1995. El paradigma perdido. 3.

Anotaciones del cuaderno de Martín.

El Chino está tomando notas en su cuaderno. A mí no se me ocurrió nada mejor que hacer lo mismo. Todos nos sentimos muy cansados. Ni bien llegamos a la concesionaria de Lucas, deberíamos haber seguido su consejo de dejar la monografía para más adelante. Ahora, los efectos, las consecuencias: escribir en un cuarto de paredes sin revocar, de cemento, no es muy fácil. Lo único que tenemos para ver el exterior es una ventana con barrotes. No vendría mal una de las bebidas alcohólicas de Lucas, pero gracias si nos dan agua acá.

Fue Laura la que leyó en voz alta el título de cada apunte para ver con cual arrancamos. Teníamos a Hegel, otro sobre el inconsciente como un lenguaje estructurado de Lacan, teníamos a Marx y había unos cuyos títulos estaban mal fotocopiados. Lucas, con esa mirada indescifrable pero alegremente taimada, y con la esperanza que empezar con esos nos hiciera suspender la tarea, elevó el índice y zanjó la cuestión. Eran los apuntes elegidos. Ninguno se opuso, salvo Laura a la que no se le prestó atención.

Laura se desató y volvió a atarse el buzo de la cintura y refunfuñando comenzó a leer en voz alta. Aquí no puedo más que remarcar que mientras nuestra más alta compañera leía la frente de los que la rodeaban, ya sea de pie, como los trekkies y el Chino, sentados en el piso, como Bárbara y yo, o en el sillón de su tío como Lucas, pasó de estar fruncida a relajada, luego fruncida de nuevo. Luego, por lo menos, pude notar que mis maxilares se tensaron como si estuviera partiendo pedacitos de hielo con las muelas. Maldito bruxismo. En ese momento, todos soltamos una risa nerviosa. Bajamos y subimos la cabeza. Negamos y afirmamos moviéndola. Soy más fiel que nunca a la verdad si digo que los ojos de todo el grupo, salvo de Lucas, se iluminaron como si un utilero sostuviera una vela invisible enfrente del rostro de cada uno, una vela cuya intensidad, en esos pocos minutos que duró la lectura de Laura, fue creciendo. Como debió ser esperable fue Lucas el que habló mientras estiraba las piernas hacia delante y el cuello hacia atrás en la cabecera del sillón.

-Otra vez, leíste muy rápido.

-No voy a repetir lo mismo. Si querés te lo explico yo, o los demás -dijo Laura dejando descender a los apuntes en su mano derecha mientras señalaba vagamente con la otra a Lucas.

-El que sea- agregó Lucas.

Todos los demás estábamos releyendo cada uno el apunte que teníamos. Todos menos los trekkies que tenían la mirada más allá de los ventanales, como esperando poder ver las estrellas en ese cielo oscuro que se levantaba cruzando la calle, por encima del techo combado de la fábrica. Hablaron sin apartar la mirada de ahí.

-Describe a unas personas con pensamientos rígidos- dijo Alberto.

-O sea que tienen gustos repetitivos.

-Y el texto está escrito también de una manera, como decir…, repetitiva.

-No es momento para analizar eso -dijo Alberto.

-Yo que ya leí los anteriores me pregunto cómo es eso de la teoría de la mente, ¿dónde queda el deseo del deseo? -comentó Laura.

-Esto es otro mundo. No se habla de deseo ni de la estructura del lenguaje. Esto tiene un enfoque más… biofísico… En lo mental, sólo describe a personas que viven en su propio mundo -dijo el Chino-. Algunas son muy sensibles, particularmente sensibles, y tienen una empatía muy desarrollada. Por eso digo lo de biofísico, frente a lo otro que sólo habla de una mente.

-Empatía ¿Qué es eso?- preguntó Lucas.

-No sé -dijo el Chino-. Hay que buscarlo en el diccionario. Si hay alguno por acá-. Miró los anaqueles que tenían la Enciclopedia Salvat mezclada con libros de contabilidad.

-Yo le digo qué es. Es la capacidad de ponerse en los zapatos de otros -zanjó Bárbara.

-Pero la impresión es que está diciendo que no hay una teoría de la mente, o sea, no hay una conciencia de sí mismo en las personas estudiadas. Eso debería explicarlo en los otros apuntes, pero me consta que no es así- dijo Roberto.

