Yo que nunca fui, soy. Octava parte.

Ancianas sentadas en sillas. Suspendidas boca abajo en un largo pasillo. Las patas de la silla están pegadas al cielo raso y cada tanto giramos el cuello para ver si el pegamento se afloja. Tenemos la boca abierta. Es que gritan, dicen los que pasan caminando debajo de nuestras cabezas. Pero a nosotras no nos suena. Los seguimos con la mirada hasta que encontramos a uno de nosotros, a una como nosotras. Suele ser un niño que un adulto arrastra por un pasillo hasta la sala de enfermería donde lo espera una aguja.

En San Telmo, somos fantasmas de la planta alta de la casa de los Ezeiza. Los vivos ven nuestros reflejos en espejos de pie ingrávidos en una tienda de antigüedades donde el aire no circula. Nuestras palideces ovales están enmarcadas por pelo largo enrulado. Ya no necesitamos escuchar pero en vida tampoco escuchábamos. Tenemos una misión torpe. Aparecernos a los miembros de una familia en los que hay gente como nosotros pero vivas.

Levanto la mano para hablar yo que era guardia en un museo. De tanto estar callado olvidé como suena mi voz. Un día llegaron y me movieron con el resto de los muebles estilo Luis XV. Me desarmaron y ahora miro el cielo desde el ojo de buey del altillo de una fábrica. A veces soplo el polvo del alfeizar. Otras me acerco, apoyo los codos y miró hacia abajo.

Los coches eran lentos al principio. Se fueron haciendo más rápidos. Tenían conductores al principio. Después, no. Nunca me interesaron las máquinas. Más me gustaba mirar la belleza de un murciélago de plata que revoloteaba cerca de un palo de luz. Hasta que pude ver mejor. Lo que había tomado como producto de la naturaleza tenía alas que giraban y cortaban el aire como si fueran una navaja; mi murciélago era una de esas máquinas que llaman drones.

A nosotras nos gustaba decir que nuestra casa estaba en una ciudad perdida. Que éramos de la del agua o de la de los vientos del norte, de la del oro o de la de los lémures. Ya no lo decimos más porque sabemos que así terminamos en casas de pasillos blancos y listado de tareas colgados en las paredes.

A mí me tocaba lavar los vasos de plástico los miércoles.

Yo servía el jugo de manzana por las mañanas.

Yo limpiaba el cenicero abandonado en la mesita de la azotea, donde los fantasmas aspiraban las cenizas.

Son más conocidos los fantasmas de los lugares cerrados. Pero su imagen no es tan grande como la de los de arriba de los techos donde el viento los infla hasta que explotan como globos. Caen con la lluvia. Descansan en cada gota, cada uno en sus parterres más o menos plantados.

Nosotros juntamos a uno que cayó sobre la yema de nuestros dedos y lo guardamos en una cajita para clonarlo. Es que estamos en la época en que todo se clona. Desde un beso de despedida a una identidad.

Ya no existe lo que éramos. Fue suplantado por un trastorno de palabras.

Algunas encontramos portales a nuestras viejas mentes. Son letras sueltas que escribimos una por minuto en pantallas con píxeles muertos, sentadas en nuestros tronos, sillas azules con ruedas y el respaldo roto, mientras lloramos por el ojo derecho.

Nos llevó veinticinco horas escribir el siguiente párrafo:

Allá por las vías vimos llorar a una de las nuestras y no pudimos hacer nada. Cercada por sus familiares y los ladridos de un perro. La dejamos atrás. Teníamos que ir más allá de El Karma, que es una tienda que vende muebles de pino.

En una milésima de segundo escribimos que nos volteamos antes de cambiar de camino y obtuvieron un perfecto primer plano de nosotros. Miramos la cámara. Nuestra mirada decía.

Nosotros que nunca fuimos, somos.

Somos los que nos fuimos.

Los reemplazados porque una parte estaba dañada. Los abandonados por un defecto de fábrica. La ropa devuelta sin probar. Somos las ventanas tapiadas para que no vean lo que hay adentro. Las lámparas con pantallas torcidas para que nuestro resplandor no alcance lo que no quieren ver. Escribimos lo que no quieren leer. Decimos lo que nos sale y no nos debería salir.

Somos el típico grupo de amigos, chicos y chicas, atacados por un nombre que no tiene entidad. Escapamos en bicicletas hasta la típica esquina en la que nos saludamos y separamos para volver cada uno a sus hogares. Directo al dormitorio para inventarnos que tenemos un grupo de amigos, chicas y chicos, perseguidos por una entidad innombrable, separables en las esquinas.

Somos cadáveres con la cabeza explotada. En nuestra materia gris humeante por una bala que siguió su trayectoria pueden entreverse nuestros sueños que se escurren hasta una alcantarilla.

Algunos decidieron agruparse y formaron una expedición para rastrear el subterráneo camino de ese légamo de sueños iridiscentes hasta la desembocadura: un silencioso mar.

En cambio, en la vigilia somos ruidosos como el sonido que acaricia tu tímpano, la presión variable creada por un mundo que no se hace cargo. Nos convertimos en el hueco entre las palabras de tu historia favorita. Somos la contratapa de la vida.

Fogosos desangelados.

Nuestra historia tiene miles de finales y siempre está por empezar. Puede escribirse, puede leerse; no puede entenderse. Pasan siglos hasta que de boca en boca le agregan circunstancias que la hacen compresible. Entonces, pierde todo significado y toda emoción.

Porque de eso se trata.

De contar historias extrañas pero emocionantes que quepan en el ascensor, que sepan entrar justo antes de que la puerta se cierre, en esos edificios que llaman cabezas de los nuestros y de los otros.

La verdad es que nos gustaría ser uno solo para sentir menos. Así tampoco sentiríamos nada cuando eliminan a uno de los nuestros y no nos dolería cuando se llevan presas a nuestras historias. Tampoco nos molestaría que nos interrumpan.

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