, sierras, un martillo y otros tipos de instrumentos cortantes.

El enano era morocho y tenía labios carnosos y una boca con dientes sobresalientes y desparejos.

Silvina caminó, con la espalda doblada, y se sentó donde el enano le había señalado. Ese tétrico banco de colegio que parecía un ataúd para Silvina.

—¿Cómo te llamás?

Silvina no contestó.

El enano se acercó a una de las camillas y levantó la sábana, doblándola con cuidado, como si estuviera haciendo la cama.

 —¿La conocés?

Era la mujer de rodete. Tenía los ojos abiertos, estaba muy flaca, con las venas sobresalientes en el cuello, y Silvina notó que tenía los pies atados.

 —Ves que tranquilitos que son con nosotros.  —El enano se pasó el dorso de la mano por la frente, como si estuviera agotado—. Estuvimos esperando todo el veranito para esto.

Parece ser que, como a algunos degenerados, le gusta hablar con diminutivos, pensó Silvina, que no sacaba los ojos de la boca del enano.

 —El solcito no se iba… Pasaban los días y seguía ahí arriba. —El enano movió la cabeza—. No era… práctico en ese momento. Pero ahora sí. Lo que les sacaron a ustedes no les sirvió. Necesitan más, siempre más…

Se escuchaba un ronroneo que parecía venir de uno de los cuerpos tapados. Silvina, oía bien los sonidos graves, ya sabía lo que significaba ese sonido.

 —La valentía…

El enano se tambaleó dando pasos rápidos con sus piernas cortas de un lado para el otro hasta la cabeza de la camilla de donde venía el soterrado gemido. Esta vez corrió la sábana como si fuera un mago que estuviera mostrando su mejor truco.

 —Un valiente. Silvinita…, ¿no?

El pelo rapado a los costados… El que estaba acostado en esa camilla era el serenado de polar negro.

A pesar de que el enano parecía haberle tajado la boca sólo con ese cuchillo que tenía en el bolsillo del delantal, el serenado protestaba de la única manera que sabía hacerlo, con gruñidos, sin abrir la boca, primero, pero cuando movió los ojos y vio a la mujer de rodete acostada, preparada para otra intervención como la que le habían hecho a él, separó los pliegues de los labios recién cosidos, y formó una O con la boca por la que se escapó un quejido. El enano miró a Silvina y le guiñó un ojo.

—El susanito ese que te trajo no quedó tan mal, ¿no? —El enano señalaba la puerta—. Después de sacarles los puntos parecen labios como de personas normales… —Movió la cabeza—. Pensar que cuando llegamos encontramos muertos por todos lados. Algunos ni estaban muertos, los tenían, así como están ellos ahora para succionarles la sangre de a poquito. No se quejaban ni nada, porque tienen ese venenito que es tan efectivo, ¿no?

Sacó el cuchillo y señaló una tarima donde había varios frascos con un líquido violeta pálido. Entre los frascos había algunas jeringas.

—Imaginate que estos estaban fuertes como bestias y se escaparon. Sólo al susanito pudimos agarrar… Es el más grandote, pero es dócil. —Elevó la voz cuando notó que Silvina fruncía el ceño para escucharlo—. La otra apareció solita después, qué sorpresa, a pedir… Ni loco, soy una persona entera, no iba a hacerle eso a una pendeja… Ya vi sufrir demasiado… ¡Trastorno de estrés postraumático! ¡Qué lindo diagnóstico! —El enano se alisó el delantal salpicado con sangre—. Algodoncito no tiene eso. Algodoncito era médico de la flamante Escuela Naval Argentina. Ya había visto sufrir antes de los ingleses…

Silvina temblaba. Estaba concentrada en apretar los labios y en no mandarlo a la mierda al enano.

