VORACES. Nueva novela. 6.

Al día siguiente se despertó tarde. Estaba estresado por las emociones del día anterior, en los registros figuran pulsaciones cercanas a los 100 por minuto. Se pasó la tarde mirando por la ventanita de la puerta si veía entrar a la cuidadora de las Y. No pudo verla entrar (estaba en la cocina tomando un té en ese momento) pero la vio salir. La chica llevaba su cartera y en la otra mano una bolsa de residuos negra abultada. No pudo evitar pensar en las Y y, una vez que se aseguró de que la chica ya había tomado el colectivo, se acercó al portón pero se detuvo en seco. No podía hacer eso. No debía entrar el día en que el trabajo ya había sido cumplido por su compañera. Giró en redondo y se volvió a su casa. Mientras cruzaba la calle le llamó la atención la hija de los vecinos. Lo miraba sonriendo. Nunca la había visto sonreír y menos con esa mirada tan cariñosa. ¿Cómo podía haber cambiado de golpe? ¿La habrían cambiado de colegio o algo así? Pensó que no era su asunto pensar en eso. Entró a su casa, se preparó unos mates y se sentó en el garaje, con su perra al lado, a disfrutar de la vista: el portón del depósito de camiones, donde estaban las réplicas más allá de las rejas de su propia casa. Pero a él le gustaba mirar los coches que pasaban. Enseguida notó que la velocidad a que circulaban era mayor. También cuando las ventanas estaban abiertas notaba que los conductores ya no estaban enfrascados en sus pantallas o teléfonos y que miraban fijo hacia adelante, con mucha atención.

El domingo dio por sentado que ni la chica ni él tenían responsabilidad de cuidar a los androides, así que pensó que sería bueno pedirle prestada la cortadora de césped a su vecino traumatizado por la guerra, Elías. Ante la puerta del vecino sintió un olor fuerte a quemado. No el tipo de olor atribuido al tabaco, sino más bien a la goma. Elías salió y le hizo una seña de que pasara a buscar la máquina. Gastón lo siguió por el largo pasillo hacia el fondo. Se asustó al ver las llamaradas que salían de una parrilla circular de cemento que había en el medio del jardín. Intentó llevarse la cortadora de césped rápido pero Elías lo miró con los ojos medio perdidos y le dijo:

—Quedate a disfrutar conmigo del fuego.

Y giró la cabeza para mirar las llamaradas que salían, cada vez más altas, de la parrilla de cemento.

Gastón no tenía ganas de lavar la remera que tenía puesta, más allá de que le repugnaba ese olor. Al estar más expuesto le hizo recordar el olor que emanaba de las chimeneas de la fábrica de la zona, algo agrio y pastoso, que se metía por las ventanillas de los colectivos cuando cruzaban el riachuelo. Gastón le dio una palmada en la espalda a su vecino y lo dejó disfrutando del fuego y volvió a su casa para cortar el pasto. Mientras lo cortaba, por el rabillo del ojo miraba hacia la medianera para asegurarse de que las llamaradas se mantuvieran en el centro del fondo vecino. Pensó que nunca había visto esa mirada perdida en la cara de su vecino antes y que tampoco nunca lo había visto prender fuego, ni siquiera asados hacía. Pero tuvo en claro que esa actitud quizá fuera lo esperable de alguien traumatizado por la guerra o que por lo menos, había pensado más de una vez, la tranquilidad de su vecino no concordaba con lo que se esperaba de un ex combatiente tan sufrido. Gastón terminó el día tomando una lata de cerveza mientras miraba hacia el patio de la ex casa de su abuela, que él había plantado con Clorophytum Comosum, llamada popularmente como cinta argentina. Le gustaba mirar a la jaula grande con la puerta abierta. Su abuela había mantenido un loro ahí que él había dejado escapar (su abuelo nunca se lo había perdonado) y ver la reja abierta le daba una sensación instantánea de libertad. Pero como solía hacerlo mientras tomaba cerveza, no estaba claro si era la cerveza o la jaula abierta lo que lo alegraba.