-Si no hay consciencia de sí mismo -dije yo- entonces está describiendo a un tipo de personas que son básicamente, cómo decirlo…

-Afines -dijo el Chino.

-Y pero las otras también son afines porque tienen conciencia de sí mismos.

-Y sí -comentó Laura- ¿pero es eso lo que deberíamos remarcar del texto; una falta de subjetividad?

-No, nos nombra- dijo Roberto.

-Habla de nosotros -balbuceó Alberto-. Nosotros hasta nos prestamos los zapatos a veces. En realidad: nos confundimos, son negros, brillan siempre, mismo número, imposible diferenciarlos.

Roberto parafraseó:

-Muchos fanáticos de Stark Trek así como lectores de historietas de superhéroes comparten las características descritas.

-Dice muchos, no todos -aclaró Bárbara, con la mirada fija en la nuca de los trekkies, luego de tragar saliva dos veces.

-Yo me sentí identificado -dijo el Chino-, habla de personas que viven en las nubes, que crean mundos propios.

-Y encima los habitan -agregué guiñando un ojo al grupo.

-Lo importante es la parte más científica -dijo Laura- Donde habla de una especie de sensorio compartido. Hipersensibilidad. Hiposensibilidades. Extremos. Aunque bueno, los extremos llegan a anularse. Eso nos dejaría en eso de la teoría de la mente.

-Es molesto hablar de ese concepto -dijo Alberto.

-Concuerdo- agregó Roberto todavía sin dar vuelta la cabeza. Un viento entró por una de las rejillas de respiración y Roberto estornudó. Yo lo seguí. Luego Bárbara. Miré al Chino y estaba apretando la nariz, con las mejillas coloradas.

-¿Pero esto está diciendo que hay personas diferentes? ¿No?

-Y sí es básico eso -dijo Laura-. Todos somos diferentes.

-Pero hay que admitir que yo me sentí tocado -dijo Roberto mientras posaba la mano sobre el hombro de Alberto, que musito, emocionado:

-Yo también.

Seguían con la mirada clavada fuera.

Bárbara tenía la mano en alto.

-Yo también. ¿Quién más?

-Por lo menos yo entendí algo; de lo otro no entiendo nunca nada. -dijo Lucas.

-Yo sentí como un cosquilleo en el estómago -admití, no sin que un rubor remarcara mis embarazosas palabras.

-Ya hablé yo -dijo el Chino con el cuello inclinado sobre el apunte-. Lo que no está claro es, por lo borroneado que está, quién propuso esta teoría y quién escribió esto.

Bárbara tenía el apunte pegado a los ojos.

-Hay dos nombres, por un lado, nombra a un lugar llamado Asperger. Un pueblo debe ser. Y la que inventó el término con el que… a ver… describen a este tipo de personas dicen que es…

-Uta -dijo uno de los trekkies, no recuerdo quién.

-Eso no está claro -se apresuró a corregir Bárbara-. Aunque a ver… En el dorso sigue el texto y está totalmente borroneado pero dice este tipo de personas, algunos niños «genios», son denominados como… Lo siguiente se lee mal y luego dice Uta, y ya no se lee más… y acá, sí: tienen habilidades artísticas y emprenden con fruición tareas a veces inútiles.

Crucé miradas con el Chino, que prefirió apartar la suya.

-Propongo que miremos las películas otro día y las analizamos de acuerdo a este texto y no leamos los otros -dijo Lucas.

No sé por qué todos asentimos con la cabeza.

-Es que ya las vimos -dijo Roberto.

-Están todas vistas -dijo Bárbara.

-Lo mejor es que busquemos en la biblioteca -propuso Laura mirando con desconfianza a los libros de contabilidad- la etimología de la palabra Uta. No está claro que sea un nombre.

El Chino parecía estar en babia. Detenida la mirada en la cabeza del bisonte. Al mirarlo, de repente, sentí como que todo se estaba convirtiendo para él en una especie de pesadilla o sueño pesado. No pude evitar pensar que en ese sueño o pesadilla, al igual que me pasaba a mí, él estaba revisitando toda su vida.

Entonces escuchamos tres golpes sordos que parecían venir de la puerta principal. El reflejo, no sé por qué, fue esconder los apuntes donde pudimos antes de acompañar a Lucas, que de mala gana, se levantó del sillón para ir a fijarse quién podía ser.

por Adrián Gastón Fares.

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