 —El frío es horrible, ¿no? Pensá como era allá…  ¿Viste alguna placa conmemorativa que diga Ulises Gutiérrez?  No. —El enano movió con fuerza la cabeza—.  Al revés, si no fuera por el Tyson21 todavía estaría en una cárcel de porquería… Un chiste. Y acá me tenés, poniendo otra vez el pecho. Para qué ir a una guerra y después ver cómo esos traidores se amalgaman en el norte. Se cruzan con chilenas, con lo que sea, ¿no? —La miró y le guiñó un ojo otra vez—. Vos te quedaste. Buena actitud… Fijate… —dijo el enano mientras señalaba con la punta del cuchillo una de las orejas del serenado—. Es un diente. Mirá, donde le fue a salir.

Lo que ellos habían creído que era un arito era un diente que parecía de marfil. Era Zumo, entonces, se dijo Silvina. El enamorado de Gema, según Roger.

—¿Qué pasa, champion?  —le preguntó el enano a Zumo, que trataba con la poca fuerza que le quedaba de liberarse de las cadenas con las que lo habían aprisionado al escritorio.

El enano levantó la mano y dio un tirón. La oreja de Zumo comenzó a sangrar y algo cayó entre las piernas de Silvina. Era el colmillo. Se veían la raíz y las muescas de ese largo molar.

Al instante, Silvina se lo guardó en el bolsillo de su pantalón, sin que el enano la viera. No era que sirviera para algo, pero le pareció una profanación lo que acababa de presenciar.

 —Y después nos dicen morbosos a nosotros… Mirá, cómo es este. Porque todos son distintos parece.

El enano movió las dos manos y dejó plegado hacia arriba el labio superior de la boca de Zumo. Descubrió una hilera de dientes muy chicos, como de leche, sin desarrollar y cuando siguió corriendo la piel hasta llegar casi a la nariz un pedazo de hueso reluciente dividía la encía superior del serenado en dos. Al descubrirlo, el no tener nada que lo retenga, el diente que tenía de pared la carne, mientras el quejido del cuerpo al que pertenecía crecía, fue despegándose para apuntar hacia el techo del lugar.

 —Hasta la maestrita integradora se asustó con esto, eh. No hay mucha integración cuando te encontrás con estos tipos así, le dije. —Miró a Silvina, estudiando su reacción—. Te digo porque acá el único doctor soy yo. La bata no se mancha, ¿no? La medicina mezclada con psicología barata a mí nunca me gustó.

El colmillo no era curvo como el que colgaba de la oreja. Era un diente más afilado. La frente del serenado se desfrunció. El diente se flexionó por un momento. Luego el rostro de Zumo se tensó y el diente quedó firme otra vez.

—Linda espadita, ¿qué opinas? —El enano hizo un círculo con el dedo pulgar y el índice y le dio un puntazo al diente, que se bamboleó. —Flexible. Si ellos fueran así sería otra historia… Otra historia…

Metió la mano en un bolsillo de un delantal, sacó una pequeña tenaza y empezó a tirar de la punta del colmillo.

La piel de la encía era tan elástica que el enano tuvo que retroceder varios pasos hasta que logró arrancarle el colmillo. Zumo hizo tanta fuerza, abriendo de par en par los ojos y moviendo el torso aprisionado, que dejó de gruñir y clavó los ojos en el techo bajo.

—Este es para mí.

El enano le dio la espalda y caminó hacia la repisa con los frascos, donde depositó el colmillo en una gasa, que no sólo absorbió la sangre roja si no también un líquido azulado que tenía en la raíz.

Silvina miró al serenado cuya boca abierta se estaba llenando del líquido violáceo que escupía como una manguera el agujero que había dejado el diente. Al instante, Zumo comenzó a convulsionar.

—Eso se llama un poco del propio veneno, ¿no?

El serenado dejó de moverse.

 —Seguimos calladita. Qué mal. Falta de respeto… A Algodoncito le gusta hablar solito dirían…

Ese sobrenombre ridículo, con razón estaba tan resentido, pensó Silvina. Estaba pensando cómo ponerlo en contra de Evelyn, a la que Algodoncito no parecía estimar mucho.

Algodoncito destapó a la que tenía más cerca.

Era Gema. El gruñido pareció elevarse y juntarse con el de la mujer de rodete y con los otros de los dos cuerpos que seguían tapados.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.