El lunes saltó de la cama (este modo de decir en este caso es aplicable a cómo salió Gastón disparado de la cama ese día) y realizó todas las rutinas necesarias lo más rápido que pudo para estar seguro de estar libre luego de almorzar. Para bajar la ansiedad, o mejor dicho para ocultarla, tomó su café con lentitud. Luego cruzó y se metió en el garaje. Apenas abrió la puerta del contenedor dirigió la mirada hacia las Y. En la Y-700a, de la que fluía del dedo esa cascada de cables azules que pendía a unos centímetros de la rodilla, había otra modificación. Gastón sintió un ramalazo de bronca apenas la vio. Se acercó y, apoyando con cuidado una mano en el hombro de la Y, observó el costado opuesto del cuerpo del androide. Faltaba el brazo completo, que había sido reemplazado por otra catarata de cables azulados y rosados. Inspiró hondo para llenar sus pulmones del aire del contenedor y creyó distinguir ese olor ligero a cigarrillo. Rodeó a la Y para observar la espalda. Del lado posterior del brazo completo tenía un círculo que parecía ser una cicatriz de vacuna, pero con la piel chamuscada. No era difícil pensar en el olor a cigarrillo, en la cuidadora de las Y, y concluir que le había apagado un cigarrillo en el cuerpo, como si el androide fuera un cenicero y que, lo peor de todo, la bolsa de residuos con que la vio salir el día anterior debía contener el brazo que faltaba. Gastón no sabía qué pensar. ¿Sería que la cuidadora de las Y estaba trasladando de esa manera a sus réplicas para no tener que viajar para cumplir con su trabajo? Eso sonaba para él en una excusa para no afrontar la verdad sobre una persona que ni conocía y que había idealizado en tan poco tiempo. La Y estaba atacando a sus réplicas, por alguna razón. ¿Cuál podría ser? Se dijo que las Y no eran su responsabilidad así que debía, antes de hacerse el detective, hacerles vocalizar a los X su invariable cantata. Se sentó en el zafu, concentró la mirada y los oídos en los perfiles de las bocas articuladas de los X y chasqueó los dedos. Mientras iba escuchando la expresión esperanzada de Gastón se desarmó, el brillo de sus ojos se opacó, la sonrisa de mejor cuidador de androides se convirtió en dientes apretados, y la postura altiva se desinfló. Miró el suelo, había ceniza, concordaba con lo del cigarrillo, luego miró el muñón de cables que reemplazaba al brazo de la Y. Volvió a mirar a las réplicas de él y dijo:

—¿Es que no entienden, pedazo de imbéciles, lo que están diciendo? ¿Para qué tanto diccionario cargado? ¿No deberían tener los sentidos mejorados? ¿Para qué leí tantos libros sobre cibernética si nada concuerda con lo leído? ¿Son esto nada más?… ¿Unas marionetas sin titiritero? ¿Cómo pueden ser tan animales los de Riviera de enviarme réplicas de mí mismo que no cumplen con las expectativas que generaron? Tengo que escuchar el mismo cuento todos los días y se suponía que podían hacer variaciones o por lo menos inventar otros mucho mejores. ¿Para qué sirve la percepción superfina que supuestamente deberían tener? ¿No debería eso hacerlos más sensibles? Pensé que esa era la clave sobre cómo podían volverse sensibles y creativos. Que sintieran más y pudieran comprender y mejorar una historia nada original, ya escuchada mil veces antes. ¿Saben lo que es estar solo todo el día en esa casa? —Gastón señaló más allá de la pared de chapa del contenedor, hacia su casa—. ¿Mirarse en el espejo y verme a mí y encima venir acá y ver a ustedes que son iguales a mí? Pero son incapaces de contar algo nuevo. ¿Saben por qué? Porque no entienden nada de lo que repiten como loros. Espero que me estén escuchando —Gastón levantó la cabeza y apuntó la mirada hacia un vértice donde pensaba que podía estar ubicada la microcámara—, los genios de Riviera para ver si se los vienen a llevar y los arreglan. Pedazo de cables retorcidos. Chatarra terrestre.

Gastón suspiró. Miró de lleno a los X. No había ningún cambio en esa sonrisa de seductor entrenado que mantenían con altivez una vez que sus bocas dejaban de formar sonidos. Por un segundo le pareció ver cierto dejo de tristeza en la mirada de uno de los X, pero no podía decir con certeza que no fuera la imaginación de él. Miró a las Y, especialmente a la que le faltaba el brazo, para comparar las miradas. Parecía también ligeramente afectada, pero al compararlos con la otra no podía distinguirse el sentimiento atribuido por él. Concluyó que la red neuronal de los androides debía ser una versión antigua de los sistemas que en esa época existían en otros países. Decepcionado, se incorporó, y le dio la espalda a sus androides cuando escuchó la voz unísona:

—Desahuciado.

Se volteó y vio que seguían con esa sonrisa tonta. Se acercó al modelo X-700b y no pudo contener tanta ira. Lo abofeteó. El cuello del modelo cedió hacia un costado, la mata de pelo negro siguió la trayectoria, tapando ahora el perfil derecho. Enseguida se dio cuenta que no debió haber hecho eso. ¿Qué pensaría la cuidadora de él? Empujó con el dedo índice la mejilla derecha del X, intentando que el modelo quedara en la posición erguida habitual, pero la presión que él ejerció no produjo el movimiento esperado. Se inquietó más cuando pensó que tal vez ni siquiera era la cuidadora de las Y la que había estropeado a las copias. ¿Y si eran los de Riviera? ¿O algún vecino como ya había pensado? ¿Cómo es que no les habían enviado cámaras y monitores para controlar lo que pasaba en el cubículo antes y después de las visitas? Luego se tranquilizó al pensar que era casi imposible que los de Riviera chamuscaran la piel de un androide creado por ellos. Y que la responsable tenía que ser la cuidadora de las Y. Después de todo, ¿él no estaba actuando igual? ¿Cómo podía una persona aguantar un trabajo tan monótono con toda la expectativa que él tenía con la inteligencia artificial y los cyborgs? No podía entenderlo y a Gastón no le gustaban, como a nosotros, las cosas que no podía entender. Buscaba la manera de comprenderlo y gastaba mucha energía en eso. Se dio por vencido, y supuso que iba a tener que cumplir con su trabajo de escuchar a los androides muchísimo tiempo hasta que quizás algún día hubiera algún cambio en su monótona narración. Antes de salir les dijo:

