Yo que nunca fui, Soy.

¿Desde cuándo todo parece una broma? ¿Por qué aguantamos a los sádicos una y otra vez? No sabemos dónde se esconden, no sabemos qué dicen detrás de sus ojos inquietos y sus bocas cerradas.

Nacimos hace mucho tiempo ya. Recordamos la tierra cuando era como un ovillo de lana. Algunas matas de arbustos, helechos y musgo. Mucha agua. Venimos del agua, a veces pensamos que nosotros venimos del agua y ellos fueron los que se treparon a los árboles buscando la gran sombra.

La gran sombra tal vez es lo que lo complicó todo, pensamos. La gran sombra en la cabeza que idolatraban. Esas cabezas que hicieron rodar en todas las guerras, no importa de qué bando estuvieran. Nos segaron. Nos cortaron. Nos estudiaron. Lo venimos diciendo hace mucho tiempo. Lo decimos en las películas. Lo decimos en los libros. Pero nadie parece darse cuenta. ¿Será que ya no queda nadie de nosotros? ¿La lucha terminó y ya ganaron lo de los árboles?

Soy una mujer tullida de una aldea. Antes me reverenciaban pero las épocas cambiaron y me encontré de rodillas, rezando para ellos, llevando la ropa, limpiando aún así, nadie me escuchó, nadie me hizo caso. El ciego me hablaba, me decía que no podía ver mi color y que yo no tenía ninguno. El ciego fue el primero que mataron. Lo envenaron o lo adormecieron. Ni se dio cuenta.

Soy uno de los que llegaron en los barcos en las primeras inmigraciones. Todos veían el horizonte, yo me fijaba en las ondulaciones del agua, en el cielo encedido fuego, en las nubes arracimadas, en el agua que se iba amarronando mientras nos acercábamos a la América. Di la espalda y alguien me palmeó para darme ánimo. En el fondo, a mí ya no me importaba nada. Nos habíamos ido. El mundo no perdona a los que se van.

Somos los que nos mudamos de lugar en lugar, de casa en casa. Los que plantamos jardines que después no podemos mantener. Los que damos vuelta las piedras que dejaron nuestros antepasados para encontrar una respuesta de qué hicieron, quiénes eran y qué querían del mundo.

Somos los que viajamos al pasado a correr a nuestros abuelos y abuelas. Pero no sirvió. Probamos con nuestros bisabuelos y nos acercamos un hombre con los hombros cargados y un bolso y le pedimos ayuda, le decimos que reaccione antes de que sea tarde, que se aleje del barrio, que pronto morirá, que su familia va a quedar perdida. Sus biznietos sin futuro. Todo el esfuerzo en vano. El hombre no escucha y sigue caminando. Tal vez es como nosotros, tal vez es diferente.

Porque nosotros somos los diferentes y las diferentes y ése es el problema y siempre lo fue. Nunca importó el color de los ojos, de la piel, la altura, la edad, la casta, la posición social, el país. Siempre miramos a las plantas y las acariciamos. Miramos al cielo y esperamos. Vemos los signos que otros no pueden ver. Vemos la envidia. Tratamos de ser envidiosos pero no nos sale. ¿Cómo vivir así? Teniendo el mundo en las manos que se nos escapa todo el tiempo.

Como cuando me quemaron en una hoguera. Las llamas lo envolvían todo y éramos tres. Los ojos nos estallaron y seguíamos sintiendo. Ellos se rían, bebían vino a nuestros pies. Ni siquiera la maldición que les enviamos los detuvo. Pronto otras ardieron en las hogueras.

En el bosque, alejadas de las aldeas para que los niños no escuchen los gritos de desesperación. Pero algunos los escucharon. Abrieron los ojos y ya no pudieron cerrarlos. Se quedaron quietos con el cuello medio entornado. Algunos pasaron la vida así. En esa época no los entendían. Los abandonaban después y la culpa la teníamos nosotros por haber gritado en la hoguera.

Estaba bien cuando los combates eran cuerpo a cuerpo, las chances de ganar estaban más repartidas, pero las armas fueron evolucionando, creando más caos, más fuego. Dolía menos y la muerte era más rápida, pero también la decisión de morir era más fácil de tomar.