—Son un fracaso.

Luego se sintió mal por decir eso. Pero, pensaba, ¿cómo podía hacerlos reaccionar? Caminó hasta salir del garaje y ya afuera giró para mirar hacia su casa. Vio al corredor de remera fluorescente pasar como una flecha. Cruzó, pensando que tenía que devolverle la máquina de cortar césped al vecino, y miró hacia el final de la calle. El corredor había dejado de correr. Con lentitud se iba alejando, de espaldas, hacia la avenida. Gastón frunció el entrecejo. Pensó que debía estar cansado el tipo de tanto correr, o que el día era demasiado caluroso y se debía a eso la falta de energía que podía dar por resultado que aminorara la marcha donde nunca lo hacía.

Esperó en la puerta de la casa del vecino a que le abriera. La reja no estaba totalmente cerrada. La empujó de un golpe e introdujo por la abertura la máquina de cortar pasto a la que empujó por el pasillo largo hasta el fondo. Llamó a Elías por su nombre. No aparecía. Apartó con el dorso de la mano la cortina de plástico que tenía la puerta del fondo de la casa del vecino y entró a la sala de estar. Había una mesa cubierta de estampillas y una carpeta abierta con una página a medio llenar con algunas ya pegadas, la silla corrida hacia atrás, como si alguien se hubiera levantado de golpe, pero su vecino no estaba ahí, ni en ningún otro lugar de la casa. A un costado del álbum estaba el teléfono de Elías. Gastón apretó el botón de encendido del celular y apareció el ícono de batería descargada.

Salió al fondo, donde Elías había plantado algunos tomates junto a la pared medianera, y caminó hasta la parrilla de cemento. Había restos de botellas de plástico de gaseosas entre las ascuas, pero lo demás era pura ceniza. Se estaba preguntando hasta qué hora de la noche había alimentado la hoguera su vecino cuando le pareció ver algo que brillaba en lo negro, como si fuera una estrella en ese cosmos de fibras oscuras. Se agachó y lo tomó.

El sol se escondió y evitó que el objeto siguiera brillando. Era una amalgama de acero. Gastón dejó entrar aire a sus pulmones, sintió que se mareaba un poco, pero luego se le pasó. Su vecino habría salido a visitar a una amiga o algo por el estilo, pensó. Lo mejor era dejar lo encontrado en el lugar donde lo había encontrado. Dejó caer la amalgama en el mismo hueco de cenizas de donde la había extraído. Volvió a su casa. Le pareció escuchar algunos golpes de martillo. Pero no venían de adentro de su casa. Debían ser el repiquetear del martillo contra los hierros de algunas columnas lejanas. Se enfrascó en su rutina de ejercicios. Esa noche, cansado, no puso en el televisor antiguo ninguna película de Hitchcock y se durmió fácilmente.

Mientras dormía pudo darse cuenta de que estaba en un sueño, se reía con una mujer. De repente, se encontró abrazando a la cuidadora de las Y. Bajando con sus labios por un camino de pecas hasta el ombligo y luego subiendo para terminar en un abrazo y un beso. Giraban en la cama. Ella se subía encima de él, estiraba el cuello hacia atrás y lo miraba fijo mientras disfrutaba. Él bajó la mirada, vio los senos de la chica, y de repente sintió que algo lo arañaba. Vio que a la chica de pecas le faltaba el brazo y del muñón salían finos cables azulados, brillantes y cortantes que se dirigían hacia su cara.

Gastón se incorporó en la cama. Despertó de esa pesadilla. Tomó su celular para comprobar si había completado la carga. Nunca había superado la mitad de la carga desde que se descargó al vincularlo con los X. Pensó en si esa era la causa de la súbita descarga, pero no podía afirmarlo. El celular ya venía andando mal por momentos, a veces se apagaba solo y volvía a encender. Durante la mañana estuvo tratando de componer algunas canciones simples en la guitarra. Mientras almorzaba pensó que ese día no se preocuparía por si la cuidadora de las Y aparecía o no. Él había estado el día anterior así que ahora era el turno de ella, la responsabilidad de ella. Luego del café con leche salió a caminar por el barrio a paso rápido.

por Adrián Gastón Fares.

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