Muchos nos suicidamos. En habitaciones con las paredes renegridas por el humo del tabaco. En vías de trenes. En casas altas y casas bajas. En edificios. La velocidad había llegado. Era más fácil morir y para algunos caer desde las alturas parecía una bendición.

Algunos de nosotros escaparon, se escondieron en islas, en la selva o en los valles de las montañas, pero la tecnología fue avanzando y también nos encontraron. Tuvimos que aprender a derribar drones. Tuvimos que aprender a subirnos a los árboles. Tuvimos que aprender a aguantar la respiración en las aguas profundas. Pocos sobrevivieron.

No tenemos amigos.

Y nuestros enemigos se desbandan cuando terminan con nosotros. Se pierden unos a otros. Desaparecen sin dejar rastro y se exterminan a sí mismos. Pero viven más. Dejan huellas más duraderas. Nuestra historia se escribió en los márgenes. Los que querían escribirla no tenían a veces manos para hacerlo ni esclavos para dictarlas. Las guardaron en sus cabezas hasta que las cabezas se desprendieron de las vértebras o quedaron enterradas bajo losas sin inscripción alguna.

Dicen que nos convertimos en viento. Que las raíces de los árboles, en especial la de las magnolias, nos ayudan, comandando a todos los demás árboles, enviando mensajes porque saben que somos los menos peligrosos para la naturaleza.

Los árboles no son buenos ni malos pero saben qué les conviene.

Lo saben los animales también que reptan por las paredes cuando algunas de nosotras muere, que acompañan los carros fúnebres, que se esconden en las sepulturas, y sueñan cosas que no sabemos.

Somos los perseguidos por el templo de la Intemperancia, como Poe que siguió a un hombre en la muchedumbre y se perdió con él.

Usan el amor para atraparnos. Usan la ciencia para atraparnos. Usan las ilusiones para atraparnos. Cambian la naturaleza para atraparnos. La extinguen. La matan. Le mienten a la naturaleza.

Se miran en el espejo después. Porque el espejo siempre miente, esa imagen virtual de la imposibilidad de estar frente a nosotros mismos. Pero ellos no se dan cuenta. Lo miran como si se estuvieran mirando a sí mismos. Nunca nos vemos como en el espejo ni nunca nos veremos. Por eso tanto les tuvieron miedo.

Somos los que arrojaban a las garras del minotauro en el laberinto. Doncellas y donceles. Tanta vida nunca experimentada para que un torero mate al toro. Esa bestia nunca nos mató, nos guardaba en cuartos sin ventanas ni oquedades donde anotaba nuestras historias para que las futuras generaciones las lean.

Éramos pocos y siempre parecimos muchos. No sabemos cómo es eso. Nos perciben como muchos, nos ven como bellos, admirables, imitables, envidiables, cogibles. Nos dicen que el aroma de nuestro cuerpo es el del mar. Tragan nuestro semen con fruición, sorben nuestro fluido vaginal con atención. Nos dejan vacíos y se llevan nuestras semillas a plantarlas bajo viejos soles.

Después nos esterilizan, irreproducibles, nos dejan sin familia, sin descendencia, sin futuro posible. Nos ligan las trompas. Nos castran porque saben que eso no evita que se pueda tener relaciones sexuales y así nos pueden seguir usando a gusto.

Por eso aprendimos a decir no, aprendimos a decir nada, a decir despreocupate, a que nada nos importe, pero eso no alcanzó para sobrevivir, no alcanzó para seguir.

Fuimos viendo como nuestra civilización nunca fundada se desfundó. Fuimos viendo como las trenzas de nuestras mujeres eran cortadas. Como las manos de nuestros amantes eran cercenadas.

Los que escribieron en cárceles sobre escuderos y molinos. Los que escapaban al desierto y dejaban de escribir. Los que morían en una caravana en Alaska.

Las que se retiraban a cuidar perros y a cuidar de sus ancestros; cenizas encapsuladas en vasos opacos.

Las que se adentraban en el mar hasta la rodilla y seguían hasta la coronilla. Con piedras en los bolsillos de los vestidos. Explotadas, abusadas, engañadas por peligrosos paradigmas nuevos.

Nuestra fuerza era el arte y con estrategia nos lo quitaron. Se lo adueñaron, lo debilitaron, lo copiaron, nos reemplazaron con imitaciones débiles, incoherentes, poco influyentes, espiradas, inertes, atrayentes.

por Adrián Gastón Fares.

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